Las elecciones húngaras de mañana son
una prueba de resistencia para Viktor Orbán, pero también una prueba de realidad para su relato. Después de dieciséis años en el poder, el primer ministro llega a las urnas con
posibilidades reales de perder el poder: varios sondeos sitúan por delante a Tisza, el partido del opositor Péter Magyar. Aunque la alternancia no está ni mucho menos garantizada, parece que, por primera vez desde el año 2010,
Orbán es políticamente vulnerable.
Ahora bien,
como explica la politóloga Ruth Ferrero-Turrión,
el sistema húngaro sigue favoreciendo al oficialismo por varios motivos: la reforma del mapa electoral (
gerrymandering), el peso del voto rural, el apoyo de parte de la diáspora magiar en países vecinos y
un ecosistema mediático profundamente asimétrico. Por eso, a pesar de que la ciudadanía húngara está cada vez más lejos de los posicionamientos del partido de Orbán, no está claro qué pasará el domingo en las elecciones. La realidad demoscópica y la cultura política de Hungría parecen algo alejadas, como refleja la última encuesta elaborada por el
think tank European Council on Foreign Relations (ECFR).
"Una parte muy amplia del país no comparte la Hungría que el partido de Orbán ha querido proyectar hacia fuera"
Lo más importante quizá no sea que Fidesz abandone el ejecutivo, sino que una parte muy amplia del país no comparte la Hungría que el partido de Orbán ha querido proyectar hacia fuera. Según el ECFR,
el 77% de los encuestados apoya la permanencia en la Unión Europea; un 43% cree que el próximo Gobierno debería adoptar un enfoque "muy diferente" respecto a la posición de Hungría dentro de la UE, frente a solo un 19% que opta por continuar por la senda actual, y
un 66% respalda la entrada en el euro. Más aún, la UE obtiene niveles de confianza superiores a los de Viktor Orbán, Péter Magyar o los tribunales del país. En consecuencia,
uno de los pilares del orbanismo está fallando. Puede que este sea uno de los motivos por los que los sondeos detectan un fuerte apoyo a la oposición de Magyar.
Eso no significa, sin embargo, que Hungría esté a las puertas de
una conversión proeuropea simple y lineal. El mismo estudio del ECFR muestra que Ucrania sigue siendo un tema divisivo y que ahí Orbán ha encontrado una nueva palanca de movilización. Si el viejo euroescepticismo ha perdido parte de su fuerza, el
antiucranianismo le ha servido para recomponer su bloque. Entre los votantes de Tisza hay más voluntad de cambio respecto a la guerra,
pero también muchas dudas sobre cuestiones concretas como la ayuda financiera a Kiev, la adhesión ucraniana a la UE o el liderazgo de Volodímir Zelenski. Orbán ha entendido que atacar a Bruselas ya no basta, y ha desplazado el eje de la campaña hacia una mezcla de soberanía, paz y recelo frente a Ucrania.
"Orbán ha entendido que atacar a Bruselas ya no basta, y ha desplazado el eje de la campaña hacia una mezcla de soberanía, paz y recelo frente a Ucrania"
Aun así, el clima general que refleja la encuesta es claro:
la sociedad húngara parece bastante más europeísta que su Gobierno. En política exterior, el 46% del conjunto del país prefiere un alineamiento más estrecho con los socios europeos. Entre los votantes de Tisza, esa opción sube al 77%. Entre los de Fidesz, en cambio, hay fragmentación: unos apuestan por equilibrar relaciones entre Occidente, Rusia y China; otros prefieren acercarse a EE. UU. y a Trump; y
solo una minoría opta por una apuesta netamente europea. El dato es importante porque sitúa estas elecciones más allá de Budapest. En este sentido, conviene recordar que el domingo se decide quién gobierna Hungría, pero también si
la principal voz díscola de la UE mantiene su actual rumbo o inicia una rectificación.
La geopolítica que también divide a los húngaros
Ese contraste se aprecia todavía mejor cuando el sondeo entra en el detalle.
