Domingo, 8 de noviembre de 2026
INVESTIGACIÓN

La historia de la guerra de Irán que pudo evitarse, contada por quienes intentaron impedirla

'Agenda Pública' reconstruye, a partir de testimonios de fuentes diplomáticas que participaron en las negociaciones nucleares, cómo fracasó en 2022 la oportunidad de alcanzar un acuerdo con Irán. Aquella decisión resulta determinante para comprender el camino hacia la guerra y la pérdida de influencia europea. Tras las elecciones estadounidenses y el bloqueo político en Israel, Trump y Netanyahu afrontan el reto de poner fin a un conflicto que ha debilitado profundamente a la República Islámica sin acabar con su capacidad de resistencia.

Agenda Pública Agenda Pública 8 de noviembre de 2026
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El presidente estadounidense, Donald Trump (derecha), recibe al primer ministro israelí, Benjamín Netanyahu, en la Casa Blanca. | Casa Blanca / Daniel Torok
El presidente estadounidense, Donald Trump (derecha), recibe al primer ministro israelí, Benjamín Netanyahu, en la Casa Blanca. | Casa Blanca / Daniel Torok
En abril de 2024, durante una reunión de ministros de Exteriores del G7 en la isla italiana de Capri, el entonces ministro ucraniano Dmitró Kuleba planteó a sus colegas occidentales una pregunta incómoda. Días antes, Estados Unidos, Reino Unido, Francia y otros aliados habían contribuido a interceptar los drones y misiles lanzados por Irán contra Israel, demostrando una capacidad de intervención militar que Ucrania llevaba más de dos años reclamando frente a los ataques rusos.

Según el relato de una fuente diplomática conocedora de aquella reunión, Kuleba preguntó por qué los aliados de Kiev nunca habían hecho lo mismo para proteger las ciudades ucranianas. Recordó que los gobiernos occidentales describían la invasión rusa como una amenaza existencial para la seguridad europea, pero se resistían a intervenir directamente contra los misiles y drones de Moscú.

La diferencia resultaba especialmente difícil de explicar porque la defensa de Israel acababa de demostrar que las potencias occidentales disponían de los medios militares necesarios para realizar una operación de esas características. La comparación era aún más dolorosa teniendo en cuenta que Israel es perfectamente capaz de defenderse sola de ese tipo de ataques.

"Los gobiernos occidentales describían la invasión rusa como una amenaza existencial para la seguridad europea, pero se resistían a intervenir directamente contra los misiles y drones de Moscú"
La razón última era, por tanto, mostrar apoyo político absoluto. La comparación no eliminaba las diferencias estratégicas entre ambas guerras, pero dejaba al descubierto una realidad política: Israel ocupaba una posición excepcional dentro del sistema de seguridad occidental. El propio Kuleba se preguntó si la diferencia era que Rusia tiene armas nucleares e Irán no. "Si ese es el caso —dijo a los ministros del G7—, les puedo asegurar que Irán no tardará mucho en tenerlas".

Aquella reunión también reveló algo sobre Irán. Durante décadas, la República Islámica había construido su estrategia de seguridad sobre la convicción de que podía disuadir a Israel mediante una combinación de misiles, organizaciones aliadas y amenazas de represalias regionales. Sin embargo, el ataque de abril demostró que Israel contaba con una red de protección internacional capaz de neutralizar una parte sustancial de la ofensiva iraní.

Teherán había descubierto que sus adversarios podían actuar conjuntamente y que su propia capacidad de disuasión resultaba menos eficaz de lo que había supuesto. La reflexión que Kuleba había formulado en voz alta tenía, para los responsables iraníes, una dimensión adicional: Rusia disponía de armas nucleares, mientras que Irán no. Esa diferencia alimentaba un debate que llevaba años presente en los círculos de seguridad de la República Islámica sobre los límites de su estrategia militar.

"Teherán había descubierto que sus adversarios podían actuar conjuntamente y que su propia capacidad de disuasión resultaba menos eficaz de lo que había supuesto"
Dos años y medio después, Estados Unidos e Israel afrontan un problema diferente. Irán ha sufrido un debilitamiento militar y económico extraordinario, pero el régimen continúa resistiendo y conserva instrumentos para amenazar la estabilidad regional. Donald Trump llegó a las elecciones de medio mandato del 3 de noviembre con una guerra cuyas consecuencias económicas afectan a los estadounidenses, mientras Benjamin Netanyahu intenta formar Gobierno después de unas elecciones que han dejado a su bloque con 53 escaños, ocho menos de los necesarios para controlar la Knéset.

