Martes, 28 de julio de 2026
SEGURIDAD Y CAPITALISMO

¿Cómo el tecnofeudalismo de Silicon Valley aleja a Europa de la autonomía estratégica en defensa?

"La autonomía estratégica en defensa amenaza con convertirse en una ilusión" y la razón, para el analista de defensa Antonio Legaz, se encuentra en el "tecnofeudalismo". Este concepto acuñado por el exministro de Finanzas griego Yanis Varoufakis pone a las nuevas empresas tecnológicas en el centro del poder mundial. Este repaso a las capacidades defensivas de Europa, con Starlink o Palantir como ejemplos, apunta en esa dirección.

Antonio Legaz Antonio Legaz 25 de febrero de 2026
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Elon Musk, Jeff Bezos y Mark Zuckerberg son ejemplos de tecnoligarcas según la definición de Yanis Varoufakis. | Flickr / Foro de Davos y otros
Elon Musk, Jeff Bezos y Mark Zuckerberg son ejemplos de tecnoligarcas según la definición de Yanis Varoufakis. | Flickr / Foro de Davos y otros
En las últimas semanas, buena parte de la artillería rusa en Ucrania ha disparado a ciegas. Tras descubrirse que unidades rusas estaban utilizando terminales Starlink de forma encubierta, el Ministerio de Defensa ucraniano impulsó, junto con SpaceX, un sistema de "lista blanca" (white list) que desactiva cualquier terminal no autorizado en el frente. El resultado ha sido inmediato: las comunicaciones rusas se han degradado, sus ataques se han ralentizado y Moscú se ha visto obligada a improvisar enlaces alternativos mucho menos fiables.

En ese contexto, el interlocutor clave para el Kremlin no es el presidente de Estados Unidos, sino Elon Musk. No se discute con Trump o con la OTAN; se negocia, directa o indirectamente, con el dueño de la constelación satelital que sostiene buena parte de las comunicaciones de combate modernas. La capacidad de dejar sin red a unidades rusas depende de una decisión empresarial tomada en California. Esto ilustra un cambio de época. La soberanía en la guerra ya no se juega solo entre Estados, sino también entre plataformas privadas.

Starlink es mucho más que "Internet por satélite". Cada terminal ucraniano o ruso es una antena controlada por software, capaz de seguir a satélites de órbita baja mediante ajustes de fase medidos. SpaceX no solo gestiona la constelación en órbita, sino también el firmware que decide qué terminal puede conectarse, en qué zona geográfica y con qué perfil de servicio. Bastó modificar el sistema de autenticación para que miles de terminales rusos quedaran reducidos a chatarra.

"La figura del contratista militar clásico se desdibuja y aparece algo nuevo: gigantes digitales capaces de condicionar, por sí solos, la forma en que un Estado libra una guerra"
El ejército estadounidense conoce bien esa dependencia. En los últimos ejercicios conjuntos, oficiales describían que era "imposible andar diez pasos sin tropezar con un terminal" de la versión militar, Starshield, cuya infraestructura física es esencialmente la misma que la de Starlink comercial. Un fallo de software interno en SpaceX en 2025 afectó simultáneamente a ambos servicios, recordando que el "eslabón débil" ya no es solo la antena en el vehículo blindado, sino la plataforma corporativa que orquesta toda la red.


En el campo de batalla, eso significa que la continuidad del mando y control se encuentra parcialmente externalizada. Si hoy hablamos de satélites, mañana hablamos de nubes de datos, chips o plataformas de análisis. La figura del contratista militar clásico se desdibuja y aparece algo nuevo: gigantes digitales capaces de condicionar, por sí solos, la forma en que un Estado libra una guerra.

Tecnofeudalismo: cuando los Estados se arman con actores privados

El economista Yanis Varoufakis ha propuesto el término "tecnofeudalismo" para describir este nuevo orden. Su tesis es que la combinación de plataformas y computación en la nube ha creado una forma de poder distinta del capitalismo industrial clásico. Ya no se trata solo de fábricas y mercados, sino de lo que llama "capital en la nube": redes, centros de datos, algoritmos y plataformas que funcionan como los antiguos feudos.

En esa analogía, los grandes actores tecnológicos (Amazon, Google, Microsoft, Meta, Apple) serían los nuevos señores, dueños de los "feudos" digitales. Los usuarios, empresas y hasta gobiernos serían siervos de la nube que entregan datos y dependencia a cambio de acceso a esos espacios digitales. El beneficio ya no viene tanto de vender productos en mercados competitivos. Ahora, aparece a través de cobrar rentas por el acceso a infraestructuras controladas en régimen de cuasimonopolio.

