Lunes, 24 de agosto de 2026
CONSECUENCIAS DE CEUTA

Meloni contra Sánchez

Italia mantiene hasta septiembre controles fronterizos vinculados a la crisis de Ceuta y España ha respondido con medidas equivalentes. El catedrático emérito de Ciencia Política Cesáreo Rodríguez-Aguilera de Prat analiza cómo el pulso entre Giorgia Meloni y Pedro Sánchez ha trasladado una emergencia migratoria al corazón de Schengen: "La cuestión migratoria no es nacional, es europea", sostiene.

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El presidente español y la primera ministra italiana en una sesión del Consejo Europeo. | Unión Europea
El presidente español y la primera ministra italiana en una sesión del Consejo Europeo. | Unión Europea
La grave crisis de Ceuta, a la vez humanitaria y territorial, tiene también importantes consecuencias europeas, en particular por la tensión entre los gobiernos de Italia y España. De entrada, la primera ministra italiana, Giorgia Meloni, afirmó que el presidente del Gobierno español, Pedro Sánchez, había sido débil frente al asalto, aunque la rápida devolución de unos 70.000 de los 80.000 irregulares que entraron en la ciudad la obligó a matizar sus críticas. De un lado, es un error por parte de Meloni acusar al gobierno de un país amigo, aliado y socio, y de otro, no puede ignorarse que poner de relieve las diferentes políticas migratorias de ambos obedece a razones internas, pues tanto aquella como Sánchez se dirigen en primer lugar a sus electores.

"Controlar la documentación de los pasajeros procedentes de España no es más que un estorbo burocrático inútil a efectos prácticos"
En otros términos, la suspensión temporal por parte de Italia del Tratado de Schengen con relación a España es una operación simbólica y propagandística, aunque sea una posibilidad contemplada y relativamente usual. Controlar la documentación de los pasajeros procedentes de España (Sánchez ha replicado con la misma medida) no es más que un estorbo burocrático inútil a efectos prácticos. Cabe recordar que el año pasado, por ejemplo, 3,2 millones de españoles viajaron a Italia y 5,4 millones de italianos a España y que, tras esa doble suspensión, apenas el 10% de los pasajeros ha sido sometido ahora a controles aleatorios; por tanto, esta medida debería archivarse cuanto antes y no repetirse.


Para el Gobierno de Meloni, las políticas de Sánchez pondrían en peligro el sistema Schengen (como ha señalado Carlo Fidanza, europarlamentario de Fratelli d'Italia), pero se trata de una distorsión porque no es cierto que quien acceda a Ceuta o a Melilla ya pueda circular libremente por todo el espacio Schengen. Esto sencillamente no es así porque las dos ciudades autónomas tienen un estatus diferenciado en ese tratado, ya que se exige un control previo antes de poder desplazarse a la península. Por tanto, los irregulares que están en cualquiera de las dos ciudades autónomas han de pasar un doble filtro, de ahí que los controles temporales establecidos por Meloni y Sánchez carezcan de justificación.

La lamentable carta de los veintidós impulsada por Meloni, con la incomprensible complicidad de la socialdemócrata danesa Mette Frederiksen, refleja los objetivos perseguidos sobre todo por las derechas radicales europeas en materia migratoria y en ella se atribuyó a la regularización de Sánchez ser un posible factor de atracción, algo no verificado empíricamente. De un lado, debe recordarse que cuatro países europeos no se sumaron a este regresivo documento (Francia, Irlanda, Luxemburgo y Portugal), y de otro, que la presidenta de la Comisión, Ursula von der Leyen, felicitó después a España por su eficacia a la hora de resolver en lo esencial la crisis, a la vez que anunció más ayudas económicas a Marruecos para frenar los saltos. En realidad, no se puede ignorar que Ceuta y Melilla son "frontera exterior" de la Unión Europea y solo por eso merecerían una atención comunitaria mucho más firme que la mostrada en esta crisis.

"Italia y España están obligadas a no repetir un desencuentro como este y, aunque sus gobiernos estén en las antípodas ideológicas, se equivocan si persisten en prolongar medidas restrictivas"
El episodio del desencuentro entre Meloni y Sánchez es un error porque distancia a dos países que deberían colaborar mucho más para forjar un fuerte contrapeso complementario al eje franco-alemán. Sin embargo, en esta crisis, para Meloni es Sánchez el que estaría chantajeando a Italia, pues la primera ministra considera desorbitada la respuesta española, y Matteo Salvini fue más allá al considerar una "amenaza" para la seguridad nacional la política migratoria española. Es cierto que para Sánchez es más fácil ser firme con Italia —un socio comunitario con el que se acabará superando esta crisis— que con Marruecos, a cuyo régimen procura no incomodar nunca. Italia y España están obligadas a no repetir un desencuentro como este y, aunque sus gobiernos estén en las antípodas ideológicas, se equivocan si persisten en prolongar medidas restrictivas. Por lo demás, no siempre ha sido así: España se solidarizó plenamente con Italia con motivo de la grave crisis de Lampedusa en 2023. En suma, la colaboración entre Italia y España no solo no puede tener un perfil bajo, sino que debe superar cuanto antes esta situación y lo cierto es que la oposición italiana se ha solidarizado con Sánchez (Elly Schlein, del Partito Democratico; Giuseppe Conte, del Movimento 5 Stelle; Nicola Fratoianni, de Alleanza Verdi Sinistra; e incluso el centrista Matteo Renzi, que considera que Meloni se ha equivocado).


