Durante quince años, buena parte de la conversación climática ha vivido bajo la sombra de
un escenario extremo: RCP8.5 y, después, su heredero SSP5-8.5. Ninguno describía el futuro más probable, pero ambos acabaron funcionando como línea de fondo de estudios, titulares y proyecciones de impacto. Ahora,
el nuevo marco científico de escenarios climáticos los sitúa fuera del rango de futuros verosímiles. La noticia es técnica —y por ello ha tenido escaso eco mediático—, pero cambiará el tono de fondo de un debate global que España no debe seguir aplazando.
Qué se ha anunciado, exactamente
El pasado 7 de abril, la revista
Geoscientific Model Development publicó un
artículo firmado por 42 científicos, liderados por Detlef van Vuuren, de la agencia medioambiental neerlandesa PBL. El texto presenta
el nuevo marco de escenarios para CMIP7 —la generación de modelos que alimentará el próximo ciclo de evaluación del IPCC— y concluye que los niveles de emisiones de SSP5-8.5 "se han vuelto poco verosímiles" por la caída de los costes de las renovables, la aparición de políticas climáticas y la evolución reciente de las emisiones.
Conviene introducir cuatro matices. El primero, desde un plano institucional:
no ha sido el IPCC, como tal, quien ha retirado formalmente RCP8.5, sino el proyecto científico que prepara los escenarios que usarán los modelos climáticos del próximo ciclo. El segundo, más técnico: aunque RCP8.5 y SSP5-8.5 no son idénticos —pertenecen a generaciones distintas de escenarios—, ambos han cumplido la misma función: representar el extremo alto de emisiones y calentamiento. Su retirada conjunta es lo que da peso al anuncio. El tercero es una cautela epistemológica: la pérdida de verosimilitud, vista no como una propiedad matemática, sino como un juicio informado sobre tendencias tecnológicas, energéticas,
demográficas y políticas. El cuarto es la cautela metodológica:
los resultados están sujetos a escrutinio y las proyecciones de temperaturas son preliminares.
En cualquier caso, no vemos aquí las consecuencias de una rectificación repentina. El quinto informe del IPCC, de 2013, incorporó RCP8.5 como trayectoria de referencia, y
muchos estudios lo utilizaron después como línea de base habitual. Pero con el tiempo, esa lectura se volvió más difícil de sostener. El sexto informe, de 2021, ya advirtió que los escenarios de emisiones muy altas no debían presentarse como proyecciones tendenciales. Y, en consecuencia,
el movimiento actual culmina esa retirada gradual.
Qué sustituye al viejo catastrofismo
El nuevo marco abandona la nomenclatura de los SSP y propone siete trayectorias que van de
VERY LOW (muy bajo) a
HIGH (alto). La diferencia está en que incluso
el escenario más sombrío del nuevo conjunto queda por debajo del viejo extremo. Mientras SSP5-8.5 llegaba a unas emisiones de 128 gigatoneladas de CO₂ anuales en el año 2100, el nuevo escenario
HIGH alcanza 71 gigatoneladas: todavía un volumen muy elevado, pero muy lejos del mundo fósil hipertrofiado que sostenía la vieja trayectoria. En temperatura, ese nuevo escenario alto arroja una proyección 0,9 °C inferior a SSP5-8.5 en una comparación homogénea. En otras palabras,
sigue describiendo un futuro severo, pero ya no reproduce el horizonte de colapso que durante años alimentó las proyecciones más alarmantes.
"El escenario intermedio está anclado en las políticas existentes, pero estas se prolongan sin grandes mejoras adicionales y la descarbonización progresa por inercia tecnológica y económica"
No solo eso. Los autores subrayan que ni siquiera el escenario
HIGH debe interpretarse como una proyección tendencial: describe un mundo en el que se producen desviaciones pesimistas profundas —políticas, tecnológicas y estructurales— respecto de las tendencias actuales. El escenario
MEDIUM (intermedio), en cambio, es quizá el políticamente más relevante. Está anclado en las políticas existentes, pero estas se prolongan sin grandes mejoras adicionales y la descarbonización progresa por inercia tecnológica y económica. Aun así, el resultado queda
muy lejos del viejo extremo apocalíptico: aproximadamente entre 2,7 y 3 °C a finales de siglo, según la lectura preliminar. Preocupante y exigente, sí, pero no el colapso que el escenario retirado proyectaba.
