La inflación es algo extraño: nadie sabe cómo, ni cuándo, ni dónde aparecerá; sin embargo,
todo el mundo termina pagándola, padeciéndola.
En Estados Unidos, hoy, se manifiesta en una botella de Rioja que un importador de Nueva York ya no consigue vender, en una comida familiar que cuesta más que el mes anterior, en el empresario mexicano o árabe que vive en San Diego y que pospone una inversión porque no sabe cuánto costarán las materias primas dentro de tres meses. En pocas palabras, con base en los datos oficiales más recientes,
la vida de los estadounidenses se ha encarecido significativamente, el nivel de vida ha bajado y la calidad —siendo de muy difícil medición, y comprensible desde los estándares europeos— ya se pone en cuestión. Eso, sin duda alguna, es uno de los factores que más se están haciendo presentes en la recta final hacia las elecciones de medio mandato.
Hace ya casi dos años que Donald Trump regresó a la Casa Blanca. Entonces, prometió prosperidad, crecimiento y certidumbre. No obstante,
la economía tiene la pésima costumbre de no obedecer a los discursos de los políticos. Sobre todo, porque a la clase media estadounidense no le valen las explicaciones "harvardianas" de "por qué los factores internacionales redefinen los precios del mercado". Lo que sí saben es que
su líder ha contribuido a la generación de una incertidumbre comercial internacional, en donde productores, importadores, distribuidores y consumidores terminan pagando, de alguna manera, la factura. Y los imprevistos arranques bélicos y arancelarios del presidente siempre tienen un eco en el bolsillo, en el tanque de la gasolina. En términos generales, hoy, un neoyorquino, un habitante de San Diego, de San Francisco o de Miami necesita mucho más dinero para hacer la misma compra o pagar las mismas cuentas que hace dos años. Eso, desde la teoría económica, tiene muchas explicaciones, pero en la calle, donde la teoría no suele encajar bien,
se llama inflación, se traduce como pobreza.
La energía —en un país en donde el uso de los combustibles fósiles es abrumador— sigue siendo
uno de los rostros más visibles de este deterioro. En tan solo un mes, según datos oficiales, en septiembre,
la gasolina aumentó un 9,1% respecto a agosto. En términos interanuales, el combustible acumula una subida del 34,2%, mientras que el índice energético creció un 20,4%. Esas cifras, al parecer, no tienen impacto alguno en Washington, pero, fuera de los despachos gubernamentales, cambian la vida de millones de personas que se ven obligadas a redefinir sus preferencias de consumo, porque muchas de ellas dependen del coche para ir al trabajo o llevar a sus hijos a la escuela, o, sencillamente, los números ya no cuadran para mantener un negocio abierto. Como ya lo he sostenido en este espacio en otras ocasiones, los votantes son capaces de perdonar casi cualquier exceso retórico, lo que no perdonan nunca es la sensación de vivir peor que antes. Y es precisamente
esa sensación la que definirá los resultados en buena parte del electorado el 3 de noviembre.
"Los votantes son capaces de perdonar casi cualquier exceso retórico, lo que no perdonan nunca es la sensación de vivir peor que antes"
El egregio periodista argentino Tomás Eloy Martínez sostenía que los números impactaban, pero no conmovían. Y, de alguna manera, tenía razón. No obstante,
hay números que hablan por sí solos, que describen realidades difíciles de ignorar.
En términos muy claros, hoy, a diferencia de la era pre-Trump 2.0,
llenar el depósito de combustible cuesta muchísimo más. ¿Los datos? En 2024, el nivel de inflación interanual para la gasolina era del -3,2%:
hoy es del 34,2%. Difícilmente, un bolsillo resiste a eso; una papeleta, de cara a las urnas, mucho menos. Respecto al total del presupuesto doméstico destinado al gasto energético, la situación también es estrambótica:
la inflación hace dos años era del 0,5%, y hoy es del 20,4%. La electricidad pasó de un 2,8% a un 4,4%, en el mismo periodo —siendo esta una de las facturas más elevadas a lo largo y ancho del país—. El gas natural se mantuvo prácticamente igual, pero sigue siendo alto: ronda el 5%.
