Veldhoven, una localidad tranquila y acomodada del sur de los Países Bajos, no parece el tipo de lugar que debería encontrarse en primera línea de la
competencia geoeconómica entre Estados Unidos y China. Pero, además de acoger a muchos trabajadores que se desplazan diariamente a Eindhoven, también alberga
una de las empresas más importantes del mundo.
ASML puede presumir, con bastante fundamento, de ser
la empresa europea más importante de la que menos gente ha oído hablar. Fabrica avanzadas máquinas de fotolitografía, la tecnología que permite a los fabricantes de chips grabar patrones de circuitos en obleas de silicio.
Todos los grandes fabricantes mundiales de chips, desde la taiwanesa TSMC hasta la surcoreana Samsung o Intel, dependen de los sistemas de litografía ultravioleta extrema (EUV) de ASML para producir los chips más avanzados. Existen otros proveedores de máquinas de litografía ultravioleta profunda (DUV), con las que pueden fabricarse chips menos avanzados, pero
ASML es el único proveedor mundial de equipos EUV. Cualquiera que fabrique los chips necesarios para alimentar la
carrera de la inteligencia artificial depende de la compañía neerlandesa.
Desde el
primer mandato del presidente Trump, durante toda la Administración Biden y ahora de nuevo bajo la presión de su equipo,
el Gobierno neerlandés ha ido endureciendo progresivamente las restricciones a las ventas de maquinaria de ASML a China. No solo se ha ido cerrando el suministro de equipos EUV, sino también el de los modelos más avanzados de tecnología DUV. El pasado julio, las informaciones de que China había empezado a producir sus propias máquinas DUV —basadas en gran medida en tecnología neerlandesa— bastaron para golpear con fuerza la cotización de ASML y desatar una nueva oleada de preocupación entre los estrategas geopolíticos estadounidenses.
La industria litográfica china se encuentra quizá una década por detrás de ASML, pero, teniendo en cuenta que la empresa neerlandesa partía con cuarenta años de ventaja, está acortando distancias con rapidez.
"Cualquiera que fabrique los chips necesarios para alimentar la carrera de la inteligencia artificial depende de la compañía neerlandesa"
Para quienes estudian la historia económica y tecnológica,
nada de esto es nuevo. Las preocupaciones por lo que un economista actual denominaría "transferencia tecnológica" son, al menos, tan antiguas como el propio crecimiento económico moderno. Durante la
Revolución Industrial, cuando Gran Bretaña consolidó una ventaja económica abrumadora —aunque temporal— sobre sus competidores y rivales,
una serie de leyes aprobadas por el Parlamento trataron no solo de impedir la exportación de maquinaria fundamental, sino que llegaron incluso a prohibir que los artesanos cualificados sacaran sus conocimientos fuera del país.
La eficacia general de este bloqueo del conocimiento fue desigual. Un ejemplo destacado es el de
Samuel Slater. Nacido en Derbyshire en 1768, empezó a trabajar en una fábrica de algodón a los diez años y más tarde se convirtió en aprendiz, etapa en la que aprendió a utilizar la todavía novedosa
water frame,
una máquina de hilar accionada por energía hidráulica que estaba revolucionando la producción textil británica. A los 21 años, y haciéndose pasar por agricultor para eludir las restricciones, emigró a Nueva York. En 1793 ya dirigía en Nueva Inglaterra una fábrica que no solo tomaba numerosos elementos de la tecnología británica, sino que también copiaba y adaptaba sus técnicas de organización y gestión. Durante una visita a una de sus fábricas en la década de 1830, el entonces presidente Andrew Jackson lo ensalzó como
"el padre del sistema fabril estadounidense". En Gran Bretaña era conocido como "Slater el traidor".
El bloqueo tecnológico siempre fue poroso, nunca absoluto. La
water frame que Slater llevó a Norteamérica, por ejemplo, empezó a utilizarse en Inglaterra en 1769 y, pese a las restricciones, en 1779 ya había máquinas de este tipo en Francia y en 1785 en los Países Bajos.
