Lunes, 17 de agosto de 2026
CONVERSACIONES

Carlos Aragonés: "La política de hoy me preocupa mucho, pero no estoy ni irritado, ni polarizado, porque un profesional no tiene derecho a estarlo"

Hace treinta años entró por primera vez al Palacio de la Moncloa como director de gabinete del presidente del Gobierno José María Aznar. Carlos Aragonés Mendiguchía, diputado del Partido Popular en el Congreso, conversa en profundidad con el politólogo Nacho Corredor. Un viaje en el tiempo a través de la mirada, también de la actualidad, de un protagonista secundario, u observador participante, de la política española de los últimos cuarenta años, y la propia de un analista privilegiado, cuando no un actor relevante, que ha convivido durante décadas en la primera línea del poder.

Nacho Corredor Sola Nacho Corredor Sola 11 de julio de 2026
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El diputado Carlos Aragonés (derecha) y el politólogo Nacho Corredor (izquierda). | Agenda Pública
El diputado Carlos Aragonés (derecha) y el politólogo Nacho Corredor (izquierda). | Agenda Pública
Dice Carlos Aragonés que asiste a la política contemporánea "muy preocupado" pero no "irritado" ni "polarizado". Quizá por eso es posible esta conversación entre dos personas con visiones distintas de una misma realidad, y de distintas generaciones. Una rara avis contemporánea. Conocí a Aragonés en el contexto universitario, en 2008, introducido por el periodista Enric Juliana. Al inicio del segundo mandato de José Luis Rodríguez Zapatero. El seminario, de una semana, abordaba "la fuerza exterior de la política interior", y Aragonés profundizó sobre las razones de la alianza impulsada en los Gobiernos de José María Aznar entre España y Estados Unidos.

Era también la época de George Bush, alabado en tiempos trumpianos hasta por el propio Partido Demócrata americano y su sucesor Barack Obama, marcada por la Guerra de Irak. Unos meses antes yo había cumplido dieciocho años y votado por primera vez. Probablemente, para disgusto de Aragonés. Pocos años después, el 15M alteró las coordenadas de la política española. La conversación me impactó porque, por primera vez, tropecé con la representación humana tras la que se esconde el poder político y, además, en un sentido antagónico a las premisas sobre las que yo había socializado y construido mi visión de España y el mundo. Quizá por ello, el personaje captó rápidamente mi atención. Desde entonces, le escucho habitualmente. Le digo lo que pienso. Escucha. Y conversamos. A veces estamos de acuerdo, y otras no.

Unos años después, el propio Juliana dijo de él, en una crónica donde narra la noche en la que el PP pierde las elecciones de 2004, que Aragonés es "un hombre raro, en el sentido más exacto de la palabra". Aragonés es, además, inteligente, muy inteligente, racional, a pesar de su yo espiritual, excéntrico, pero poco dado a las hipérboles, matizado y tolerante, pese a tener un fondo de armario ideológico claro, muy culto, lo cual consolida su rareza, en ocasiones frívolo, a pesar de su capacidad de discernimiento teológico, y un representante institucional poseedor de algo que las propias instituciones, y sobre todo el Estado, deberían saber sacar más partido: una combinación de experiencia y lectura, que se expresa en un conocimiento profundo y sólido de la vida política y el funcionamiento del poder de muy alto valor.

Motivado por la convicción de que ese conocimiento debería ser un bien público, y hay que socializarlo, en 2010, le convencí por primera vez para que se sometiera al escrutinio de dos periodistas independentistas en Barcelona junto a los estudiantes miembros de la que entonces era mi asociación universitaria en la Pompeu Fabra. Tras el convulso proceso estatutario y antes de iniciarse el procés. Años después, ya en Madrid, organicé dos sesiones con distintos grupos de colegas, todos éramos tan raros como él, en las que Aragonés y José Enrique Serrano, el otro gran director de gabinete presidencial en España, bajo los Gobiernos de Felipe González y Zapatero, contrastaron su visión del país y el funcionamiento del poder y hoy, comparto con los lectores de Agenda Pública esta conversación, durante una cena en la que pidió una mezcla explosiva de gazpacho, pan y un helado de dulce de leche, y en la que aborda algunas dinámicas del poder de las últimas décadas de la historia de España.
 