Ambos dirigentes coinciden en la necesidad de impedir que Irán recupere sus capacidades militares y nucleares, pero no está claro que compartan el mismo objetivo político. Para Trump, un Irán debilitado y dispuesto a negociar podría representar una victoria suficiente; para Netanyahu, la desaparición de la capacidad iraní de amenazar a Israel durante generaciones puede justificar una presión mucho más prolongada. Esa diferencia estratégica, todavía contenida por la alianza entre ambos países, puede convertirse en el principal problema de la siguiente fase.

Para comprender cómo se ha llegado a esta situación, Agenda Pública ha reconstruido la evolución de las negociaciones nucleares con fuentes diplomáticas que participaron directamente en ellas y mantuvieron contactos de alto nivel con las autoridades iraníes y estadounidenses. Sus testimonios permiten examinar los errores de cálculo que contribuyeron al fracaso del intento de recuperar el acuerdo nuclear en 2022, las divisiones dentro del régimen iraní y las distintas concepciones del orden regional que han defendido las administraciones estadounidenses.

También ofrecen una perspectiva poco habitual sobre el papel de España y de la Unión Europea en unas negociaciones que constituyeron uno de los principales éxitos de la diplomacia europea. El relato combina episodios conocidos de primera mano, interpretaciones estratégicas e información recibida de otros protagonistas, niveles que conviene distinguir.

Su principal aportación es mostrar que el problema iraní nunca fue exclusivamente nuclear: también fue una disputa sobre la supervivencia del régimen, la seguridad de Israel y la distribución del poder en Oriente Próximo.

La oportunidad perdida de 2022

En agosto de 2022, después de meses de negociaciones en Viena, la diplomacia europea creyó que había conseguido recuperar el acuerdo nuclear con Irán. La propuesta estaba prácticamente cerrada y Estados Unidos había aceptado una fórmula que permitía regresar al pacto abandonado por Trump cuatro años antes. Los negociadores iraníes también habían dado señales de que podían asumirla, aunque todavía era necesario obtener la aprobación definitiva de las autoridades políticas de Teherán.

Pero, según la reconstrucción de nuestras fuentes, una reunión del Consejo Supremo de Seguridad Nacional iraní alteró el desenlace y las autoridades exigieron dos modificaciones adicionales al texto acordado en Viena. No se trataba de dos pequeños intentos de mejorar el texto para Teherán, sino que se trataba de dos enmiendas que destruían por completo el equilibrio del documento.

Obviamente, Washington las consideró inaceptables. En otras palabras, Teherán no estaba preparado para un acuerdo en ese momento. La negociación quedó bloqueada cuando parecía más cercana a concluir con éxito. Aquella decisión no explica por sí sola la guerra posterior, pero ayuda a comprender cómo desapareció una oportunidad de reconstruir los mecanismos diplomáticos que habían limitado el enfrentamiento durante años.

La explicación que recibió posteriormente uno de los interlocutores europeos resulta reveladora del funcionamiento político de la República Islámica. Según ese relato, una parte del liderazgo iraní estaba convencida de que Trump regresaría a la Casa Blanca y volvería a romper cualquier compromiso alcanzado con Estados Unidos. Prefería renunciar a los beneficios económicos inmediatos antes que exponerse a una nueva retirada estadounidense y a otra humillación política.

El recuerdo de 2018, cuando Trump abandonó unilateralmente el acuerdo nuclear, había destruido buena parte de la confianza que los iraníes podían depositar en los compromisos de Washington. Joe Biden podía prometer el levantamiento de determinadas sanciones, pero no garantizar que su sucesor mantuviera esa política. La negociación había llegado a un punto en el que la desconfianza política pesaba más que los términos técnicos del acuerdo.

"La negociación había llegado a un punto en el que la desconfianza política pesaba más que los términos técnicos del acuerdo"
En realidad, el cálculo iraní terminó contribuyendo a producir el escenario que pretendía evitar. Trump regresó efectivamente a la Casa Blanca, pero encontró a una República Islámica mucho más debilitada que la de 2022. La red regional de aliados iraníes había sufrido daños considerables como consecuencia de los ataques israelíes tras el 7 de octubre, la economía atravesaba nuevas dificultades y el descontento social había erosionado la legitimidad del régimen.

