Hay lecciones del pasado que necesitamos tener muy presentes en nuestra época. El 27 de julio de 1361,
los campesinos de Gotland salieron al encuentro de un ejército invasor danés con lo poco que tenían: cotas de malla de otro siglo y los mismos aperos con los que araban la tierra. Enfrente, el rey Valdemar IV había alineado a sus mercenarios teutones, soldados de oficio que vivían de la guerra.
El choque se produjo a los pies de Visby, la ciudad amurallada de la isla, y la batalla fue tan breve como desigual. La historia cuenta que los campesinos, acorralados contra la muralla, suplicaron que les abrieran las puertas.
Las puertas permanecieron cerradas, y desde las almenas los burgueses contemplaron cómo morían sus vecinos. Visby era una ciudad global, conectada a los grandes flujos comerciales de la Edad Media, que se había enriquecido como miembro de la Liga Hanseática, y por sus calles se cruzaban alemanes, rusos, letones, suecos y estonios que comerciaban con media Europa del Norte.
Fuera, los campesinos de una isla sin fronteras terrestres eran una sociedad tradicional y homogénea que básicamente tenía un único comprador para todo lo que producían: la ciudad. Gotland no podía vivir sin Visby, pero la cosmopolita Visby ya vivía de espaldas a Gotland. Su muralla no defendía la ciudad del mar, sino de la tierra.
En una misma isla se había producido una fractura que creó dos sociedades con intereses diferenciados y en conflicto latente.
"Gotland no podía vivir sin Visby, pero la cosmopolita Visby ya vivía de espaldas a Gotland. Su muralla no defendía la ciudad del mar, sino de la tierra"
Tras acabar con los campesinos, Valdemar exigió vasallaje y un rescate desorbitado a cambio de no saquear la ciudad.
Las mismas puertas que se habían cerrado ante los vecinos se abrieron ante el invasor, y los comerciantes tuvieron que entregar las fortunas que habían querido proteger. Visby nunca recuperó su esplendor. Pudo haber sido una ciudad más grande y pujante durante mucho más tiempo, pero su historia se torció para siempre.
Esta historia podría leerse como una fábula medieval si su mecanismo no estuviera funcionando hoy en toda Europa. En el fondo, la historia de Visby y Gotland es una categoría interesante de analizar.
Las grandes ciudades del continente, donde la intensidad de su conectividad y su heterogeneidad social son mucho mayores que en sus hinterlands, están dejando de mirar al territorio que las rodea como una comunidad de conciudadanos, y ese territorio ha empezado a responder.
Los rivales de Europa ya lo han advertido y, como hicieron los daneses, se están aprovechando de ello.
La reacción del 'hinterland'
Durante tres décadas, mientras la población dejaba el campo y se mudaba a entornos urbanos,
las capitales europeas compitieron entre sí por atraer inversiones, sedes corporativas y talento. Gracias a ello crecieron de forma inusitada. Ese triunfo, sin embargo, tuvo como consecuencia que
el campo fuese quedando reducido a proveedor de alimentos, de agua, de mano de obra barata y de escapadas de fin de semana. Como sucedió con Visby, la globalización, la eliminación de aranceles y la libre circulación de bienes, personas y capitales permitieron a las ciudades
no depender de los territorios que las rodeaban. Las pequeñas ciudades y capitales de provincia que hasta entonces funcionaban como centros de
vertebración económica y gestión regional perdieron paulatinamente esas funciones conforme la automatización de las gestiones y la toma de decisiones podían centralizarse en la gran ciudad. Las cajas rurales y la financiación agrícola dejaron de depender de sucursales y directores que conocían a sus clientes de toda la vida, generando confianza. La atomización de las decisiones "con rostro humano" fue sustituida por los departamentos de riesgo burocratizados y abstractos. Así pues,
quien ahora vive en los márgenes de un sistema no solo ha perdido capacidades de crédito y renta, sino que las decisiones que condicionan su vida pasan a tomarse en otro lugar, por personas que ya no conoce y que rara vez lo visitan.