Carlos Aragonés explica el papel que desempeñó como director del Gabinete de José María Aznar. Foto: Agenda Pública


¿Cuáles son las principales características de un director de gabinete presidencial?

No sé si te acuerdas de lo que decía José Enrique Serrano: un jefe de gabinete no es más que un tipo que se ha de acomodar a lo que sea el jefe de Gobierno y, si no hay ese encaje, nada funciona. No hay un molde preestablecido, según sea la pauta de actuación y las preferencias del presidente, así ha de ser, no por imitación, sino que le sirva al otro, al principal, servirle al jefe como un secretario político.

Y tú, ¿qué características desarrollaste?

Supongo que Aznar tuvo que adaptarse más a la función presidencial, que yo a la de ser el secretario político de Aznar. Porque ya trabajábamos antes, y yo hacía lo mismo. Pero, por comparar con José Enrique Serrano, yo no estuve en el molde más clásico, porque yo me desentendí de la administración. Para eso estaba Javier Zarzalejos [secretario general de Presidencia del presidente Aznar], que, además, fue incrementando sus funciones a medida que fue importando la política vasca, y no solo por el protagonismo de ETA, a la Moncloa.

¿Qué necesitó Aznar de ti?

Que estuviera ahí. Yo estaba con él desde Valladolid [desde donde Aznar lideró el Gobierno autonómico de Castilla y León]. Entonces éramos tres gatos. Uno empieza escribiendo cartas, haciendo discursos… O yendo a supervisar cómo colocan unos cubiertos… Esto es muy importante, además de muy cierto. Hubo un almuerzo con don Juan en Segovia, don Juan de Borbón, el padre del rey Juan Carlos… ¡Fue un lío protocolario monumental! Pues bien, ahí me tienes. ¿Y qué venía a ser? Pues un asesor principal. En Moncloa fui, fundamentalmente, un jefe de asesoría.

¿Por qué te eligió?

Porque algunos sirven y otros no. La función requerida, yo la sabía hacer. Yo ya estaba muy probado. Para mal también. Hubo un momento en el que se planteó nombrar jefe de gabinete a Miguel Ángel Rodríguez. Y cuando se enteró en qué consistía, Rodríguez dijo que, ¡de ninguna de las maneras! Y encontró el refugio de portavoz. Miguel Ángel habría sido un anticipo de lo que fue Iván Redondo.

Cuéntale a un joven nacido en 2004, el año que perdéis el Gobierno, qué era el Clan de Valladolid, que accede al poder en España en 1996.

Un grupo de primera. Somos dos promociones. La más antigua, la de quienes todavía llegamos a ser los jovencitos de la UCD, como Javier Arenas.

El joven senador Arenas.

Era el presidente de las juventudes. También estaba Lorenzo Bernardo de Quirós, Miguel Ángel Cortés… Yo estaba en el partido de Joaquín Garrigues [Federación de Partidos Demócratas y Liberales, luego integrado en la Unión de Centro Democrático]. Y convivimos con una generación como cinco años más joven, que se organizaba alrededor del Club 1812, con origen en la Facultad de Derecho de la Universidad Complutense de Madrid, donde estaban Alfredo Timermans o Gabriel Elorriaga. El padre de Elorriaga había sido un alto cargo político en el régimen anterior. Era gente que había mamado la política de sus padres.