Medir el encarecimiento en restaurantes es más complicado, pero no menos real. En una ciudad como Nueva York, tranquilamente,
la cuenta (por persona) en un restaurante en Manhattan puede llegar a (o superar) los 250 euros, mientras que en las localidades fronterizas con México o alguna del interior los precios son significativamente más asequibles. No obstante, hay varios indicadores que sí muestran que
los precios siguen subiendo de forma constante, debido al encarecimiento de los insumos, de los productos importados (como el vino y el aceite españoles —más ahora que
Trump nuevamente ha amenazado en términos comerciales a España—) o a las variaciones en la distribución de productos agrícolas desde México, como el aguacate. De acuerdo con los informes de
la Oficina de Estadísticas Laborales (Bureau of Labor Statistics, en inglés), la inflación interanual, medida en septiembre de este año, es del 3,5%. Es decir, salir a comer a cafeterías o restaurantes es marcadamente más caro que en los años previos a la pandemia.
La ciudad de Nueva York (con sus cinco distritos: Manhattan, Staten Island, Brooklyn, Queens y el Bronx)
sigue siendo la urbe más cara del país. Miami se ha encarecido tanto que no está lejos de esos niveles. Boston se acerca mucho. Y, aunque Los Ángeles u Austin no llegan a esos niveles,
el nivel de precios allí también se ha disparado.
"La inflación interanual, medida en septiembre de este año, es del 3,5%. Es decir, salir a comer a cafeterías o restaurantes es marcadamente más caro que en los años previos a la pandemia"
Ahora bien, ¿cómo se traduce eso en la invitación a las urnas el próximo 3 de noviembre? Quizá
la inflación sea —además de la guerra en Irán— el principal problema político para los republicanos de cara a las midterms. La inflación no suele dar como resultado manifestaciones multitudinarias ni titulares apocalípticos; actúa de otra manera: erosiona. Sí, erosiona la billetera, y después
la preferencia política y el vínculo institucional entre el partido y la sociedad. Hace que quienes se consideraban cómodamente clase media (o clase media alta/consolidada) se pregunten si podrán permitirse las mismas vacaciones o comer todos los domingos en el lugar de tradición familiar, si podrán cambiar de coche cada cuatro años o, peor aún, si la cesta de la compra la podrán seguir haciendo igual.
A día de hoy, en términos macroeconómicos,
Estados Unidos sigue siendo la mayor potencia económica del mundo; lo que está en discusión ya es si sus ciudadanos siguen sintiéndose identificados con esas cifras, pero, sobre todo,
si todavía creen en el discurso (siempre tan magnificado) de su presidente.
Este fenómeno rara vez decide una elección por sí solo, pero sí que suele
crear el clima emocional en el que se vota.
A escasas semanas de las
midterms,
las encuestas y pronósticos electorales describen un clima cada vez más áspero para los republicanos.
La popularidad de Trump se ha desplomado (recordemos que está alrededor del 30%, es decir, en un mínimo histórico). Y, según el Pew Research Center,
el 84% de los votantes registrados considera que la economía es un asunto "muy importante" para decidir su voto. De esa manera,
el encarecimiento de los precios resulta ser el primer tema de preocupación a nivel nacional.
"La inflación no suele dar como resultado manifestaciones multitudinarias ni titulares apocalípticos; actúa de otra manera: erosiona"
Los sondeos apuntan a que
la inflación se está convirtiendo en una forma de voto de castigo. Una encuesta de Harris Poll, para
The Guardian,
encontró que el 65% de los votantes independientes cree que la economía está peor. Además,
dos tercios de los encuestados afirmaron que los precios de la gasolina y los alimentos serán factores decisivos al momento de depositar las papeletas en las urnas. Eso, visto desde el ángulo republicano, es un tema muy serio, pues
los votantes independientes suelen ser los decisivos en elecciones ajustadas (sobre todo, en estados bisagra).
Más agudo es un sondeo de
The Economist/YouGov,
en el que se señala la importancia atribuida a la inflación y la relación que tiene con las preferencias electorales. Ese estudio mostró que
el 92% de los estadounidenses declaró que los precios de la gasolina habían aumentado durante el último año, y el 90% afirmó que los alimentos se habían encarecido. En política, las percepciones son tan (o más) importantes que los datos: cuando nueve de cada diez ciudadanos sienten que todo cuesta más, es decir, que no viven mejor que antes, el riesgo electoral para el partido en el poder aumenta sin lugar a dudas.
"Cuando nueve de cada diez ciudadanos sienten que todo cuesta más, es decir, que no viven mejor que antes, el riesgo electoral para el partido en el poder aumenta sin lugar a dudas"
De esta manera,
el encarecimiento sostenido de los precios, traducido en un detrimento del nivel y la calidad de vida de los estadounidenses, también tiene una cita el próximo 3 de noviembre. Y será solo tras esas elecciones cuando sepamos si los votantes de Estados Unidos son capaces de poner freno a un modelo político en el que
los discursos sobran, cuando la gente ya no puede pagar las facturas.