En su último memorando, Howard Marks, un referente según Warren Buffett,
analiza la psicología actual del mercado y advierte que podríamos estar ante una burbuja inminente. De acuerdo con Marks, el principal combustible de esta euforia es la fascinación por la "novedad". Al no tener precedentes,
las tecnologías emergentes no ofrecen un historial que sirva de contrapeso a las expectativas del mercado. Este es el caso de la
startup Thinking Machines, que captó 2.000 millones de dólares en su ronda semilla
sin siquiera revelar su producto. Con rumores de que su valoración ya alcanza los 50.000 millones, el mercado confirma que
hoy prima el pedigrí sobre cualquier plan de negocio.
"Gigantes tecnológicos como Nvidia invierten miles de millones en 'startups' de IA que, acto seguido, utilizan ese capital para comprar potencia de cálculo en la nube o chips a esos mismos inversores"
Sin embargo, la señal de advertencia más llamativa es la prevalencia de los "acuerdos circulares". Gigantes tecnológicos como Nvidia invierten miles de millones en
startups de inteligencia artificial (IA) que, acto seguido, utilizan ese capital para comprar potencia de cálculo en la nube o chips a esos mismos inversores.
Esto crea la ilusión de un crecimiento explosivo de los ingresos que luce sólido en un balance, pero que carece de una demanda externa genuina y de base amplia.
A la izquierda, un mapa de las empresas del sector de la IA. A la derecha, una comparativa entre el valor de Nvidia y una serie de empresas europeas. Foto: Bloomberg y multiples.vc
Mientras los mercados inyectan cientos de miles de millones en centros de datos y GPU (Graphics Processor Units, procesadores gráficos),
Ilya Sutskever, cofundador de OpenAI, sostiene que el escalado por fuerza bruta está alcanzando sus límites y que dejará de ofrecer avances significativos. En su lugar, predice que el progreso dependerá de la investigación fundamental,
situando la inteligencia de nivel humano a una distancia de entre cinco y veinte años.
Además, la industria depende cada vez más de un endeudamiento agresivo para financiar activos con una vida útil incierta. Hay empresas emitiendo bonos a treinta años para construir centros de datos repletos de chips que podrían quedar obsoletos en apenas tres años. Cuando el capital empieza a perseguir malas ideas porque las buenas ya se han agotado, nos acercamos a lo que los economistas denominan un momento Minsky: la última exhalación de la euforia.
La ley de la incertidumbre
Sin embargo, identificar una burbuja no es lo mismo que predecir su estallido. A pesar de estas flagrantes señales de alerta, no podemos saber con certeza si la música dejará de sonar, ni cuándo lo hará.
Esta incertidumbre quedó ilustrada cuando Michael Burry, el inversor que predijo con éxito el colapso inmobiliario de 2008, dio de baja su fondo de cobertura. Durante casi dos años, Burry dio la voz de alarma sobre el sector de la IA, realizando importantes apuestas en corto contra empresas de semiconductores y
software en pleno auge, sin obtener éxito. Como advirtió en su día John Maynard Keynes: "
El mercado puede permanecer irracional más tiempo del que tú puedes permanecer solvente".
¿Inflexión o reversión?
Si la historia nos enseña que la gravedad siempre termina por imponerse, ¿qué tipo de colapso nos espera? Marks traza una distinción fundamental entre dos tipos de burbujas, y su diagnóstico ofrece un atisbo de esperanza.
"El auge de la IA se asemeja a las burbujas de inflexión del pasado: la «fiebre del ferrocarril» de la década de 1860 o la burbuja de las puntocoms del año 2000"
Es probable que no nos enfrentemos a una burbuja de reversión a la media, como la crisis de las hipotecas subprime de 2008. Aquella fue una burbuja alimentada por la deuda tóxica y la ingeniería financiera que, al estallar, no dejó tras de sí más que escombros y recesión. En cambio, el auge de la IA se asemeja a las burbujas de inflexión del pasado: la "fiebre del ferrocarril" de la década de 1860 o la burbuja de las puntocoms del año 2000.
En aquellos casos, los inversores perdieron hasta la camisa; sin embargo, la infraestructura física (las vías férreas y los cables de fibra óptica) permaneció allí para impulsar el crecimiento económico del siglo siguiente. Pensemos en Netscape: fue el rostro de Internet a mediados de los noventa y acabó siendo aplastada por la competencia. Su destino nos recuerda que identificar a los ganadores en pleno fervor del mercado es una apuesta de azar, no una ciencia. La cuestión relevante, por tanto, no es solo cómo sobrevivir al estallido, sino cómo gestionar la poderosa infraestructura que quedará como legado.
¿Qué hacer después de que estalle la burbuja?
Una vez que el polvo se asiente, nos enfrentaremos a la ardua tarea de integrar esta tecnología en nuestra economía. Esto exige una estrategia concreta, tanto para inversores como para legisladores.
"En cuanto a la política y la sociedad, Daron Acemoğlu y Simon Johnson sostienen que debemos rechazar la idea de que las nuevas tecnologías ayudan automáticamente a los trabajadores"
Para los inversores, Marks aconseja evitar los extremos.
El enfoque de ir con todo conlleva el riesgo de la ruina en caso de colapso, mientras que el de quedarse totalmente
fuera supone el riesgo de perderse el mayor cambio tecnológico de nuestra generación.
Los inversores deben reconocer que operan en una zona de alta incertidumbre. Esto implica abandonar la mentalidad de "billete de lotería", que justifica cualquier precio por un potencial ganador y buscar, en su lugar, empresas con flujos de caja tangibles capaces de sobrevivir a un momento Minsky.
En cuanto a la política y la sociedad, los premios Nobel Daron Acemoğlu y Simon Johnson sostienen que debemos rechazar
el mito del "carro de la productividad": la idea de que las nuevas tecnologías ayudan automáticamente a los trabajadores. Para garantizar que la era de la IA tras la burbuja beneficie a la mayoría,
necesitamos cuatro reformas específicas:
- Invertir en trabajo, no solo en capital. Nuestro sistema fiscal actual suele subvencionar la compra de equipos (automatización) mientras grava el trabajo humano. Los gobiernos deben crear incentivos para que las empresas utilicen la IA para potenciar las capacidades de los trabajadores en lugar de reemplazarlos.
- Leyes antimonopolio. Los datos son el combustible de la IA. Si tras la burbuja emergen unos pocos monopolios que controlan todos los datos del mundo, ellos controlarán la economía. Los reguladores deben imponer la interoperabilidad de los datos y evitar el acaparamiento de información para garantizar un entorno competitivo.
- Prepararse para el reemplazo. El nuevo Índice Iceberg del MIT advierte que el 11,7% del mercado laboral de EE. UU. ya es económicamente reemplazable por la IA actual. Necesitamos fortalecer los "poderes compensatorios", revitalizando los sindicatos y los grupos de la sociedad civil para dar voz a los trabajadores en la toma de decisiones.
- Tratar la infraestructura de IA como un servicio público. Del mismo modo que la electricidad y las telecomunicaciones se convirtieron en servicios esenciales regulados, el acceso al cómputo y a la nube debe ser asequible y universal. Si la burbuja de la IA estalla, los gobiernos deberían reconvertir la infraestructura superviviente para que sus beneficios no se desvanezcan junto con las empresas que fracasen.
Puede que la burbuja estalle mañana, o puede que no. Pero las decisiones que tomemos sobre la infraestructura que deje a su paso definirán la realidad económica de la próxima década.