"Un jefe de gabinete no es más que un tipo que se ha de acomodar a lo que sea el jefe de Gobierno y, si no hay ese encaje, nada funciona"
Nosotros, en cambio, la mamamos del momento político: el cambio de régimen y las primeras andanzas de la democracia… Al hundirse la UCD, coincidimos en el Club Liberal, una de las plataformas que impulsó Antonio Garrigues-Walker… Y que pretendía ponerse al servicio de la Operación en favor de la candidatura de Miquel Roca, pero nosotros no creíamos en eso. Los más mayores sí, pero nosotros, no. Creíamos que iba a fracasar estrepitosamente. Un poco como pasaría si Gabriel Rufián liderara una opción nacional. El Clan de Valladolid estaba formado por ese tipo de perfiles, con altibajos, con separaciones… Un grupo de actuación generacional.


¿Cómo evoluciona ese grupo?

Cada cual de una manera, porque hasta que Aznar no gana en 1987 en Castilla y León, y después en Madrid, lo que hay es un compás de espera.

¿Qué hacéis en ese tiempo?

Probé suerte en el periodismo, en Expansión. Porque uno de nuestros mayores en el partido de Joaquín Garrigues, Antonio Fontán, se vio forzado a vender su emisora de radio en Sevilla a [Jesús de] Polanco. Y con ese dinero invierte en Expansión. Y allí fui, pero no cuajó. Y en 1986 conozco a Aznar. Desorientado sobre mi vida, íbamos a montar una pequeña consultoría para apoyar a Miguel Herrero de Miñón… Pero, por razones accidentales, Aznar necesita un jefe de gabinete. Ni me lo había planteado. Los demás nos veían al grupo como unos grandes conspiradores, que seguramente lo éramos, pero había una amistad política de base, aprecio personal y coincidencia de ideas, y una buena combinación de temperamentos. Nos combinábamos bien, lo que a uno fallaba, el otro, lo compensaba. Ese grupo pasó a ser la gente joven de Aznar con la inclusión, que no estaba entre nosotros, porque siempre fue otra cosa, de Miguel Ángel Rodríguez.

"Los demás nos veían al grupo como unos grandes conspiradores, que seguramente lo éramos, pero había una amistad política de base, aprecio personal y coincidencia de ideas"
En el gabinete de Aznar a partir de 1996, el subdirector es Gabriel Elorriaga, el director de las relaciones parlamentarias es Alfredo Timermans… La gente del grupo. Llegamos engrasados. Miguel Ángel Cortés fue quien montó el origen de FAES desde Valladolid, a escala, construyendo un verdadero laboratorio para hacer programas y de captación de talento. Y trabajamos juntos hasta la primera decepción, en 1993, cuando no ganamos a Felipe González. De manera que cuando llegué a Moncloa, ya tenía claro lo que quería hacer.


¿El camino que hicisteis durante una década se dirigía a La Moncloa?

Absolutamente. Nosotros participamos en el hundimiento de la UCD y, desde entonces, sabíamos lo que era el desplome de un partido y el propio funcionamiento del poder. La idea era llegar al Gobierno y desde entonces estábamos en eso, y no en otras cosas.
 

Nacho Corredor y Carlos Aragonés conversan sobre el llamado Clan de Valladolid y su llegada al poder en 1996. Foto: Agenda Pública


¿Con qué expectativas llegáis al Gobierno en 1996?

Con las expectativas truncadas.

Porque esperabais una mayoría absoluta.

Sí.

¿Qué programa queríais aplicar el día antes del resultado de las elecciones?

Nosotros éramos nacionalistas, aunque no nos declaremos así, queramos o no, aunque digamos que somos patriotas. No veo gran diferencia. Lo único que se le puede pedir a un nacionalista es que se dé cuenta de que lo es. Porque, como es una afección, una afección que moviliza espíritus y voluntades, es importante interiorizarlo. La realidad es que no se puede formar una comunidad solo sobre la base de los derechos civiles.

