

Hicieron falta dieciséis años para derrotar a Viktor Orbán, el jefe de Gobierno más longevo de la Unión Europea. En unas elecciones parlamentarias que registraron una participación histórica, el partido gobernante, Fidesz, perdió la mayoría que obtuvo en 2010 y que había conservado —mediante una serie de elecciones cada vez más amañadas— desde entonces.
El resultado de las elecciones es trascendental. Como señala Timothy Garton Ash, los comicios húngaros fueron seguidos muy de cerca en todo el mundo: en Bruselas, pero también en Washington, Pekín y Moscú. La magnitud de la derrota de Orbán podría hacer que sus consecuencias resulten aún más significativas. Con el 99% del voto escrutado, el partido Tisza (Respeto y Libertad), liderado por Péter Magyar, se sitúa en 138 diputados, una mayoría de dos tercios de la Asamblea Nacional que le permitirá enmendar la Constitución.
"La política europea de Magyar promete ser radicalmente diferente a la de un Orbán que desde hacía años se había convertido en el «caballo de Troya» de Putin y Trump"El próximo primer ministro ha sido recibido con los brazos abiertos por unas capitales europeas que llevaban semanas conteniendo la respiración. Magyar, exmilitante de Fidesz, es un demócrata convencido y un político firmemente europeísta. Estas credenciales democráticas y proeuropeas desempeñaron un papel fundamental en unas elecciones que se plantearon como un referéndum sobre el propio Orbán, pero también —inextricablemente— sobre el papel de Hungría en el mundo. Desde hace tiempo, las encuestas mostraban que las posturas de Orbán distaban de las de un electorado húngaro mucho más europeísta. La política europea de Magyar promete ser radicalmente diferente a la de un Orbán que desde hacía años se había convertido en el "caballo de Troya" de Putin y Trump, defendiendo sus intereses en Bruselas y torpedeando la acción exterior de la Unión.
Los resultados electorales húngaros son especialmente importantes para Kiev, que perderá a su mayor oponente en el Consejo Europeo. La flagrante injerencia rusa en la campaña húngara muestra que, para Ucrania, estas elecciones eran existenciales. Durante los últimos cuatro años, el Gobierno de Orbán ha vetado paquetes de sanciones destinados a debilitar la economía rusa y ha bloqueado el préstamo de 90.000 millones de euros a Ucrania. Más recientemente, Hungría fue acusada por sus homólogos de filtrar a Putin las deliberaciones del Consejo Europeo. Aunque Moscú conservará un aliado —Robert Fico, el primer ministro eslovaco— en el seno del Consejo, la capacidad del Kremlin para interferir en la política exterior de la Unión se verá muy reducida.
Más allá de sus implicaciones más inmediatas, la derrota de Orbán nos permite extraer dos lecciones.
"Incluso en los regímenes más autoritarios, la oposición democrática puede recuperar el poder si se dan las condiciones adecuadas"La primera es que, incluso en los regímenes más autoritarios, la oposición democrática puede recuperar el poder si se dan las condiciones adecuadas. Estas victorias se producen no porque el sistema se lo permita, sino porque, a pesar de la captura de sus instituciones, la oposición es capaz de trazar una estrategia eficaz.
"La segunda lección que nos deja la derrota de Orbán es que los votantes europeos desprecian a Trump, incluso en países gobernados por sus aliados políticos"La segunda lección que nos deja la derrota de Orbán es que los votantes europeos desprecian a Trump, incluso en países gobernados por sus aliados políticos. Las cifras son inequívocas. Según el Consejo Europeo de Relaciones Exteriores (ECFR), solo el 5% del electorado europeo puede considerarse "trumpista". Aunque estas cifras son algo más elevadas entre el electorado húngaro (10%) y entre los votantes de Fidesz (22,5%), el apoyo a Trump en Europa es mínimo. Su intento de injerencia electoral, que incluyó la visita de J. D. Vance a Budapest, podrá funcionar en otros contextos. Sin embargo, es poco probable que funcione en un continente en el que incluso aliados históricos —entre ellos Giorgia Meloni o Jordan Bardella— se han alejado de él. Es probable que este alejamiento se acelere a medida que se acentúen las consecuencias económicas, políticas y militares de la guerra en Irán. En un "efecto Midas inverso", el respaldo electoral de Trump y de J. D. Vance empieza a convertirse en un arma de doble filo para los pocos aliados europeos que les quedan. No obstante, la derrota de Orbán no es sino el inicio de un largo proceso de reconstrucción democrática.
En primer lugar, está por ver cómo reaccionarán las instituciones húngaras. Es cierto que la supermayoría constitucional obtenida por el partido de Magyar ha reducido el riesgo de un bloqueo institucional. Sin embargo, seguirá siendo importante cómo se comporten, a corto y medio plazo, el presidente de la República, un aliado histórico de Orbán; el Tribunal Constitucional, que ostenta un enorme poder; y otras instituciones como la comisión electoral o la autoridad de medios de comunicación.
A largo plazo, tanto Hungría como la UE deberán aprender las lecciones de las elecciones polacas de 2023. En Polonia, el Gobierno de coalición liderado por Tusk ganó las elecciones con la doble promesa de reparar las relaciones de su país con la Unión Europea y, sobre todo, de restaurar el Estado de derecho. Esto último resultó más difícil de lo esperado. Nada más llegar al poder, el Gobierno entrante se encontró con que desmantelar ocho años de reformas institucionales era extremadamente difícil, especialmente sin el apoyo de la Presidencia de la República y del Tribunal Constitucional, dos instituciones que seguían en manos de personas afines al Gobierno saliente. En Hungría, el Gobierno de Magyar se enfrentará a un panorama institucional similar; aunque, como hemos visto anteriormente, una mayoría parlamentaria de dos tercios le otorgaría un poder mucho mayor para desmantelar las principales reformas institucionales de la era Orbán.
"Tanto el Gobierno entrante como la Unión Europea deberán trazar un plan a corto, medio y largo plazo"Para que Hungría, considerada una "autocracia electoral", pueda llevar a cabo una nueva transición democrática, tanto el Gobierno entrante como la Unión Europea deberán trazar un plan a corto, medio y largo plazo. Esto deberá dar lugar a una negociación en la que ninguna de las partes ha revelado sus cartas, pero que requerirá que ambas cedan en cuestiones políticas y jurídicas. Es probable, por ejemplo, que el Gobierno entrante tenga que aceptar un mayor seguimiento de sus reformas institucionales por parte de la Unión Europea, por ejemplo, mediante un levantamiento gradual de los mecanismos de condicionalidad. Al mismo tiempo, la Unión deberá usar su arsenal jurídico, político y económico en materia de Estado de derecho —desarrollado, en gran medida, para hacer frente a Orbán— de manera inteligente, usando tanto palos como zanahorias para ayudar al Gobierno de Tisza a llevar a cabo sus reformas.

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