Si bajamos este marco a la historia militar, la comparación con la Edad Media parece acertada. Durante siglos, los reyes europeos tuvieron que contratar compañías de mercenarios (condotieros italianos, lansquenetes alemanes, compañías libres francesas) porque carecían de ejércitos permanentes capaces de librar las guerras que deseaban. Esa externalización de la fuerza armada generaba lealtades ambiguas, escaladas de costes y frecuentes episodios de indisciplina o chantaje político.

"Estos nuevos mercenarios digitales concentran capacidades que ningún Estado europeo, individualmente, puede replicar a corto plazo"
Hoy, cuando un Estado quiere entrenar modelos de inteligencia artificial para reconocimiento de objetivos, desplegar una nube táctica resiliente o mantener una constelación de satélites de órbita baja, a menudo descubre que no dispone de los medios necesarios. Como en el siglo XIV, termina recurriendo a actores privados. La diferencia es que estos nuevos mercenarios digitales concentran capacidades que ningún Estado europeo, individualmente, puede replicar a corto plazo, alejándonos así de la deseada autonomía estratégica.


Los ejemplos concretos de esta dependencia son cada vez más explícitos. En 2022, el Departamento de Defensa de EE. UU. adjudicó a Amazon Web Services, Google Cloud, Microsoft y Oracle el contrato Joint Warfighting Cloud Capability (JWCC), con un techo de 9.000 millones de dólares. El objetivo es dotar al Pentágono de una nube de combate común, accesible desde el nivel estratégico hasta el borde táctico y apta para todas las clasificaciones de seguridad, del dato desclasificado al secreto.

A partir de ese momento, servicios críticos de mando y control, logística, inteligencia y simulación de combate empezaron a diseñarse asumiendo que residirían en infraestructuras controladas por cuatro empresas privadas. El Pentágono no compra solo servidores; compra la integración total del ecosistema: almacenamiento, cómputo, seguridad gestionada, herramientas de analítica y aprendizaje automático. Son los nuevos campamentos donde se organiza el esfuerzo bélico digital.

Algo similar ocurre con el proyecto Maven, el gran programa de inteligencia artificial del Pentágono para procesar imágenes de satélite, vídeo de drones y datos de geolocalización, identificando automáticamente posibles objetivos. Tras la retirada de Google en 2018, presionada por sus propios trabajadores, el Departamento de Defensa certificó a Palantir como el único proveedor adecuado para el Maven Smart System, un módulo clave de esta arquitectura de targeting algorítmico. En 2024, el Ejército de Tierra concedió a Palantir un contrato de 480 millones de dólares a cinco años para ampliar el uso de Maven de cientos a miles de usuarios repartidos en cinco mandos combatientes y el Estado Mayor Conjunto.

Las capacidades de fusión de datos que antes eran patrimonio casi exclusivo de servicios de inteligencia estatales están ahora empaquetadas en plataformas propietarias de una compañía cotizada, cuyo valor en bolsa depende tanto de sus clientes militares como de otros sectores. El propio Pentágono reconoce que Maven se apoya en años de integración de datos acumulados por Palantir en proyectos previos. La frontera entre "infraestructura militar" e "infraestructura corporativa" se vuelve difusa.

"Europa, pese a sus ambiciones en IA, se encuentra atrapada en la guerra de los chips, con sus proyectos más avanzados dependiendo del 'hardware' Nvidia sujeto a controles de exportación estadounidenses"
En paralelo, el músculo de cómputo que hace posible esa inteligencia artificial depende de un actor casi hegemónico: Nvidia. Sus GPU H100, capaces de ofrecer hasta 4,6 veces más rendimiento que las A100 en inferencia de grandes modelos de lenguaje, se han convertido en estándar de facto para tareas de IA de alta criticidad. Análisis recientes señalan que Europa, pese a sus ambiciones en IA, se encuentra atrapada en la guerra de los chips, con sus proyectos más avanzados dependiendo del hardware Nvidia sujeto a controles de exportación estadounidenses. La base física de casi todos estos servicios (desde los centros de datos hasta el equipamiento de red) procede en gran medida de cadenas de suministro dominadas por EE. UU. y Asia, especialmente en semiconductores estratégicos.


Si a esto añadimos que la orquestación de servicios en la nube se basa en Kubernetes y otras tecnologías gobernadas por la Cloud Native Computing Foundation (CNCF), con un peso decisivo de empresas estadounidenses, el cuadro se completa: desde la capa física de los chips hasta las herramientas de despliegue de aplicaciones, pasando por la nube y los algoritmos, el campo de batalla contemporáneo está profundamente incrustado en un ecosistema tecnocorporativo global.