"La realidad es que no se puede formar una comunidad solo sobre la base de los derechos civiles"
Por ello, nosotros pensábamos que había que ampliar la administración de las comunidades del régimen común. Tras el golpe de Estado de 1981, apoyamos la LOAPA [legislación que frenaba y ordenaba la creación de las comunidades autónomas], como, por cierto, el PSOE. De manera que, éramos más bien uniformadores. El Estado autonómico estaba pensado para darle una camisa a Cataluña.


Y al País Vasco.

Sí, pero sobre todo era porque había tiros, y porque el acuerdo venía del siglo XIX. La regionalización del Estado fue un imperativo de época. Y nosotros éramos muy severos respecto a la igualdad de la lengua en la educación. Muy severos. No sé qué hubiéramos hecho una vez en el Gobierno, incluso con mayoría, pero…

En la cuestión económica también lo teníamos claro: había que privatizar empresas. Nosotros éramos reaganianos, tatcheristas, estábamos bebiendo del clima de nuestra época. Nos gustaba leer y participábamos de eso. Teníamos nuestros afanes liberales. Y, luego, como conservadores, nos escandalizaba la deuda. Más con un candidato que era inspector de Hacienda.

Y luego estaba nuestra política exterior. La diplomacia española y los técnicos comerciales estaban hiperespecializados en las comunidades europeas. No habían vivido otra cosa. Los diplomáticos españoles eran muy bruselenses. En cambio, América, y sobre todo la del Norte, era lo que nos faltaba. A un partido de derechas, eso le llamaba mucho la atención. Fraga no era proamericano, por su relación con Fidel Castro, pero nosotros entendíamos que era muy necesario acercarnos a la administración estadounidense, en aquella época en manos de Clinton. Estuvimos ayudados en desarrollar esa visión, en parte, por Ramón Gil Casares, un diplomático que no había orbitado en la burbuja europea, sino en Washington.

"La política exterior española, en la visión de Aznar, debía ser una manera de tener más recursos internacionales y no estar solo gravitando sobre Bruselas"
Y, además, como nacionalistas, no éramos nada partidarios de algo que repetía mucho Paco Fernández Ordóñez [ministro de Exteriores con Felipe González] y es que los españoles debíamos ser los quintos en hablar en Europa. No por nuestro peso, sino porque debíamos escuchar a los más importantes, respetarlos y después adaptarnos. Aznar no era nada partidario de eso. La política exterior española, en la visión de Aznar, debía ser una manera de tener más recursos internacionales y no estar solo gravitando sobre Bruselas. Lo cual no significaba que no fuera el centro de nuestra atención, pero de una manera más indirecta, con apoyo americano, que era donde podíamos tener más cancha. Además, en el declive demográfico europeo, que ya era evidente, la solución también estaba en América; la masa de reemplazo debía ser la latina.


Aznar siempre ha sido lo que parece, un duro. Y creía que si no tienes una fuerte alianza militar y participas de ella… Y cuando pasó lo de las Torres Gemelas, todo eso se aceleró.

Pero eso es ya en el segundo mandato.

Sí, en el primero no teníamos la mayoría que esperábamos, y necesitamos reeditar la agenda.

¿En qué tuvieron que cambiar vuestras prioridades?

Teníamos que pactar con la Minoría Catalana. Y, en vez de proyectar al presidente nacionalista, españolista, o al hombre de derechas, destacamos al presidente en su agenda liberal a través de banderas como la incorporación al euro. Y estuvo cómodo. Era también un espíritu de época. Un momento de mucha economía política liberal. Más aún, de la mano de un Inspector de Hacienda, para el que todo lo que tiene que ver con las cuentas del Reino, lo asume como propio, incluso pese a tener a un vicepresidente del Gobierno económico tan fuerte como Rodrigo Rato.

Aznar fue un presidente que positivamente se metió en los temas. No he tenido que echar tantas horas de estudio como entonces, para intentar no desentonar en la Comisión Delegada de Asuntos Económicos y poder contarlo luego. La incorporación al euro, aunque inicialmente no la veíamos del todo, fue un buen pretexto para disciplinar al sector público y a la administración entera. En todo caso, no teníamos la mayoría cómoda para hacer lo que quisiéramos.