Tras la crisis de 2008, ese
hinterland silencioso encontró su voz en las urnas y en todo Occidente vota por preservar las viejas naciones frente a los intereses hanseáticos de las polis.
Esto está acelerando aún más la división entre ambos mundos. En 2016, la Inglaterra desconectada de su gran ciudad votó a favor de salir de la Unión Europea mientras Londres votaba en un 60% por quedarse, y el lema que decidió el referéndum, "
Take back control", sonaba a la queja de una periferia contra su ciudad global. Dos años más tarde, los chalecos amarillos ocuparon las rotondas de la Francia de provincias para protestar contra un impuesto al combustible concebido en París, una ciudad donde el coche es casi un capricho. Y en las europeas de junio de 2024,
Agrupación Nacional obtuvo el 31% de los votos y ganó en 95 de los 101 departamentos franceses, mientras en el propio París seguía siendo una fuerza marginal. Lo mismo sucedió en sentido contrario. La flamante alcaldesa socialista de París, Anne Hidalgo, consiguió casi el 50% de los votos en las elecciones municipales, pero solo el 1,75% cuando se presentó como candidata a la presidencia.
El mapa también se repite en Estados Unidos. Metrópolis costeras acumuladoras donde un color político y una cultura abierta y heterogénea se vuelven hegemónicos porque responden a sus intereses socioeconómicos y, entre ellas, los
flyover states, donde ocurre justo lo contrario, dando lugar a un efecto todavía más perverso:
la paulatina regionalización de las ideologías y un conflicto de intereses creciente, cuyo resultado azuza la lógica de que "cuando los otros gobiernan, lo hacen contra nosotros".
Es importante pensar en umbrales, y el aprendizaje del fracaso de Londres y París como capitales se debe paradójicamente a su éxito como ciudades globales que concentran entre una cuarta parte y casi un tercio del PIB.
Cruzar el umbral del 20% activa los anticuerpos nacionales fuera de la ciudad. Pienso que cruzar el umbral del 30% puede ser insostenible para la integración nacional. Convertir al campo en un
hinterland de la ciudad global supondrá su sometimiento, y para que ocurra se deberá acentuar la sensación de otredad. El campo pasa a ser un lugar distinto, habitado por gente distinta, despreciable en su mentalidad atrasada y mal informada, y conforme se carcome el ideal de los espacios compartidos,
lo único que queda es la lucha por los propios intereses. Es por eso que en muchos países de Occidente, los partidos cuyo voto es eminentemente urbano empiezan a ver legítimo proponer la eliminación de las correcciones en las leyes electorales que todavía hoy garantizan los equilibrios de poder entre el campo y la ciudad.
Una periferia de matrioskas
Sin embargo, este conflicto desborda la vieja frontera entre la ciudad y el campo, porque la periferia no es únicamente una situación geográfica, sino una posición dentro de un sistema. Es el lugar que se ocupa cuando
son otros los que concentran la inversión, las instituciones y la capacidad de decidir sobre uno mismo, y la misma relación se repite en cada escala (global, continental, nacional y metropolitana), como un juego de matrioskas que encajan unas dentro de otras.
"Este conflicto desborda la vieja frontera entre la ciudad y el campo, porque la periferia no es únicamente una situación geográfica, sino una posición dentro de un sistema"
En la muñeca mayor, parece que
una Europa que va muy retrasada en los sectores económicos de última frontera se desliza hacia la periferia de un mundo cuyos centros están en Washington y Pekín. Dentro de ella, el dinero, la investigación y las decisiones se agolpan en la Blue Banana, el corredor que desciende de Londres al norte de Italia siguiendo el curso del Rin, y hacia allí emigran los jóvenes mejor formados de España, Italia, Polonia, Bulgaria o Grecia. Dentro de cada país, la capital se despega del resto:
la región de París genera el 31% del PIB francés y la de Madrid el 20% del español, un peso que no deja de crecer. Y en la muñeca más pequeña, dentro de cada capital, el centro se aleja poco a poco de su corona exterior.