Se sabe que al menos 1.000 artesanos británicos viajaron a Francia entre 1710 y 1800.
"Las preocupaciones por lo que un economista actual denominaría «transferencia tecnológica» son, al menos, tan antiguas como el propio crecimiento económico moderno"
Con el tiempo,
el Gobierno británico cambió de estrategia. La prohibición de emigrar se eliminó a mediados de la década de 1820 y los controles sobre las exportaciones de maquinaria se redujeron drásticamente antes de ser abolidos por completo en la década de 1840. En lugar de intentar proteger secretos celosamente guardados,
los fabricantes británicos empezaron a mostrar cada vez más interés por vender su tecnología en el extranjero. En la década de 1840, con el
giro británico hacia el libre comercio, aquellas restricciones resultaban cada vez más difíciles de justificar.
El consenso entre los historiadores económicos es que, aunque la tecnología y los trabajadores cualificados escapaban con frecuencia de esos controles,
la estrategia general elevó los costes de reproducir el modelo británico. El Gobierno de Gran Bretaña no podía impedir que su tecnología acabara utilizándose en Francia, los Países Bajos o Estados Unidos, pero sí podía retrasar de manera sustancial su implantación.
Los esfuerzos de la Guerra Fría para bloquear la transferencia tecnológica fueron, si cabe,
más eficaces. Desde finales de la década de 1940,
las principales economías occidentales no solo trataron de impedir la exportación de tecnología militar a sus adversarios ideológicos, sino que también impusieron controles a la venta de numerosos bienes y procesos industriales, especialmente en los ámbitos de la informática y
los semiconductores. Una vez más, se encontraron formas de sortear las restricciones, como siempre ocurre. En algunos casos se recurrió a cadenas de transacciones a través de terceros e incluso cuartos intermediarios; en otros, al espionaje industrial más tradicional. Investigaciones recientes han encontrado pruebas sólidas de que
este fue uno de los muchos factores que frenaron la productividad soviética y del bloque del Este durante las décadas de 1960, 1970 y 1980.
Con toda probabilidad,
es imposible impedir para siempre que una tecnología cruce las fronteras, aunque "para siempre" es mucho tiempo. Los libros de historia están llenos de ejemplos de lo que los economistas del comercio denominarían "fricciones" que
lograron retrasar esas transferencias tecnológicas durante años, incluso décadas.
"El Gobierno de Gran Bretaña no podía impedir que su tecnología acabara utilizándose en Francia, los Países Bajos o Estados Unidos, pero sí podía retrasar de manera sustancial su implantación"
La pregunta más interesante, sobre todo cuando se trata de un competidor como China, es
cómo responde la parte sometida al embargo. Investigaciones recientes sobre las restricciones estadounidenses a las exportaciones hacia China durante las décadas de 2000 y 2010 han concluido que, a corto plazo, este tipo de herramientas geoeconómicas suelen funcionar bien: las importaciones chinas de los productos restringidos disminuyen de forma considerable. A medio plazo, sin embargo, estas restricciones han
estimulado la innovación.
Cuando se corta el suministro occidental de un componente o una máquina fundamentales, las empresas chinas suelen responder aumentando su propio gasto en I+D y el número de patentes que registran. Según las conclusiones de
un estudio reciente, estos estímulos a la innovación son
"económicamente significativos por su magnitud y persistencia".
En otras palabras,
los responsables políticos deben encontrar un equilibrio delicado. Impedir que ASML exporte a China casi con toda seguridad ha perjudicado los esfuerzos chinos en la carrera de la inteligencia artificial, pero
el precio puede ser incentivar a China para que desarrolle sus propias alternativas y acabe creando un sector chino de inteligencia artificial y fabricación de chips más fuerte, en lugar de más débil.
Esta pieza ha sido publicada en Engelsberg Ideas y traducida por Agenda Pública.
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