Martes, 28 de julio de 2026
AGENDA PÚBLICA UE

100 días de Comisión: de Draghi y Letta a Trump, hacia una nueva Acta Única

Los primeros 100 días de la Comisión han marcado un giro estratégico para Europa. Entre rearmamento, autonomía económica y menos burocracia, Bruselas busca fortalecer su posición en un mundo cada vez más competitivo. El eurodiputado Jonás Fernández, en la sección 'Agenda Pública' UE, propone una nueva 'Acta Única' como única vía para garantizar la competitividad y autonomía estratégica de Europa.

Jonás Fernández Álvarez Jonás Fernández Álvarez 15 de marzo de 2025
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Von der Leyen y Séjourné presentan la Brújula de Competitividad de la UE. | Wiktor Dabkowski / Zuma Press / ContactoPhoto
Von der Leyen y Séjourné presentan la Brújula de Competitividad de la UE. | Wiktor Dabkowski / Zuma Press / ContactoPhoto

Nota: A continuación proporcionamos un resumen ejecutivo desglosado en secciones desplegables. Cada sección contiene los puntos clave del informe. El texto completo del documento está disponible después de esta sección resumida.

El eurodiputado Jonás Fernández efectúa un balance de los primeros cien días de trabajo de la Comisión Europea, marcados por la llegada de Donald Trump al poder en Estados Unidos por segunda vez. En su repaso, Fernández parte de los documentos estratégicos sobre competitividad y mercado único ordenados por la Comisión y el Consejo de la UE a finales del mandato anterior a Mario Draghi y a Enrico Letta, respectivamente.

Fernández destaca los puntos clave de ambos informes y los compara con los planes estratégicos y propuestas legislativas presentados hasta la fecha por la Comisión. Fernández también se detiene en el análisis del actual equilibrio de fuerzas en las instituciones europeas para analizar la viabilidad de desarrollar dichos planes en el contexto político actual.

Finalmente, el eurodiputado —que ejerce como coordinador del grupo de Socialistas y Demócratas en el comité de Asuntos Económicos— realiza su valoración de la orientación de los planes económicos de la Comisión, destacando que el enfoque de la Comisión en simplificación ignora el principal problema de competitividad en Europa (las barreras nacionales) y reclamando el impulso de un nuevo Single Act centrado en consolidar el mercado único.
Tras las elecciones europeas de junio de 2024, el equilibrio de fuerzas se ha modificado, con un crecimiento de fuerzas euroescépticas y antieuropeas en todas las instituciones. En el Parlamento, el Partido Popular tiene, por primera vez, posibilidad de lograr mayorías con fuerzas a su derecha.

Sin embargo, la mayoría proeuropea entre conservadores, progresistas, liberales y verdes continúa representando la mayoría más sólida en el Parlamento, con un 54% de representación.

El Partido Popular Europeo ha contribuido a minar la confianza en el seno de la mayoría proeuropea debido a su interés en mantener espacios de colaboración con las fuerzas de extrema derecha, posición que quedó manifestada en el proceso de evaluación de los candidatos a comisarios.

En la Comisión, la orientación ideológica es de un marcado perfil derechista, con quince comisarios del PP, cuatro socialistas, cuatro liberales, uno de los Conservadores y Reformistas de Meloni, uno de los Patriotas de Orbán y un independiente.
La victoria de Donald Trump en las elecciones estadounidenses y su errático inicio de mandato aceleran la urgencia de que la Unión Europea dé pasos decisivos en pro de su autonomía estratégica, abordando la integración de sectores clave como el financiero, el de las telecomunicaciones, el de la energía o el militar.

Este nuevo equilibrio de fuerzas y el contexto geopolítico han marcado el inicio de la legislatura y la orientación de las propuestas económicas presentadas por la Comisión Europea, basadas en los informes de Draghi y Letta.