Las consecuencias para la conversación pública son considerables.
La narrativa catastrofista dominante y el imaginario de colapso civilizatorio que durante años ordenó buena parte del debate público pierden parte de su anclaje empírico. Y ese imaginario se apoyaba en supuestos que hoy resultan distópicos: un consumo masivo de combustibles fósiles durante todo el siglo XXI, un crecimiento demográfico próximo a los 13.000 millones de personas y una ausencia casi completa de políticas climáticas. Ninguno de esos tres supuestos del escenario RCP8.5 se acerca a las tendencias observables del mundo de hoy. La t
ransición energética es incompleta, desigual y conflictiva, pero existe. Las renovables se han abaratado de forma extraordinaria. La política climática se ha institucionalizado. Aunque las emisiones no han caído lo suficiente y no se van a cumplir los objetivos del Acuerdo de París,
tampoco siguen la trayectoria exponencial del escenario más extremo.
Si el peor escenario deja de ser realista, ¿qué cambia en el debate sobre las políticas climáticas?
Cinco giros en el debate climático
El primer giro es
discursivo.
La política climática tendrá que apoyarse menos en la gramática del decrecimiento y más en la lógica de la inversión. Durante años, la defensa de la acción climática se apoyó en exceso en el catastrofismo del peor futuro imaginable para justificar el sacrificio decrecentista. Esa estrategia no estuvo exenta de costes, ya que alimentó la fatiga climática, ofreció munición al negacionismo
y permitió que algunos sectores utilizaran el clima como vehículo para agendas anticapitalistas ajenas a la reducción de emisiones. Sin la amenaza del colapso climático como argumento central, pierden toda credibilidad los llamamientos a la austeridad material permanente y la supresión del crecimiento económico como peaje para salvar el planeta. La acción debe orientarse hacia el terreno de lo que realmente funciona para lograr objetivos realistas:
innovación tecnológica, energía limpia más barata, seguridad energética, competitividad industrial, resiliencia de infraestructuras y protección frente a riesgos físicos ya inevitables.
El segundo giro es
de calendario y horizonte. La conversación climática ha estado asentada en el marco del año 2100 y quizá ha sido un error. Si el peor escenario, cuya fuerza dramática se asentaba sobre la percepción de cercanía de horizontes remotos, deja de ser la referencia,
la política climática ya no puede refugiarse en grandes objetivos lejanos como distracción; debe demostrar capacidad de ejecución en los cuellos de botella presentes. El debate deja de ser qué promete discursivamente un gobierno para evitar la catástrofe del futuro y pasa a ser
cómo demuestra con credibilidad que puede activar, financiar y ejecutar políticas concretas en la actualidad.
"Modernizar la gestión del monte, proteger costas, adaptar ciudades al calor y rediseñar seguros no es menos climático que instalar paneles solares"
El tercer giro es
adaptativo. Este es quizá el punto que más ha costado asumir a una parte del ecologismo europeo. Si bien la retirada de RCP8.5 no reduce la necesidad de prepararse, sí la hace más concreta y, por tanto, inexcusable. Aceptando los escenarios más realistas,
la adaptación debe pasar de enmarcarse como una concesión derrotista y comenzar a verse como una obligación de gobierno. España lo sabe mejor que muchos países: sequías, incendios, inundaciones, olas de calor, seguros e infraestructuras críticas no son abstracciones. Modernizar la gestión del monte, proteger costas, adaptar ciudades al calor y rediseñar seguros no es menos climático que instalar paneles solares. Es la otra cara de la misma tarea.
