En un mundo en el que la generación que vivió las guerras mundiales ya no está entre nosotros, hemos tardado muy poco en volver a entrar en
una lógica belicista extremadamente peligrosa. Incluso cuando se invoca la defensa como justificación,
el militarismo activa dinámicas propias difíciles de controlar a medio y largo plazo. Hoy no basta con declararse, en abstracto, contrario a la guerra. También hace falta lucidez cívica: sin darnos cuenta, podemos avanzar hacia escenarios que nadie desea y que nunca estuvieron en el punto de partida de las decisiones tomadas para protegernos.
El historiador de la Universidad de Cambridge Christopher Clark describió con especial precisión las causas de la Primera Guerra Mundial en su obra
Los sonámbulos (
The Sleepwalkers). Su tesis es muy actual y propone que
los grandes conflictos no siempre estallan por una decisión deliberada, sino por una sucesión de pasos aparentemente racionales que terminan arrastrando a todos hacia el desastre.
Dicho de otra manera: nadie quiere la guerra, pero poco a poco se normaliza.
"Europa, todavía lastrada por la Gran Recesión, la pandemia y el desgaste derivado de la guerra de Ucrania, afronta además sus propias limitaciones"
Algo parecido ocurre hoy. A Estados Unidos
no le conviene quedar atrapado en conflictos que erosionan su hegemonía y aceleran la transición hacia un nuevo equilibrio global. A las potencias emergentes les basta, en muchos casos, con esperar su momento. Europa, todavía lastrada por la Gran Recesión, la pandemia y
el desgaste derivado de la guerra de Ucrania, afronta además sus propias limitaciones:
una arquitectura política fragmentada en veintisiete voces que no siempre hablan
con claridad ni en la misma dirección.
Según Clark,
el sonambulismo geopolítico avanza por fases. Primero surge una carrera armamentística alimentada por la incertidumbre internacional. Se debilitan los ideales universalistas y multilaterales, sustituidos por discursos centrados en la seguridad nacional frente a amenazas externas. Después llega el contagio político y social:
gobiernos, partidos, medios de comunicación y parte de la ciudadanía empiezan a aceptar como inevitables políticas cada vez más militarizadas.
En una tercera fase ganan terreno
los nacionalismos excluyentes y las posiciones extremas, que reclaman ejércitos más fuertes, sociedades más militarizadas y respuestas exteriores más duras. A continuación, esa política exterior agresiva erosiona la confianza entre Estados y multiplica la hostilidad. Ahí aparece la gran paradoja: nos
armábamos para defendernos, pero acabamos pensando en términos ofensivos. Más tarde llegan al poder fuerzas revisionistas o ultranacionalistas. Finalmente,
la guerra deja de ser impensable y pasa a convertirse en una opción normalizada.
Todavía estamos a tiempo de despertar, pero llama la atención
la velocidad con la que han regresado debates que parecían superados: el restablecimiento del servicio militar obligatorio en varios países europeos, el aumento acelerado del gasto en defensa, el retorno del lenguaje de la disuasión nuclear o la tolerancia creciente hacia guerras que ignoran principios básicos del derecho internacional. También sorprende
la rapidez con la que nos acostumbramos a la violencia.
En Alemania, por ejemplo, ha generado polémica
la obligación de determinados ciudadanos de facilitar información al Estado para poder ser localizados en caso de movilización. Hace apenas cinco años, debates de esta naturaleza parecían impensables. Hoy forman parte de la conversación pública en distintos países europeos.
No se trata de casos aislados, sino de síntomas de una tendencia más amplia.
"Las sociedades pacifistas necesitan estar más alerta que nunca. Algunos países, entre ellos España, han mostrado en ocasiones mayor cautela respecto al aumento del gasto militar"
La buena noticia es que aún no es tarde para reaccionar. Las sociedades pacifistas necesitan estar más alerta que nunca. Algunos países, entre ellos España, han mostrado en ocasiones mayor cautela respecto al aumento del
gasto militar en el marco de la OTAN y han expresado reservas ante determinadas intervenciones exteriores. Sin embargo, otros actores avanzan con menos prudencia o se suman sin apenas debate a
dinámicas de confrontación que rara vez benefician a largo plazo.
Lo que necesitamos, más que nunca, es
liderazgo político y valentía cívica para defender el multilateralismo, recordar para qué fueron elegidos nuestros representantes y asumir que las espirales belicistas ya han demostrado adónde conducen.
La Unión Europea nació como un proyecto de paz dentro y fuera de sus fronteras. Conviene no olvidarlo.
Debemos despertar de este sonambulismo colectivo y volver a discutir lo esencial:
qué modelo de seguridad queremos, qué valores nos definen y qué papel aspiramos a desempeñar en el mundo. Seguridad, sí; pero sin renunciar a nuestra identidad democrática ni a la vocación de paz que dio sentido al proyecto europeo.
Si seguimos creyendo en esa idea de Europa, este es el momento de demostrarlo.