La Comisión ha presentado, hasta la fecha, tres grandes planes estratégicos (Competitiveness Compass; Work Programme 2025; Clean Industrial Deal) y otro legislativo de profundas implicaciones políticas (paquete de simplificación u Omnibus package).

Dichos planes estratégicos presentan una agenda muy ambiciosa de simplificación de la legislación comunitaria ya aprobada, lo que puede alimentar una carrera desregulatoria entre las fuerzas derechistas, amén de suponer un riesgo de seguridad jurídica sobre normativa ya en vigor.

El autor lamenta la ausencia de referencias al Pilar Social, así como la falta de concreción sobre financiación en los planes. De igual manera, lamenta que se ignore abordar el principal freno al aumento de la productividad en la UE, las barreras burocráticas nacionales.
En el documento se recuerda el informe del Fondo Monetario Internacional donde se cuantifica el peso económico de esas 'barreras invisibles' en el mercado único: sobrecostes del 44% para los bienes y el 110 % para los servicios. Pese a ello, la Comisión no ha presentado medidas al respecto.

Este papel reclama el impulso de un nuevo Single Act volcado en consolidar el mercado único y en dotar a la Unión de fuentes de financiación común, como medios para reindustrializar Europa y dotarla de autonomía estratégica real, también en el campo de la Defensa.

Introducción
 

La Unión Europea se encuentra en un momento crucial en su historia, quizá con desafíos similares a los que justificaron su fundación tras la II Guerra Mundial. A los problemas exclusivamente económicos internos derivados de la escasa productividad y crecimiento, expresados en términos actuales como "competitividad", se han unido las amenazas y las decisiones de la Administración Trump II, que ha dejado de ser formalmente un aliado, y las consecuencias presentes y futuras de la guerra de Putin en Ucrania. Al sur, al otro lado del Mediterráneo, la situación se mantiene inestable y nada apunta a una suavización de las tensiones actuales. Al este, los conflictos en Oriente Medio no encuentran cauce de estabilización, y más allá, en el Lejano Oriente, China observa los acontecimientos y despliega sus áreas de influencia, mientras sigue acumulando fuerzas a la espera de su momento.

La Unión Europea, como la propia democracia, están en peligro, en la diana de Putin, pero también de Trump, al igual que el desiderátum de un "mundo basado en reglas".

La vitalidad de la democracia, nuestro modelo de vida y la esperanza de un futuro con mayor prosperidad, equidad y sostenibilidad están en jaque. Y cuando todo esto está pasando, nos encontramos con el peor equilibrio de fuerzas en el seno de Europa, asistiendo atónitos a un deslizamiento de la ciudadanía hacia posiciones ultranacionalistas elección tras elección. El momento de actuar es ahora.

"La Unión Europea, como la propia democracia, están en peligro, en la diana de Putin, pero también de Trump, al igual que el desiderátum de un 'mundo basado en reglas'"
En el ámbito estrictamente económico, el pasado septiembre se hacía público el informe Draghi sobre competitividad, encargado meses antes por la presidenta de la Comisión Ursula von der Leyen, con el objetivo de disponer de una hoja de ruta en materia de política económica para su segundo mandato, elecciones mediante. Además, el informe Letta sobre el mercado único, encargado por el Consejo Europeo, aportaba ideas adicionales para esa nueva estrategia económica de la Unión. Ambos documentos alumbraban así una agenda de reformas para esta legislatura con la promesa de reanimar el lento crecimiento de la economía europea. Llegaba el momento, pues, de las decisiones políticas, del impulso de la Comisión y el trabajo legislativo del Parlamento y el Consejo.

En un marco de cierta continuidad respecto a la legislatura europea previa, Ursula von de Leyen logró el respaldo casi unánime del Consejo Europeo para enfrentar una nueva investidura parlamentaria, aunque sin el apoyo de la Italia de Giorgia Meloni o la oposición de la Hungría de Viktor Orban. Y finalmente, la mayoría proeuropea de populares, socialistas, liberales y verdes respaldaron su candidatura. De este modo, aun a pesar de su crecimiento en los últimos comicios europeos, las fuerzas nacionalistas y ultraderechistas se mantenían fuera de los espacios de decisión e influencia.

