La falta de información, conocimiento y comprensión de nuestra sociedad y buena parte de sus instituciones sobre la migración internacional en el mundo —y la economía global— resulta, a estas alturas, inconcebible. A la vez, la preminencia de percepciones alejadas de los datos reales y obviamente sesgadas resulta alarmante. No es que la migración no interese; al contrario, es que este interés produce un efecto paradójico: en aquellos países donde más crece la la presencia de la inmigración en los debates públicos, particularmente en los debates políticos y electorales,
más alejadas se encuentran la realidad y las percepciones sobre la inmigración, y más relevancia tienen los prejuicios.
La presencia de la migración en el debate público, como nos recuerda el profesor Joaquín Arango en uno de sus últimos trabajos, podría ayudar a generar un debate que permitiese conseguir mayor consenso sobre la migración, sobre su gobernanza y sobre las políticas públicas que deberían acompañarla. Pero esta posibilidad se desvanece cuando se evoca la inmigración en el debate público solo a efectos de confrontación política. Los sesgos y los prejuicios que ahí se alimentan se refuerzan desde unos medios que se ven inducidos a primar los debates sobre migración en los términos en que esta aparece en la arena política, ya sea para rebatirlos o, en la mayoría de los casos, para reproducirlos y reforzarlos, con la idea de que esas son las noticias que una mayoría quiere oír. Los debates así planteados tienden a retroalimentar los prejuicios y a aumentar la distancia entre realidad y percepción.
"En una mayoría de países europeos, un grupo notable de la población tiene la idea sesgada de que los inmigrantes pagan menos impuestos que los autóctonos en su misma situación"
La literatura académica sobre cómo se percibe la inmigración es muy amplia y coincide en señalar la diferencia creciente entre esta y la realidad migratoria de los países europeos. Una mayoría de ciudadanos sobreestima de forma importante la cantidad de inmigrantes que hay en su país, es decir, de personas residentes no nacionales, y tiene una visión distorsionada de sus orígenes, atribuyendo un porcentaje superior al real a aquellos cuyo origen estaría en países de religión mayoritaria musulmana. De la misma manera, una amplia mayoría subestima la presencia de los inmigrantes en su sistema nacional de empleo, agiganta el porcentaje de desempleados que hay entre ellos y menosprecia su nivel educativo y el papel que tienen en el mercado de trabajo. En coherencia con ello, ve a los inmigrantes en su conjunto mucho más pobres de lo que en realidad son. Además, en una mayoría de países europeos, un grupo notable de la población tiene la idea —obviamente sesgada— de que los inmigrantes pagan menos impuestos que los autóctonos en su misma situación —aunque estos datos varían en función de la confianza ciudadana en el sistema impositivo y su transparencia—, al tiempo que piensa que, en iguales condiciones, reciben más beneficios sociales.
El inmigrante se confunde con todo aquello que es crecientemente problemático en nuestras sociedades. Exageramos en ellos las características religiosas o culturales que nos resultan más inquietantes, e ignoramos las que nos acercarían a ellos.
Extranjerizamos la pobreza, el desempleo o la falta de capacitación, trasladando así hacia los diferentes aquello que no nos gusta reconocer como propio. La imagen distorsionada de la inmigración resulta operativa en lo simbólico; se nos aparece como la otredad que podemos contraponer al nosotros, a la comunidad imaginada de iguales en la que nos sentiríamos cómodos y a salvo.
La diferencia entre las percepciones y la realidad migratoria en nuestro mundo y nuestra sociedad no es inocua. Los prejuicios sobre la migración tienen un efecto performativo. Impactan en nuestra visión y en la confianza que otorgamos, o no, a decisiones que se toman desde las instituciones. Unas decisiones que nacen, muchas veces, de un contexto desfigurado tanto por quienes alimentan el debate como por quienes temen comparecer en él. Esto dificulta, obviamente, la gobernanza de las migraciones: poco a poco, los recursos públicos se van orientando a medidas para hacer frente a aquello que sus promotores han presentado como problema mayor. Las cuestiones relacionadas con la frontera y la irregularidad, y otras cuestiones que no son las que conforman mayoritariamente los escenarios migratorios de nuestro país, adquieren una visibilidad desproporcionada.
"Pierden apoyo las medidas que han facilitado la integración en nuestro país, muchas de ellas locales y de las comunidades autónomas"
Se dejan de lado aquellos temas que deberían ser centrales, como el funcionamiento del mercado de trabajo y las condiciones de empleo sea cual sea el sector y la cualificación requerida —clave en un sistema que legitima la inmigración en relación con la ocupación de un puesto de trabajo—, o la infancia. Y, a la luz de las percepciones distorsionadas de la inmigración, pierden apoyo las medidas que han facilitado la integración en nuestro país, muchas de ellas locales y de las comunidades autónomas, como la atención al conjunto del sistema educativo, la formación y el acceso al primer empleo, la acogida humanitaria, con sus debilidades, pero también con sus fortalezas.
El eco que llega sobre la inmigración afecta negativamente en las políticas públicas que deberían contribuir a gobernar las migraciones internacionales y a gestionar una sociedad diversa. Pero las dificultades no se quedan en este ámbito, sino que permean las distintas políticas públicas. El impacto llega entonces al conjunto de la sociedad. La desproporcionada presencia de la migración y los inmigrantes en la confrontación política basada en informaciones distorsionadas, tienen como efecto reducir el apoyo de los ciudadanos a las políticas redistributivas. Lo que imaginamos sobre la migración y los inmigrantes nos devuelve una imagen fragmentada de la sociedad. En esta sociedad fragmentada, que debe admitir a aquellos que percibe como no pertenecientes al grupo, la cohesión social aparece menos posible y la redistribución de rentas menos justa y deseable.
Sabemos que
los prejuicios contra los inmigrantes y, en general, contra todos aquellos que percibimos como diferentes, existen en todas las sociedades. La nuestra no es una excepción. Sí lo ha sido, hasta ahora, que la migración no se haya situado en el centro del debate político y estos prejuicios no hayan sido utilizados para propósitos electorales. Esto ha cambiado y debemos preguntarnos que efectos tendrá y si se sumarán, como parece, sectores políticos que hasta ahora no habían batallado en esta arena.
Los partidos
mainstream en cuya agenda no figura de manera central la inmigración —a la que incluso ven necesaria para el mercado de trabajo—, pero que son refractarios a la redistribución y al Estado del bienestar, tienen ahí incentivos para abrazar una agenda que, aunque no les sea propia, les resulta útil. El riesgo, con todo lo que comporta, es ya visible en nuestro país.
* La autora interviene este martes, 11 de junio, en el CaixaForum Madrid en el coloquio Migraciones, una oportunidad
, organizado por Agenda Pública dentro del ciclo Una sociedad de oportunidades
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