Este es el mundo de hoy. "Hasta hace cinco años, con la victoria de Donald Trump, la extrema derecha nunca se había considerado como un adversario para el resto de formaciones políticas. Ahora ya estamos en la fase de institucionalización".
Anna López es una de las mayores expertas europeas en el fenómeno de la derecha radical y la extrema derecha. La analista señala que "el caos" es el hábitat en el que su discurso "puede ser efectivo", cómo se ha apropiado del discurso "antiestablishment" y advierte para entenderlo que "también hay que hablar de las virtudes de la oferta política que ha presentado la extrema derecha" como, por ejemplo, "la estética".
Anna López publica su último libro: 'La extrema derecha en Europa'. Foto: Cortesía de Anna López
Su tesis es que el auge de la extrema derecha no es algo puntual, sino una respuesta estructural a los males económicos y sociales que se vienen dando desde finales de los setenta con el neoliberalismo. ¿Cómo ha llegado a esta conclusión y cómo impacta esto al ecosistema político actual?
Todas las consecuencias del modelo neoliberal que se ha ido constatando —aumento de las desigualdades, precariedad laboral, personas situadas en la periferia del sistema— nacen sobre todo a partir de los años setenta y se han ido incrementando con los procesos de deslocalización, que enviaron a millones de personas que trabajaban en la industria al paro. Las consecuencias derivadas de las crisis económicas de 2007 y 2008 han ido creando cada vez más gente en la periferia, que la extrema derecha ha sabido capitalizar: agricultores, trabajadores industriales, jóvenes que tienen que marcharse de su ciudad porque no pueden alquilar una habitación o un piso con un salario mínimo.
"La extrema derecha ha sabido capitalizar diferentes malestares: económicos, culturales y políticos, presentándose como la alternativa. El hashtag más retuiteado de VOX en el 23J era 'Ya solo queda VOX'"
Además, hay razones culturales. Una parte de la población percibe como una amenaza la conquista social de mujeres y personas LGTBI. A esto se suma la desafección hacia los partidos políticos tradicionales, con una ciudadanía cada vez más desencantada porque no resuelven problemas del Estado de bienestar o las nuevas incertidumbres nacidas de la pandemia, el apagón o las crisis climáticas.
Este caldo de cultivo y estos diversos malestares los han capitalizado estas formaciones que se identifican como "la alternativa". No somos ni de izquierdas ni de derechas, somos la alternativa. Es curioso cómo el hashtag más retuiteado de VOX en el 23J era "Ya solo queda VOX". Al presentarse como la alternativa, han sabido capitalizar estos diferentes malestares que atraviesan la sociedad.
Es algo que el filósofo político Michael Sandel resumió hace dos semanas en una entrevista: "No es la economía solo, estúpidos, es también la dignidad". Cuando la desigualdad económica atraviesa este nuevo clímax en la sociedad entre ganadores y perdedores, quien capitaliza ese voto es la extrema derecha que se posiciona como antisistema y logra canalizar un malestar que no es solo económico o cultural, sino también político.
¿Cree usted que la extrema derecha simplemente ha sabido aprovechar estas oportunidad o hay virtudes propias en cómo han conseguido llegar a este nivel de éxito?
Por supuesto. No se entendería el éxito de la extrema derecha solo por esa desafección hacia los partidos políticos tradicionales. Aquí también hay que hablar de las virtudes de la oferta política que ha presentado la extrema derecha.
Por ejemplo, la estética: se ha pasado de una extrema derecha con botas y estética neonazi a una extrema derecha presentable con traje de chaqueta. Un discurso que ya abandonaba ese recuerdo al fascismo —las primeras extremas derechas que nacen en los años cincuenta no renunciaban a la violencia—. Cuando han conseguido implantar un discurso que ellos llaman "la batalla cultural" con una resignificación de conceptos, con acciones políticas que se acercan a la ciudadanía a pie de calle y la estrategia en redes sociales, es cuando la extrema derecha puede llegar a su electorado.
"Hasta hace cinco años, con la victoria de Trump, la extrema derecha nunca se había considerado como un adversario para el resto de formaciones políticas. Ahora ya estamos en la fase de institucionalización"
Hasta hace cinco años y con la victoria de Trump, la extrema derecha nunca se había considerado como un adversario para el resto de formaciones políticas. Pensaban que era un fenómeno episódico nacido de la crisis económica, en Alemania de la crisis de los refugiados, en España de la crisis del independentismo catalán o del Partido Popular, y que o desaparecerían o sus votantes volverían a los partidos tradicionales.