Lo perverso del asunto es que, conforme el sistema entero pierde energía,
la restante tiende a concentrarse, cada vez de forma más acelerada, en los pocos puntos donde sigue existiendo masa crítica. Cada muñeca alimenta a la siguiente. Lo que hoy vemos en varios países europeos es que, cuando el
hinterland se vacía, su gente se revuelve contra sus lógicas extractivas o se marcha al centro, y cuando el
hinterland no da para más, la gran ciudad tiende a convertir otros lugares del mundo con los que tiene buenas conexiones en nuevos territorios de su
hinterland. De esta manera,
hoy el hinterland de una ciudad global abarca el planeta entero. Madrid atrae a jóvenes titulados de Sevilla y a familias trabajadoras de Caracas, Santo Domingo o Buenos Aires por el mismo mecanismo, y unos y otros acaban con frecuencia en las mismas periferias, los últimos lugares donde todavía se puede
pagar un alquiler.
La trampa de las periferias
Ocurre además que, cuando el centro de esas mismas ciudades comienza a apagarse, también empiezan los problemas para sus clases dirigentes, y
también ellas deciden invertir e incluso mudarse (cuando todavía tienen suficientes recursos) al centro de otras grandes ciudades. Quizá el caso de Miami, como ciudad refugio latinoamericana, sea el más paradigmático.
Esta situación provoca que el tamaño de los centros en las ciudades refugio aumente considerablemente, dando la sensación de que su riqueza es cada vez mayor. Sin embargo, la realidad es que
todo el sistema metropolitano aumenta como si fuese un huevo frito que no deja de crecer. Ni siquiera la gentrificación rompe el ciclo: cuando un barrio pobre se pone de moda, el centro se ensancha y los vulnerables son empujados un poco más lejos. Según el geógrafo Christophe Guilluy, junto a la retroalimentación autorreferencial de las élites económicas y culturales que habitan los centros,
las medidas que estas apoyan —las zonas de bajas emisiones, los peajes urbanos, etc.— actúan como mecanismos de expulsión, como murallas invisibles.
"Ni siquiera la gentrificación rompe el ciclo: cuando un barrio pobre se pone de moda, el centro se ensancha y los vulnerables son empujados un poco más lejos"
La yema se hace más grande, sabrosa y entretenida, pero la periferia que la rodea, la clara, no queda absorbida, sino que sigue creciendo, y con ella la escala de los problemas. La periferia continúa apartada en nuevos márgenes. Dicho de otro modo,
no somos más ricos, sino más grandes, con un centro mayor y una periferia que crece todavía más deprisa.
En esos márgenes es donde
cada crisis golpea primero y con más fuerza, porque allí los airbags son mucho más débiles. Cuando llega la escasez de vivienda, de empleo, de citas médicas o de plazas escolares,
la periferia empieza a devorarse a sí misma. La escena recuerda menos a un bote salvavidas con sitio para todos que a
La balsa de la Medusa que pintó Géricault, donde los supervivientes, a la deriva, discuten quién debe ser arrojado al mar.
En nuestra época, esa balsa se está llenando peligrosamente y
los inmigrantes y sus descendientes lumpenizados se han convertido en el blanco más evidente. Los vecinos de siempre, que compiten con los recién llegados por los mismos alquileres, los mismos trabajos, los mismos ambulatorios y las mismas listas de vivienda pública, terminan viendo en ellos la causa de su propio declive. Los emprendedores políticos de ambos extremos lo comprenden antes que nadie y ofrecen respuestas simétricas:
unos prometen a los autóctonos acceso preferente a la vivienda y a los servicios; otros intentan organizar a los recién llegados como un bloque identitario propio. Ambos convierten el barrio en un juego de suma cero, y ambos erosionan la única categoría que antes unía a todos sus habitantes, la ciudadanía. Es así como el mundo de los clanes reaparece allí donde la ciudadanía deja de tener sentido.