"En vez de proyectar al presidente nacionalista, españolista, o al hombre de derechas, destacamos al presidente en su agenda liberal"
Y, luego, convertirnos en aliados preferentes a ojos de la Casa Blanca, fue decisivo. Convirtiéndonos en una especie de satélite, yendo por la vida de amigo de los americanos, ibas a París, y te respetan. No significa que las relaciones sean mejores, pero te respetan. Ibas a Londres, y eras uno de los suyos. Y si vas a Moscú, te pasa otro tanto. Ese subidón diplomático no es apreciado.


¿Qué hicisteis a partir del 2000 que no pudisteis hacer antes?

Ganamos legitimidad. El resultado, y como todo resultado aparatoso, tuvo truco. Si el PSOE no hubiera hecho esa alianza desastrosa con IU [presentándose conjuntamente en algunas provincias], no sé qué hubiera pasado. ¡Hasta el resultado de 1982 tuvo truco! La promesa de la OTAN [De entrada, no] es formidable para el desplazamiento de la izquierda hacia el PSOE, y luego… ¡Nosotros lo que ganamos es la legitimidad! ¿Aznar es más majo cuando tuvo que negociar que cuando pudo ir en solitario? Pues es posible. Todo el que tiene mayoría absoluta, manda mucho.

Era la primera vez que la derecha gobernaba en España con mayoría absoluta desde el inicio de la Transición.

¿Y qué hicisteis con ella?

El traspaso del Ebro, por ejemplo, aunque Pujol no se opuso. Pero claro, nos tenía enfrente…

Pese a ello, intentáis que Miquel Roca o Josep Antoni Duran i Lleida formen parte del Gobierno. ¿Con qué lógica?

Ofrecimos el Ministerio de Asuntos Exteriores. Y si Pujol nos hubiera ofrecido una coalición, sin duda, la hubiéramos hecho. La derecha española quiere que Cataluña participe en los asuntos generales. El nacionalista español irreflexivo no lo quiere porque teme que eso no sea suficientemente poderoso para que no consigan sus objetivos y, por el patio trasero, te desnacionalicen. Pujol tiene clarísimo que él no está para eso. Por eso, nosotros le ofrecemos alternativas individuales, pero lo rechaza.

¿Cómo combina la vocación de integrar al nacionalismo catalán en la gobernabilidad de España con la lógica de uniformizar España?

Malamente, claro. Pero, fíjate en una cosa: como demostró el PSOE con el Estatuto de Andalucía en la Transición, en España hay una cierta mentalidad igualitaria. No nos gusta el Estatuto diferencial de Cataluña. A la izquierda por Andalucía, y a nosotros, por nosotros mismos. Sin embargo, ¿por qué no seguimos adelante con el experimento de Alejo Vidal-Quadras? Él proponía ser un españolista en Cataluña, y tiene apoyo social, pero le deponemos como jefe de filas. ¿Por qué no apostamos a lo que decimos desde Madrid? Parece que por Cataluña hay que tener un respeto a sus autoridades y no intentar reponerlas con productos propios. Por eso, siempre hemos sido sucursalistas en Cataluña.

Sigo sin entender qué hacéis distinto a partir del año 2000, una vez que no necesitáis los apoyos del nacionalismo.

Sin mayoría absoluta, la sucesión, el relevo de Aznar, no hubiera sido posible. Sus socios lo hubieran condicionado, y no hubiera sido Mariano Rajoy. No hubiera podido decidir quién le relevaba. En todo caso, pudimos hacer la Ley de partidos [que ilegalizó a Herri Batasuna]. Era un empeño de Aznar, como lo fue el euro. No era una visión del Gobierno. Y, en aquella época, los Consejos de Ministros eran órganos colegiados, donde se respetaba el principio de autoridad del presidente, pero ahí se discute. Los ministros están obligados a manifestarse y se tratan de usted. Dijo Aznar: "Si no nos atrevemos ahora con el agua…".

