La semana pasada se publicó el acuerdo entre la Unión Europea y el Reino Unido que marcará el encaje de Gibraltar con el resto del club comunitario. En este asunto, más que en ningún otro, se aplica aquella idea de Alex Stubb, actual presidente de Finlandia, sobre los "acuerdos subóptimos". Porque cuando se trata de Europa, casi todos los acuerdos son tan poco contundentes como esa palabra: subóptimo.
Y los acuerdos subóptimos lo son, muchas veces, porque son los únicos pactos posibles. El pacto perfecto sobre el Peñón era imposible. Había tensiones demasiado centrífugas para eso. Los objetivos eran tan opuestos que requería de sacrificios por todas las partes para cerrar el último gran fleco que quedaba suelto del Brexit, tratando de alcanzar soluciones subóptimas en los elementos clave de cada una de las partes de la negociación. Y eso, más o menos, es lo que ha ocurrido.
"El pacto perfecto sobre el Peñón era imposible. Había tensiones demasiado centrífugas para eso. Los objetivos eran tan opuestos que requería de sacrificios por todas las partes"
El pacto cristaliza una excepción absoluta en Europa, con características muy concretas. Los detalles se han ido conociendo, y los cambios para España no son menores: controles duales de entradas y salidas en puerto y aeropuerto; autoridades británicas por el lado gibraltareño, españolas por el lado Schengen; un "impuesto de transacción" que llegará al 17% para los bienes vendidos en el Peñón para compensar el IVA español, lo que lleva a cierta convergencia en la fiscalidad indirecta; control de España sobre los permisos de residencia en Gibraltar; controles españoles de mercancías; posibilidad de que el Gobierno español controle bienes militares y duales que entran en el Peñón y mayor cooperación en materia de contrabando de tabaco, con una fiscalidad suelo para los cigarrillos y el tabaco en general.
Gibraltar, en posición defensiva, conserva lo esencial y obtiene ganancias significativas a cambio de aceptar cierto monitoreo español. La verja desaparece, sus ciudadanos disfrutarán de libertad de movimiento por toda la UE, su economía queda ya vinculada de manera definitiva al mercado interior con una unión aduanera y, punto especialmente sensible, el acuerdo no toca su fiscalidad directa, con lo que Gibraltar podrá mantener sus impuestos mucho más bajos que los españoles, aunque tenga que aceptar un impuesto sobre bienes del 17%. El Reino Unido, por su parte, mantiene totalmente protegido su activo estratégico-militar clave que es Gibraltar, aunque la opinión pública ponga el énfasis en que ahora los turistas británicos tendrán que pasar controles Schengen para entrar en el Peñón.
Los mejor parados serán los trabajadores transfronterizos, aquellos que cruzaban cada día la verja y lo que quieren es un paso fluido, con sus derechos intactos y con la competitividad de sus sueldos y sus empleos garantizada. Para que el acuerdo tenga éxito, la clave está en el futuro de los campogibraltareños: hasta qué punto es la base para una prosperidad compartida o no. Y sobre esto el texto no ofrece demasiadas certezas, señalando que se "establecerá un mecanismo financiero para promover la cohesión entre Gibraltar y la zona fronteriza contigua, incluyendo cuestiones relacionadas con la formación y el empleo", pero sin mayor detalle. Los gibraltareños obtienen un acuerdo; los campogibraltareños que no sean trabajadores transfronterizos reciben una promesa. Y va a hacer falta trabajo para materializarla y evitar que haya una disparidad entre ambas partes.
Los agrios acuerdos subóptimos
Para el orgullo hay algo peor que ser derrotado de manera salvaje en una negociación, un resultado pésimo, pero que abre la puerta a la planificación de una venganza, a la esperanza de un ajuste de cuentas futuro, y es hacer los cálculos y determinar que en una solución subóptima tú has sido el peor parado.
Porque esa solución, por poco ideal que sea, cierra el asunto. Forma parte de su carácter subóptimo: ya no hay un capítulo posterior que permita cambiar el resultado. Y en eso están ahora las opiniones públicas española, campogibraltareña, gibraltareña y británica: cada uno echando cuentas, cada uno, ya con los dados lanzados, calculando si, aunque haya tenido que conformarse con una solución subóptima, al menos no es el que peor sale en la foto.
"Había demasiadas cuentas que ajustar después de que Londres aprovechara su posición de fuerza en los ochenta durante las negociaciones de adhesión de España a las comunidades europeas"
Probablemente, Gibraltar sea la más tranquila en ese cálculo. España, sin embargo, tiene sus propias tensiones centrífugas internas que le generan una mayor incomodidad. Había demasiadas cuentas que ajustar después de que Londres aprovechara su posición de fuerza en los ochenta durante las negociaciones de adhesión de España a las comunidades europeas: entonces Reino Unido estaba dentro y España fuera, y los británicos no dudaron en utilizar hasta la última de las palancas para beneficiar a Gibraltar y alimentar el desequilibrio actual en la comarca. Desde esa perspectiva, ¿por qué no aprovechar en esta ocasión la posición de fuerza española, ahora que es Madrid la que está dentro y Londres la que está fuera? Esa frustración va a marcar el análisis que se haga del acuerdo.
Bajo esa visión, había muchas cuentas que saldar, muchos desequilibrios que ajustar. Quizás demasiados. Eso tensaba el acuerdo en una dirección. Para conseguirlo, hacía falta negociar duro y arriesgar mucho, estando dispuesto a tomar medidas radicales con efectos a corto plazo muy fuertes. Una derrota clara, como la que muchos sienten que se vivió en los ochenta, nunca puede ser totalmente saldada con una solución subóptima, incluso si España obtiene un nivel de monitoreo bastante elevado sobre la Roca. Pero en dirección contraria tensaba el día a día de los campogibraltareños, para los que la herencia de la negociación de hace más de cuatro décadas tiene poca relevancia en cuánto tiempo tardan en cruzar hacia el Peñón, o si Gibraltar funciona más como un ventilador de prosperidad que como una aspiradora de la misma.
Para Gibraltar, y en mucha menor medida para el Reino Unido, el texto es más o menos bueno de forma inmediata; sus efectos son instantáneos. En parte porque, tras el Brexit, eran los que más tenían que perder, especialmente los gibraltareños. Y el alivio es siempre una de las emociones más inmediatas e intensas. Para España, sin embargo, el acuerdo ofrece un resultado mucho más matizado, cuya clave reside más en sus efectos a largo plazo que en la interpretación que se pueda hacer hoy del acuerdo.
"Gibraltar es la encarnación de ese intento de nueva normalidad con un Reino Unido que busca encontrar su sitio en el vecindario europeo"
Una de las partes más aliviadas con el pacto es una Comisión Europea embarcada en el esfuerzo por estrechar lazos de nuevo con el Reino Unido, un socio fundamental en materia de seguridad y defensa cuyo Gobierno ha puesto en marcha una agenda de reseteo para la que resolver la cuestión gibraltareña era una prioridad. Gibraltar es, en ese sentido, la encarnación de ese intento de nueva normalidad con un Reino Unido que busca encontrar su sitio en el vecindario europeo:
fuera, pero cerca.
Resolver el problema del Peñón reduce ruido, tensiones e incertidumbre, y consolida el proceso de acercamiento general entre la Unión Europea y Londres. Pero la realidad es que el acuerdo de Gibraltar no es definitivo. Es el marco de una nueva relación que empieza ahora, que no estará exenta de tensiones y roces. El éxito o fracaso del pacto se decidirá a lo largo de los años y conseguir que funcione requerirá de mucho capital y atención política.