Martes, 28 de julio de 2026
IGLESIA CATÓLICA Y GEOPOLÍTICA

Cónclave, papado y armonía de las naciones

El periodista Javier Morán reflexiona sobre la influencia del papado en la política internacional y argumenta que la Doctrina Social de la Iglesia Católica sigue siendo un código moral influyente en la civilización contemporánea. El autor analiza casos históricos para ilustrar cómo el papado ha interactuado con eventos políticos y sociales contribuyendo a la armonía entre las naciones mediante su influencia ética y espiritual.

Javier Morán Javier Morán 5 de mayo de 2025
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Homenaje de la Asamblea General de la ONU a la memoria de Su Santidad el Papa Francisco | Lev Radin / Zuma Press / ContactoPhoto
Homenaje de la Asamblea General de la ONU a la memoria de Su Santidad el Papa Francisco | Lev Radin / Zuma Press / ContactoPhoto
Partamos de que cónclave, papado (el de Francisco particularmente) y armonía de las naciones (la paz perpetua de Kant) sean ideas claras y distintas que se imponen por sí mismas. En tal caso, lo que nos interesa aquí es conocer cómo se articulan y en particular cómo se contraponen dialécticamente, es decir contradictoriamente.

Nuestra hipótesis es que el resultado de un cónclave no marca un hito en la historia, como tampoco sucede con los hechos de un papado (¿hay excepciones en la historia?), y mucho menos en un mundo desarmonizado por completo en este preciso momento (incluido el comercio internacional que justificaba dicha paz perpetua).


Sin embargo, hemos de admitir que cierto influjo, aunque débil, se ha de deducir del único código, moral o ético, que pervive en la civilización, la doctrina social de la Iglesia católica (que nació con León XIII, Papa de 1878 y 1903), y su encíclica Rerum novarum, Sobre las cosas nuevas, en la que rechazaba la esclavitud, proponía salarios justos y sindicatos católicos y denostaba el liberalismo, el comunismo y el socialismo al tiempo que defendía la propiedad privada y admitía la existencia de clases o diferencias sociales.

Evidentemente existen otros códigos, pero aún contando con los huecos e imperfecciones del católico, sigue siendo el más compacto de los ideales cristianos que han sobrevivido al cabo de décadas.

"Ronald Reagan proporcionaba a diario, en cada desayuno, los informes de seguridad de la CIA y del Departamento de Estado al Papa Wojtyla"
Sin embargo, resulta inmensa la casuística sobre el influjo de la Iglesia católica en la historia reciente. ¿Fue determinante el Papa Juan Pablo II para la caída del Muro y del comunismo? Aunque su concordancia restauradora con el presidente de Estados Unidos Ronald Reagan le proporcionaba a diario, en cada desayuno, los informes de seguridad de la CIA y del Departamento de Estado, el Papa Wojtyla sí tuvo una implicación, incluso emocional junto al pueblo de su tierra madre, Polonia, pero es difícil asegurar que el factor católico fuera definitivo en Rusia, donde décadas de control estatal habían reducido drásticamente la ya de por sí escasa presencia católica. Por una parte, el colapso interno de los soviéticos ha sido aceptado por los historiadores como fuerza autodestructora. Por otro parte, de las tres patas de los años ochenta, Wojtyla, Reagan y Thatcher, han sido las dos últimas las provocadoras de un giro real hacia el liberalismo.


Y otro caso: ¿fue la teología de la liberación, denostada por el Vaticano, la que lideró las revoluciones de esa misma década en Centroamérica? Ciertamente, la implicación con el pueblo de las congregaciones religiosas fue máxima. En cierta ocasión, el filósofo Gustavo Bueno le preguntó de lleno al jesuita Ignacio Ellacuría si "tomaría un fusil para luchar con la revolución" y el vasco le respondió que sí. En realidad, no tomó las armas, pero el régimen salvadoreño le consideró un enemigo feroz. Fue asesinado por militares y paramilitares en 1989, junto a varios compañeros jesuitas.

No obstante, dicha sobrada casuística invita a revisar el pasado de la Iglesia. Quienes, no en pequeño número y especialmente en Estados Unidos, consideran que el papado de Francisco ha sido un desastre recurren a siglos anteriores para describir casos de pontífices totalmente errados. Por ejemplo, Urbano VIII (1623-1644), que condujo a la Iglesia a sucesivas guerras con los principados italianos y dejó a la Santa Sede en una quiebra total. Gran creador de nepotes, el Papa Maffeo era miembro de la familia Barberini, de la que el pueblo de Roma entonó la célebre frase "Quod non fecerunt barbari, fecerunt Barberini", es decir, "lo que no hicieron los bárbaros lo perpetraron los Barberini", con el sentido de que sus guerras e inversiones en armas y fortificaciones desfalcaron por completo los bienes de San Pedro. Como guinda, suya fue la condena de Galileo, por su teoría heliocéntrica y sus postulados del atomicismo (materialismo puro), pero en realidad el Papa Maffeo despreciaba al científico por los sutiles y supuestos insultos que dedicaba al Pontífice en alguna de sus obras.

Otro campeón de los errores fue Pablo IV (1555-1559), Gian Pietro Carafa, fanático de la pobreza evangélica, nepotista y emprendedor de contiendas contra Carlos V, defensor de la causa católica en la guerra contra el protestantismo y, también por razones políticas, contrario a María Tudor y al cardenal Pole, quienes pretendían restaurar el catolicismo en Inglaterra. 

Otro candidato al premio del desastre es Urbano VI (1378-1389), tirano y cruel, involucrado en ofensivas bélicas y al que se enfrentaron los cardenales que eligen al antipapa Clemente VII, hecho que inicia el Cisma de Occidente con las guerras consiguientes y duradero hasta 1417.

