Viernes, 31 de julio de 2026
POLICÍA MIGRATORIA DE TRUMP

El laboratorio de Mineápolis: donde la democracia se vuelve coercitiva

Mineápolis ya no es solo una ciudad, sino un laboratorio donde el Estado ensaya la fuerza como método de gobierno. Entre redadas del ICE y el pulso entre el poder federal y local, surge una pregunta: ¿puede una democracia conservar sus formas mientras vacía su contenido? Este análisis de la politóloga Ruth Ferrero disecciona cómo el miedo sustituye al derecho, convirtiendo la seguridad en la coartada para un autoritarismo que ya no necesita golpes de Estado para imponerse.

Ruth Ferrero-Turrión Ruth Ferrero-Turrión 27 de enero de 2026
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Las protestas en Mineápolis fueron intensas tras el asesinato del manifestante Alex Pretti. | Holden Smith / Zuma Press / ContactoPhoto
Las protestas en Mineápolis fueron intensas tras el asesinato del manifestante Alex Pretti. | Holden Smith / Zuma Press / ContactoPhoto
Mineápolis se ha convertido en algo más que un escenario de tensión local. Lo que ocurre en esta ciudad del Medio Oeste estadounidense es hoy un laboratorio político donde se ensayan nuevas formas de ejercicio del poder en nombre de la seguridad. Las intervenciones del ICE, los asesinatos de civiles en el marco de redadas y protestas, el despliegue de la Guardia Nacional y la confrontación abierta entre el gobierno federal y las autoridades estatales y municipales dibujan un panorama inquietante, en el que una democracia normaliza la coerción como forma de gobierno.

"Mineápolis se ha convertido en un objetivo simbólico para la Administración Trump, un territorio hostil donde demostrar quién manda y hasta dónde puede llegar el poder federal"
La secuencia es ya conocida: operativos de inmigración altamente militarizados, agentes federales actuando con escasa o nula coordinación con las autoridades locales, muertes de civiles en contextos confusos y versiones oficiales que apelan sistemáticamente a la legítima defensa. Todo ello en una ciudad santuario (
sanctuary city), gobernada por demócratas, que se ha convertido en un objetivo simbólico para la Administración Trump, un territorio hostil donde demostrar quién manda y hasta dónde puede llegar el poder federal cuando se invoca la seguridad nacional.

Mineápolis no es elegida al azar. Es una ciudad marcada por la memoria de la violencia policial —el asesinato de George Floyd sigue siendo una herida abierta— y por una fuerte tradición de movilización social. También es un espacio político incómodo para el trumpismo, un enclave progresista en un estado clave, con una narrativa pública crítica hacia las políticas migratorias federales. Precisamente por eso, operar allí tiene un valor estratégico. La operación no se limita a hacer cumplir la ley migratoria. Busca enviar un mensaje: ningún territorio está fuera del alcance del poder central.

La demostración de fuerza del gobierno de Trump

El ICE ha dejado de ser, hace tiempo, una agencia administrativa para convertirse en una fuerza con rasgos claramente paramilitares. Sus operativos se asemejan cada vez más a incursiones militares: agentes encapuchados, armas largas, vehículos sin identificación clara, detenciones violentas en espacios públicos. En Mineápolis, esta lógica ha alcanzado un punto de ruptura con la muerte de varios civiles en contextos que no pueden entenderse como simples "excesos". Es el resultado de una estructura institucional que premia la fuerza y minimiza la rendición de cuentas.

El despliegue posterior de la Guardia Nacional por parte del gobernador de Minesota, aunque se justifique formalmente en términos de mantenimiento del orden, introduce una dimensión aún más problemática. Cuando fuerzas militares o paramilitares se utilizan para gestionar conflictos políticos internos, la frontera entre seguridad y control político se vuelve peligrosamente difusa. Lo que debería ser una respuesta excepcional se convierte en un mecanismo normalizado de gestión del disenso.

Aquí es donde resulta útil recurrir al concepto de autoritarismo competitivo. No estamos ante una dictadura clásica. Se trata de un régimen que conserva las formas democráticas —elecciones, tribunales, prensa— mientras vacía progresivamente su contenido o directamente censura el pluralismo. El poder no se impone anulando las instituciones: las captura, las presiona y las utiliza selectivamente. La ley no desaparece: se convierte en un instrumento político.