Ahora bien, en el otoño, durante el proceso para conformar y confirmar el Colegio de Comisarios nos enfrentamos a la realidad numérica de esta nueva legislatura, marcada por una mayoría derechista que el Partido Popular ha comenzado a instrumentalizar aún a riesgo de fragmentar el consenso proeuropeo. Es importante vindicar que la mayoría proeuropea sigue vigente en las instituciones comunitarias, pero la posibilidad que se le ha abierto al Partido Popular para conformar mayorías alternativas con las fuerzas políticas a su derecha ha generado ya una dinámica muy disolvente para el proyecto europeo.

Es decir, el PP tiene en su mano mayorías para sesgar la acción política a la derecha y adentrarse en sus batallas culturales, como ya estamos observando. Ahora bien, las recomendaciones de Draghi o de Letta solo tendrán viabilidad política sobre la mayoría proeuropea, con la que el Partido Popular está jugando.

A todo esto, la llegada de Donald Trump a la Casa Blanca ha supuesto un histórico shock al orden multilateral, a las relaciones transatlánticas y a la propia democracia liberal. Las primeras decisiones de Donald Trump, tanto en materia económica, como especialmente en el ámbito de sus alianzas internacionales, han abierto renovados y muy preocupantes frentes para la Unión Europea. Y de nuevo, solo una respuesta proeuropea coherente y fuerte puede encarrilar los nuevos retos para los europeos.

Así pues, si los informes Draghi y Letta alumbraban un camino para mejorar el crecimiento de la Unión, asentado en una agenda netamente proeuropea, los desafíos geopolíticos abiertos por la nueva administración Trump, la evolución de la guerra en Ucrania, las amenazas ciertas de la Rusia de Putin y las incertidumbres del papel global de China apuntan también a una mejora acelerada y profunda del proceso de integración europea. Sin embargo, el ambiente enrarecido que se percibe en Bruselas ante la estrategia del Partido Popular supone un serio riesgo.

"Es importante vindicar que la mayoría proeuropea sigue vigente en las instituciones comunitarias, pero la posibilidad que se le ha abierto al Partido Popular para conformar mayorías alternativas con las fuerzas políticas a su derecha ha generado ya una dinámica muy disolvente para el proyecto europeo"
En este artículo, centrado especialmente en materia de política económica, se repasan primero las principales conclusiones del informe Draghi, completadas con algunas de las ideas de Letta. Ambos informes han tenido lecturas de toda índole y merece la pena filtrar sus mensajes para delimitar correctamente el campo de debate y de decisión en esta legislatura. En segundo lugar, se expone a las claras el reparto de poder en las instituciones comunitarias tras las elecciones europeas y los últimos comicios nacionales para constatar fehacientemente el aumento del peso de las fuerzas antieuropeas y ultraderechistas, con quien el Partido Popular ha comenzado a cooperar en algunos ámbitos, minando la confianza del consenso proeuropeo que continúa siendo, en todo caso, mayoritario. A continuación, se repasan las primeras decisiones de la Comisión, más escorada a la derecha que en el pasado mandato, priorizando algunas de las recomendaciones de Draghi y posponiendo otras, probablemente, las más importantes.

Y, por último, se expone una potencial agenda de política económica que responda a la necesidad de acelerar la integración, siguiendo tanto el informe de Draghi como el de Letta, así como los desafíos geopolíticos crecientes que pudiera fortalecer el consenso proeuropeo, y no diluirlo. Esta agenda apela a un nuevo Single Act que, sin exigir una revisión de los tratados, revitalice el mercado único como estrategia de crecimiento, cohesión y autonomía estratégica también.

