Martes, 28 de julio de 2026
ANÁLISIS

Ucrania y Venezuela: los laboratorios del mundo que viene (y donde debería fijarse España)

¿Es el orden liberal una estructura sólida o una simple referencia opcional? Como parte de nuestra cobertura de la 'Munich Security Conference', este artículo examina cómo Ucrania y Venezuela anticipan un orden internacional más transaccional. En la primera, la soberanía se somete al cálculo estratégico; en la segunda, la legitimidad democrática se negocia según intereses. Ambos casos revelan un sistema que normaliza excepciones y reduce la protección que las reglas ofrecían a países medianos como España.

Agenda Pública Agenda Pública 14 de febrero de 2026
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El presidente ucraniano, Volodímir Zelenski, en la última edición de la Conferencia de Seguridad de Múnich. | MSC / Preiss
El presidente ucraniano, Volodímir Zelenski, en la última edición de la Conferencia de Seguridad de Múnich. | MSC / Preiss
La tentación al leer informes como el Munich Security Report 2026 suele ser quedarse en los grandes titulares. El repliegue estadounidense, la rivalidad entre potencias, el desgaste del multilateralismo, etc. Sin embargo, el análisis de Múnich gana de verdad cuando baja al terreno y muestra casos concretos. Ahí se ve, con más nitidez, cómo se está reordenando el sistema internacional. Ucrania y Venezuela sobresalen por eso. Importan menos por su singularidad que por lo que adelantan.

Vistos desde España, ambos países operan como laboratorios del orden emergente. En ellos se ensayan nuevas formas de gestionar la soberanía, la democracia y el poder, en un mundo donde las reglas han dejado de actuar como límites firmes y pasan a funcionar como referencias cada vez más negociables.

Ucrania: la soberanía como variable estratégica

Ucrania es el laboratorio más visible y más brutal de esta transformación. La agresión rusa no inaugura la historia de las invasiones. Lo novedoso está en la respuesta internacional y en la lógica que se ha ido asentando, con Washington y Moscú empujando desde lados distintos hacia una misma conclusión práctica. La soberanía entra en el cálculo estratégico.

En las primeras fases del conflicto, el marco parecía indiscutible. Violación flagrante del derecho internacional, ruptura de la integridad territorial de un Estado soberano. Con el tiempo, ese lenguaje ha ido cediendo espacio a otro más utilitario. Fatiga, equilibrio de fuerzas, líneas rojas implícitas, salidas "realistas".

"La creciente aceptación de conflictos congelados muestra hasta qué punto el sistema internacional se resigna a convivir con violaciones duraderas de sus propias normas"
Ucrania se ha convertido así en un escenario donde se prueba una idea sintomática de estos tiempos. La paz ya no aparece como resultado del derecho, sino como derivada del poder. Lo determinante no es quién tiene razón, sino quién aguanta más. La creciente aceptación de conflictos congelados muestra hasta qué punto el sistema internacional se resigna a convivir con violaciones duraderas de sus propias normas, siempre que la inestabilidad se mantenga contenida.

Desde España, este laboratorio europeo importa por una razón muy concreta. Pone en cuestión el principio del que dependen los países medianos para sentirse seguros. Que la soberanía sea una regla general y no una concesión sujeta a circunstancias.

Venezuela: la democracia en clave transaccional

Si Ucrania sirve para entender la soberanía, Venezuela ayuda a leer la democracia en un orden transaccional. No hay guerra abierta, pero sí una crisis prolongada que ha permitido ensayar una diplomacia cada vez más cínica y fragmentada.

"Venezuela funciona como un espacio donde la legitimidad política se negocia 'de facto' según recursos, alineamientos y utilidad estratégica, más que en función de procedimientos democráticos"
Durante años, la política internacional hacia Venezuela se ordenó, al menos en el plano retórico, alrededor de estándares democráticos y derechos humanos. Hoy ese marco aparece visiblemente erosionado. La crisis energética, la rivalidad entre grandes potencias y el cansancio diplomático han desplazado el foco hacia intereses inmediatos.

Venezuela funciona como un espacio donde la legitimidad política se negocia de facto según recursos, alineamientos y utilidad estratégica, más que en función de procedimientos democráticos. Las sanciones se flexibilizan sin horizonte político nítido. Las negociaciones se fragmentan. Los principios se invocan de manera selectiva.

El mensaje se entiende sin demasiadas vueltas. En un mundo menos regulado, la democracia pierde peso como criterio estructural y pasa a competir, en segundo plano, con consideraciones de poder y oportunidad. No desaparece, pero deja de ordenar el tablero.

Un patrón común: el orden de las excepciones

Ucrania y Venezuela parecen escenarios sin relación. Una guerra en Europa oriental y una autocracia en crisis en el Caribe. Sin embargo, comparten una misma función analítica. Ambos muestran el avance hacia un orden de excepciones permanentes, donde las normas no se extinguen, pero se aplican de forma selectiva y contingente.

En Ucrania, la excepción golpea a la soberanía. En Venezuela, a la democracia. En los dos casos, el derecho va dejando paso a la negociación de poder. No asistimos a un colapso abrupto, sino a algo más inquietante. Una adaptación gradual a la incoherencia.

"Se extiende la percepción de que el derecho internacional y sus procedimientos son demasiado lentos, demasiado formales o demasiado rígidos para crisis prolongadas"
En ambos escenarios, además, las posibles "soluciones" apuntan a un dilema más profundo. Se extiende la percepción de que el derecho internacional y sus procedimientos son demasiado lentos, demasiado formales o demasiado rígidos para crisis prolongadas. La tentación de acudir a arreglos pragmáticos, captura de Maduro por parte de Estados Unidos, acuerdos parciales, reconocimientos tácitos, flexibilización de sanciones o aceptación de hechos consumados, puede ofrecer salidas rápidas. El coste es alto. Se pone en duda la autoridad misma del marco jurídico internacional. Si las normas se perciben incapaces de producir resultados, crece la presión por sortearlas y con ello se erosiona el principio que las sostenía.

Este es el mundo que retrata el Munich Security Report 2026. Un orden menos normativo, más personalista y profundamente desigual. Un mundo donde los grandes gestionan conflictos y alianzas de forma ad hoc, mientras los países medianos ven reducirse su margen de influencia.

Dónde debería fijarse España

Desde esta perspectiva, España haría bien en seguir dos dinámicas que estos laboratorios hacen visibles.

La primera es que el orden basado en reglas funciona para países como España como una infraestructura de seguridad invisible. Cuando esa infraestructura se debilita, no se debilita igual para todos. Los más poderosos ganan flexibilidad. Los demás pierden protección.

La segunda es que Europa es condición necesaria, pero no suficiente. En un mundo de esferas de influencia, los intereses que no se articulan activamente tienden a diluirse. El flanco sur, el Mediterráneo, América Latina (¿cuántos años hemos tardado para la firma del acuerdo UE-Mercosur?) no figuran siempre entre las prioridades centrales de las grandes capitales europeas, pero son esenciales para Madrid.

Mirar los laboratorios a tiempo

Ucrania y Venezuela no son anomalías. Son anticipos. En ambos casos, el sistema internacional ha aceptado compromisos que hace una década habrían parecido impensables. No por justos, sino por funcionales a corto plazo.

Desde España, observar estos laboratorios va más allá del interés académico. Es una necesidad estratégica. El mundo que se ensaya en ellos no es uno en el que los países medianos prosperen por inercia. Es uno en el que detectar cómo se degradan las reglas es el primer paso para no quedar atrapado en sus consecuencias.
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