Ya se ha constatado, sobre todo en países como Francia o Italia, que ya no estamos en la fase de normalización por esa desmarginación y desestigmatización de la extrema derecha, sino en la fase de institucionalización. Una institucionalización porque ya forman parte de dos y próximamente tres gobiernos en la Unión Europea y, sobre todo, porque
condicionan las agendas políticas y mediáticas.
Y un tercer elemento: la legitimación de la extrema derecha como un actor político que puede gobernar por parte de Donald Trump, que ha legitimado a todas las extremas derechas no solo como actor de gobierno, sino en su forma de entender y practicar la política:
insulto como herramienta de comunicación, desinformación institucional y un nuevo sistema que no es la democracia, sino un autoritarismo posdemocrático.
¿Por qué es peligrosa la extrema derecha para la democracia liberal?
Porque la despoja de las características propias del liberalismo. Uno, la división de poderes. Dos, el pluralismo político y mediático. Y tres, la libertad y los derechos para todas las personas sin distinción de origen, de nacionalidad, de religión o de raza. Es decir, volvemos a esos sistemas que socavaron las democracias antes de la Segunda Guerra Mundial: despojan del liberalismo a la democracia.
"La democracia se vacía hasta tal punto que no están asegurados los derechos y libertades para toda la ciudadanía y las elecciones tampoco son libres"
Lo hemos visto en Hungría. El informe del Parlamento Europeo que describe a Hungría como un régimen híbrido ya dice que la división de poderes no está asegurada porque se hizo una reforma legislativa y los jueces son elegidos por el Gobierno. Los homosexuales son perseguidos por Orbán. El pluralismo mediático y político también está mermado: hay una concentración mediática y el 80% de los medios de comunicación son controlados por el Gobierno.
Además, aprobó una ley donde suprimió los anuncios de campaña electoral. ¿Esto qué supone? Una merma. La democracia se vacía hasta tal punto que no están asegurados los derechos y libertades para toda la ciudadanía, pero las elecciones tampoco son libres, porque está mermada la capacidad del resto de formaciones políticas.
Esto opera bajo el radar porque Hungría no forma parte de los países fundadores de la Unión Europea, pero está pasando en la Unión Europea, y por eso Hungría, y luego también Polonia, fue definida como régimen híbrido electoral.
La Unión Europea, después del informe del Parlamento que usted cita, parece no ser capaz de lidiar con el problema de Orbán. ¿Por qué la UE, que se supone que es la casa de la democracia, no puede hacer frente a un país que se está volviendo autocrático en su propio seno?
Yo soy positiva en eso. Esa resolución de septiembre de 2022 es inédita en la historia del Parlamento Europeo. Y sí que ha habido avances: se congelaron los fondos Next Generation, ha habido sanciones económicas. Esto es importante: la Unión Europea no activa el poder duro, pero sí empieza a tomar medidas, no solo con la definición, sino con las sanciones económicas. Las ha habido en materia de migración cuando Hungría se ha negado a acoger refugiados, con lo cual sí que hay avances.
En el libro explica cómo la extrema derecha ha adaptado su discurso para aparentar ser aceptables ante la opinión pública. Sin embargo, vivimos en una especie de día de la marmota constante con su avance, sorprendiéndonos cada vez que consiguen un mayor éxito electoral o acceden a las instituciones. ¿Cómo han podido llegar hasta aquí?
En cada elección, aguantamos la respiración. Y cuando analizamos al candidato de extrema derecha, vemos las mismas causas y la misma estrategia. En Rumanía, cuando analizaba lo que había pasado, decía: "Mirad, se cumplen los mismos parámetros". Un candidato que se presenta como un
outsider y que capitaliza los diferentes malestares: la desigualdad económica (Rumanía es el país de la UE con la
tasa de pobreza infantil más elevada), la desafección por la corrupción y una lenta implantación del Estado de bienestar, y luego los nuevos malestares.
El candidato utilizó la misma estrategia: campaña en redes sociales, especialmente TikTok. Y nos empeñamos en no aplicar soluciones porque seguimos pensando que es un fenómeno coyuntural.
"Este patrón se repite y, por más que desde diferentes altavoces académicos y mediáticos se diagnostica, los partidos políticos tradicionales no activan el mecanismo de freno"
Este patrón se repite y, por más que desde diferentes altavoces académicos y mediáticos, lo diagnosticamos, los partidos políticos tradicionales, que son los que tienen que activar ese mecanismo de freno, no lo hacen. En primer lugar, los tradicionales, que sabemos que pactan con ellos.