Europa ante el espejismo de la autonomía estratégica

Europa llega a este escenario con un discurso ambicioso y una realidad compleja. Según un estudio de 2025 citado por la iniciativa Onyx, el 80% del gasto europeo en servicios cloud y software de empresa (unos 264.000 millones de euros al año) se dirige a proveedores no comunitarios, financiando aproximadamente 1,9 millones de empleos fuera de Europa. Al mismo tiempo, el continente consume alrededor del 17% de la capacidad mundial de centros de datos, pero controla una fracción mínima del desarrollo de modelos fundacionales de IA. El resultado es que Europa depende de infraestructuras ajenas difícilmente replicables.

La defensa no escapa a esta trampa. Documentos de la Agencia Europea de Defensa reconocen que, hoy por hoy, los ejércitos europeos dependen de proveedores estadounidenses para compartir datos de forma segura, entrenar modelos de IA o desplegar nubes tácticas. Como reacción, la Comisión y la EDA han lanzado el proyecto European Defence Artificial Intelligence Data Space (DAIDS), un espacio federado de datos de defensa que pretende ser plenamente operativo en 2030 y explícitamente "libre de tecnologías estadounidenses". El blueprint presentado en enero de 2026 demuestra que, al menos sobre el papel, es técnicamente viable construir una infraestructura propia de intercambio y entrenamiento de modelos, bajo jurisdicción europea.

"Más de la mitad de los proyectos empresariales europeos de IA se retrasan o cancelan por falta de infraestructura adecuada"
Pero incluso si DAIDS tiene éxito, subsiste un problema adicional en la capa física. Los chips para entrenar modelos, el equipamiento de red, buena parte del software base y, en muchos casos, la energía necesaria para alimentar grandes centros de datos seguirán dependiendo de cadenas de suministro externas. Un informe reciente sobre la brecha de soberanía en IA advertía de que más de la mitad de los proyectos empresariales europeos de IA se retrasan o cancelan por falta de infraestructura adecuada. La promesa de nubes soberanas choca con la realidad de hiperescaladores estadounidenses invirtiendo cientos de miles de millones en otras regiones, mientras Europa se enfrenta a cuellos de botella energéticos y fiscales.


En este contexto, la autonomía estratégica en defensa amenaza con convertirse en una ilusión. Europa puede fabricar sus propios tanques, fragatas o cazas de combate; puede lanzar programas industriales ambiciosos como el FCAS o el MGCS. Pero si los sistemas de mando y control que los coordinan funcionan en nubes extranjeras, si los chips que los hacen inteligentes están sujetos a vetos de exportación y si las comunicaciones dependen de constelaciones satelitales privadas, la capacidad real de decidir cuándo y cómo emplear esa fuerza seguirá en manos de terceros.

¿Autonomía o gestión de la dependencia?

El caso de Starlink en Ucrania constata que hoy es técnicamente posible que un solo consejo de administración, en una sola empresa, degrade de golpe la capacidad de combate de un ejército en campaña. No hace falta un ciberataque masivo ni una resolución del Consejo de Seguridad; basta con reconfigurar una base de datos de terminales autorizados.

Desde la perspectiva europea, la cuestión ya no es solo "¿tenemos suficiente artillería, drones o cazas?", sino "¿quién controla la constelación de satélites que los conecta, la nube que procesa sus datos, los chips que ejecutan los algoritmos de targeting y el software que orquesta todo ese sistema?". Mientras la respuesta a esas preguntas siga siendo, mayoritariamente, "actores privados no europeos", la autonomía estratégica será, en el mejor de los casos, condicional.

"Ningún actor (ni siquiera Estados Unidos) puede ser plenamente autosuficiente en toda la cadena de valor digital y militar"
La tentación de responder con un repliegue autárquico es grande, pero probablemente ilusoria. Ningún actor (ni siquiera Estados Unidos) puede ser plenamente autosuficiente en toda la cadena de valor digital y militar. El reto para Europa no es construir una fortaleza aislada, sino algo mucho más difícil: una arquitectura de interdependencias en la que la asimetría disminuya y en la que ciertas capacidades críticas no puedan ser apagadas a voluntad desde otro continente.


Puede que la verdadera pregunta, entonces, no sea si la autonomía estratégica es una quimera, sino si Europa está dispuesta a pagar el precio político, fiscal y cultural de dejar de ser sierva de la nube. Mientras siga confiando en que bastan nuevos reglamentos para equilibrar un tablero donde otros poseen la infraestructura y la capacidad de desenchufar la guerra a distancia, corre el riesgo de descubrir, demasiado tarde, que sus ejércitos son soberanos sobre el acero de sus blindados, pero no sobre los bits que los hacen funcionar. Y en las guerras del siglo XXI, los bits mandan más que los cañones.
Antonio Legaz
Antonio Legaz
Analista de defensa e inteligencia en una empresa del sector de la defensa
Participación