"Ambos convierten el barrio en un juego de suma cero, y ambos erosionan la única categoría que antes unía a todos sus habitantes, la ciudadanía"
Es así como
las grandes ciudades, que fueron la cuna de la Ilustración y de las naciones, ahora (cuando la inmensa mayor parte de la población occidental es urbana) se están convirtiendo en su tumba. Mientras tanto, el vacío se ocupa de otra forma y los
hinterlands encuentran sus propios caminos para volver a conectarse con la ciudad. En 2021, la policía española halló 135.000 plantas de marihuana en unas naves abandonadas cerca de Toledo, a una hora al sur de Madrid, y en la costa del Campo de Gibraltar las narcolanchas siguen abasteciendo la demanda de las metrópolis europeas.
Allí donde el Estado se retira del territorio, otras formas de autoridad (que también controlan a las supuestas autoridades locales) ocupan su lugar. Y poco a poco el Leviatán se convierte en un
primus inter pares en muchas partes del territorio.
Un frente sin trincheras
Todo esto podría quedar en un problema doméstico si
los rivales de Europa no estuvieran observando y avivando los fuegos que se encienden en nuestras ciudades. El combustible suele ser local, pero, para aprovecharse de las fracturas internas de una sociedad, ya no es necesario enviar un ejército a invadir Visby con el fin de someterla. En los
Länder más vaciados de la antigua República Democrática Alemana, el malestar de quienes vieron marcharse a sus hijos hacia el oeste alimentó primero las marchas de Pegida y después el ascenso de AfD. En los pueblos agrícolas del sureste español, como en las
banlieues francesas,
la convivencia entre los vecinos de siempre y los recién llegados se tensa con cada crisis. Sobre esos rescoldos actúan después los incendiarios de fuera.
"El combustible suele ser local, pero, para aprovecharse de las fracturas internas de una sociedad, ya no es necesario enviar un ejército a invadir Visby con el fin de someterla"
En el otoño de 2023, el Gobierno francés atribuyó a la red rusa RRN/Doppelgänger la difusión artificial de las fotos de unas estrellas de David pintadas en las fachadas de París:
más de mil bots que empezaron a publicarlas cuarenta y ocho horas antes de que apareciera la primera imagen auténtica. En Berlín, en 2016, la televisión estatal rusa y el propio ministro Lavrov convirtieron una violación inventada en una campaña contra los refugiados que sacó a la calle a miles de ruso-alemanes. Y en Torre Pacheco, en el verano de 2025,
la red de propaganda Pravda publicó cerca de trescientos contenidos en cinco días sobre los disturbios contra los inmigrantes, algunos de ellos bulos, que agravaron el miedo y la sensación de abandono institucional. Hoy las campañas de bots acuden con puntualidad a cada disturbio, catástrofe o suceso en el que aparece un inmigrante.
En ninguno de estos casos Rusia encendió la chispa. Se limitó a soplar en cuanto vio el humo, porque sabe que en la periferia de Europa basta un poco de aire para que el fuego prenda solo. Y es que muchas veces
las guerras cognitivas, que se nutren de la información publicada en prensa, la presión política o el apoyo a las protestas internas, pueden resultar más eficaces que la fuerza. El caso de Francia es, por la magnitud de sus imágenes, el más paradigmático. No hay evidencias de que quienes causan destrozos en las ciudades de Francia estén siendo azuzados por la inteligencia y la desinformación rusa. Pero la violencia y los saqueos han sobrepasado el impacto de las protestas de quienes solo exigían lo que un contrato social roto les había prometido. No hay evidencias, pero tampoco podemos pecar de ingenuidad. El Gobierno italiano ya está considerando que Rusia podría haber azuzado los disturbios de Milán a través de las redes sociales. Y habrá que ver quiénes están detrás de los altercados de la semana pasada en Barcelona. Así pues, el frente más débil en nuestros sistemas democráticos es un frente interno que está hoy en las imágenes seleccionadas, segmentadas y amplificadas por las redes sociales, que no nos muestran las protestas estudiantiles, sino el desorden, los incendios y el caos en los centros de esas ciudades que, como París, viven al margen de sus periferias y de sus países.