La fractura entre los electorados de Tisza y Fidesz no se limita a la relación con Bruselas, sino que dibuja dos intuiciones casi opuestas sobre el lugar de Hungría en el mundo. Entre los votantes de Magyar hay una preferencia clara por
reinsertar al país en el eje europeo. Sus alianzas de referencia serían Alemania, Austria y Polonia. Entre los de Orbán, en cambio, la brújula apunta hacia otro lado: el socio preferente es la Eslovaquia de Robert Fico y, en términos más amplios, una parte relevante de su electorado sigue imaginando una Hungría que equilibre sus vínculos entre Occidente, Rusia y China, o que se acerque a la América de Donald Trump. El llamado "camino especial" de Orbán, por tanto,
no ha desaparecido, pero tampoco parece ya hegemónico en la sociedad húngara.
La cuestión rusa resume bien esa distancia.
Solo un 6% de los votantes de Fidesz ve a Rusia como un adversario de Hungría. Entre los de Tisza, esa es la posición dominante, con un 40%. La diferencia no es menor porque afecta al núcleo del relato estratégico de Orbán en estos años: el de una Hungría pragmática, capaz de mantener interlocución con Moscú mientras el resto de Europa se enreda en una lógica de bloques. El sondeo del ECFR sugiere que
esa equidistancia ya no ordena del mismo modo a todo el país. Algo parecido ocurre con Trump. Tanto entre votantes de Fidesz como de Tisza hay una visión relativamente positiva de Estados Unidos como aliado o socio, pero el juicio sobre su liderazgo se parte en dos: el 74% de los votantes de Orbán cree que Trump es un buen líder para EE. UU., mientras que el 80% de los de Magyar lo considera un mal líder.
La división húngara no es solo entre más o menos Europa, sino también entre dos maneras distintas de leer el vínculo transatlántico.
China introduce un matiz especialmente revelador. Incluso entre los votantes de Tisza no domina una posición de confrontación abierta:
el 55% la sigue viendo como un socio necesario. Pero, al mismo tiempo, un 67% apoyaría medidas para limitar la inversión china en Hungría. Es decir,
la oposición no plantea una ruptura tajante con Pekín, pero sí un giro hacia una relación más cautelosa y menos ideológica que la promovida por Orbán. En Fidesz ese porcentaje baja al 35%, lo que confirma hasta qué punto el actual Gobierno ha normalizado una política de apertura hacia China que no necesariamente comparte el conjunto del país.
"El europeísmo social existe, pero la prioridad doméstica sigue siendo desmontar un modelo de poder y la ruptura del Estado de derecho"
Una eventual victoria de Tisza daría a Magyar un mandato para reorientar la política exterior hacia Europa, pero no para ejecutar un viraje limpio y total. Solo un 10% de sus votantes considera que la relación con la UE es el principal problema del país, mientras que un 31% sitúa por delante la corrupción y la gobernanza. Dicho de otro modo: el europeísmo social existe, pero la prioridad doméstica sigue siendo desmontar un modelo de poder y la ruptura del Estado de derecho. Europa puede encontrar en un cambio de gobierno una gran oportunidad, pero no debería confundirse: si Orbán cae,
Budapest no volverá de inmediato a una supuesta normalidad anterior, sino que tendrá que definir una normalidad nueva y
bastante más ambigua de lo que a Bruselas le gustaría.
En Bruselas son muy conscientes de todo esto. Por eso,
como detalla Nacho Alarcón,
la estrategia dominante ha sido el perfil bajo. La Comisión y las capitales europeas saben que una oposición vocal y frontal en estas semanas podría reforzar exactamente el marco de campaña que más beneficia a Orbán: el de
una Hungría asediada por potencias externas que quieren decidir su futuro. En privado, la exasperación con Budapest es enorme tras años de vetos, choques sobre el Estado de derecho y bloqueos en la ayuda a Ucrania. En público, sin embargo, ha predominado el silencio. El próximo 12 de abril se sabrá si la táctica ha sido la adecuada.