Excepto Polonia, donde Donald Tusk, después de convivir con la extrema derecha diez años y comprobar lo complicado que es revertir los retrocesos, es esa alma del Partido Popular conservador que se niega a pactar con la extrema derecha, junto con la alemana —aunque Merz lo ha erosionado—.
¿Qué podemos hacer distinto?
Uno, la reconexión de los partidos políticos tradicionales con la ciudadanía. ¿Esto qué significa? Un discurso, por ejemplo, de gobernanza económica inclusiva, para reducir las desigualdades, para rescatar a esas personas de la periferia, para garantizar una vivienda digna. Y desde los partidos políticos tradicionales, reconectar con la ciudadanía también supone renovar el lenguaje. No puede ser que el concepto de libertad sea sinónimo ahora de insultar o de derribar al Gobierno con cualquier método. Junto con otras acciones políticas: volver a la acción a pie de calle, es muy importante también reconectar en las plazas y los mercados.
"Es importante que no bajemos los brazos, porque si no, consiguen su objetivo: que solo esté la hegemonía de su discurso"
La segunda: más regulación de las redes sociales. Sin caer en la censura, pero es necesaria. Porque sabemos que el algoritmo premia el discurso polarizador y es capaz de desestabilizar unas democracias —lo hemos visto en Polonia— y generar odio. También hay otras medidas: alfabetización digital, agencias de verificación.
Y un tercer elemento, la movilización de la sociedad civil. Alemania y Francia nos dieron una lección cuando las grandes empresas como Bayer o las diferentes iglesias advirtieron de los peligros de la extrema derecha. ¿Y por qué es importante la presencia en la calle y en otros espacios? Porque en la opinión pública no solo puede ocupar el espacio el discurso de la extrema derecha, que es lo que pretende Trump: llenar todo el espacio. Tiene que permear el discurso de resistencia. Es importante que no bajemos los brazos, porque si no, consiguen su objetivo: que solo esté la hegemonía de su discurso, como si toda la sociedad estuviera a favor de las medidas del presidente.
En Canadá y Australia se ha producido un rechazo hacia Donald Trump y hacia la extrema derecha, y también hacia los conservadores que se alinean con ella. Pero en Europa parece que ese efecto no es tan claro. ¿Por qué?
Bueno, entre otras cosas, porque en Europa la extrema derecha lleva ya más de setenta años, primero en los márgenes y ahora en el centro del sistema. Y uno de los países fundadores de la Unión Europea, como es Italia, ya tiene un Gobierno de extrema derecha.
"La fotografía política europea es que en las tres principales democracias lideran las encuestas partidos de extrema derecha: Alternativa por Alemania un 25%, Agrupación Nacional en Francia un 33% y la Italia de Meloni un 30%"
La fotografía política europea es que en las tres principales democracias lideran las encuestas partidos de extrema derecha: Alternativa por Alemania un 25%, Agrupación Nacional en Francia un 33% y la Italia de Meloni un 30%. Con lo cual, la institucionalización de la extrema derecha y la permeabilización social y política con esos discursos de desafección a la democracia están mucho más arraigados que en otros países.
Es que han conseguido lo que querían: son una alternativa a los partidos tradicionales. Y hay que considerarlos como esa alternativa, con lo cual hay que desmontar sus discursos o implementar otras estrategias.
¿Qué opinión le merece el blanqueo de Meloni, desde el mainstream político?
Bueno, Feijóo avaló los centros de internamiento, sus Guantánamo, por ejemplo, o Ursula von der Leyen, o dieciséis de los veintisiete países de la Unión Europea firmaron una carta dos semanas antes de las elecciones europeas avalando su modelo. Me parece otra de las causas que explican por qué la extrema derecha no para de crecer e incluso logra fagocitar a los partidos conservadores.
Porque cuando tú pactas con ellos, por un lado, los legitimas como un actor político y normalizas sus propuestas. Y esto provoca que el electorado, entre la copia y el original, prefiera al original.
¿Y por qué puede explicar este tipo de asociaciones, que avalen tanto Feijóo como Von der Leyen a Meloni? Porque vivimos en la política cortoplacista, en la que necesito gobernar ahora y para ello sacrifico principios básicos, por ejemplo, de la democracia o esos cordones sanitarios que ya parecen anecdóticos. No son capaces de analizar lo que pasa cuando pactas con la extrema derecha, a pesar de que llevamos más de ochenta gobiernos de coalición con la extrema derecha desde los años setenta.