La decisión de no aceptar el acuerdo no provocó automáticamente esos acontecimientos, pero privó a Teherán de un mecanismo que podía haber reducido las tensiones con Occidente. También debilitó a los sectores iraníes partidarios de mantener una vía negociadora y reforzó a quienes sostenían que Estados Unidos nunca respetaría sus compromisos. El resultado fue una combinación especialmente peligrosa: menos confianza diplomática, mayor presión militar y una estructura de poder cada vez más dependiente de sus sectores de seguridad.

Javier Solana y el protagonismo europeo en la negociación nuclear

La historia de la diplomacia europea con Irán comenzó mucho antes del acuerdo de 2015. En 2003, las informaciones sobre actividades nucleares iraníes no declaradas llevaron a Francia, Alemania y Reino Unido a iniciar conversaciones con Teherán. Los tres gobiernos comprendieron pronto que cualquier política eficaz de sanciones necesitaba incorporar al conjunto de la Unión Europea, porque las relaciones comerciales entre Irán y varios países europeos seguían siendo importantes.

Alemania, Italia y Francia mantenían vínculos industriales y comerciales con la República Islámica, y las empresas europeas vendían automóviles, maquinaria y productos manufacturados en un mercado que todavía conservaba conexiones internacionales relevantes. Sin la participación de Bruselas, las restricciones económicas tendrían un alcance limitado y los iraníes podrían explotar las diferencias entre los Estados miembros. La negociación nuclear se convirtió así en una cuestión europea no solo por razones de seguridad, sino también por la necesidad de coordinar los instrumentos económicos de presión.

Javier Solana, entonces alto representante para la Política Exterior y de Seguridad Común, se convirtió en el interlocutor que podía reunir a los europeos y actuar ante las autoridades iraníes. Su trayectoria como secretario general de la OTAN y sus relaciones personales con los principales responsables occidentales le otorgaban una credibilidad especialmente útil en una negociación de esas características.

Solana conocía a los dirigentes de las grandes potencias y estos confiaban en él, una circunstancia que permitía mantener conversaciones discretas incluso cuando las relaciones oficiales atravesaban momentos de tensión.

La confianza personal era uno de los principales recursos de aquella arquitectura negociadora. La diplomacia no funcionaba únicamente mediante documentos, sanciones y declaraciones públicas, sino también gracias a personas capaces de hablar con interlocutores que desconfiaban profundamente unos de otros. Esa combinación de experiencia, autoridad política y conocimiento personal permitió a la Unión Europea adquirir una influencia que excedía considerablemente su capacidad militar.

"Esa combinación de experiencia, autoridad política y conocimiento personal permitió a la Unión Europea adquirir una influencia que excedía considerablemente su capacidad militar"
La función pasó posteriormente a Catherine Ashton, Federica Mogherini y Josep Borrell, aunque las condiciones políticas fueron cambiando. La UE actuaba como coordinadora de las negociaciones entre Irán y las grandes potencias, pero los términos decisivos dependían en último extremo de Washington y Teherán. En ocasiones, los avances sustantivos se producían mediante contactos bilaterales discretos, mientras Bruselas asumía la tarea de convertirlos en compromisos multilaterales aceptables.

Esa posición podía parecer subordinada, pero resultaba indispensable cuando las dos partes principales no estaban dispuestas a negociar abiertamente. La influencia europea consistía precisamente en ofrecer un canal que permitiera mantener la conversación incluso en los momentos de máxima desconfianza. Era una forma de poder diplomático que dependía menos de la fuerza que de la utilidad que los demás actores atribuían a la intermediación europea.

Obama quería reducir su presencia en Oriente Próximo; Trump quería reorganizarlo

El acuerdo nuclear de 2015 respondió a una estrategia estadounidense que iba mucho más allá de Irán. Barack Obama consideraba que Estados Unidos debía reducir progresivamente su implicación en Oriente Próximo para concentrar más recursos políticos y militares en Asia, especialmente ante el ascenso de China. Pero esa retirada exigía garantizar la seguridad de Israel e impedir que Irán desarrollara armas nucleares, dos condiciones que Washington consideraba esenciales para evitar una nueva guerra regional.

