Brasil es una rareza. Es un Estado, un lugar, que se resiste a cualquier intento de traducción.
Es demasiado grande para ser solo un país, demasiado contradictorio para caer en una sola idea. Desde fuera se lo mira y se lo reduce a sus lugares comunes: samba, selva, fútbol, violencia, petróleo y macroeconomía desbordante. Pero Brasil es otra cosa:
es un mundo propio, una civilización tropical de más de 200 millones de habitantes, que habla una lengua distinta a la de sus vecinos, que construyó una historia distinta a la del resto del continente americano.
Brasil es fascinante porque, para el resto del mundo, es incomprensible. Quien no haya vivido allí, quien no haya sido testigo de la forma en la que
la opulencia y la miseria, la vanguardia y lo bucólico conviven en una misma esquina, difícilmente puede encuadrar la realidad brasileña en cualquier discurso. Actualmente, es la décima economía del mundo, es la segunda más grande del continente, solo detrás de la de Estados Unidos y, a la vez,
es el territorio americano en el que la desigualdad alcanza sus cotas más altas. Y es también el tercer país con más población carcelaria en el mundo.
Ayer, más de 158 millones de electores estuvieron citados a las urnas y
el resultado del ejercicio democrático ya obliga a los brasileños a elegir a su próximo presidente en una segunda vuelta, prevista para el 25 de octubre. Las predicciones antes de las votaciones daban una ligera ventaja al líder histórico del Partido de los Trabajadores y un referente presidencial, Lula da Silva:
entre cuatro y cinco puntos porcentuales era la diferencia. Sin embargo, Flávio Bolsonaro, hijo del también expresidente y acérrimo rival político de Lula, logró un giro inesperado, ganando el 47% de los votos —frente al 44% de Lula—,
lo que empantanó la elección, condenándola a decidirse en una segunda vuelta. El resto, prácticamente insignificante, fue para partidos minoritarios.
"Flávio Bolsonaro, hijo del también expresidente y acérrimo rival político de Lula, logró un giro inesperado, ganando el 47% de los votos —frente al 44% de Lula—"
Lula hizo una campaña diseñada para el recuerdo: recordó los años de crecimiento macroeconómico, los años de consumo desmedido y las históricas movilizaciones sociales de su pueblo.
En pocas palabras, fue una campaña de memoria y moderación. Y, lejos de aparecer como aquel líder incendiario que puso a temblar a los mercados a principios de siglo, ahora se muestra como un líder capaz de apostar por la estabilidad en tiempos convulsos.
Ha reivindicado la reducción del desempleo, el control de la inflación y las políticas sociales que siguen siendo su principal patrimonio político. Cabe decir que ha intentado ampliar la coalición histórica del Partido de los Trabajadores hacia sectores de centro que, aunque ya no lo consideran como el líder indiscutible, todavía lo contemplan como una opción menos arriesgada que la alternativa.
En las antípodas está Flávio Bolsonaro, que ha hecho una campaña más parecida a una paradoja:
parecerse a su padre, sin convertirse en él. Jair Bolsonaro —quien actualmente cumple una condena de veintisiete años de arresto domiciliario por tentativa de un golpe de Estado—, considerado como uno de los primeros mandatarios ultraliberales de Sudamérica, sigue siendo un referente emocional para millones de brasileños, pero, a la vez, es también quien divide ferozmente —ideológica y económicamente— al país.
Su hijo trata de seguir su senda, sin reproducir todos sus excesos. Y ha tenido como pilares de campaña el combate a la inseguridad y la militarización, el rechazo a las élites políticas tradicionales y anquilosadas,
el fomento al conservadurismo cultural y familiar, así como la defensa de los valores religiosos (recordemos que uno de los pastores evangélicos —el voto evangélico suele tenerlo la familia Bolsonaro— más influyentes de Brasil fue un gran aliado de Jair Bolsonaro).
La gran diferencia con la senda política de su padre son los matices: el hijo promete una praxis menos explosiva, más contundente. Pero, aquí, la pregunta no es si puede ganar, sino
si es capaz de convertir el proyecto de su padre en algo más duradero, menos escandaloso, y, sobre todo, si puede lograr la
independencia de Washington. Respecto a la última cuestión,
todo indica que no es así.
Porque la fractura que atraviesa Brasil no es únicamente ideológica: es socioeconómica, es territorial, es fiscal y hasta emocional.
Lula conserva buena parte de su fuerza en el noreste, una zona tradicionalmente más pobre, en donde sigue rondando el fantasma de que "los mejores años los vivimos bajo su mandato". Por otra parte,
Bolsonaro domina amplias franjas de las clases medias y altas conservadoras, la agroindustria, los movimientos evangélicos (aunque ya hay matices, debido a las recientes disidencias y distanciamientos entre algunos líderes religiosos y el heredero del bolsonarismo) y, sobre todo, a quienes ven al Estado más como un problema que como una solución —y, aquí, es donde son claves tanto el discurso como el dinero trumpista—.