Una de las partes que se han moderado, por lo menos superficialmente, en la extrema derecha es la violencia. ¿Cómo han conseguido que ya no se les vea como una fuerza violenta? ¿Y cree usted que siguen siendo realmente una fuerza violenta o ya no lo son en esencia?
Hemos pasado de una extrema derecha, como el MSI en 1946 o el NPD en Alemania, que abiertamente no renunciaban a la violencia, a una extrema derecha normalizada, representada por Giorgia Meloni o Marine Le Pen, que sí ha renunciado a la violencia explícitamente y, sobre todo, ha aceptado las reglas de la democracia, por lo menos en público.
"La extrema derecha normalizada ha renunciado a la violencia explícitamente y ha aceptado las reglas de la democracia, por lo menos en público"
Otra cosa es que contribuya a generar el caldo de cultivo para desatar discursos o delitos de odio o, por ejemplo, legitimar la violencia como respuesta a no aceptar un resultado electoral, como hizo Trump y como hemos visto en episodios en territorio europeo, como asaltos a las instituciones en Lorca o Salamanca.
Es importante porque ellos saben que si traspasan la línea de legitimar la violencia, eso los puede expulsar otra vez del centro del sistema y que incluso puede llegar en algunas democracias a ilegalizarlos, porque el uso de la violencia es uno de los límites para considerar a un partido democrático.
Parece que hay una gran diferencia entre el discurso y la acción de Gobierno de la extrema derecha. Cuando llegan al poder, gobiernan únicamente para sí mismos. ¿Por qué el electorado no ve la trampa o no la condena?
En primer lugar, porque tampoco llevan gobernando tanto tiempo como los partidos políticos tradicionales. En segundo lugar, por este clima de polarización política y afectiva donde vivimos, donde el voto racional parece una especie en extinción y ahora la emoción es lo que te moviliza para ir a votar. En este caso, el odio —por ejemplo, el odio contra Pedro Sánchez— es lo que moviliza especialmente al votante de VOX. No es que estés convencido o que Abascal sea el líder con mayores atributos y capacidades, es el odio lo que te moviliza a votar.
"Los partidos tradicionales tienen que resignificar esos conceptos que la extrema derecha ya ha conculcado, y hacerlo con una comunicación política eficaz"
Entonces, en un entorno de polarización afectiva, es muy difícil que discursos racionales puedan llegar al ciudadano. ¿Cómo es posible que el Gobierno de Pedro Sánchez, desde 2018 hasta la actualidad, haya subido el salario mínimo interprofesional en 400 euros y no haya logrado capitalizar el voto de los mayores beneficiarios de esta subida?
Uno, por este entorno de polarización afectiva en el que las emociones son las que movilizan al electorado. Y dos, por la batalla del lenguaje. Los partidos tradicionales tienen que resignificar esos conceptos que la extrema derecha ya ha conculcado, y hacerlo con una comunicación política eficaz que atraviese todas las esferas públicas. No solo las de las redes sociales, sino también aquellos canales para quienes no las utilizan como fuente informativa.
¿Por qué la extrema derecha necesita el caos?
Porque el caos es el hábitat en el que su discurso puede ser efectivo. Ante el caos, ellos se presentan como la salvación. Y sobre todo con esos discursos simplistas. Por ejemplo,
con el apagón, que no sabemos todavía las causas, ¿de quién es culpa? De las renovables, por supuesto, y de Pedro Sánchez, el enemigo habitual. Es en el caos donde tienen más eficacia ese discurso que han ido construyendo desde hace muchos años.
Y también, es que el discurso
antiestablishment se lo ha apropiado la extrema derecha. Por eso, cuando
Marine Le Pen es condenada e inhabilitada por esa malversación de fondos del Parlamento Europeo, al votante de extrema derecha no le hace daño. Porque ellos se han apropiado de ese discurso de desconfianza en la justicia y en las instituciones.
Con lo cual, en el caos es donde mejor, uno, su discurso es más eficaz y, dos, donde su estrategia de redes sociales también es más permeable. Porque cuando hay falta de información, cuando hay falta de transparencia, las redes sociales ocupan ese espacio. ¿Y quién ocupa ese espacio mayoritariamente? Ellos, porque son los que más dedican recursos económicos y los que mejor las han instrumentalizado desde el inicio.