El acuerdo conocido como JCPOA pretendía establecer límites verificables al programa nuclear iraní y crear mecanismos de inspección que redujeran el riesgo de una confrontación militar. No aspiraba a convertir la República Islámica en una democracia ni a resolver todos los conflictos de la región. Su objetivo era gestionar una amenaza concreta mediante un compromiso que permitiera a Estados Unidos disminuir su exposición estratégica. Daba además a Europa un papel relevante en la arquitectura del acuerdo y de ahí vendría la posición de mediador y facilitador en las negociaciones de 2021 y 2022.

La estrategia tenía una contradicción que las monarquías del Golfo identificaron inmediatamente. Un Irán liberado de parte de las sanciones podía recuperar recursos económicos y utilizarlos para reforzar su influencia regional, especialmente a través de organizaciones armadas aliadas. Arabia Saudí y sus vecinos temían que el acuerdo resolviera una preocupación estadounidense mientras aumentaba su propia inseguridad.

La expectativa occidental de que la integración económica contribuiría a moderar el comportamiento iraní resultaba poco convincente para quienes llevaban décadas enfrentándose a Teherán. La experiencia posterior de las relaciones occidentales con Rusia y China reforzó las dudas sobre la idea de que el crecimiento económico y la integración comercial conducen necesariamente a la moderación política. El problema no era solo cuánto uranio podía enriquecer Irán, sino qué haría con los recursos y la legitimidad internacional que recuperaría gracias al acuerdo.

"El problema no era solo cuánto uranio podía enriquecer Irán, sino qué haría con los recursos y la legitimidad internacional que recuperaría gracias al acuerdo"
Trump llegó a la Casa Blanca con una concepción distinta del orden regional. En lugar de gestionar el equilibrio entre Irán, Israel y las monarquías árabes mediante compromisos diplomáticos, apostó por reforzar la posición israelí y construir una red de relaciones políticas y económicas entre el Estado judío y los países árabes. Los Acuerdos de Abraham fueron la expresión más visible de esa orientación, que pretendía convertir a Israel en una potencia militar y tecnológica central para la seguridad regional.

La normalización de relaciones debía ofrecer incentivos económicos a los gobiernos árabes y reducir progresivamente el aislamiento israelí. Irán quedaría debilitado y tendría menos capacidad para condicionar las decisiones de sus vecinos. El problema de esa arquitectura era que dependía de que Teherán aceptara su pérdida de influencia sin conservar instrumentos suficientes para desestabilizar la región.

El régimen que se debilita sin caer

Durante décadas, Irán había desarrollado una estrategia conocida como forward defense, o defensa avanzada, basada en la construcción de una red de organizaciones aliadas capaces de mantener a sus adversarios lejos de sus fronteras. Hezbolá en Líbano, Hamás en Gaza, los hutíes en Yemen y distintas milicias en Irak y Siria formaban parte de ese dispositivo, aunque sus relaciones con Teherán no eran idénticas.

La lógica consistía en elevar el coste de cualquier ataque contra territorio iraní mediante la amenaza de abrir varios frentes simultáneamente. Pero el 7 de octubre de 2023 puso de manifiesto una vulnerabilidad fundamental: las organizaciones apoyadas por Irán disponían de intereses propios y podían adoptar decisiones que comprometieran la seguridad del régimen.

La respuesta israelí al ataque de Hamás permitió a Netanyahu ampliar progresivamente la confrontación contra distintos componentes de la red iraní. Lo que había sido concebido como un sistema de disuasión comenzó a convertirse en una fuente de exposición estratégica.

La crisis militar coincidió con un deterioro económico que llevaba años erosionando la capacidad del Estado iraní. Las sanciones estadounidenses dificultaron el acceso a divisas y aumentaron la presión sobre los circuitos comerciales y financieros que conectaban Irán con intermediarios en Emiratos Árabes Unidos y otros países. Entre antiguos responsables diplomáticos circula la hipótesis de que Estados Unidos ha mejorado la identificación de esas redes mediante herramientas avanzadas de análisis de datos e inteligencia artificial.

Las restricciones financieras reducen la disponibilidad de dólares, presionan sobre la moneda nacional y encarecen las importaciones. La inflación y la pérdida de poder adquisitivo han contribuido a alimentar el descontento de una sociedad que ya arrastraba profundas tensiones con las autoridades religiosas. La presión económica no actúa de manera aislada, sino que agrava una crisis de legitimidad que se ha manifestado repetidamente en las calles iraníes.

