Entre 2006 y 2025, la superficie total arrasada cada año por los incendios en Francia fue de unas 15.000 hectáreas de media, una extensión algo inferior a la de Washington D. C. Hasta el 28 de julio,
el incendio declarado apenas seis días antes al oeste de Burdeos había quemado casi tres veces esa superficie. Durante esos mismos días, unos 500 km más al sur, incendios voraces avanzaban peligrosamente
cerca de Madrid.
Más de 300.000 personas han sido evacuadas.
Estos incendios podrían acabar siendo
los peores que sufra Europa este verano. Pero no hay que darlo por hecho. Una sucesión de olas de calor ha dejado numerosas zonas secas y altamente inflamables, y todavía se esperan nuevos episodios de calor. El año pasado ardieron más de un millón de hectáreas en la Unión Europea;
este año podría batirse ese récord.
Y no se trata solo de este verano.
Europa se calienta más rápido que cualquier otro continente. Ante décadas de riesgos crecientes, debe prepararse.
El resto del mundo no se queda muy atrás. Los incendios forestales no dependen únicamente del clima, pero
el clima importa. La frecuencia y la intensidad de las condiciones meteorológicas propicias para los incendios llevan cuarenta años aumentando. Situaciones que antes del cambio climático eran muy improbables se observan cada vez con mayor frecuencia. Si se aplica una definición de incendio extremo que combina extensión e intensidad, la última década ha sido especialmente mala.
"La frecuencia y la intensidad de las condiciones meteorológicas propicias para los incendios llevan cuarenta años aumentando. Son situaciones que antes del cambio climático eran muy improbables"
En un mundo cuya temperatura se sitúa unos 0,5 °C por encima de la media de las primeras décadas de este siglo —y, por tanto, alrededor de 1,5 °C por encima de la del siglo XIX—,
se prevé que el riesgo de incendios aumente en más del 88% de las zonas del planeta propensas al fuego: prácticamente en todas partes salvo en los desiertos y las capas de hielo. El incremento del riesgo al pasar de 1,5 °C a 2 °C parece mayor que el registrado al pasar de 1 °C a 1,5 °C.
Habrá más actos heroicos, más políticos preocupados escuchando las explicaciones de bomberos cubiertos de hollín, más vidas trastocadas, más destrucción y más miseria. También aumentarán considerablemente
los riesgos derivados de un efecto menos visible, pero más dañino, de los incendios forestales: sus consecuencias para los pulmones de personas que nunca se acercan a menos de 1.000 km de las llamas.
La mayoría de las muertes relacionadas con los incendios forestales
se deben a la inhalación de humo. Las partículas arrastradas por el viento que a mediados de julio asfixiaron ciudades tanto de Canadá como de Estados Unidos probablemente hayan acortado la vida de cientos o miles de personas.
Se calcula que el humo de los incendios de Indonesia mató a 100.000 personas en 2015. Es demasiado probable que este año ocurra algo parecido. La demanda de biocombustibles en un mundo con petróleo caro impulsa la agricultura de roza y quema, que está en el centro del problema.
Además, un fenómeno de El Niño cada vez más intenso favorecerá durante los próximos meses las condiciones propicias para los incendios en toda la región, como ya hizo su predecesor en 2015.
"Las muertes provocadas por el humo de los incendios forestales, estimadas en 240.000 anuales durante la década de 2010, alcanzarán los 1,4 millones al año a finales de siglo"
Las proyecciones basadas en un escenario de emisiones bastante moderado —y que tienen en cuenta el envejecimiento de la población mundial— apuntan a que las muertes provocadas por el humo de los incendios forestales, estimadas en 240.000 anuales durante la década de 2010, alcanzarán los 1,4 millones al año a finales de siglo. Un estudio reciente calculó que, en 2050,
el humo de los incendios podría provocar hasta 30.000 muertes adicionales cada año en Estados Unidos. Esa cifra dejaría en segundo plano todos
los demás efectos directos del cambio climático.
El humo de la guerra
Combatir incendios se parece, hasta cierto punto, a librar una guerra:
si el enemigo ataca con mayor frecuencia y ferocidad, es necesario disponer de más fuerzas. Por eso, los lugares que hasta ahora no se sentían amenazados deben
reforzar su capacidad de respuesta. También pueden recurrir a nuevas tecnologías. Los satélites permiten detectar los incendios casi desde el momento en que comienzan, una información que en ocasiones puede resultar crucial, siempre que existan sistemas capaces de aprovecharla para intervenir. Sin duda, los drones también desempeñarán un papel. Los aliados pueden ayudar.
Europa ha puesto en común recursos de extinción que ya se están desplegando en España y Francia; México está ayudando a Canadá.
"Los mayores avances vendrán de una mejor prevención y de aprender a convivir con sus efectos"
Sin embargo, mejorar la capacidad para combatir los incendios no es suficiente. Los mayores avances vendrán de una
mejor prevención y de aprender a
convivir con sus efectos. La presión del peligro y la urgencia hace que
la extinción tienda a absorber recursos que deberían destinarse a gestionar el territorio, enseñar a la población cuándo debe filtrar el aire o explicar cómo proteger una vivienda, entre otras medidas. Ninguna de estas medidas parece tan necesaria como un avión cargado de agua sobre el frente de las llamas.
Pero no por ello dejan de ser fundamentales.
Los incendios de Francia y España no son, como algunos sostienen, la nueva normalidad.
El fuego es caprichoso. No se repite de un año para otro. Pero estos incendios se encuentran ya plenamente dentro del nuevo campo de lo posible,
cuyos límites extremos todavía están por cartografiar.