El presidente del Gobierno de España Pedro Sánchez aludía, en una entrevista periodística de abril de 2024, a la desinformación como a un problema endémico en las democracias contemporáneas, precisando "creemos que la desinformación nos viene de fuera, de Putin, del régimen ruso, de los ataques híbridos… y resulta que dentro tenemos el caballo de Troya".
Quería referirse, el presidente español, a la posibilidad de que la desinformación pueda estar siendo generada por actores nacionales, en cualquier país, que hacen uso de la mentira, diseminando información manipulada y tóxica medios digitales, muchos de ellos bajo la impostura del nuevo periodismo, para influir con fines políticos en la población. De seguro que no imaginaba Sánchez que, a casi un año vista, todos
los controles contra la desinformación han saltado por los aires en X y en Facebook al socaire de la desregularización libertaria de la segunda venida de Trump a la Casa Blanca, con Elon Musk como apóstol.
En una línea similar al español, en su alocución de candidatura para un segundo mandato como presidenta de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen proponía un Escudo de la Democracia Europea, una estructura propia dedicada a contrarrestar la manipulación extranjera sobre la información. Con der Leyen consideraba que la desinformación, por medio de la interferencia hostil de actores extranjeros, es una amenaza de primer nivel para las democracias europeas.
"Todos los controles contra la desinformación han saltado por los aires en X y en Facebook al socaire de la desregularización libertaria de la segunda venida de Trump"
La democracia puede ser definida de muchas formas. Entre todas ellas, por muy diversas que sean, permanece un elemento troncal subyacente, que es la ciudadanía decidiendo el modo y los medios para gobernarse en igualdad y bajo un Estado de derecho. En esa decisión ciudadana, la información, el conocimiento que tenga el ciudadano sobre la realidad que vive y que le circunda, es el ingrediente determinante. La ciudadanía decidirá en función de la información que tenga respecto a los objetos de su decisión. Información y voto democrático están, por tanto, intrínsecamente relacionados. Es por ello el papel tan relevante que los medios periodísticos han desempeñado históricamente en las democracias como garantes de que la información sea puesta a disposición, veraz y equitativamente, de la ciudadanía. De este modo es como se llega, en la tradición, a considerar al periodismo un cuarto poder democrático.
Sin embargo, la valiosa capacidad de las sociedades digitales para generar contenidos informativos que se transmiten por plataformas en Internet en una multiplicidad de formatos y de escalas temporales, crece en paralelo a las posibilidades de construir y diseminar información falsa o manipulada, desinformación o directamente bulos, mentiras. Estas posibilidades de información fraudulenta se incrementan exponencialmente con las técnicas de inteligencia artificial, que ya llegan incluso a producir contenidos audiovisuales, los denominados deep-fake, simulando que cualquier persona pública parezca que diga, en imágenes y con su propios rostro y voz emulados sintéticamente, literalmente cualquier cosa.
A través de las plataformas digitales, especialmente las redes sociales, la información tóxica no solo se transmite a la misma velocidad que la verídica, sino con muchísima mayor agilidad y alcance, teniendo en cuenta la preponderancia de los medios digitales en el consumo actual de información por la ciudadanía, por tanto, por la masa de votantes y, de suyo, por la democracia. La Comisión Europea iniciaba una investigación sobre Meta, empresa propietaria de Facebook, pero también de Instagram y del omnipresente WhatsApp, respecto a la eventualidad, como dejaba dicho el anterior Comisario Europeo de Mercado Interior, Thierry Breton, de que esté incumpliendo los preceptos de la Directiva de Servicios Digitales de la Unión Europea en lo que incumbe a sus obligaciones para salvaguardar la integridad de los procesos electorales en los países europeos. La investigación de la Comisión coincidía con la publicación de un informe firmado por
Paul Bouchaud, Marc Faddoul y Raziye Buse Çetin, donde se acreditan campañas de propaganda prorrusa, conducidas a través de anuncios en Facebook, para influir en audiencias de Alemania y Francia.
En el libro The Chaos Machine, del periodista del
New York Times Max Fisher, recientemente publicado en español, se documenta con rigor y exhaustividad cómo, desde sus inicios,
las plataformas de redes sociales han programado los algoritmos, que gobiernan la visibilidad de los contenidos que transmiten a través de ellas los usuarios, para engordar, artificialmente, la primacía de aquellos más extremos y radicales, incluyendo ideas y pronunciamientos que socavan las bases conceptuales sobre las que se asientan las democracias.
El problema es que no sabemos cuál es el problema. Valga el trabalenguas para comenzar apuntando que no es la desinformación el dilema, sino la propia información, es decir, la mutación en la naturaleza de la información en las sociedades digitales. La información ya no es la misma, ni en sus soportes, lo cual es evidente, ni en sus interfaces de procesamiento —las tecnologías y nuestras mentes— ni, y esto es lo más difícil de ver y lo que nos confunde, en su esencia ontológica, en lo que la información es en sí misma.
