Jueves, 8 de octubre de 2026
MOMENTO AMÉRICA

La factura trumpista llega al Partido Republicano

A pocas semanas de las elecciones de medio mandato en Estados Unidos, el Partido Republicano ya se mira al espejo y se pregunta cómo ha sido la vuelta de Donald Trump a la Casa Blanca. Y los números en las encuestas no le favorecen: el líder MAGA llega a la recta final de las 'midterms' con una aprobación que no se acerca al 40%. "Irán, la inflación y las crisis sociales han llevado a Trump hacia un camino en el que es imposible ignorar el pago de la factura política", opina el periodista Mauricio Hdez. Cervantes.

Mauricio Hernández Cervantes Mauricio Hernández Cervantes 8 de octubre de 2026
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La convención del Partido Republicano de cara a las 'midterms' (Dallas, Texas). | Bob Daemmrich / Zuma Press / Europa Press
La convención del Partido Republicano de cara a las 'midterms' (Dallas, Texas). | Bob Daemmrich / Zuma Press / Europa Press
Hay heridas que vienen de fuera y cicatrices que nacen en casa. Las primeras suelen unir a quienes las sufren: frente al enemigo, la tribu se reconoce, se aprieta, se protege. Las segundas son distintas. Estas las provoca alguien que habla tu lengua, que tiene las mismas costumbres, que suele dormir bajo el mismo techo. Por eso duelen e impactan más. Por eso dejan marcas más profundas.

A pocas semanas de las elecciones de noviembre, las de medio mandato, en Estados Unidos, el Partido Republicano descubre que el hombre que durante una década fue su mayor activo político ahora se ha convertido en una de sus heridas más visibles. No porque Trump haya dejado de ser Trump, sino porque ha seguido siéndolo, quizá, durante demasiado tiempo.

"El Partido Republicano descubre que el hombre que durante una década fue su mayor activo político ahora se ha convertido en una de sus heridas más visibles"
Como una máquina de victorias, doctrina y alineamiento. Así ha funcionado el trumpismo desde hace, por lo menos, una década. Ganó elecciones, redefinió el vocabulario de la derecha estadounidense y ha obligado a los republicanos tradicionales a adaptarse a un líder capaz de convertir cualquier escándalo en combustible, de transformar cualquier ataque externo en una victoria política propia. Cada provocación ha desplazado a la anterior; cada crisis ha abierto el camino a una crisis nueva. Y, en esa tesitura, el partido ha tenido que aprender a vivir en ese vértigo. Muchos de sus dirigentes, que habían llegado a convencerse de que no existía un futuro posible fuera de esa órbita —por supuesto, la de Donald Trump—, ahora han abierto el plano para la autorreflexión. Pero el problema de construir una casa alrededor de un solo hombre es que, tarde o temprano, toda la estructura queda a merced de la fragilidad o fortaleza de los movimientos de ese líder.

Ese cálculo ya empieza a mostrar sus límites, sus flaquezas. La guerra en Irán —y el deterioro de la imagen presidencial como efecto directo de ese conflicto—, así como el cansancio acumulado tras años de confrontación permanente con otros países y otros bloques, han introducido una inquietud que ya no puede ocultarse con los habituales discursos incendiarios. Es decir, han llevado a Trump hacia un camino en el que es imposible ignorar el pago de la factura política. Por supuesto, también hay temas estructurales que ya no soportan más maquillaje: la inflación, la crisis de la vivienda, el polémico debate sobre la posibilidad de tener una sanidad universal y pública, además de uno de los temas más espinosos en el país, es decir, la injerencia de Israel (probablemente, el país más impopular del mundo en estos tiempos) en la política estadounidense. Hoy, la pregunta que circula entre muchos republicanos es si Trump podrá reforzar —desde la unidad del partido— su mandato en las elecciones de noviembre. Las posibles respuestas a esa interrogante resultan incómodas, pues una cosa es conquistar un partido y otra muy distinta es garantizar su supervivencia en el poder.

"La pregunta que circula entre muchos republicanos es si Trump podrá reforzar —desde la unidad del partido— su mandato en las elecciones de noviembre"
Sobre este fenómeno, quien mejor lo ha explicado es Susan B. Glasser, en un artículo en The New Yorker. En su pieza sugiere que Washington ha empezado a prestar menos atención a las polémicas cotidianas de Trump y más al coste político que estas le han generado ya al partido gobernante. Y su diagnóstico es revelador: el trumpismo ya no parece una fuerza expansiva, sino una estructura sometida a la lógica del desgaste. "Esta, para mí, es la gran sorpresa de 2026: el presidente quizá sea derrotado este otoño, pero no por los demócratas, que serían capaces de revolcarse sobre vidrio roto con tal de derrotarle, sino por los propios votantes que lo llevaron de nuevo a la Casa Blanca. Irán, parece ser, está consiguiendo todo lo que el 6 de enero y el resto de sus incontables fechorías no han podido", opina la columnista, sobre un fenómeno que, a semanas de las elecciones de noviembre, ha puesto a temblar al conservadurismo estadounidense.

