No soy católico, ni siquiera cristiano, pero
lamento profundamente la muerte de Francisco. Estos primeros días de luto no son el momento adecuado para resumir el pontificado de Francisco. Solo con el paso del tiempo se adquirirá la perspectiva necesaria para ello. Así que aquí, solo unas palabras desde el corazón.
Vivimos hoy en un
Brave New World que ni siquiera el distópico Aldus Huxley podría haber imaginado. No es solo nuevo y aterrador: es desmoralizador en extremo.
Una característica de este nuevo mundo es la ausencia de cualquier líder político de importancia geopolítica sobre el que pueda decirse que, aunque sea parcialmente, puede servir como figura a la que admirar, ofreciendo cierto grado de inspiración moral.
Es frente a esta aleccionadora realidad que la pérdida de Francisco debe sentirse, y será profundamente sentida por muchos.
Francisco era, por supuesto, el pastor del mundo católico. Pero era, también, mucho más para tanta gente del sur y del norte, del este y del oeste. La suya fue una voz que representaba los más altos estándares éticos y morales, incluso cuando era impopular. Fue un Papa de todos sin ser un populista.
"Independientemente de las diferencias de algunos, su profunda humanidad, a mis ojos la personificación del amor hacia todos nosotros, creados a imagen del Señor, está fuera de toda duda"
No me corresponde a mí entrar en los pormenores de los encarnizados debates que han caracterizado a la Iglesia en torno a la figura de Francisco. Nadie, ni siquiera un Papa, está por encima de las críticas. Si ha cometido errores, y esto ciertamente no me corresponde a mí juzgarlo,
Errare humanum est. Pero comentaré el tono de esos debates, en particular el de algunos de los críticos de Francisco. A veces, no pocas, había algo feo en ese tono despectivo, por no decir de desprecio, que se mostraba en esas críticas. Ya se ven ejemplos de ello en los comentarios de "comida rápida" presentes en las redes sociales y en otros lugares. Si no hay nada más, esto atenta contra el decoro que cabe esperar hacia el propio cargo del Papa. Sin embargo, hay algo más. Independientemente de las diferencias teológicas doctrinales y dogmáticas que algunos hayan podido tener con el Santo Padre, su profunda humanidad, a mis ojos la personificación del amor hacia todos nosotros, creados a imagen del Señor, está fuera de toda duda.
Tuve el privilegio de conocerle en dos ocasiones. Fui invitado hace algunos años a intervenir en la Conferencia del Episcopado Europeo en los días previos al Sínodo sobre la familia. Tras la reunión, al charlar con el Papa Francisco bromeé: "Santo Padre, con todos estos cardenales a mi alrededor, me siento como Daniel en el foso de los leones". Su respuesta fue inmediata, con esa característica amplia sonrisa y sutil humor: "Profesor", dijo, "por desgracia no tenemos dientes...". La segunda ocasión fue más reciente, cuando
me concedió el Premio Ratzinger 2022. Era evidente que no gozaba de buena salud. Pero sus palabras fueron perspicaces y, de nuevo, salieron del corazón.
Ofrezco mis condolencias a su rebaño, a todos mis amigos católicos.
El mundo entero se ha quedado huérfano.