Recapitulemos yendo a lo simple. La información es el conjunto de datos que, una vez organizados y procesados, cambia el estado de conocimiento del sistema que recibe esa información, cualquiera que sea la forma que adopte esa información, textual, visual, auditiva, simbólica. Pongamos que el sistema somos nosotros, los humanos. La información tiene significado, tal es su característica. Si no lo tiene, es un conjunto de datos sin conceptualizar.
En 2004 nació Facebook y en 2006 Twitter, en 2013 Telegram en Rusia y en 2016 TikTok en China. Google los había adelantado a todos en 1998. Desde entonces, la naturaleza de la información es otra. Digamos que está ultraprocesada, como esos alimentos que se indigestan. Al igual que las verduras que ya no tienen el sabor que tenían antaño, la información de hoy carece de la dosis de realidad, de verdad, que era inherente al mundo analógico.
"Lo peor de las elecciones americanas del 2016 fue hacernos creer la realidad prefabricada de que Trump podía haber sido impulsado por la influencia rusa más que por un trabajo previo y larvado de algoritmos digitales propiamente estadounidenses"
Todos los esfuerzos recientes para atajar la desinformación van emparejados con la centralidad adquirida por Rusia en la última década en la nueva geopolítica de la guerra fría digital. No se conoce ningún teatro de operaciones reciente más nítido de interferencia extranjera (FIMI, se denomina ahora, por sus siglas en inglés) que el documentado como desarrollado por Rusia con la intención de influir al votante estadounidense. Induciéndole una supuestamente favorable actitud hacia las ideas promulgadas por Trump, en las elecciones que le hicieron presidente en 2016. En realidad, en esas elecciones, Rusia no habría hecho más que aprovechar una mecánica subyacente —como lleva haciendo desde entonces—, ya en marcha en aquel momento y acelerada ahora, de cambio radical en la naturaleza de la información y en su consumo en las masas poblacionales digitalizadas. Habría enviado unos pocos agentes de inteligencia sobre el terreno, e invertido unos millones en anuncios de Facebook, y dejó que los algoritmos digitales de las redes sociales hicieran el resto, convergiendo con una explotación inteligente de las tensiones sociopolíticas ya vigentes en la sociedad estadounidense. Lo peor de aquel escenario fue hacernos creer la realidad prefabricada de que Trump podía haber sido impulsado por la influencia rusa más que por un trabajo previo y larvado de algoritmos digitales propiamente estadounidenses, modificando la información procesada por la mente de los votantes en el sentido de polarizar y extremar las diferencias;
dinámica que produce una ganancia geopolítica en Rusia, por derivada, sí, pero que, principalmente, favorece a opciones políticas nacionales inflacionistas en lo identitario y antiglobalistas, tanto en EE. UU. como en el resto de nuestras democracias.
Así ocurriría con el Brexit, uno de cuyos motores aparentes sería el entonces asesor para cuestiones digitales de Boris Johnson y el gurú de las redes sociales en la campaña probrexit Dominic Cummings. Al igual que Rusia con la supuesta desinformación de ahora, Cummings no hizo allí otra cosa que saber leer el sesgo identitario propiciado por los algoritmos inscritos en las redes sociales, controlados por intereses geoeconómicos de empresas en las que Cummings no tenía arte ni parte, pero que Cummings, a la par que Rusia, tuvo la habilidad de instrumentar en el beneficio de su interés.
Los algoritmos de las redes sociales alimentan una hiperindividualización con microsegmentacion identitaria. Esta estrategia es la que más clics obtiene, la que más tiempo de atención acapara de los usuarios en las plataformas sociales digitales. Y todas ellas, las plataformas, tienen un único y mismo objetivo estratégico: lograr el mayor tiempo de conexión de los usuarios en sus redes, porque ello redunda en un incremento del consumo publicitario, verdadera fuente de riqueza y valor para los accionistas de las compañías propietarias de esas herramientas cibernéticas. De este modo, los algoritmos de las principales redes sociales están sesgados hacia la microsegmentación, es decir, hacia la división, lo que conlleva, por vía directa, una inflación de las posturas polarizadas. La polarización es lo que más ingresos publicitarios proporciona a las empresas de redes sociales, porque es el mayor incentivo para el engagement —mantener al usuario enganchado a la plataforma digital—.