"La presión económica no actúa de manera aislada, sino que agrava una crisis de legitimidad que se ha manifestado repetidamente en las calles iraníes"
Las protestas desencadenadas tras la muerte de Mahsa Amini en 2022 mostraron hasta qué punto una parte importante de la sociedad rechazaba las imposiciones religiosas y políticas del régimen. Los diplomáticos que habían viajado regularmente a Teherán observaron durante años cambios sociales que las autoridades parecían incapaces de comprender, especialmente entre las generaciones jóvenes y las mujeres.

Pero existe una diferencia fundamental entre el rechazo social al régimen y la capacidad de sustituirlo por un sistema político estable. La Guardia Revolucionaria mantiene una estructura militar, económica y territorial que podría desempeñar un papel decisivo ante una eventual descomposición del liderazgo religioso. Tras la muerte de Alí Jameneí en los ataques del 28 de febrero de 2026, su hijo Mojtaba fue designado líder supremo el 8 de marzo, con el respaldo de la Guardia Revolucionaria.

Una crisis de la República Islámica podría desembocar en una reorganización autoritaria del poder en manos de militares de la Guardia Revolucionaria, no necesariamente en una democratización. Esa posibilidad complica profundamente los cálculos de quienes consideran que la presión militar y económica puede provocar un cambio político favorable a Occidente.

El problema de la bomba y la lógica de la disuasión

La cuestión nuclear introduce una dificultad adicional porque la distancia entre disponer de uranio altamente enriquecido y contar con un arma nuclear operativa no puede reducirse a una estimación de semanas. La fabricación de un arma requiere superar distintas etapas técnicas, desde la obtención de material fisible hasta el diseño y la integración de un dispositivo capaz de funcionar como arma.

La posibilidad de instalarlo en un sistema de lanzamiento añade nuevas exigencias, y las capacidades reales de un programa no pueden evaluarse únicamente a partir de la cantidad de uranio enriquecido. Las negociaciones del acuerdo nuclear se enfrentaron precisamente a la evolución tecnológica iraní y a la aparición de centrifugadoras con capacidades muy superiores a las contempladas inicialmente en el pacto de 2015.

Los negociadores debían establecer equivalencias técnicas complejas para determinar qué instalaciones podían mantenerse operativas y bajo qué condiciones. El problema era garantizar que las restricciones resultaran verificables y siguieran siendo eficaces pese a los avances tecnológicos del programa iraní.

Los ataques contra instalaciones nucleares tampoco permiten concluir automáticamente que Irán haya perdido la capacidad de reconstruir su programa. La destrucción de edificios e infraestructuras no equivale necesariamente a la eliminación de los conocimientos, materiales y recursos humanos necesarios para recuperar determinadas actividades. La fuente diplomática consultada considera posible que la ofensiva militar haya reforzado entre sectores del régimen la convicción de que solo la posesión efectiva de armas nucleares puede garantizar su supervivencia.

Se trata de una interpretación estratégica y no de una decisión iraní confirmada, pero responde a una lógica reconocible en otros conflictos internacionales. Corea del Norte ha conservado su régimen mientras desarrollaba un arsenal nuclear, mientras que otros Estados que carecían de esa capacidad fueron objeto de intervenciones militares. La presión destinada a impedir que Irán consiga la bomba podría, por tanto, aumentar los incentivos de algunos dirigentes para intentar obtenerla.

El escenario que más preocupa al Golfo

Los posibles desenlaces de la guerra pueden agruparse en tres grandes escenarios. El primero es la supervivencia de una República Islámica profundamente debilitada, sin capacidad suficiente para reconstruir su programa nuclear o proyectar poder regional. Israel y Estados Unidos podrían presentar ese resultado como una victoria, aunque el régimen continuara gobernando Teherán y mantuviera una parte de sus estructuras de seguridad.

El segundo escenario es el colapso del Estado iraní, que podría eliminar durante años a uno de los principales adversarios estratégicos de Israel, pero desencadenar una crisis regional extraordinariamente difícil de administrar. Irán tiene más de 90 millones de habitantes, importantes minorías nacionales, grandes reservas energéticas y unas organizaciones militares profundamente implantadas en el territorio. Su descomposición podría reproducir algunos de los problemas que siguieron a la caída de Sadam Huseín en Irak, pero a una escala considerablemente mayor.

