Martes, 28 de julio de 2026
ANÁLISIS

Empresa y bien común: más allá del beneficio

Ante los posibles avances en el proceso de concentración bancaria en España, el periodista y editor Julio Llorente lamenta que "cierto liberalismo pretende erigir la actividad económica en criterio de sí misma" y subraya que "la existencia de una empresa no la justifica únicamente el beneficio que reporta, sino también, sobre todo, el bien que procura".

Julio Llorente Julio Llorente 15 de enero de 2025
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El Palacio de la Bolsa de Madrid el pasado 9 de enero. | Eduardo Parra / Europa Press / ContactoPhoto
El Palacio de la Bolsa de Madrid el pasado 9 de enero. | Eduardo Parra / Europa Press / ContactoPhoto
Cierto liberalismo pretende erigir la actividad económica en criterio de sí misma. Ya no cabría juzgarla a la luz de principios morales o de normas comunitarias, sino conforme a la cruda rentabilidad. La persecución de la eficiencia reemplazaría a la búsqueda del bien, la logística del lucro suplantaría a la lógica de la excelencia. Una buena empresa sería tan solo una empresa próspera. Si los griegos aspiraban a la areté, el emprendedor moderno debería ambicionar el argent. Se trata de multiplicar la riqueza, ¡de intensificar el crecimiento!, con la brumosa esperanza de que la mano invisible transmute nuestros egoísmos en filantropía. 

El problema de semejante pretensión es que violenta el sentido común del hombre corriente, incluso el sentido común del hombre corriente capitalista. Él, como el ser humano juicioso de todas las épocas, distingue entre enriquecimiento y virtud, entre prosperidad y moralidad. Quizá Leopoldo II acometiera empresas muy lucrativas en el Congo, pero es cuando menos cuestionable que fuesen virtuosas. Podríamos coincidir en que las plantaciones de algodón sureñas fueron un ejemplo de optimización de recursos, pero acusaremos de inhumanidad a quien las presente como arquetipos empresariales. El quehacer humano, concluye el hombre corriente, debe orientarse a bienes más altos que el beneficio. El lucro, por sí mismo, vale muy poco. La emancipación de la actividad económica implica en realidad su perdición.

"Hay centenares de prácticas lucrativas que conviene descartar por inhumanas. Hay centenares de estrategias prometedoras que conviene desdeñar por egoístas"
Entrevemos ahora una verdad exasperantemente soslayada: no existe realidad humana que escape al imperio de la ética. La actividad empresarial debe juzgarse moralmente; la condenaremos si profana el bien y la ensalzaremos si lo promueve. Hay centenares de prácticas lucrativas que conviene descartar por inhumanas. Hay centenares de estrategias prometedoras que conviene desdeñar por egoístas. El bien común impone al homo oeconomicus un límite y define para él un horizonte. No solo le dice que debe abstenerse de muchas cosas; le recuerda que está obligado a hacer otras tantas. El Papa Francisco ha dicho en incontables ocasiones que las empresas deben servir al bien común, que este es su fin último. Acaso acusados por sus palabras, algunos católicos ponen el grito en el cielo. No se dan cuenta de que el Pontífice se limita a registrar una obviedad significativa para creyentes y no creyentes: la existencia de una empresa no la justifica únicamente el beneficio que reporta, sino también, sobre todo, el bien que procura.

Solo a la luz de esta idea general podemos considerar razonablemente el caso concreto que nos ocupa. El BBVA pretende ―ya lo sabe el lector― comprar el Banco Sabadell. Puede parecernos a priori una operación mercantil más, tan insignificante para nuestra vida e inocua para el mundo como casi todas las operaciones mercantiles. Pero su naturaleza se manifiesta en sus efectos: el comprador ―esto es, el BBVA― prevé el cierre de unas trescientas oficinas ―casi todas en lugares apartados― y la consecuente destrucción de 4.000 puestos de trabajo. Numerosas voces vaticinan menos opciones de financiación para las pymes. Es ahora, precisamente ahora, cuando comprobamos la escandalosa insuficiencia del enfoque economicista. Si el lucro es la medida de la actividad económica, si la rentabilidad es su único criterio, solo cabe exaltar la operación: gana el BBVA, cuyo poder aumenta.
 
"¿Podemos aplaudir una operación que concentraría aún más el poder económico en España? ¿Podemos celebrarla cuando, de consumarse, destruiría puestos de trabajo y agudizaría la desigualdad territorial?"
Por eso nuestra aproximación debe ser más radical en el sentido estricto de la palabra. Más que la rentabilidad, debe considerar la justicia; más que al rendimiento, debe atender al bien. ¿Podemos aplaudir una operación que concentraría aún más el poder económico en España? ¿Podemos celebrarla cuando, de consumarse, destruiría puestos de trabajo y agudizaría la desigualdad territorial? ¿Podemos, en fin, cuando perjudicaría abiertamente a la pequeña y a la mediana empresa? ¿Sería justo hacerlo? Son preguntas intrincadas, sin duda, y el economicismo se limita a orillar su complejidad. 

En este caso, los interrogantes, especialmente el último, constituyen en sí mismos una respuesta. Nos recuerdan, elocuentes, que no se puede bendecir un acto por el mero hecho de que sea libre ni una operación mercantil por el mero hecho de que sea lucrativa. Las empresas, incluidos los bancos, incumplen su misión si ignoran su responsabilidad social; prostituyen su sentido si se desentienden de la virtud. Imaginemos por un momento cuánto cambiarían nuestras circunstancias si los agentes económicos anhelasen menos un crecimiento ilimitado que un bien ilimitado. Imaginemos por un momento cuán luminosa sería nuestra realidad si, en vez de a dominar, se dispusiesen a servir.  
Julio Llorente
Julio Llorente
Editor en CEU Ediciones y director de Ediciones Monóculo
Compagina su trabajo de edición con colaboraciones en medios como 'Alfa y Omega', COPE o TRECE. Es autor de 'Titubeos' (La Isla de Siltolá).
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