Lo peor de esta crisis ha sido la inicial falta de solidaridad europea: en 2021 funcionó frente a las provocaciones del autócrata bielorruso Aleksander Lukashenko cuando toda la Unión Europea apoyó en bloque a Polonia y los países bálticos, de ahí que la tibieza y pasividad europeas en la crisis de Ceuta sean incomprensibles y contraproducentes para los propios intereses comunitarios. Es muy grave que el grueso de los gobiernos y las opiniones públicas europeas asuman el discurso de las derechas radicales en materia migratoria porque es un ingrediente esencial en su proyecto de implantar un modelo de nacionalismo étnico excluyente con rasgos cada vez más autoritarios y antipluralistas. El famoso "efecto llamada" no es más que un mito, aparte de que oponerse a la regularización tiene efectos nefastos, toda vez que los contrarios a ella saben que en la práctica es imposible expulsar de los países europeos a todos los "sin papeles", de ahí que el resultado efectivo de ignorarlos sea no solo el de invisibilizarlos, sino el de exponerlos a la máxima explotación.

En esta crisis, de entrada, Sánchez estuvo prácticamente solo al ser el enemigo perfecto de todas las derechas europeas al ser la excepción por sus políticas migratorias flexibles y receptivas, de ahí que Vox, por ejemplo, se identificara de inmediato con las tesis de Meloni. La cuestión es analizar por qué la primera ministra italiana ha reaccionado como lo ha hecho: de un lado, esta crisis con España le ha venido muy bien porque responde a su ideario xenófobo, y de otro, le ha servido para demostrar que es la más firme defensora de los intereses nacionales. En realidad, Meloni ha utilizado este asunto como elemento de política interior, como factor de cohesión de su coalición bajo su indiscutible liderazgo y como factor de presión frente a la oposición progresista. Es decir, la confrontación Meloni-Sánchez tiene un claro trasfondo preelectoral, pues Fratelli d'Italia quiere revalidar su clara hegemonía política frente a la declinante Lega de Salvini y el ascendente Futuro Nazionale de Roberto Vannacci, que ya alcanza el 7% en algunas encuestas. Tras el fracaso en el referéndum sobre la justicia, Meloni necesitaba con urgencia recuperar la iniciativa política y mostrar dureza en la cuestión migratoria; es ideal en su estrategia. El desgaste interno de su coalición se está evidenciando en la complicada negociación de la reforma electoral —con fugas de votos parlamentarios incluidos— y con diferencias sobre el rearme (entre la Lega "putinista", contraria a aumentarlo, y Forza Italia, atlantista y favorable a su aumento). Por tanto, la crisis de Ceuta le ha ido bien a Meloni, sin ignorar su profunda hipocresía: entre 2021 y 2026 entraron unos 470.000 irregulares en Italia frente a unos 235.000 en España (datos de Frontex) y, por lo demás, el país no tendrá más remedio que acabar legalizando a 1,1 millones de irregulares que tiene y, de hecho, está articulando un sistema de permisos laborales para ellos como primer paso.

"Es muy grave que el grueso de los gobiernos y las opiniones públicas europeas asuman el discurso de las derechas radicales en materia migratoria"
En conclusión, la cuestión migratoria no es nacional, es europea y parece que la Unión Europea no aprende: la "Europa fortaleza" es imposible e indeseable, además de ser absolutamente contradictoria con su discurso teórico sobre los derechos humanos. No tiene sentido la fragmentación de los sistemas informativos de los Veintisiete, así como la escasa coordinación y cooperación al respecto, y es una pésima "solución" la de externalizar la deportación de irregulares a terceros países, la fórmula Albania de Meloni, que ha sido un fracaso rotundo. Superar esta visión exigiría una visión realmente federal de la que, infortunadamente, hoy la Unión Europea carece.
Cesáreo Rodríguez-Aguilera de Prat
Cesáreo Rodríguez-Aguilera de Prat
Catedrático de Ciencia Política de la Universidad de Barcelona
Participación