"La polarización es lo que más ingresos publicitarios proporciona a las empresas de redes sociales, porque es el mayor incentivo para el engagement"
Y aquí llega la paradójica tensión de fuerzas que está hackeando las democracias, que sería bella en su elegancia si no implicara un riesgo existencial tan acuciante. La polarización adherida a la microsegmentación identitaria, que es la más beneficiosa, y que motorizan cada segundo sus algoritmos, para las cuentas financieras de las redes sociales globales, exacerba las diferencias sociopolíticas y los sentimientos de pertenencia a comunidades radicales, por tanto, aumentando afinidades antiglobalistas. La antiglobalización es la asignatura troncal de todas las propuestas políticas que se podrían clasificar actualmente de antisistema, cuando no de populistas, cuando no de iliberales. Trump y todas las propuestas de extrema derecha explotan a fondo el sustrato algorítmico de las redes sociales para extremar reacciones antiglobalistas acrisoladas en una oposición frontal a la agenda 2030 y a las denominadas políticas identitarias. Sin embargo, la microsegmentación identitaria inscrita en los algoritmos de redes sociales globales incide, precisamente, en la hiperindividualización identitaria. Es una pescadilla que se muerde la cola. La traslación intensiva hacia las redes sociales de políticas anti-identitarias por parte de los antiglobalización está ordenada por algoritmos que han calculado que su contrario o matriz, las políticas identitarias, proporcionan el mayor rédito económico a corto plazo.
Además, el escenario presenta otro reto para las democracias. El horizonte antiglobalista de las ultraderechas europeas y de Trump en Estados Unidos coincide con los postulados de la Rusia de Putin, como elocuentemente puso de manifiesto la Representación Permanente de Rusia en Bruselas.
Añadiendo a Putin y a Trump a la ecuación de las ultraderechas, parecería, por tanto, que los algoritmos digitales de las empresas estadounidenses dominantes en redes sociales motorizarían o energizarían un alineamiento, al menos conceptual, entre todos estos actores potencialmente antisistema, porque eso es lo que mejor redunda en la cuenta de resultados empresariales.
Cuando se acusa a los extremismos, populismos y, en general, movimientos políticos iliberales de injerencia antidemocrática, o de socavar los principios democráticos, mediante la utilización de las redes sociales para propagar desinformación se está mirando la luna sin percatarse del punto ciego del dedo que la señala. Lo que debilita la democracia es la mala calidad de la información, no la que se elabora y se transmite a través de los medios periodísticos, sino la información original, la de partida, la que pretende reflejar la realidad. Porque esa realidad está aceleradamente sufriendo una metamorfosis y convirtiéndose en algorítmica, es decir, construida por un algoritmo, un conjunto ingobernable de algoritmos al servicio de las ganancias empresariales y de la guerra cultural para continuar incrementándose a sí mismas.
"No son los rusos los que ponen en riesgo la integridad de los procesos electorales en Europa. [Sino que] lo hacen sobre un sistema ya vulnerado, ya hackeado por ingeniería social"
Podrá aducirse que no es para tanto, que una mentira es una mentira y que siempre será identificable; que un conjunto de algoritmos, por muy inteligente que se programen, no es capaz de subvertir la realidad, mucho menos la verdad. ¿Seguro? ¿Qué es una mentira en una democracia donde el conocimiento que se forma en la mente del ciudadano (la información) está mediatizado por opacas estructuras algorítmicas? Esas estructuras cambian y validan los consensos sociales, que habían venido siendo una de las bases de la verdad en las democracias. De manera que una mentira puede ser una verdad dependiendo del refrendo digital que tenga, y ese refrendo, la atención del usuario hasta converger hacia ese refrendo, está manipulada de raíz, en origen, por complejas formulaciones matemáticas que han aprendido sobre los gustos, actitudes, emociones, sentimientos, y decisiones humanas. Luego, la verdad también está tergiversada. Y la capacidad informada de decidir del ciudadano, santo grial de las democracias, puesta en cuestión.
De manera que no son los rusos los que —esencialmente— ponen en riesgo la integridad de los procesos electorales en Europa. Por supuesto que estarán interviniendo con sus FIMI, con sus operaciones de injerencia. Pero lo hacen, los rusos, sobre un sistema ya vulnerado, ya hackeado por ingeniería social. Lo tienen sencillo. Contratar publicidad en plataformas digitales y dejar que los algoritmos apuesten a la división social.
Es evidente que cualquier solución sensata y democrática a este inmenso, complejo y creciente reto existencial pasa por una mayor implicación de los poderes públicos, tal como está ensayando actualmente la Comisión Europea o podría intentar la futura Agencia Española de Supervisión de la Inteligencia Artificial, en el control de los algoritmos digitales. No obstante, siendo un problema existencial para las democracias, todavía no se ha planteado un abordaje igualmente existencial e integral. Entre otras cosas, porque las implicaciones financieras y geopolíticas de fiscalizar la base de los negocios multimillonarios de Google, Facebook o TikTok son inmensas y casi intratables en términos del desgaste que supondrían para cualquier gobierno. Y, más prosaicamente, porque quizás estamos todos mirando la pantalla del móvil, divagando en cómo preguntárselo a la inteligencia artificial, a ver qué nos dice.
O repensamos la democracia, o ya habrá quien la reforme por nosotros, pero sin nuestros votos, solo con nuestros clics.