El resultado es más polarización, menos cohesión social y más extrañamiento entre ciudadanos. Divide y vencerás. El resultado solo favorecerá a las opciones en los extremos enfrentados. Tanto Bardella como Mélenchon proponen atajar el problema de la deuda pública con medidas que podrían debilitar todavía más las maltrechas arcas del país y también proponen limitar la ayuda financiera o militar a Ucrania. ¿Quién se beneficia?
"Así pues, el frente más débil en nuestros sistemas democráticos es un frente interno que está hoy en las imágenes seleccionadas, segmentadas y amplificadas por las redes sociales"
La lógica es tan sencilla como inquietante.
Una potencia que se prepara para una confrontación real, en el Báltico o en el estrecho de Taiwán, gana mucho si sus adversarios llegan a ese momento sin energía, sin recursos y sin cohesión interna, y el lugar más barato para drenar esa cohesión es aquel donde ya escasea. Mi hipótesis es que uno de los frentes de la batalla de Taipéi, como ocurrió en su momento con la batalla de Argel (la red del FLN en París y la represión de octubre de 1961), puede librarse también en Saint-Denis, en Marsella,
en Ceuta, en Molenbeek y en Offenbach. Es una batalla que no necesita trincheras, sino barricadas y una
banlieue desestructurada y sin una sociedad civil integrada.
Un frente de batalla que tiene el potencial de acelerar la división interna de una sociedad, de aumentar la incertidumbre económica de su país, de cuestionar los fundamentos de sus regímenes democráticos y de disuadirla de librar las batallas que de verdad le interesan. A escasos diez kilómetros del Palacio del Elíseo, la República Francesa tiene problemas para controlar su territorio.
El colchón español
Si Europa se juega su futuro en su capacidad de integrar sus periferias,
Francia enseña adónde conduce el camino de no hacerlo en la actualidad. En junio de 2023, la muerte de un adolescente a manos de la policía en Nanterre prendió una semana de disturbios en las
banlieues, unas periferias que llevan décadas recibiendo inversión pública y que, aun así,
siguen en buena parte fuera del alcance de la República. Desde entonces, como todos hemos vuelto a comprobar, ni el malestar latente en las
banlieues ni los episodios intermitentes de violencia han remitido.
Sin embargo, merece la pena fijarse en el contrapunto que ofrece España. Sus periferias son más pobres y reciben menos financiación que las francesas y, sin embargo, son mucho más estables.
La razón principal está en las escrituras de propiedad. En las
banlieues francesas, y especialmente en los llamados barrios prioritarios,
el 85% de los hogares vive de alquiler, según el Insee, la mayoría en vivienda social, rodeados de bolsas de pobreza y exclusión. Mientras tanto, en España, un país económicamente más frágil que Francia,
tres de cada cuatro hogares son propietarios, herencia de los años sesenta y setenta, cuando los obreros que levantaron los cinturones de las grandes ciudades como Madrid compraron los pisos en los que vivían. Sus periferias urbanas son más robustas porque imperan los incentivos del orden. Quien es dueño de su casa tiene algo en juego en su calle, en el colegio de sus hijos y en las próximas elecciones; quien vive como inquilino de un Estado cuya deuda supera el 100% del PIB acumula agravios contra su casero.
"Sus periferias son más pobres y reciben menos financiación que las francesas y, sin embargo, son mucho más estables"
Ese colchón, sin embargo, se está desinflando. España también tiene una deuda en torno al 100% del PIB,
la proporción de españoles que vive de alquiler ha pasado del 19% en 2007 al 26% en 2024, y quienes alquilan son, sobre todo, los jóvenes y los recién llegados: en 2021, el 56% de los hogares formados solo por extranjeros vivía de alquiler.