"Sin mayoría absoluta, la sucesión, el relevo de Aznar, no hubiera sido posible. Sus socios lo hubieran condicionado, y no hubiera sido Mariano Rajoy"
Y sacamos adelante la Ley de partidos, con un riesgo de inconstitucionalidad grande, y con un riesgo de boomerang frente a ETA. ETA era la guerrilla urbana, con apoyo social. Soldados, no solo asesinos. Son soldados que tienen un cálculo de cómo derrotar al enemigo y tienen que ser tratados como tal. La Ley de partidos ilegalizaba a un partido, que tenía sus votos, para un conservador eso era… Es como si ahora en Alemania ilegalizaran a Alternativa por Alemania (AfD), y sin que te lo tumbe el Tribunal Constitucional. Eso solo lo puedes hacer cuando tienes la legitimidad personal de haber ganado para los tuyos, que es la mayoría absoluta. Y, sin embargo, Aznar vivió igual la noche electoral del 2000 que la del 2004.


Explícate.

El personaje de Aznar antipático es un Aznar que tiene un exceso de control de sí mismo, para lo bueno y para lo malo. Su actitud de tranquilidad el domingo electoral del 14 de marzo de 2004 es significativa. Mucho más que su reacción de los días previos, uraña o flemática, porque podría ser la propia de alguien que evitara sumirse en la desmoralización, la depresión o en el caos.
 

Aragonés recuerda la mayoría absoluta del PP en 2000 y el relevo de Aznar al frente del Gobierno. Foto: Agenda Pública


¿Cómo vive la derecha española la derrota del 2004?

Para los colaboradores de Aznar, fue el desespero.

Desarróllalo.

Si Aznar llega a lograr que su sucesión implique un tercer mandato consecutivo de la derecha, nos equiparamos a lo que representaba para la democracia el PSOE y Felipe González. Empate. Rajoy lo único que tenía que hacer era administrar el legado. Pero, no, vuelta a empezar. La expedición de Irak fue una apuesta de Aznar, no colectiva. Aunque se sometió a votación parlamentaria, secreta, y ninguno de los nuestros se opuso, la apuesta americana, en esa escala, no estaba del todo compartida. Aznar no quiso mentir, porque si reviertes lo sucedido, si tú sabes que estás mintiendo, no actúas así. Pero tras los atentados, volvemos a estar en cuestión, no para gobernar, sino para representar a los españoles, por belicistas. Además, Zapatero reacciona y nos pone el caramelo ideológico de sus reformas con el matrimonio igualitario, un planteamiento más anticlerical, toquetea la escuela concertada, y entramos de lleno porque necesitamos dónde morder.

"La expedición de Irak fue una apuesta de Aznar, no colectiva. Aunque se sometió a votación parlamentaria, secreta, y ninguno de los nuestros se opuso, la apuesta americana, en esa escala, no estaba del todo compartida"
Imagínate cómo hubiera sido la política española, el contrafáctico, qué hubiera pasado si, en vez de ganar las elecciones Zapatero, tiene que esperar cuatro años. Pues, obviamente, se hubiera hecho como dirigente. Para eso sirve la oposición. Pero hasta entonces no había tenido responsabilidades. Imaginemos que Zapatero llega cuatro años después; hubiera llegado en mejores condiciones, hubiera sido mejor para todos. No se le hubiera hecho el responsable de la crisis económica y, sin embargo, podría haber hecho una política económica de saneamiento, que eso sí parece que se le puede dar mejor a la izquierda. Y para entonces Feijóo hubiera llegado, pero no de forma improvisada, tras hacer unas paraprimarias, donde ganó mi amigo Pablo [Casado], y las primarias me parece que son un artefacto letal.


¿Con qué mirada te aproximas a la política del año 2026?