"Su descomposición podría reproducir algunos de los problemas que siguieron a la caída de Sadam Huseín en Irak, pero a una escala considerablemente mayor"
El tercer escenario sería un cambio de liderazgo que permitiera negociar un nuevo equilibrio con Washington. No necesariamente una democratización, que no cabe excluir dado el nivel educativo de la sociedad iraní, sino la llegada al poder de dirigentes dispuestos a reducir las ambiciones regionales iraníes y aceptar acuerdos económicos y de seguridad. Esta posibilidad parece encajar mejor con una interpretación transaccional de la política exterior de Trump, que podría considerar suficiente modificar el comportamiento internacional del régimen sin reconstruir por completo el Estado.

Pero Irán no es Venezuela y la Guardia Revolucionaria combina intereses económicos, ideológicos y militares que dificultan cualquier reorganización pactada. Además, la confrontación con Estados Unidos e Israel tiene una dimensión histórica y nacional que hace especialmente costosa una negociación presentada como una capitulación. Cuanto más debilitado se encuentra el régimen, más puede depender de los sectores menos dispuestos a aceptar concesiones.

Netanyahu, los evangélicos y el poder de Israel en Washington

La relación entre Estados Unidos e Israel no puede comprenderse únicamente a partir de la cooperación militar. Durante la primera Administración Trump, Mike Pence desempeñó un papel destacado en una alianza que también descansaba sobre convicciones religiosas profundamente arraigadas en sectores del electorado republicano. La fuente diplomática española recuerda un episodio ocurrido durante una reunión internacional sobre Irán celebrada en Varsovia, en la que Pence pronunció un discurso sobre la amenaza iraní y la necesidad de proteger a Israel.

En un momento determinado, según su recuerdo, el vicepresidente abandonó el texto preparado y apeló explícitamente a la autoridad de las Escrituras para justificar su posición. Para algunos representantes europeos presentes, acostumbrados a interpretar el conflicto mediante categorías jurídicas y estratégicas, aquella intervención resultó desconcertante. La escena ilustraba hasta qué punto la política estadounidense hacia Israel podía responder también a convicciones religiosas que no tenían un equivalente directo en la diplomacia europea.

El peso de los evangélicos conservadores ayuda a explicar por qué el apoyo a Israel ocupa una posición singular dentro del Partido Republicano. Para una parte de ese electorado, la existencia y la seguridad del Estado judío tienen una dimensión religiosa que trasciende los intereses tradicionales de política exterior. Eso no significa que exista una posición homogénea entre los estadounidenses judíos, los evangélicos o los dirigentes republicanos, ni que la influencia israelí pueda atribuirse a una única organización.

Las diferencias dentro de la sociedad estadounidense son importantes y el apoyo a Israel se ha convertido en una cuestión cada vez más disputada, especialmente entre los demócratas. Trump debe gestionar sectores favorables a una política de máxima presión contra Irán y otros que rechazan nuevas intervenciones militares prolongadas. La contradicción aparece cuando la solidaridad política con Netanyahu entra en conflicto con la promesa de evitar otra guerra interminable en Oriente Próximo.

"La contradicción aparece cuando la solidaridad política con Netanyahu entra en conflicto con la promesa de evitar otra guerra interminable en Oriente Próximo"
Las elecciones israelíes del 27 de octubre han introducido una nueva variable en esa relación. Netanyahu ganó las elecciones, pero su bloque no dispone de una mayoría suficiente para formar Gobierno con sus aliados tradicionales y sus adversarios tampoco cuentan con una fórmula parlamentaria sencilla para sustituirlo. Antes del 7 de octubre, el primer ministro afrontaba una fuerte contestación por su reforma judicial y arrastraba procesos judiciales por corrupción, mientras que la guerra modificó radicalmente la agenda política al situar la seguridad nacional en el centro del debate.

Una nueva ofensiva contra Irán podría reforzar nuevamente esa centralidad. Pero Israel puede considerar conveniente mantener una presión militar prolongada sobre Irán, mientras Estados Unidos necesita evaluar hasta qué punto esa presión continúa sirviendo a sus propios intereses.