"Las muertes de civiles se explican automáticamente como actos de defensa propia, incluso cuando existen pruebas audiovisuales que contradicen la versión oficial"
En Mineápolis esto se observa con claridad en tres dimensiones. La primera es la captura institucional. Las agencias federales actúan con un margen de autonomía que bordea la impunidad, protegidas por un discurso político que legitima cualquier actuación en nombre de la seguridad fronteriza. Los mecanismos de control —investigaciones internas, supervisión judicial, responsabilidad política— se diluyen frente a la narrativa de emergencia permanente.


La segunda dimensión es el uso selectivo de la ley. Las muertes de civiles se explican automáticamente como actos de defensa propia, incluso cuando existen pruebas audiovisuales que contradicen la versión oficial. La presunción de legalidad se aplica a los agentes del Estado, mientras que la sospecha recae sistemáticamente sobre las víctimas. La ley deja de ser un marco neutral y se convierte en un dispositivo de protección del poder.

La tercera dimensión es la deslegitimación de la oposición. Las autoridades locales, los activistas, los periodistas críticos y los manifestantes son retratados como agitadores, cómplices o incluso como enemigos internos. El discurso político no busca debatir políticas públicas, sino construir un marco moral donde cualquier resistencia se interprete como amenaza. La protesta deja de ser un derecho para convertirse en un problema de seguridad.

Del relato a la erosión democrática de Estados Unidos

En este contexto, figuras clave del establishment trumpista están desempeñando un papel central. Stephen Miller ha insistido en presentar las ciudades santuario como espacios de desorden que desafían la autoridad federal, mientras que Kristi Noem ha reforzado la idea de que los gobernadores y alcaldes demócratas "protegen criminales" y obstaculizan la aplicación de la ley. No se trata solo de retórica, es una estrategia de construcción de realidad. La política se articula a través de lo que podríamos llamar una teoría de los hechos alternativos, donde la repetición constante de un relato termina imponiéndose sobre la evidencia empírica.

Esta narrativa cumple una función crucial al permitir justificar la militarización de la política interna. Si las ciudades son presentadas como territorios ingobernables, si la migración se describe como una amenaza existencial y si la protesta se asimila a la insurgencia, entonces cualquier despliegue de fuerza aparece como razonable. El miedo se convierte en el recurso político central.

El riesgo de conflicto civil no es, por tanto, una exageración. Cuando el Estado se presenta a sí mismo como un actor en guerra contra una parte de su propia población, cuando la violencia se normaliza como herramienta de gobierno y cuando las instituciones pierden su capacidad de mediación, la posibilidad de una escalada sostenida es real. No necesariamente en forma de guerra abierta. Más bien, como una erosión progresiva de los vínculos sociales y del pacto democrático.

"Cuando todo se define como seguridad, todo justifica la coerción. La violencia deja de ser un fracaso del sistema para convertirse en su modo normal de funcionamiento"
Mineápolis es hoy un espejo incómodo de una tendencia más amplia. Lo que allí ocurre no es un episodio aislado. Forma parte de un proceso de reconfiguración del poder en Estados Unidos. La política migratoria se ha convertido en el terreno privilegiado para ensayar formas de gobierno autoritarias dentro de un marco formalmente democrático. La frontera ya no está solo en el sur: se ha desplazado al interior, a las ciudades, a los barrios, a los cuerpos de quienes son considerados sospechosos.


La fórmula es sencilla y profundamente peligrosa, ya que cuando todo se define como seguridad, todo justifica la coerción. La violencia deja de ser un fracaso del sistema para convertirse en su modo normal de funcionamiento. El Estado ya no protege derechos, sino que administra amenazas. Y en ese proceso, la democracia se vacía desde dentro, sin necesidad de tanques ni golpes de Estado, solo mediante la normalización cotidiana del miedo y la fuerza.

Lo que está en juego en Mineápolis no es solo el futuro de la política migratoria. También está la pregunta fundamental de si una democracia puede sobrevivir cuando renuncia a sus propios límites. Cuando el poder deja de rendir cuentas, cuando la ley se aplica selectivamente y cuando la seguridad se convierte en ideología, el autoritarismo ya no necesita proclamarse: se ejerce. Y se ejerce, precisamente, en nombre del orden.
Ruth Ferrero-Turrión
Ruth Ferrero-Turrión
Profesora Ciencia Política en la Universidad Complutense de Madrid (UCM)
Investigadora del Instituto Complutense de Estudios Internacionales (Icei).
Participación