Pues con la de un viejo. La política hoy me hace estar muy preocupado, pero no estoy ni irritado, ni polarizado. Pero quiero que mi preocupación no sea por la inquietud de lo que considero como deseable, sino que me parece que son defectos que hemos ido acumulando, que afectan a cualquier opción o cualquier personaje que se haga con el poder en la mano.

¿Por qué no estás ni irritado ni polarizado?

Porque un profesional de la política, como yo, no tiene derecho a estarlo.

¿Y qué te preocupa?

El modo de selección de líderes es malísimo.

¿Por las primarias?

Por un lado son las primarias, pero es previo. La democracia de partidos ha pasado a ser el Estado de los partidos. El botín electoral se está trasladando a otras instituciones del Estado, más allá del Parlamento. La democracia de partidos es una democracia de audiencias, de audiencias emancipadas de mediadores, y no puedes fallar: todo es permanente publicidad. Y eso se va colonizando abiertamente en otros poderes o agencias del Estado. La clásica es el Consejo General del Poder Judicial.

Pero eso no es nuevo.

No es nuevo, pero ahora es abiertamente. También ha saltado ya al Tribunal Constitucional. Lo cual no significa hablar mal de individuos concretos, sino que abiertamente no es que su origen electivo sea de partido, sino que se entiende, ya que tienen un compromiso disciplinario. A la presidenta del Congreso, no se le ocurre, ni se le ocurriría a nadie, moderar a favor de la oposición. Tampoco en contra de la oposición. Pero se hace a favor del Gobierno. Porque se entiende que la presidencia del Congreso, por ejemplo, está allí puesta por razón de una confianza que no tiene que ver con la competencia parlamentaria específica. Y eso, antes, no ocurría. No son costumbres, son suposiciones sobre los requisitos. Y eso ya se ve, incluso, en la radio y televisión pública. Siempre han sido canales oficiales, pero ahora ya no disimulan su militancia. El poder necesita cada vez menos justificaciones de procedimiento.

¿Y eso es un fenómeno exclusivo de España?

Eso pasa en España, quizás de una manera más acelerada, porque el Gobierno y su coalición son improvisados. Es frentista, pero improvisada, sin un programa común. La clase política no está generando personas ni grupos capaces de dirigir el Estado.

Y eso, según tú, es nuevo.

Estamos en una tercera generación de la democracia de partidos. Y no es aquello de que cualquier tiempo pasado fue mejor, pero si conservamos las escenas del pasado, se puede apreciar la diferencia.

¿Y a qué lo atribuyes?

A que los partidos no son escuelas de liderazgo, no son centros de formación, experimentación y selección, que es para lo que tienen que estar más. Es como en la empresa familiar: los primeros, los fundadores, los segundos, los gestores, y los terceros son los que empiezan a dilapidarlo todo. Nuestro mundo está desapareciendo. Pero nada de que es una crisis de derecho internacional, lo que hay es un desorden formidable. El derecho es accesorio. El mundo ha entrado en un lugar inhóspito, y es más complejo, muchísimo más ambiguo, más peligroso y con menos capacidad de las instituciones de naturaleza democrática de dar respuesta. Y la gente que está dentro de las instituciones, no está a la altura de las circunstancias. Porque no saben ni cuál es la circunstancia.

¿En qué medida la entrada en la escena pública de poderes de naturaleza no representativa es una reacción a lo que describes?

Lo de la justicia es fácil de entender. El sistema político no ha resuelto su problema crónico de corrupción. Llevamos desde el año de Filesa procesando a secretarios de organización y tesoreros. Esa escandalera crea a su vez muy malos hábitos en la justicia.

Y, además, el lío del procés

Después de la aplicación del artículo 155 de la Constitución, el Gobierno central y, la derecha en este caso, tiene una especie de respeto sacrosanto para que las autoridades catalanas sigan siendo las autoridades catalanas, nada de reemplazo. Deberíamos haber dicho: "ustedes pongan de su parte, un poquito de orden, u os vais a enterar". En educación, poner la lengua, pero no.