Estos tres casos han sido expuestos en el libro The dictator Pope, obra frontalmente dirigida contra Francisco, pero con numerosas inconsistencias, como la de enmarcarlo en el grupo de los pontífices guerreros.

Vengamos ahora a lo contemporáneo. El historiador de la Iglesia Massimo Faggioli, católico que ha escrito de cara a la fundamentación teórica de Francisco, explica llanamente cuál sería la evolución del catolicismo hacia una mayor presencia universal a partir de lo que terminaron siendo los acuerdos de Letrán con Mussolini, que reducían las posesiones del Vaticano a una ciudad, el SCV, el Estado de la Ciudad del Vaticano (los romanos díscolos traducen SVC por "Si Christo Vidieret", "si Cristo lo viera").

"La pérdida de poder temporal debido a la extinción de los Estados Pontificios y la secularización del mundo occidental, cuna histórica del cristianismo, han dado origen a un papado más activo a nivel internacional y diplomático" (Massimo Faggioli, The Liminal Papacy of Pope Francis: Moving Toward Global Catholicity). Para el historiador, Francisco habría sido el Pontífice que más adelante llevó estas aspiraciones, si bien Juan Pablo II las tuvo en mente desde que, recién elegido en el segundo cónclave de 1978, saliera el balcón de la logia de San Pedro y gritara: "¡No tengáis miedo (del mundo)!".

Pero la diferencia entre ambos papas estriba en que Bergoglio acentúa los contenidos del catolicismo social, en línea de la doctrina social de la Iglesia y de la teología política

"El Papa Francisco tomó iniciativas y realizó manifestaciones claras, por ejemplo, sobre el pueblo / nación judío y la Palestina hostigada por los hijos de Abraham"
En virtud de dicha teología, el Papa Francisco tomó iniciativas y realizó manifestaciones claras, por ejemplo, sobre el pueblo / nación judío y la Palestina hostigada por los hijos de Abraham. También concordó con la administración Obama, progresista, en Estados Unidos, o con el régimen comunista liderado por Castro en Cuba en 2015, o quiso intervenir a finales de en las conversaciones de 2016 entre la oposición y el Gobierno autoritario de Maduro en Venezuela. En este último caso fue la propia oposición la que planteó que sólo dialogaría sin la presencia del Vaticano.


Han pasado los años y en todas esos asuntos, contando con sus "actualizaciones", las cosas han ido a peor. Hay que admitir que el poder del Vaticano en general y también en el plano internacional, no es más que un poder blando, sin "divisiones militares" (célebre pregunta del Iósif Stalin).

"La pregunta ¿para qué todas estas buenas intenciones? apunta a respuestas desoladoras, del tipo 'mejor la iglesia se mete en sus catequesis, sacramentos y culto y se deja de todo lo lo demás'"
Pero aún con esa realista constatación de las limitaciones de la Santa Sede la pregunta ¿para qué todas estas buenas intenciones? apunta a respuestas desoladoras, del tipo "mejor la iglesia se mete en sus catequesis, sacramentos y culto y se deja de todo lo lo demás".


Así pues, ¿queda cerrada toda opción de intervenir para la mejora del mundo y a favor de la armonía de las naciones? Solo quedaría un resquicio, que a la postre se transformaría en una balanza de gran tamaño para el juicio, teológico o laico, de los hombres y de las naciones.

Justo cuando en la segunda mitad del siglo XX se difundía la Declaración de los Derechos Humanos de la ONU, el teólogo católico Johann Baptist Metz, discípulo del jesuita Karl Rahner (autentico guía en el Concilio Vaticano II de la mayoría avanzada del episcopado mundial), fue elaborando lo que denominó finalmente nueva teología política. Se basaba su propuesta teológica en que "una ética universal se debe arraigar en el reconocimiento incondicional de que la autoridad se halla en aquellos que sufren la injusticia, los olvidados, los abandonados por el progreso económico, científico y técnico". Era una teología planteada desde las víctimas y los sufrientes, que según Metz se constituyen "no como receptores y objetos de la teología, sino su sujeto", lo cual se entrelazó en América Latina con las teologías de la liberación, y ahí comenzaron los problemas con la Iglesia jerárquica.

Pero esa es otra historia, ya que el Papa Francisco ha tomado de lleno esta línea de pensamiento y de práctica pastoral. Aun por encima de lo que pudiera hacer la diplomacia del Vaticano, Jorge Mario Bergoglio ha enfocado su acción y opinión hacia un  mundo creciente en dolor y sufrimiento y con desigualdades como abismos. Alguien tiene que señalarlo constantemente, y Francisco ha sido insobornable en esta materia. Pensadores como el citado jesuita Ignacio Ellacuría o el filósofo Reyes Mate, entre otros, han centrado sus trabajos en esta perspectiva, que es la de releer la historia y el presente como memoria de las víctimas a causa del propio hombre y de las injusticias manifiestas o del "pecado estructural". El asunto es de suma y necesidad antes de que la realidad siga devorando personas.
Javier Morán
Javier Morán
Periodista
Nace en Gijón, Asturias, en 1964, en pleno pico del 'baby boom'. Estudia doce años en el gijonés colegio de la Inmaculada, de los los jesuitas, y dedica otros trece a pertenecer a la Compañía de Jesús. Estudia Filosofía y Periodismo y tras dejar la orden de san Ignacio de Loyola se enrola como periodista en el diario asturiano 'La Nueva España', del grupo Prensa Ibérica. En 2020 y después de pasar diez veces por el quirófano en pocos años por problemas diabéticos y vasculares, se retira de la profesión, aunque sigue dictando al ordenador escritos para sus propios fines. Dios no le ha dado hijos, pero el diablo le ha enviado sobrinos.
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