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CHARLES PLATIAU (REUTERS)

Delors o por qué nada es posible sin ciertas personas

Ignacio Molina

6 mins - 29 de Diciembre de 2023, 18:20

Muchos obituarios que en estos días glosan la figura de Jacques Delors concluyen que no ha habido un presidente de la Comisión Europea más importante que él. No es cierto. Hubo uno que le supera en ese honor. Y no se trata de hacer semblanzas cicateras en el preciso momento que corresponde ser generoso con un personaje ya de por sí trascendental que acaba de desaparecer. Al contrario, esta puntualización pretende resaltar todavía más su legado. Del mismo modo que Abraham Lincoln queda ensalzado cuando se le considera el segundo gran presidente de los EEUU (tras George Washington, que al fin y al cabo fundó la nación, definió el cargo y lo inauguró), Delors adquiere mayor relieve histórico al mencionarle inmediatamente después de Jean Monnet quien, pese al olvido habitual de analistas, le precedió en su puesto hace ahora tres cuartos de siglo.

Monnet no ganó ninguna guerra de independencia en América, pero sí ganó la paz de la interdependencia en Europa concibiendo el proceso de integración e insertando en su seno a la ‘Alta Autoridad’, de la que fue su primer presidente entre 1952 y 1954. Aunque algo después el Tratado de Roma prefirió usar el nombre -bastante más feo- de ‘Comisión’, se trataba en sustancia del mismo órgano ejecutivo colegiado responsable de velar por el interés general del proyecto supranacional; quizás el diseño de dominación política más original desde que Maquiavelo, Bodin y Hobbes inventasen el Estado soberano.

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Delors se puso al frente de la Comisión treinta años después de la salida de Monnet. Era un momento muy delicado para la construcción europea debido al largo estancamiento provocado por la recesión de los setenta. Pero a los pocos meses de llegar a Bruselas ya había logrado que se olvidase aquella suerte de ‘eurosclerosis’ y que la palabra de moda para definir la integración pasara a ser ‘relance’.

Los hitos que jalonaron su década como presidente son formidables. La Europa de 1985 se denominaba CEE, estaba formada por solo diez Estados miembros, gestionaba un Mercado Común muy fragmentado, tenía una unidad de cuenta sin uso, destinaba todo su presupuesto a la agricultura, no existía libertad de circulación, y no contaba con competencia alguna en política exterior. Sin embargo, cuando Delors dejó el cargo en 1995, la organización ya estaba reformulada como Unión Europea, se habían completado las dos ampliaciones más exitosas de las siete que han tenido lugar, una ingente labor de armonización regulatoria permitía hablar de auténtico Mercado Interior, estaba aprobada la creación del euro, se habían duplicado dos veces los recursos financieros para atender a los objetivos de cohesión, estaba en vigor Schengen o la ciudadanía europea, y se habían decidido las primeras misiones militares conjuntas. 

Sin duda Delors fue también un hombre con suerte, que se benefició de vivir en una época de crecimiento económico, optimismo generalizado por el fin de la Guerra Fría, complicidad con un Parlamento Europeo que dejaba de ser consultivo y coincidencia con líderes también fuertes en las capitales: Kohl, Mitterrand, Thatcher o González. Con todo, no se exagera al atribuirle un importante mérito personal en el devenir histórico del proyecto e incluso las dos grandes escuelas tradicionales de los estudios europeos, el neofuncionalismo y el intergubernamentalismo, se reformularon para considerar su impacto.

Los neofuncionalistas originales defendían que la integración progresaría gradualmente por desbordamiento funcional de un área a otra (desde el carbón y el acero a la moneda única) sin que fuera necesaria la intervención de ningún actor providencial. Sin embargo, en los primeros noventa, la teoría evolucionó hacia un institucionalismo supranacional que sí admitía valor explicativo vital a una alianza de élites que se acababa de producir en aquel entonces entre grandes grupos empresariales europeos y una Comisión fuerte con agenda propia.



Por su parte, los primeros intergubernamentalistas otorgaban el mérito de cualquier avance a la voluntad y el poder relativo de los Estados miembros, que serían los decisores principales, reduciendo la Comisión al papel de mero agente. Tras Delors, no obstante, ese realismo se matizó para admitir que, junto a la conjunción de intereses nacionales, las instituciones supranacionales juegan también un papel esencial facilitando y hasta generando el consenso interestatal. Incluso hay casos de algunas capitales que acuden a Bruselas para que le ayude a concretar su propio proyecto nacional o a facilitar su funcionamiento interno.

En todo caso, fue precisamente Monnet quien supo dar la mejor explicación sobre la dinámica general del proceso y la impronta que pueden dejar en él ciertos individuos con una frase sencilla y certera: “nada es posible sin las personas, nada es duradero sin las instituciones”. Delors no solo empujó mil iniciativas concretas sino significativas reformas de los tratados -nuevas competencias en muchos ámbitos, extensión de la mayoría cualificada en el Consejo, codecisión con el Parlamento, creación del tribunal de primera instancia, o adopción de los criterios de Copenhague- que han resultado claves a largo plazo.

El marco establecido en aquellos años ha permitido avanzar mucho y durante mucho tiempo, pero resulta inevitable que todo impulso pierda fuerza poco a poco. Del mismo modo que el momento fundante de la integración se agotó hasta hacer necesario el relanzamiento en los ochenta, a partir de 2005, con el fracaso del Tratado Constitucional y la posterior era de policrisis, otro decaimiento se fue haciendo cada vez más evidente. Es verdad que hoy (tras el cierre de filas posterior al Brexit, a la pandemia y a la agresión rusa) se dan ciertas condiciones para una nueva revitalización. Sin embargo, esta acabará frustrándose si no hay políticos dispuestos a desplegar su agencia en una reforma profundizadora que haga duradera esta ventana de oportunidad. En ese caso la Historia no les juzgará tan benévolamente.
 
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