Viernes, 11 de septiembre de 2026
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Veinticinco años después del 11-S: una reflexión desde el norte de Virginia

El 11-S sorprendió a J. P. Carroll cuando tenía ocho años y acudía al colegio en McLean, Virginia, a pocos kilómetros del Pentágono. Veinticinco años después, el columnista de 'Agenda Pública' reconstruye una jornada marcada por el silencio, el miedo y la pérdida, pero también por una convicción: aquel fue "un ataque contra el amor, la esperanza y los sueños". "Y por eso fracasó", sostiene.

J. P. Carroll J. P. Carroll 11 de septiembre de 2026
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Dos luces simbolizan el lugar de las torres gemelas en Nueva York en el vigesimoquinto aniversario del atentado terrorista. | Jess Stiles / Zuma Press / Europa Press
Dos luces simbolizan el lugar de las torres gemelas en Nueva York en el vigesimoquinto aniversario del atentado terrorista. | Jess Stiles / Zuma Press / Europa Press
Hay algo en los recuerdos, los sueños y las pesadillas que siempre permanece conmigo. Rara vez recuerdo los detalles de quién dijo qué, pero nunca olvido cómo me sentí. Y, más allá de las emociones, hay algo en los colores: son más vivos, casi irreales.

Cuando recuerdo el 11-S y pienso en aquel niño que iba al colegio en McLean, Virginia, a pocos kilómetros del Pentágono, me resulta imposible describir con palabras lo azul que estaba el cielo aquella mañana. Imaginen un día de otoño perfecto: cálido, pero rozando el fresco, con una ligera brisa y un cielo realmente azul. Eso es lo que recuerdo de camino al colegio aquella mañana, junto a un par de amigos y compañeros de clase. Éramos niños de tercero y cuarto de primaria disfrutando de nuestro trayecto habitual, riéndonos, hablando de nuestras fiambreras y preguntándonos a qué jugaríamos durante el recreo.

Es aquí donde mi recuerdo deja atrás aquel cielo azul de ensueño y pasa a lo que otros me contaron sobre el aspecto del humo que salía del lugar donde después descubriríamos que se había producido el ataque contra el Pentágono. Fue entonces cuando aquel sueño se convirtió en pesadilla.

Mi jornada escolar fue sorprendentemente normal. Mirando atrás, lo que más recuerdo es que los profesores estaban muy callados y bastante abatidos. Tuvimos clase durante toda la jornada porque, como supe después, el colegio no sabía si alguno de los alumnos tenía padres en el Pentágono ni quién acudiría a recoger a los niños cuyas familias podían haberse visto directamente afectadas por el atentado.

Cuando regresé a casa aquel día, recuerdo que mis padres me dieron un abrazo enorme. En términos generales, no era algo fuera de lo normal: en mi familia siempre hemos mostrado abiertamente nuestro afecto. Pero aquel día mis padres me abrazaron durante un poco más de tiempo y con un poco más de fuerza de lo habitual. Yo simplemente sabía que algo iba mal.

Durante la cena, mis padres hicieron todo lo posible por explicarme lo ocurrido aquel día de una manera que un niño de ocho años pudiera entender.

"Aquel día mis padres me abrazaron durante un poco más de tiempo y con un poco más de fuerza de lo habitual"
"Hoy nos han atacado personas muy malas", dijo tranquilamente mi padre, neoyorquino, hablando en voz baja mientras trataba de mantenerla firme y se secaba las lágrimas. Nunca antes había visto llorar a mi padre. "Pero te queremos y vamos a estar bien. Durante un tiempo estaremos tristes, pero vamos a estar bien", añadió.

Todavía recuerdo con qué fuerza mi madre me apretaba la mano mientras mi padre hablaba. "Vamos a estar bien, hijo mío", me dijo en español mi madre, originaria de Perú.

El 11-S fue un ataque contra Estados Unidos, pero golpeó especialmente de cerca a quienes vivíamos en Nueva York, en el área de Washington D. C. y en Pensilvania. Y golpeó todavía más cerca —directamente en sus hogares— a las familias de las 2.977 personas asesinadas aquel día, entre ellas tres españoles.

Para mí, ser estadounidense significa ser optimista. No siempre porque queramos serlo, sino porque tenemos que serlo. Es algo que llevamos dentro.

El 11-S tuvimos que buscar ese optimismo en lo más profundo. Símbolos del poder, la creatividad y el ingenio estadounidenses se derrumbaron, y las esperanzas, los sueños y las aspiraciones de las 2.977 personas asesinadas aquel día se apagaron.

"Para mí, ser estadounidense significa ser optimista. No siempre porque queramos serlo, sino porque tenemos que serlo"
Pero poco después, durante aquel día terrible, también vimos lo mejor de Estados Unidos. Los servicios de emergencia corrieron hacia el peligro y muchos de sus integrantes salvaron innumerables vidas antes de perder las suyas. Los pasajeros del vuelo 93 de United Airlines se enfrentaron a los secuestradores y se rebelaron contra ellos. Gracias a su valentía, nunca sabremos con certeza cuál era el objetivo previsto para aquel avión: el Congreso de Estados Unidos, la Casa Blanca o algún otro símbolo de nuestro país y nuestros valores. La gente donó sangre en cifras récord.

Aunque el 11-S tuvo como objetivo Estados Unidos, en esencia fue un ataque contra ideas que van mucho más allá de nuestras fronteras. Fue un ataque contra el amor, la esperanza y los sueños. Y por eso fracasó.

Cuando pierdes a alguien, eso no significa que dejes de quererlo. La esperanza, por su parte, es contagiosa. Y, aunque las esperanzas de quienes murieron pudieran haber llegado de alguna forma a su fin con sus vidas, sus esperanzas de un mundo mejor siguen presentes hoy en los corazones de sus seres queridos. Y los sueños no conocen límites: se cuelan en nuestro sueño y dan sentido a nuestros días. Los sueños de quienes murieron siguen vivos en las vidas de aquellos a quienes amaron.

Después de los atentados de aquel día, el periódico francés Le Monde publicó un editorial que afirmaba: "Nous sommes tous Américains", es decir, "Todos somos estadounidenses".

Muchas cosas han cambiado durante estos últimos 25 años, pero el hecho de que este país, 250 años después de su fundación, siga siendo el hogar de tantos soñadores, innovadores y personas corrientes que trabajan por construir un mañana mejor me confirma que los secuestradores fracasaron aquel día.

Por eso, dediquen hoy un momento a llamar a alguien a quien quieran y díganle, de verdad, que lo quieren. Y si se cruzan con algún miembro de los servicios de emergencia —un bombero, un sanitario o un agente de policía—, dediquen también un momento a agradecerle lo que hace.

Nunca lo olvidemos.
J. P. Carroll
J. P. Carroll
Analista en Washington D. C. y columinsta de 'Agenda Pública'
MBA Internacional de IE Business School. Máster en Estudios Profesionales (MPS) en Relaciones Públicas y Comunicaciones Corporativas de la Universidad de Georgetown. Es el exdirector adjunto de Medios Hispanos del Comité Nacional Republicano (RNC). J.P. vive en el área de Washington, D. C.
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