La preocupación por el impacto de la inteligencia artificial (IA) en el trabajo no solo no ha cesado, sino que no ha parado de aumentar. El reciente anuncio de decenas de miles de despidos en Amazon en todo el mundo a causa de la "productividad impulsada por la IA", junto con otros de tal tenor realizados por Microsoft, PwC, Salesforce y otro buen puñado de grandes empresas, no ha hecho más que avivar la incertidumbre.
Esta oleada de despidos parece confirmar los vaticinios de las más prestigiosas organizaciones mundiales. La Organización Internacional del Trabajo (OIT), la OCDE, el Fondo Monetario Internacional (FMI) y el MIT, entre otras, prevén la destrucción neta de millones de puestos de trabajo en el próximo lustro.
"No es una cuestión de sentimientos o ideología. Los negocios únicamente se someten a rentabilidad, productividad e indicadores de rendimiento"
Como una gota china, la sustitución de personas por máquinas se hace real. Ni siquiera ha hecho falta una crisis económica. No es una cuestión de sentimientos o ideología. Los negocios únicamente se someten a rentabilidad, productividad e indicadores de rendimiento. La frase de Clinton (It's the economy, stupid) perdura tan vívida como a finales del siglo pasado.
La evolución tecnológica de la inteligencia artificial ha sido como el árbol que no nos deja ver el bosque. Maravillados por las capacidades de la IA generativa, con su charleta pseudointeligente y su capacidad de crear imágenes a golpe de adjetivos, nos abstraemos de la corriente de fondo que más está impactando en el empleo: los agentes de IA.
Evolucionando hacia modelos aún mejores
Evolucionado a una velocidad de vértigo y capaz de automatizar tareas cada vez más complejas, la IA agéntica está empezando a computarizar cientos de billones de procesos que hasta ahora desempeñaban personas asalariadas. METR, una organización sin fines de lucro que estudia las capacidades de la IA, afirma que "en menos de cinco años, veremos agentes de IA capaces de completar de forma independiente una gran parte de las tareas de
software que actualmente requieren días o semanas para los humanos". Anthropic, dueña de Claude, uno de los máximos rivales de ChatGPT, confirma que ya se usa más su IA para automatizar actividades laborales que para aumentar capacidades de los asalariados.
La excusa de que esta tecnología venía para ayudar y no para sustituir personas por máquinas, cae por su propio peso. Y si todo esto está pasando con apenas un 7% empresas que usan la IA para la "automatización de flujos de trabajo" (datos del INE),
imagínense lo que pasará en cuanto la adopción se haga universal.
"Empresas del sector confirman que ya se usa más su IA para automatizar actividades laborales que para aumentar capacidades de los asalariados"
El fenómeno al que asistimos no es nuevo. Marx ya describió el "trabajo muerto" hace casi 170 años en el Grundrisse (1857), asemejándolo a un chupasangre que succionaba el "trabajo vivo" para transformarlo en "trabajo muerto". Más allá de sus teorías, los antecedentes cercanos deberían encender todas las alarmas con carácter inmediato.
Hoy, en la gestión del mercado bursátil, las personas son un simple ornamento. Más de ocho de cada diez movimientos en el mercado de valores de EE. UU. son operados por un programa autónomo. Se afirma, no sin razón, que "el próximo Warren Buffett no será humano". Y
que nadie crea que estamos ante sofisticadísimas tecnologías de IA: son simples —y muy baratos— algoritmos que ni siquiera incorporan características de
machine o
deep learning.
La intromisión de la IA en espacios humanos
Esta invasión tecnológica se ha metastatizado al ciberespacio. Los bots campan a sus anchas por las redes sociales. Desde enero, el 50% del tráfico mundial de Internet es postizo,
sin una mente detrás que imagine, proponga o yerre. Uno de los
inventos más disruptivos de la historia de la humanidad está parasitado por lo antihumano, lo inconsciente y lo espurio.
La siguiente estación es el trabajo humano. Proliferan por doquier eufemismos que pretenden edulcorar esta tendencia. "Mano de obra digital", "IA como compañera" y otras formulaciones que presentan esta tecnología de forma amable. Pero no deberíamos caer en la tentación: el objetivo de los agentes de IA es, o evitar nuevas contrataciones, o sustituir a personas. Los últimos datos de empleo de EE. UU. confirman las dificultades de los jóvenes para encontrar trabajos de becario o de prácticas ("para qué contratar a alguien si lo hace una IA"). El caso paradigmático del ERE de Candy Crush lo sustancia: "Sabíamos que estábamos creando una herramienta de IA que podía reemplazarnos", aseguraron los trabajadores.
"Si se cumplen las previsiones de sustitución de la OIT, la tasa de paro aumentaría ocho puntos, alcanzando los cuatro millones de parados"
En España trabajan 22,4 millones de personas. Según las previsiones de la OIT, trasladadas a nuestro mercado de trabajo, 1,4 millones está sometido a una "alta y constante exposición a la IA" (un millón serían mujeres). Dicho de otro modo, la mayoría de las tareas actuales de estos puestos de trabajo van a ser automatizadas. Si se cumplen esas previsiones —y por ese camino transitamos—, la tasa de paro aumentaría ocho puntos, alcanzando los cuatro millones de parados. Hablamos de volver a métricas de la Gran Recesión de 2011 o de la crisis del petróleo de los noventa. Una hecatombe laboral que devendría en una calamitosa crisis económica.
Las evidencias son tan plausibles y alarmantes que nos obligan a actuar. No se trata de poner puertas al campo ni de volver a los tiempos del ludismo, sino de accionar palancas políticas, regulatorias y legislativas. Se imponen planes de recualificación masiva, construcción de rentas mínimas y reformas estructurales en el ámbito laboral y económico. Que las empresas puedan imponer despidos objetivos —que conllevan una indemnización mínima— por "causas tecnológicas" deviene en indecencia en este contexto. Que solo unos pocos saquen partido de una innovación como es la IA, capitalizando los beneficios de la automatización del empleo, tampoco debería ser admisible. Que permitamos que una innovación acabe significando precariedad, desigualdad y desempleo, en vez de la equidad, la riqueza y el bienestar, será únicamente achacable a nuestra propia —y humana— inoperancia.