Taiwán, Ucrania y Gaza no están en la papeleta del martes, porque el electorado apenas presta atención al desarrollo de los acontecimientos internacionales. La economía, la inflación o los derechos de la mujer son los cleavages del votante.
En política exterior, existe una línea de continuidad basada en una excelente definición del interés nacional, que no es otro que el interés de los Estados Unidos en una coyuntura dada.
"El presidente Trump reforzó el espíritu aislacionista y apretó a los europeos para que fuéramos responsables de nuestra propia arquitectura de seguridad nacional"
Desde la Administración Obama, el interés ha pivotado hacia Asia con una creciente retirada de los teatros internacionales y una fuerte mirada doméstica. El presidente Trump reforzó el espíritu aislacionista y apretó a los europeos para que fuéramos responsables de nuestra propia arquitectura de seguridad nacional. Aunque su argumento era vocinglero, las tesis estaban ahí: hay que invertir más en la OTAN, eufemismo de la industria de la defensa estadounidense, y abandonar la aventura de la autonomía estratégica.
La Administración Biden, aunque es pronto para completar una evaluación, ha seguido la estela mientras le han dejado. Conviene recordar su documento clave, A Foreign Policy for the Middle Class, y su decisión estructural: la salida apresurada de Afganistán. El foco, pues, estaba puesto en la reindustrialización y la economía. Su análisis internacional solo mira hacia el Pacífico. Sin embargo, su presidencia no ha podido escapar a la trampa imperial con dos frentes abiertos y un tercero que aguarda.
El frente más preocupante para la Casa Blanca está en Oriente Próximo. El trumpismo ha anticipado una política de laissez faire. El primer ministro Benjamin Netanyahu tiene que terminar la guerra que ha comenzado y, sobre las cenizas, reconstruir un orden regional. El sueño de los Acuerdos de Abraham pasaba por la constitución de un gran corredor de libre comercio de Marruecos a Arabia Saudí, con Egipto e Israel como bisagras. Esto no sucederá en la próxima generación. Sin embargo, la victoria militar de Netanyahu persigue el aislamiento de Irán, la vuelta a la doctrina de "presión máxima". La candidatura de Kamala Harris, en sintonía con el establecimiento demócrata, sí ha hablado de la solución de los dos estados y la búsqueda de un proceso de paz. No esperen un apoyo explícito a Palestina.
Ninguno de los actores regionales tiene interés sincero en los gazatíes, si me remito al análisis histórico. En lo que se refiere a Irán, estos son instrumentos para su enfrentamiento contra Israel.
"Si se produce un rodillo MAGA (gana la presidencia, mantiene el Congreso y recupera el Senado), se forzarán unos acuerdos de paz con el régimen de Putin en condiciones muy desfavorables para los intereses ucranianos"
En Europa, el discurso electoral de Trump condiciona la ayuda económica y militar a Ucrania. Como sucedió en abril de este año, se vinculan con los fondos para Israel y la seguridad en el Indo-Pacífico. Si se produce un rodillo MAGA (Make America Great Again) —gana la Presidencia, mantiene el Congreso y recupera el Senado—, se forzarán unos acuerdos de paz con el régimen de Putin en condiciones muy desfavorables para los intereses ucranianos. La única posibilidad real reside en el propio carácter del 45º presidente de los EE. UU. Es incoherente y puede cambiar de opinión con facilidad en cuanto a política exterior.
La candidata Harris sí ofrece un discurso más claro sobre el desempeño de la OTAN y la necesidad de una victoria militar. No esperen apoyo sobre el terreno ni armamento ofensivo. El futuro nombramiento de Kaja Kallas como alta representante para Asuntos Exteriores y Política de Seguridad en la nueva Comisión Europea anticipa que el interés se centrará en el Báltico y el Ártico. Hay poco espacio para que la nueva administración mire hacia el Mediterráneo desde Europa. Para los demócratas, Ucrania es la última frontera del multilateralismo y la vía para romper el creciente entendimiento entre Rusia y China.
La verdadera preocupación de la élite washingtoniana es China. Recibe múltiples nombres: Ruta de la Seda, Taiwán, Indo-Pacífico, vehículos eléctricos, chips o semiconductores. Toda esta nomenclatura presagia una misma acción exterior. El equipo de la vicepresidente habla abiertamente de una "amenaza a la seguridad" y marca en el calendario 2027 como fecha probable de la invasión de la isla. Quien gane mantendrá e incrementará los aranceles para que la guerra comercial sea más evidente. Preocupa la llegada de tecnología, en especial los vehículos eléctricos, que inundarán Iberoamérica.
Otra decisión sería el principio del fin de una "América para los americanos". El trumpismo es más directo. Hay que fijar una política de aranceles agresiva, al 100% del valor comercial, para evitar una invasión en agricultura y manufactura. No hay una respuesta clara en logística y cadena de suministros, pero cada infraestructura china en Perú, Brasil o Argentina se tilda de amenaza. El tornaviaje ha vuelto: de China a Perú cruzando el Amazonas para conectar con África occidental sin una sola interrupción de la hegemonía occidental. Estados Unidos no quiere que su hemisferio sea una colonia china. En el ámbito militar, Taiwán es un símbolo. Para China continental, es una barrera artificial a su expansión en el océano Pacífico y un motivo de celebración de los cien años de la Revolución de 1949. Para Estados Unidos, Taiwán es el primer suministrador de tecnología y un bastión para operaciones en la región. Nadie sabe con certeza si la guerra de declaraciones pasará de ahí.
La relación con México, desde la perspectiva de Washington, no se ubica en la política exterior, sino la doméstica. El tráfico de fentanilo, los cárteles o los flujos migratorios tensionan la conversación. El trumpismo ha recordado que los aranceles a China pasarán del 10-20% al 60% y esto afecta a la industria de automovilística, el empleo y las exportaciones. La cuestión migratoria no ofrece discusión. México debe bloquear la llegada de inmigrantes del Triángulo Norte (Guatemala, Honduras, El Salvador) y militarizar la frontera, si hiciera falta. En el lado demócrata, la relación bilateral no está en su mejor momento. La securitización de la narrativa ha achicado los espacios para el acuerdo.
"Estados Unidos, sea cual sea su nueva administración, no tiene vocación de liderar el mundo libre"
Sea como fuere, una idea recorre el 1600 de Pennsylvania Avenue. Las tres guerras están reordenando el sistema internacional, cuyas bases liberales han quedado desfiguradas. La polarización ha llegado a la política internacional con una entente Rusia-China, una nueva Arabia Saudí post-Gaza, una India nacionalista o una Turquía con vocación de hegemón regional.
Caminamos hacia un mundo más inestable, con distintas fuentes y focos de poder, así como una reordenación de las fronteras. Estados Unidos, sea cual sea su nueva administración, no tiene vocación de liderar el mundo libre. Y sí. Esta ocasión es diferente. Porque la guerra de ideas a la que asistimos abre un nuevo ciclo en la sociedad internacional. El presidente Biden ha sido el último de los presidentes de la posguerra fría. Bienvenidos a la nueva era.