"El mundo ha entrado en un lugar inhóspito, y es más complejo, muchísimo más ambiguo, más peligroso y con menos capacidad de las instituciones de naturaleza democrática de dar respuesta"
El Gobierno no fue suficientemente patriota. Empurar, no es culpa de los magistrados. Luego, además, viene un Gobierno de izquierdas y aprueba una amnistía al cabeza de la rebelión en beneficio propio. Es que eso no se puede amnistiar. Una amnistía, se puede hacer, pero no la puede hacer alguien que obtiene una ventaja inmediata de apoyo político. Y dicen: "no hay que politizar la justicia". ¡Pero si la has politizado al máximo! ¿Cómo quieres que un juez no se meta en política? Es imposible. Evidentemente tendrá una reserva sobre los gobernantes. Todos.


¿Tú las tienes?

La única novedad interesante de la política es Gabriel Rufián, que para otro momento político podría llegar a servir. Pero ahora… Estamos entre Rufián y que el grupo más sólido, que más sabe hacer política en España, que está en plena campaña de relaciones públicas, es Bildu. Se está blanqueando, con su propio problema moral de haber sido lo que han sido. Estamos entre eso y Rufián, que es la novedad. Y es muy respetable, porque destacar en esta selva, no es fácil, no se puede ser un cualquiera. Pero, ¿hacia dónde vamos?

¿Por qué crees que hay tanto agnóstico fijándose en lo que dice el Papa?

"A Estados Unidos le ha salido un Papa americano, y aún no hemos meditado suficiente sobre el asunto. El Papa destaca por contraste, por incomparecencia de otros poderes"
Por un imperativo de novedad y porque es un hombre limpio. Y porque Dios protege a América. Tenemos a… ¿Cómo llamarlo? ¿El emperador? [en referencia a Trump] No, ¿qué emperador? No es ni empresario, ni siquiera es un negociante… Tenemos a un tipo al mando en Estados Unidos que va con el cuñado y su socio de la inmobiliaria a las negociaciones políticas a decir… ¿Cuál es nuestra parte? A Estados Unidos le ha salido un Papa americano, y aún no hemos meditado suficiente sobre el asunto. El Papa destaca por contraste, por incomparecencia de otros poderes… ¿Cómo se puede sentir fascinación por el burócrata que comanda China? [en referencia a Xi Jinping]. No, nos fascina la potencia de China. Luego, Putin, fíjate, después de lo que intentó en Ucrania, ya no mete miedo a nadie. Y, en fin, los primeros ministros europeos tardan exactamente medio año en tener hundimientos de popularidad… En ese contexto, pues, ahí tienes al Papa.


Punto y seguido.
 

Corredor y Aragonés analizan la crisis de liderazgo, la politización institucional y el desorden internacional. Foto: Agenda Pública

Nacho Corredor Sola
Nacho Corredor Sola
Politólogo
Es socio fundador y vicepresidente de beBartlet, desde donde asesora a grandes compañías nacionales e internacionales. También es presidente del Consejo de Administración de BEKANE Media. Asimismo, es consejero de la Societat Barcelonesa d’Estudis Econòmics i Socials (SBEES) de Foment del Treball, la patronal catalana, en Madrid, o miembro fundador del Círculo Reina, órgano privado de la Fundación Museo Reina Sofía dirigido a la identificación y adquisición de arte de referencia generacional. Politólogo por la Universidad Pompeu Fabra (UPF), es analista político en diversos medios de comunicación como la SER, Catalunya Ràdio o laSexta. Anteriormente, fue consultor sénior en LLYC, así como asesor del Gobierno de España o del Comité Organizador de la Cumbre Mundial del Clima. Es coautor de 'Incidencia pública. El poder en el siglo XXI' (Arpa) y autor de 'El activismo tranquilo' (Ariel).
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