Lo cierto es que resulta bastante común que, cuando una formación apuesta todo su capital a una sola cabeza, y ese líder se debilita, la organización olvida cómo caminar sola. Y, según Susan B. Glasser, los republicanos podrían estar a punto de comprobarlo. Y, de ser así, la factura más cara del trumpismo no sería, en todo caso, una derrota electoral en noviembre, sino el descubrimiento (tardío) de que las divisiones más peligrosas, las más dolorosas, nunca son las que llegan desde fuera, sino aquellas que se abren en canal desde las propias filas.

Una semana arrebatada que ya le pasa la factura a la popularidad de Trump

Glasser arranca su pieza invitando a sus lectores a hacer un interesante ejercicio: nos propone escuchar el reciente discurso de Donald Trump ante la Asamblea General de la ONU, imaginando que es la primera vez que uno escucha al actual presidente del país que todavía se presenta como el más poderoso del mundo.

"La factura más cara del trumpismo no sería, en todo caso, una derrota electoral en noviembre, sino el descubrimiento (tardío) de que las divisiones más peligrosas"
Como no podía ser de otra manera, la autora sostiene que uno podría pensar cualquier cosa menos que fue una intervención "aburrida", "indiferente" o "menos incendiaria" que las del año pasado (en el caso de no haber atendido a las indicaciones de escucharlo simulando que es la primera vez). Para acabar pronto, entre tantas "bombas" que lanzó Trump, figuraron algunas como la "aniquilación de la República Islámica de Irán", la necesaria cesión de derechos de Venezuela sobre la explotación de sus recursos petroleros para Estados Unidos (una forma disimulada para llamar a la apropiación del dinero petrolero de otro país) o rebautizar a la inteligencia artificial como "superinteligencia".

Pero más allá de si fue aburrido o entretenido el discurso del líder MAGA, lo que la autora señala es que con eso cerró una semana furibunda en la que su popularidad cayó en un momento electoral en el que nadie, en una situación como la suya, se puede permitir esos lujos políticos. Una semana, dicho sea de paso, que arrancó con la censura desde el Despacho Oval a tres grandes medios: CNN, MS NOW y POLITICO. Eso, considerado un atrevimiento grave por buena parte de la sociedad y por voces dentro del Partido Republicano, no lo había hecho ninguno de sus predecesores. Pese a ese arriesgado movimiento político, un juez federal bloqueó la medida casi de inmediato, como así lo sostiene Glasser, bajo el argumento de que no se apega a "ningún procedimiento adecuado conforme a la Constitución".

Pero, más allá de la opinión de la autora, si de popularidad se trata, lo mejor es echar un vistazo a los números, unos que, como ya se sabe, no favorecen en absoluto al presidente estadounidense, ni a su partido, ni a su posible reivindicación política en noviembre. De acuerdo con la web especializada en análisis de datos RealClear Polling, la popularidad de Trump está en cifras muy desfavorables. Por ejemplo, para Reuters/Ipsos, solo el 37% de los encuestados aprueban su gestión, frente al 62% que tiene una opinión negativa sobre ella. Los números de la CNN son los mismos. Rasmussen Reports o Big Data Poll sitúan su aprobación alrededor del 40%, pero, aun así, la no aprobación ronda el 55%. Y para el resto de casas encuestadoras, el diferencial es prácticamente igual.

"Cerró una semana furibunda en la que su popularidad cayó en un momento electoral en el que nadie, en una situación como la suya, se puede permitir esos lujos políticos"
Ahora bien, tomando en cuenta esas cifras y los fenómenos políticos, económicos y sociales antes descritos, ¿qué se puede esperar para noviembre? Para Cook Political Report, una de las publicaciones de análisis electoral más influyentes en Estados Unidos, está claro: "Los republicanos están encaminados a perder la mayoría en la Cámara de Representantes". El mismo medio sostiene que quince distritos competitivos ya se encuentran encaminados hacia una elección en la que predominará el voto demócrata. No obstante, las previsiones para el Senado sí que resultan más favorables para los republicanos.

Pero, si hoy mismo fueran las elecciones, Donald Trump llegaría a ellas como uno de los presidentes más impopulares de Estados Unidos en la era moderna. Como lo vimos antes, difícilmente su aprobación pasa del 35% en muchas de las casas encuestadoras.