La periferia empieza a partirse entre propietarios que temen por el valor de su casa e inquilinos que no tienen nada que perder, y es en esa grieta donde el resentimiento crece más deprisa. El malestar, sin embargo, no estalla en protestas de alta intensidad en las periferias; por el momento, se sigue canalizando en manifestaciones en las plazas cercanas al poder político, que exigen cambios dentro de los cauces del sistema.
Abrir las puertas de Visby
Es difícil entender nuestra época sin asomarnos a la tesis que Christophe Guilluy construye a lo largo de sus libros.
La fractura territorial que llevó a una distribución espacial de clases y oportunidades derivó en una crisis estructural que debilitó los cimientos económicos y políticos de las democracias occidentales. Posteriormente esa fractura se volvió existencial, porque las clases populares, relegadas a las periferias del sistema, ya no poseen ni recursos ni reconocimiento ni capacidad para definir las normas que condicionan su propia vida. Por último, en su reciente libro
Métropolia et périphéria, Guilluy afirma que la fractura se ha convertido en civilizatoria desde el momento en que dos mundos —el de los centros y el de las periferias— comparten aún el Estado, pero han dejado de compartir un proyecto de sociedad.
Ese es el terreno abonado para el enemigo.
"Dos mundos —el de los centros y el de las periferias— comparten aún el Estado, pero han dejado de compartir un proyecto de sociedad"
Robert D. Kaplan define nuestro mundo enrarecido como un Weimar global. Con una globalización que está dejando de ser occidental, y con una concatenación de problemas conectados,
la pulsión natural es crear compartimentos estancos que aíslen los problemas y marquen hasta dónde pueden influir los intereses de los demás. Pero la trágica historia de Gotland y Visby nos enseña que eso no funciona así. Es una trampa.
La respuesta no puede consistir en ignorar al campo o las
banlieues o los intereses de las pequeñas ciudades, ni en encoger o embridar las grandes ciudades. En un mercado abierto,
una ciudad que renuncia a crecer solo consigue enviar su capital y su talento a aquellas ciudades que no hayan renunciado a hacerlo, y los problemas de tener una ciudad global, un centro, siempre serán preferibles a los de carecer de ella y ser una periferia de otros. La pregunta decisiva, pues, es si ese centro seguirá viviendo de espaldas al territorio que lo rodea. O, dicho de otro modo,
si la ciudad tiene la capacidad de integrarse a sí misma en su geografía interior e integrarse con su país volviendo a tejer intereses compartidos.
Esa alternativa pasa por
multiplicar los centros para reducir el tamaño de las periferias. Potenciar el modelo policéntrico dentro de las áreas metropolitanas implica tender trenes de cercanías que conviertan las ciudades de provincias en barrios de la metrópoli, en lugar de estaciones por las que
la alta velocidad pasa de largo. Significa volver a construir
desarrollos urbanísticos no sectorizados ni funcionalistas, con mezcla de usos y con identidad propia, con nuevos distritos en la corona metropolitana, donde los jóvenes y los recién llegados tengan facilidades para convertirse en propietarios. Y significa descentralizar sin que cada ciudad se encierre tras sus propias murallas.
Porque esa es, al final, la lección de Visby.
Sus burgueses creyeron que la muralla los protegía del campo, cuando en realidad los separaba de quienes podían defenderlos. Cerraron las puertas a sus vecinos y acabaron abriéndolas al enemigo; salvaron sus casas aquella tarde de julio de 1361, pero perdieron su futuro para siempre.
Las ciudades de Occidente son objetivos vulnerables, pero todavía están a tiempo de escribir otro final. Evitar los márgenes es lo mismo que decir no ser marginados ni marginar a nadie. Esa es, en definitiva, la única muralla que nos protege de verdad en este "siglo de las ciudades".