El cuarto giro afecta
al ecosistema financiero y regulatorio. Durante los últimos años,
bancos centrales, aseguradoras e instituciones financieras han utilizado escenarios climáticos para explorar vulnerabilidades físicas y de transición. No han empleado RCP8.5 de forma mecánica ni lo han tratado como una predicción literal. Sin embargo,
la arquitectura mental del peor escenario sí ha pesado sobre la forma de traducir el riesgo climático a pérdidas esperadas, requerimientos de información, pruebas de resistencia y narrativas supervisoras. El nuevo marco no invalida esos ejercicios, pero obliga a una recalibración. Los escenarios extremos seguirán teniendo valor como pruebas de estrés, igual que una pandemia extrema o un conflicto global pueden tenerlo para evaluar la resiliencia. Pero
ya no tendrá sentido utilizarlos como referencia tácita del futuro.
El quinto giro es cívico.
La pérdida de dramatismo obliga a la acción social climática a evolucionar. El activismo, la filantropía privada, las campañas públicas y los compromisos corporativos se han nutrido durante mucho tiempo de una narrativa apocalíptica que ahora pierde fuelle. Se consiguió agitar conciencias, pero también se generó ansiedad y también un rechazo visceral. Ahora que el escenario más extremo está descartado, la movilización climática necesitará nuevos registros. Es decir,
menos alarma permanente y más capacidad de seguimiento y escrutinio de lo que ya se hace. Y esa reinvención es urgente. En Estados Unidos ya se aprecia una combinación de hostilidad política, repliegue corporativo y cansancio filantrópico. En Europa, ya hay señales claras de esa misma fatiga.
Lo que no cambia y lo que sí
También conviene precisar lo que esta revisión no implica.
El cambio climático continúa siendo una amenaza seria. Las trayectorias realistas siguen exigiendo una reducción pronunciada de emisiones, una aceleración de tecnologías limpias y una inversión considerable en adaptación. No implica tampoco que las políticas climáticas hayan sido un error. De hecho,
el propio artículo atribuye la pérdida de verosimilitud del peor escenario, en parte, al despliegue de políticas climáticas y a la caída de los costes de las renovables. Es decir, se descarta porque la acción, la tecnología y los mercados han funcionado.
"La ciencia climática demuestra con esta revisión una de sus mayores virtudes: corrige sus escenarios cuando los datos y el análisis así lo indican"
Una buena noticia es que la ciencia climática demuestra con esta revisión una de sus mayores virtudes: corrige sus escenarios cuando los datos y el análisis así lo indican. Eso debería reforzar su autoridad. La mala noticia es que
el debate público no siempre está preparado para procesar correcciones que reducen la verosimilitud del peor caso. En el pasado, la comunicación climática ha premiado las curvas más dramáticas, los titulares más sombríos y los relatos más absolutos. Ahora toca aterrizar con sobriedad y ajustar el diagnóstico hacia el abanico de lo verosímil.
Debilita el alarmismo, pero también el negacionismo complaciente de quienes sostienen que actuar no cambia el clima.
De ahí nace una oportunidad para
reinventar la política climática, alejándola de los reflejos ideológicos y acercándola a principios más pragmáticos:
tecnología, mercados, adaptación, reforma administrativa, inversión privada e innovación. No una política climática como penitencia colectiva, sino como modernización. No una transición concebida contra la economía, sino a través de la economía. No una agenda que mida su virtud por el número de prohibiciones, sino por
su capacidad para reducir emisiones, abaratar energía y reforzar infraestructuras para proteger a los ciudadanos frente a daños climáticos reales.
La retirada del peor escenario no absuelve al mundo de actuar.
Lo obliga a actuar mejor. Exige menos grandilocuencia y más ejecución. La política climática que viene debería parecerse menos a una cruzada y más a una obra pública:
menos épica, más ingeniería; menos pancarta, más planos. Así se construye lo duradero.