La
Comisión Europea está cambiando el enfoque con el que habla del fin de las
energías fósiles. El marco ya no es la
transición energética como un medio para evitar el cambio climático. Ese fue el argumento que impulsó el
Pacto Verde durante el período comprendido entre 2019 y 2021. Desde entonces, a la hora de hablar de hidrocarburos, la Comisión pone el énfasis en que
la Unión Europea queda a merced de los demás. La transición ha pasado de ser un objetivo político idealista impulsado por una urgencia muy real a un objetivo geopolítico. Es el signo de los tiempos.
La
guerra de Rusia contra Ucrania a partir de febrero de 2022 fue el principal motor de ese cambio de enfoque. Pero la reciente crisis en el estrecho de Ormuz por la
guerra lanzada por EE. UU. e Israel contra Irán, que ha provocado el cierre efectivo de uno de los
nudos logísticos clave para el comercio global de energía, ha demostrado la vulnerabilidad europea. Ante ambas crisis, la UE ha respondido redoblando su
discurso a favor de la electrificación, si bien lo ha hecho envolviéndolo ahora en argumentos geopolíticos y de autonomía estratégica, en vez de en los objetivos climáticos.
Sin embargo, la dependencia sigue siendo una realidad en el corto plazo. El fin de la energía rusa ha llevado a un
aumento muy significativo de las compras de gas natural licuado (GNL) estadounidense y también de los países del Golfo. La crisis en Oriente Medio obliga a Europa a competir con los
mercados asiáticos y está haciendo aumentar significativamente los precios con los que tienen que lidiar los consumidores y las industrias de la Unión.
"Las crisis energéticas ya no consisten en apretar los dientes y esperar a que pasen"
Uno de los puntos clave de esta crisis es comprobar
hasta qué punto la psique comunitaria se ha adaptado a una nueva realidad: las crisis energéticas ya no consisten en apretar los dientes y esperar a que pasen. Eso fue así en el pasado, pero las nuevas crisis energéticas se quedan durante mucho tiempo dentro de la economía europea. Como defendían en mayo
Francesco Corsello y Andrea Foschi, ambos economistas del Banco de Italia, en un artículo publicado en 'VoxEU', "hasta hace aproximadamente una década, las crisis energéticas que afectaban a la zona del euro eran, en esencia, crisis del petróleo, y sus efectos inflacionistas, aunque bruscos, solían desaparecer con relativa rapidez". "La
crisis energética de 2021-22 echó por tierra esa premisa:
el gas y la electricidad se convirtieron en factores autónomos y poderosos de la inflación, con efectos que resultaron ser más persistentes y generalizados que los del petróleo", señalaban.
Dan Jørgensen, comisario de Energía, lleva tiempo intentando enviar el mismo mensaje: lo que se está viviendo en Ormuz tendrá
efectos de largo alcance y larga duración. Durante algunas semanas existió la esperanza de que un enfriamiento del conflicto permitiera una vuelta a la normalidad relativamente rápida, pero el
retorno de las hostilidades entre EE. UU. e Irán apunta a un escenario de altísima incertidumbre durante las próximas semanas. Y todo esto ocurre justo en el año en el que los Estados miembros afrontan la temporada de invierno con los
niveles más bajos de reservas estratégicas de gas.
Según cálculos realizados en abril por
ACER, la Unión Europea necesitará
aumentar un 13 % las importaciones de GNL en las próximas semanas para tener llenas al 90 % las reservas estratégicas de gas de cara al invierno.
Mientras necesitemos hidrocarburos
La otra pregunta que está surgiendo en el debate europeo es de qué forma puede la Unión gestionar mejor los flujos de hidrocarburos mientras todavía los necesite. Y los va a necesitar durante mucho tiempo: según datos de la propia Comisión,
el año pasado el 57 % de la energía consumida en el club correspondía a importaciones de combustibles fósiles. "La UE lleva dos décadas elaborando políticas para reducir la demanda de combustibles fósiles. No cuenta con ninguna política comparable para gestionar el suministro que seguirá necesitando durante la transición energética", defendía recientemente
Thijs Van de Graaf, del
Brussels Institute for Geopolitics, un 'think tank' con sede en la capital comunitaria.
"La otra pregunta que está surgiendo en el debate europeo es de qué forma puede la Unión gestionar mejor los flujos de hidrocarburos mientras todavía los necesite"
"Los
Estados miembros están cerrando acuerdos bilaterales, las empresas están firmando contratos a largo plazo y las inversiones en infraestructuras están fijando determinadas rutas y proveedores.
Lo que falta es un marco común para evaluar en qué medida esas decisiones encajan con la caída de la demanda, la seguridad energética y la política climática", continúa Van de Graaf. "Europa se enfrenta ahora a dos tareas a la vez: debe
reducir la dependencia de los combustibles fósiles lo antes posible y
gestionar las importaciones que sigue necesitando. Hasta ahora, cuenta con un plan para lo primero, pero no tiene ninguna estrategia para lo segundo", señala.
Sí existe una vía para hacer lo que solicita Van de Graaf. En 2022, a raíz de la invasión rusa de Ucrania, los líderes europeos encargaron a la Comisión la creación de
AggregateEU, una plataforma que buscaba
facilitar las compras de hidrocarburos, sin llegar a ser una plataforma de compra conjunta. Este sistema funcionó hasta 2025 y ya hay muchos grupos políticos en la Eurocámara que consideran que el Ejecutivo comunitario debería reactivarlo. En un plan de acción presentado esta primavera, Bruselas se comprometió a
jugar un papel más activo en la coordinación entre Estados miembros para la gestión de la crisis, pero de manera menos ambiciosa.