Alemania, España y la impotencia europea

La influencia israelí sobre las decisiones occidentales no se limita a Estados Unidos, aunque en Europa opera mediante mecanismos diferentes. Alemania ocupa una posición central por su responsabilidad histórica derivada del Holocausto y por un compromiso con la seguridad israelí que atraviesa buena parte de su sistema político. Las fuentes consultadas sostienen que, después del 7 de octubre, el apoyo alemán se extendió a decisiones concretas del Gobierno de Netanyahu que provocaron fuertes desacuerdos entre los diplomáticos europeos.

Sus testimonios describen discusiones especialmente tensas sobre la guerra de Gaza y el trato a la población civil palestina, hasta el punto de revelar diferencias profundas sobre los límites de la solidaridad con Israel. Pero el episodio refleja una dificultad estructural: la UE tiene problemas para construir una política común hacia Oriente Próximo cuando Alemania y otros Estados miembros parten de concepciones muy distintas sobre las obligaciones europeas respecto a Israel.

España representa una posición diferente dentro de ese debate. Su diplomacia ha defendido tradicionalmente una mayor atención a la cuestión palestina y ha intentado mantener relaciones con los distintos actores del Mediterráneo y Oriente Próximo. Sin embargo, la capacidad de Madrid para modificar por sí sola el equilibrio regional es limitada, incluso cuando sus posiciones encuentran apoyo en otros gobiernos europeos.

Una coalición de países dispuestos a actuar conjuntamente también tendría dificultades si Alemania mantuviera posiciones incompatibles con las de sus socios. La consecuencia es que Europa puede formular declaraciones, desarrollar relaciones económicas y participar en mecanismos diplomáticos, pero encuentra obstáculos para utilizar instrumentos de presión capaces de modificar las decisiones de los principales protagonistas. La experiencia de las negociaciones nucleares demuestra que la influencia europea fue mayor cuando Washington y Teherán necesitaban un intermediario que cuando la confrontación militar pasó a dominar sus estrategias.

"La experiencia de las negociaciones nucleares demuestra que la influencia europea fue mayor cuando Washington y Teherán necesitaban un intermediario que cuando la confrontación militar pasó a dominar sus estrategias"
La situación resulta compleja porque Europa soporta una parte importante de las consecuencias económicas de la guerra. La crisis energética afecta a la competitividad industrial, los precios y la estabilidad presupuestaria de los Estados miembros, mientras que una prolongación de las hostilidades podría aumentar la presión migratoria y desestabilizar países con los que la UE mantiene relaciones estratégicas.

Durante años, los diplomáticos europeos conocieron de primera mano a los negociadores iraníes y desarrollaron una experiencia técnica y política que pocas potencias podían igualar. Hoy, sin embargo, ese conocimiento no se traduce automáticamente en capacidad para condicionar las decisiones de Washington, Jerusalén o Teherán. La Unión Europea continúa siendo una potencia económica relevante, pero su influencia diplomática disminuye cuando los actores principales consideran que pueden obtener mejores resultados mediante la fuerza. El contraste entre la Europa que negoció el acuerdo nuclear y la que observa la guerra actual constituye una de las principales transformaciones de la política internacional de la última década.

El precio de la guerra en las elecciones estadounidenses

Para Trump, la principal dificultad no reside en demostrar la superioridad militar estadounidense, sino en transformar esa superioridad en un resultado político que pueda presentar ante sus electores. El estrecho de Ormuz constituye uno de los principales instrumentos de presión iraní sobre la economía mundial, porque las amenazas sobre el tráfico marítimo y las infraestructuras energéticas del Golfo repercuten en los precios del petróleo y del gas.

La ofensiva de los hutíes en Yemen añade riesgos sobre otra de las grandes rutas comerciales internacionales y amplía las consecuencias económicas de la confrontación. La capacidad iraní para prolongar esas perturbaciones no depende de derrotar a las Fuerzas Armadas estadounidenses, sino de conservar medios suficientes para amenazar buques, instalaciones y rutas de suministro.

Esa asimetría permite a Teherán elevar el coste de la guerra incluso cuando pierde sucesivos enfrentamientos militares. Estados Unidos puede destruir instalaciones y reducir capacidades estratégicas sin conseguir que la República Islámica acepte las condiciones políticas necesarias para terminar el conflicto.

"Estados Unidos puede destruir instalaciones y reducir capacidades estratégicas sin conseguir que la República Islámica acepte las condiciones políticas necesarias para terminar el conflicto"
Las fuentes diplomáticas consultadas consideran que los mercados financieros y el encarecimiento de la energía pueden condicionar las decisiones de Trump más que las objeciones diplomáticas tradicionales. Una caída bursátil significativa afectaría directamente al patrimonio de numerosos hogares estadounidenses y a las expectativas económicas de una parte de su electorado, mientras que la subida del combustible tendría consecuencias visibles sobre el coste de la vida.