"La fractura que atraviesa Brasil no es únicamente ideológica: es socioeconómica, es territorial, es fiscal y hasta emocional"
Sin embargo,
la novedad es el desgaste y el cansancio. Los años de polarización han hecho mella. La política se ha convertido en un espectáculo que se parece más a una serie de Netflix, uno en el que dos familias tradicionales y bien conocidas se enfrentan con discursos y en las urnas, mientras que
la inseguridad, el crimen organizado y el deterioro en la calidad de vida y la economía no se consiguen frenar. La noticia, en este caso, es que el juez que encarceló a Lula ahora se ha convertido en gobernador del estado de Paraná.
Por eso mismo es que estas elecciones son algo más que una simple disputa política para ver quién se sienta en el Palacio de Planalto.
Son, sin más, un escrutinio para redefinir la nueva identidad de un país que, siendo tan particular y tan diferente al resto de sus vecinos, ya muestra la necesidad de reconformarse y de componer, de nuevo, una identidad propia. Y sucede lo mismo que en países como Argentina, Chile o México:
la gente se está viendo obligada a decidir entre el camino conocido, que tuvo tanto glorias como decepciones, o apostar por un sendero que, ante todo, tiene como meta desafiar las reglas políticas y retar al concepto mismo del Estado. Brasil sigue siendo un país imposible (al menos, para los que no vivimos allí); por eso, este mes, los brasileños están ante la disyuntiva de seguir en esa imposibilidad o de virar el rumbo hacia una construcción de lo posible.
Así quedaría el mapa geopolítico en América Latina (y Trump no quita la vista de encima)
Si por algo se ha caracterizado la
Administración Trump 2.0 es por
la peculiar fascinación de poner el tablero geopolítico de cabeza. América Latina, la región incómoda y vecina para él, resulta un patio de aliados en donde se expresa, como quizá en ninguna otra región, lo de "si no estás conmigo, estás contra mí". Y
Brasil es de sus territorios consentidos.
"América Latina, la región incómoda y vecina para él, resulta un patio de aliados en donde se expresa, como quizá en ninguna otra región, lo de «si no estás conmigo, estás contra mí»"
Durante la reciente votación brasileña, saltó la noticia de que
Andrei Rodrigues, el director general de la Policía Federal, estaba investigando una posible injerencia de Estados Unidos en las elecciones. Evidentemente, para favorecer al candidato alineado con su proyecto regional, es decir, Flávio Bolsonaro. Sin embargo, el presidente del Tribunal Superior Electoral, Kassio Nunes Marques, declaró que
no se ha comprobado ningún indicio concreto sobre la posibilidad de que algún interés extranjero estuviera presente alterando los resultados o afectando el desarrollo del ejercicio democrático. Es curioso: fue el mismo porcentaje que daba la ventaja a Lula, previo a los comicios, el que dio la ventaja final a Flávio de cara a la segunda vuelta.
Antes de la cita a las urnas, medios como
Le Monde Diplomatique o
The New Yorker ya advertían de
la sombra de Washington que siempre se hace presente en las elecciones brasileñas. Claro, una administración obsesionada con hacerse del control de los recursos naturales del sur del continente, ¿por qué se perdería la oportunidad de controlar al
gigante de Sudamérica, es decir,
al país más rico de la región?
No obstante, por el momento, solo son sospechas; no hay pruebas que demuestren que Estados Unidos metió mano a favor de Flávio Bolsonaro. Ahora bien,
el dinero sucio tiene maneras inimaginables de hacerse presente en la política, porque tanto ella como el mismo capital, cuando son oscuros, no tienen patria.
"Por el momento, solo son sospechas: no hay pruebas que demuestren que Estados Unidos metió mano a favor de Flávio Bolsonaro"
Ahora bien, ¿qué esperar hacia la segunda vuelta?
El favorito, tras los comicios del 4 de octubre, es Flávio Bolsonaro. Lo es, psicológicamente. Y es así porque logró dar la vuelta a la ventaja con la que llegó el antiguo líder sindicalista. No obstante, hay que tomar en cuenta que hubo un nivel considerable de abstencionismo, aunque estable, y
eso favorecería, en todo caso, a Lula, ya que muchas de las localidades en donde hubo ausentismo electoral suelen ser tradicionalmente afines a él. Además, cabe destacar que, por ejemplo, Buenos Aires —un conocido bastión peronista y una ciudad con 13.000 ciudadanos brasileños con derecho a ejercer el voto— dio una clara ventaja a Lula. Es decir,
el voto desde el extranjero también está contando.
Entonces, si en tres semanas el proyecto bolsonarista se consolida, Washington —una forma muy diplomática de llamar a Donald Trump— ganaría un territorio clave en su furibunda injerencia sobre el sur del continente.
Ya la tiene, por supuesto, en Argentina, pero también en Colombia, Chile, Ecuador, El Salvador, Paraguay y República Dominicana.
"Si el proyecto bolsonarista se consolida, Washington —una forma muy diplomática de llamar a Donald Trump— ganaría un territorio clave en su furibunda injerencia sobre el sur del continente"
Brasil ha entrado en la recta final para, como se dice popularmente, "echar toda la carne al asador". ¿Qué rumbo tomará?
¿Apostará por el progresismo de Lula, un líder de ochenta años, que promete estabilidad, o se decantará por la revolución ultraliberal del heredero del bolsonarismo que, más allá de su discurso, en sus palabras siempre resuena el eco de la Casa Blanca?
Estamos a semanas de saberlo.