Este es el titulo de uno de los últimos libros que se dedicaron a contar la obra política de Jacques Delors. Esta frase se aplica a su renuncia a presentarse como candidato a las elecciones presidenciales francesas en 1995, cuando aparecía como el gran favorito. Una de las explicaciones de esa sorprendente decisión se sitúa en mi opinión en la comprehensión de la compleja personalidad de Jacques Delors.
No amaba el poder por si mismo, recelaba de él, discreto y medido fue fiel a sus origines sociales modestos y comprometido desde su juventud con una visión política humanista. Tuve la oportunidad de constatar en muchas ocasiones que lo que detestaba particularmente eran los alardes y la superficialidad, el imperio del dinero y la atracción devastadora del poder. Pude constatar también que mantuvo hasta el final su carácter rebelde y su indignación ante las injusticias, al ser la contestación permanente del orden establecido uno de los motores de su reflexión y acción.
[Recibe los análisis de más actualidad en tu correo electrónico o en tu teléfono a través de nuestro canal de Telegram] Estas facetas de su personalidad no desembocaron en una actitud política revolucionara. Se debe en gran parte porque compartía unos valores humanistas que rechazaban todo tipo de violencia, adhiriendo a las virtudes del dialogo, de la negociación y de las transformaciones progresistas, fundamento indispensable para el “
Vivre ensemble” en sociedad.
Esta obsesión de convivir en paz la traslado de forma más visible y eficaz a escala europea para desarrollar su concepto social demócrata de la identidad europea. El Acta Única, tratado europeo que entro en vigor en 1987, queda como la obra maestra de Jacques Delors en la cual se encuentran los tres elementos de la doctrina Deloriana: la competencia que estimula, la cooperación que fortalece y la solidaridad que une.
Lo que mas importaba para el como político, era contribuir con inteligencia y dedicación a la transformación de la sociedad, hacia mayor eficacia económica como condición de prosperidad, pero también de solidaridad y reparto indispensable para reducir las desigualdades. La prioridad era la cohesión social que solo se podrá alcanzar vía el funcionamento de una economía abierta y eficaz. Cabe también mencionar que mas tarde, al principio de los años 90, añadió la dimensión medio ambiental. Su participación en la Cumbre de la Tierra en Rio de Janeiro en 1992 acabo por convencerle, antes que muchos políticos de aquellos tiempos, de la imperiosa necesidad de proponer medidas fuertes de protección del medio ambiente, al igual que las dedicadas a la Cohesión social y territorial.
El éxito de la década de Delors de 1985 a 1995 se explica también por la solidez de los valores defendidos, la pertinencia del proyecto realizado y su capacidad movilizadora tanto en el seno de las instituciones europeas como en el personal político de los estados miembros y mas generalmente en la sociedad civil.
Le debemos como herencia su activo protagonismo en la realización del mercado único, el Euro, Schengen, las ampliaciones además de los fondos de cohesión y el dialogo social, y también los programas Erasmus. Todos ellos importantísimos e históricos logros de la integración europea.
A pesar de ese impresionante balance, el proyecto Deloriano se desarrolla con una principal fragilidad política y una gran debilidad.
La fragilidad la constituyo el hecho que reposaba políticamente sobre un equilibrio sutil entre democracia cristiana y social democracia, lo que suponía que estas dos fuerzas sigan dominantes y de peso comparable, lo que fue largo tiempo el caso en el Parlamento europeo. Cuando este equilibrio se rompió, lo fue también entre el económico, el social y el medio ambiental. En ese momento se acentúa la eficacia de los mercados sin regularlos mas y con menos presión para amortizar sus consecuencias sociales. Se impuso una Europa neoliberal, la que no era la de frère Jacques.
La construcción Deloriana sufrió también de una seria debilidad, la de una Europa en proyecto sin medios ante las crecientes fuerzas de la mundialización. Como lo vimos durante la crisis financiera del 2008, las regulaciones europeas no eran lo suficientemente solidas. Si es cierto que Delors había identificado esta debilidad desde el origen de la Unión económica y monetaria, al denunciar una Europa muy monetaria y poco económica, no logro convencer los dirigentes europeos de ese desequilibrio.
Mas fundamentalmente fallamos en esos años de perspectiva al creer, como los padres fundadores, que la integración económica iba provocar de forma automática la integración política. Grave error, los acontecimientos ulteriores nos demostraran que la economía influye pero no determina solo el futuro político de los pueblos.
La visión post-westphaliana de Jean Monnet, compartida por Delors era sin duda prematura al reafirmarse con fuerza el predominio de los estados.
En estos últimos años, ante las profundas transformaciones económicas, geopolíticas de nuestro mundo y los peligros que representan para los europeos, Delors apelo a la profundización de la integración europea. Para él era hora de tomar en cuenta el necesario desarrollo de una política exterior y de Defensa más consistente y contundente. Al mismo tiempo reconocía que eso requeriría mucho trabajo intelectual y una voluntad común de los estados miembros, difícil de alcanzar. Pero lo tenia claro y lo resumía en una formula “
la survie ou le déclin”(supervivencia o declive).
El panorama de hoy ha cambiado radicalmente con los de los tiempos de Delors en Bruselas. Los retos y desafíos nuevos hacen como lo reconocía el mismo que la tarea es hoy en día mas difícil, dura y exigente.
Sin embargo, como lo apuntaba Felipe González hace unos días “Seguir su herencia es nuestra obligación”.
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