Lo cierto es que nada tiene que ver la actual Administración Trump con aquella que estuvo en la Casa Blanca por primera vez entre 2016 y 2020. Increíblemente, la primera versión de Trump como presidente parece, incluso, prudente y mesurada frente a la que regresó al poder en 2024. Como así ya lo hemos sostenido en distintos análisis y coberturas en Agenda Pública, desde el estallido político internacional, detonado por la publicación de los primeros papeles de Epstein, las arrogantes reacciones de Donald Trump han ido in crescendo. Y, como también lo hemos dicho ya, la guerra en Irán le está costando muchísimo más de lo que imaginó, a tal grado que eso, hoy, es uno de los principales motivos que le valen una desaprobación constante en un momento político clave como lo es la recta final hacia las midterms.

¿Qué paralelismos tiene este fenómeno en otras latitudes?

Si bien Donald Trump es un líder imposible de ignorar, por sus incontables polémicas y su populismo que no distingue ni de foros ni de situaciones, su modus operandi no es el único.

"La guerra en Irán le está costando muchísimo más de lo que imaginó, a tal grado que eso, hoy, es uno de los principales motivos que le valen una desaprobación constante"
En Europa y en América también tiene aliados, o líderes que, incluso, lo imitan. Sobre lo último, los casos más extremos serían Javier Milei, en Argentina, o Abelardo de la Espriella, en Colombia. Trump no está solo, o, mejor dicho, Estados Unidos está llegando tarde a una enfermedad que Europa lleva años incubando. Durante más de una década, una parte del electorado occidental ha aceptado a líderes que siempre prometen demoler instituciones, desacreditar a los medios "incómodos", simplificar problemas imposibles, además de ofrecer identidades fuertes a sociedades cada vez más inseguras.

Eso, en ocasiones, ha funcionado. Funcionó en la Hungría de Viktor Orbán, en la Italia de Matteo Salvini (y, después, en la de Giorgia Meloni). También, en la parte de Francia que cree en el discurso de la familia Le Pen. Y, sí, ha funcionado porque la promesa ha sido seductora: la de devolver a cada nación (un concepto extremadamente fuerte en Europa) la versión imaginaria de sí misma. Pero las promesas de identidad tienen un problema elemental: una vez conquistado el poder, llega el momento de gobernar, ergo, de cumplir lo prometido. Sin embargo, gobernar consiste en algo mucho menos épico que la batalla cultural permanente. Consiste, precisamente, en atender y hacer frente a temas estructurales e ineludibles como la inflación, los salarios, las listas de espera en hospitales y escuelas, el precio de la energía, la seguridad o las emergencias naturales o sanitarias, etcétera. Porque, al fin y al cabo, los votantes pueden perdonar casi cualquier exceso retórico: lo que no perdonan nunca es la sensación de vivir peor que antes. Dicho en términos concretos, la política contemporánea está llena de dirigentes que descubrieron (demasiado tarde) que ganar unas elecciones (o una guerra discursiva y cultural) no garantiza tener la nevera llena. Y también ha sucedido en Estados Unidos.

"Los votantes pueden perdonar casi cualquier exceso retórico: lo que no perdonan nunca es la sensación de vivir peor que antes"
Quizá por eso los problemas de Donald Trump se parecen cada vez menos a una excepción en el país que siempre ha prometido libertad y abundancia y cada vez más se parecen a una experiencia occidental compartida. La novedad, en el caso estadounidense, ya no es la irrupción populista; la novedad es su desgaste. Y la paradoja se cumple siempre: cuando los líderes dejan de ser oposición para ser parte del sistema (que tanto criticaron y denunciaron) se enfrentan a la realidad, una, por cierto, tan cruda que nadie está sabiendo resolver. Ni siquiera en Estados Unidos. Entonces, empiezan a recibir las mismas preguntas incómodas que dirigían ellos mismos contra sus adversarios. Y, al final de todo, los números no mienten y el veredicto final se decide en las urnas. Queda poco para noviembre.
Mauricio Hernández Cervantes
Mauricio Hernández Cervantes
Periodista y escritor
Es autor del libro 'El silencio del diente que quiso ser una flor. Textos de un periodista mexicano en España: un país donde el pasado (siempre) es un tema de actualidad'. Actualmente, escribe en la sección internacional de 'El Confidencial' y en la revista 'ETHIC'. Ha colaborado en medios como 'El Mundo', 'La Vanguardia', 'La Voz de Asturias' o el diario mexicano 'Reforma'.
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