En unas elecciones de medio mandato en las que se renovaron toda la Cámara de Representantes y una parte del Senado, ese coste adquirió una dimensión política inmediata. La victoria demócrata en ambas cámaras del Congreso complicará la agenda de Trump y reforzará el control parlamentario sobre su Administración a partir de enero de 2027.

Trump necesita una victoria que pueda explicar, pero no está claro que el resultado que permitiría a Washington dar por concluida la guerra coincida con el que Netanyahu considera suficiente para garantizar la seguridad de Israel. La alianza entre ambos países puede mantenerse intacta en el terreno militar y, al mismo tiempo, mostrar diferencias crecientes sobre el momento de detener la confrontación.

La guerra que nadie sabe cómo terminar

La República Islámica dispone de una estrategia de supervivencia que no exige derrotar militarmente a ninguno de sus adversarios. Le basta con conservar capacidad para resistir, mantener cierta presión sobre las rutas energéticas y aumentar los costes de la guerra hasta que Washington considere más conveniente negociar que continuar atacando. Para Estados Unidos, un acuerdo que limite las capacidades iraníes y permita estabilizar los mercados podría constituir una victoria aceptable.

Para Israel, ese mismo acuerdo podría representar únicamente una pausa durante la cual Teherán intentaría reconstruir su poder militar y recuperar parte de su influencia regional. Esa diferencia explica por qué compartir un enemigo no significa necesariamente compartir una estrategia para el día después. También permite comprender que la verdadera dificultad de la guerra no consiste en determinar quién dispone de mayor poder militar, sino en establecer qué resultado político puede considerarse suficiente.

Las elecciones estadounidenses y las israelíes no decidirán por sí solas el futuro de Irán, pero condicionarán el margen de maniobra de los dos dirigentes que han impulsado la confrontación. Trump afronta una contradicción entre su voluntad de demostrar fuerza y su promesa de no repetir las intervenciones interminables de sus predecesores, mientras Netanyahu necesita preservar la superioridad estratégica de Israel en un sistema político que sigue sin ofrecerle una mayoría estable.

Europa tiene interés en evitar tanto una República Islámica capaz de desarrollar armas nucleares como un Estado iraní descompuesto que desestabilice toda la región, pero dispone de menos instrumentos que nunca para influir sobre el desenlace. En agosto de 2022, una propuesta diplomática estuvo cerca de convertirse en un acuerdo antes de que los cálculos políticos iraníes frustraran la operación.

Hoy, después de años de deterioro y confrontación, recuperar una fórmula semejante sería mucho más difícil. La guerra ha demostrado que Israel y Estados Unidos pueden destruir buena parte de las capacidades militares iraníes, pero todavía no han demostrado que puedan transformar esa superioridad en un orden regional estable.

"La guerra ha demostrado que Israel y Estados Unidos pueden destruir buena parte de las capacidades militares iraníes, pero todavía no han demostrado que puedan transformar esa superioridad en un orden regional estable"
La pregunta que sobrevuela Washington y Jerusalén es, por tanto, quién será capaz de terminar la guerra y en qué condiciones. Netanyahu puede considerar que cualquier acuerdo que permita sobrevivir a la República Islámica deja abierta la posibilidad de una amenaza futura, mientras Trump necesita evaluar cuánto está dispuesto a pagar para conseguir una victoria que pueda presentar como definitiva.

Los dirigentes iraníes, por su parte, pueden interpretar que la supervivencia del régimen constituye ya un resultado suficiente frente a dos adversarios militarmente superiores. La experiencia de las negociaciones nucleares demuestra que incluso cuando existe una fórmula técnicamente viable, los cálculos políticos pueden impedir que se alcance un acuerdo.

El fracaso de 2022 dejó a Irán sin una salida diplomática que habría reducido su aislamiento, y la guerra actual amenaza con eliminar también los interlocutores capaces de negociar otra. Esa es la contradicción que puede terminar definiendo el conflicto: cuanto más cerca estén Estados Unidos e Israel de una victoria militar, más difícil puede resultar encontrar a alguien con quien pactar la paz.
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