El día 27 de diciembre de 2023, a los noventa y ocho años, fallecía Jacques Delors, protagonista indiscutible de la segunda mitad del siglo XX en Francia y, sobre todo, en Europa. Delors, militante sindicalista en la CFTC (Confederación Francesa de Trabajadores Cristianos), cristiano progresista, y, finalmente, miembro del Partido Socialista de Francia, fue varias veces ministro bajo diferentes presidentes de la República Francesa, tras haber trabajado durante gran parte de su vida en el Banco de Francia, el Consejo Económico y Social y en la oficina del Comisariado del plan.
Miembro del primer parlamento europeo elegido por sufragio universal y directo en 1979, en 1985 fue nombrado presidente de la Comisión Europea, en aquel momento el principal cargo de la entonces Comunidad Económica Europea. Bajo su mandato, que se extendió durante diez años -el presidente de la Comisión más longevo-, Delors impulsó el Acta Única Europea, una suerte de paquete que incorporaba la creación del mercado único europeo, impulsó el Tratado de Maastricht que marcó el inicio de la Europa moderna, estableció las bases de la Unión Económica y Monetaria, y fue el partero de grandes progresos como la política de cohesión, o el lanzamiento del programa Erasmus, entre otras muchas iniciativas. Su informe sobre competitividad y crecimiento, publicado en 1992, anticipaba muchos de los problemas de la economía europea que todavía no se han resuelto.
[Recibe los análisis de más actualidad en tu correo electrónico o en tu teléfono a través de nuestro canal de Telegram] Delors llegaba a la Comisión con fama de socialista moderado, tras su paso por el gobierno de Mitterrand, y logró su acceso a la presidencia de la Comisión con el beneplácito de Margaret Thatcher y Helmut Kohl, lideres conservadores que acompañaban al premier francés. Su carácter de tecnócrata ilustrado gustó a los líderes comunitarios de aquel entonces, imbuidos como estaban de lo que se denominaba la “euroesclerosis”, una suerte de estancamiento del proceso de integración que se vivió entre los años 70 y 80.
Sin embargo, su mandato se caracterizó por un momento de aceleración de la integración europea, en un contexto de reconfiguración del orden internacional del viejo continente, con la caída de los regímenes comunistas y la nueva política europea de Gorbachov, que apostaba por renovar el sistema político europeo para integrar en la misma a una comatosa Unión Soviética.
El método de trabajo de Delors en la Comisión se basó en llevar el funcionalismo europeo a sus últimas consecuencias.
Helen Drake, en “
Jacques Delors: Perspectives on a European Leader”, describe cómo, a la llegada a Bruselas, Delors consultó con los entonces líderes de la Comunidad Económica Europea qué avances estarían dispuestos a realizar para profundizar en la integración europea. El mercado común era la base sobre la que construir, y a partir de ella, lanzó el proyecto del mercado único, que materializó en el Acta Única Europea, un nuevo tratado que unificaba numerosos procedimientos hasta aquel momento regidos por los tratados de la CEE, la CECA y el Euroatom, para instaurar las bases del Mercado Único. El éxito de la firma del Acta Única abrió las puertas a la reforma de 1992, a través del Tratado de Maastricht, utilizando con inteligencia el denominado método funcionalista: para hacer efectiva una reforma, se debería acometer también una nueva reforma en un sector adyacente, en una dinámica de “spillovers” que terminó reestructurando la Comunidad Económica Europea para convertirla en la Unión Europea.
Un ejercicio audaz, astuto y determinante. Mientras eso ocurría, Delors se preocupó de dotar a la Unión de una visión humana, con los programas dirigidos a los más jóvenes, como el programa Erasmus, el programa Juventud con Europa, la consolidación de la política regional y de cohesión, o las iniciativas vinculadas a la Europa de los Ciudadanos, que completó el impulso de González en Maastricht.
Cuando dejó la Comisión en 1995 se encontraba en la cima de su prestigio internacional, y, pese a las presiones de su partido y de buena parte de la sociedad, rechazó presentarse a la presidencia de la república francesa, algo que posiblemente hubiera cambiado la historia reciente del país galo. Se dedicó entonces a formar parte de grupos de expertos, a escribir sus memorias -tristemente no publicadas en español- y a conformar diferentes think tanks con marcado carácter europeísta. La muerte le ha llegado apartado completamente de la vida pública europea.
Más allá de su trayectoria en la Comisión, Delors fue, también, un hombre del siglo XX. Católico convencido, colaborador en la revista cristiana Esprit, militante de la Juventud Obrera Cristiana, de la asociación Vie Nouvelle dedicada a la educación popular, se mostró desde joven comprometido con los valores del humanismo cristiano de Emmanuel Mournier. Apostó por la formación del capital humano y la educación a lo largo de toda la vida. Comprendió bien las transformaciones que se produjeron en la Europa de postguerra y enfocó los pasos que debía dar el continente en el cambio de siglo. Su sombra ha acompañado, desde entonces, a todos los presidentes de la Comisión, que raramente han soportado la comparación. De hecho, fue la siguiente comisión, la Comisión Santer, la que tuvo de dimitir precipitadamente y provocar un enorme descrédito que ha tardado años en recuperarse.
Leyendo sobre su vida, que se encuentra ampliamente documentada en francés pero también en una
larga entrevista que le hizo el periodista Dominique Wolton en 1994, y publicada en español por Acento Editorial, cualquier lector podrá encontrar en ella a una persona comprometida con su tiempo, flexible y pragmática, pero que nunca renunció a sus valores más profundos. Wolton le preguntó, a un sexagenario político que lo había sido casi todo en la política francesa y europea, a punto ya de ceder el puesto en la Comisión y posiblemente ya habiendo renunciado internamente a presentarse a la presidencia de la República Francesa, si se consideraba un revolucionario:
“DW: ¿Es usted un revolucionario?
JD: Sí, nunca he aceptado el orden existente.
DW: ¿Nunca?
JD: Nunca.
DW: ¿Ahora tampoco?
JD: Ahora tampoco. Siempre ha habido en mí un sentimiento de rechazo, también contra los errores de mi propia acción. El modo de vida de la sociedad, las relaciones humanas que en ella se establecen, genera en mí una profunda insatisfacción, y éste es un sentimiento que no me abandonará jamás”
El libro de la entrevista, que debería ser lectura obligada para cualquier político con vocación europea y europeísta, se tituló en castellano 'De cuerpo entero'. Es difícil encontrar un título mejor.
Read the article in English