Sobre los informes de Draghi y Letta
 

El informe Draghi se diseña y concreta como un plan general de política económica, que pretende ir más allá del análisis más sucinto y concreto de Letta sobre el mercado único. Ambos se complementan, con algunas áreas de solapamiento, pero pueden ser leídos e interpretados de manera coherente, ofreciendo un corpus doctrinal que, sujeto, en todo caso, a distintos acentos, ofrece una hoja de ruta para la actual legislatura comunitaria. Las recomendaciones de Mario Draghi pueden ser condensadas en cuatro grandes áreas.

En primer lugar, Draghi apuesta por una agenda simplificadora de la legislación comunitaria. En la pasada legislatura, marcada por el Green Deal, se aprobaron distintos textos legislativos para orientar la vía hacia la descarbonización de los distintos sectores económicos. Afirma Draghi que en muchos casos esas sendas de descarbonización recogen un mayor dirigismo público del deseado, apostando por tecnologías no suficientemente maduras y rehuyendo una mayor neutralidad que pudiera ayudar a reducir emisiones en el corto plazo sin esperar a grandes innovaciones tecnológicas. Se mantiene firme, en todo caso, en la necesidad de disponer de fechas y objetivos nítidos que orienten la inversión privada en el proceso de descarbonización, pero considera que sería útil una mayor flexibilidad en el camino hacia su consecución.

De manera paralela, Draghi considera que los requerimientos de información pública de los riesgos climáticos e informes de polución aprobados a través de diferentes iniciativas legislativas configuran un cuadro demasiado complejo. En este sentido, la transparencia y la información al mercado y a los supervisores que explican tales propuestas podrían verse dañada ante la necesidad de reportar riesgos parecidos a través de canales y formatos distintos, conformando una maraña regulatoria que, más allá de los costes de cumplimiento, podría no ofrecer una información clara y coherente para cumplir con el bien público con el que dicho marco regulatorio fue ideado. Así, Draghi sentencia que hay un espacio amplio para la simplificación sin dañar los propósitos de transparencia.

"Draghi considera que los requerimientos de información pública de los riesgos climáticos e informes de polución aprobados a través de diferentes iniciativas legislativas configuran un cuadro demasiado complejo"
Esta focalización en la maraña administrativa y burocrática se amplía a otras áreas de actividad, especialmente en el ámbito tecnológico y su relación con la innovación. En este sentido, se pregunta Draghi si liderar la regulación de la inteligencia artificial o la gestión de datos pudiera estar retrasando la innovación en estas nuevas áreas de actividad. Esta reflexión se predica también de otras normas que pudieran estar aminorando los avances en finanzas digitales, o en la capacidad de crecimiento de las start up europeas, que acaban emigrando a terceras jurisdicciones, especialmente Estados Unidos, en el momento de dar escala suficiente a su actividad empresarial.

En segundo lugar, el informe Draghi se introduce en el diseño de una política industrial, que exige una revisión también de la política comercial y de la implementación de la política de competencia. Esta área del informe supone, sin duda, un punto y aparte en la tradición más liberal y librecambista de la Unión.

Draghi parte del entorno global muy marcado por las políticas industriales de Estados Unidos y China, y la necesidad imperiosa de lograr una mayor autonomía estratégica por parte de la Unión. Los problemas de abastecimiento durante la pandemia de la COVID, primero, y los efectos de la invasión de Putin sobre Ucrania que exigieron la puesta en marcha de sanciones sobre la economía rusa, especialmente en el área energética, alertaron a las autoridades comunitarias sobre la elevada dependencia de la Unión Europea de las importaciones desde terceras jurisdicciones en ciertos bienes o incluso servicios críticos.

Asimismo, el proceso de descarbonización exige también una política industrial más activa en la medida en que las respuestas exclusivamente basadas en mercados e incentivos privados no son suficiente para completar este camino con éxito. Los retos digitales, el desarrollo de la inteligencia artificial, el poder de la nube y de los datos, o el desarrollo de la economía de plataforma, sectores todos ellos con pocos operadores europeos y sujetos a riesgos profundos de seguridad aconsejan, según Draghi, una mayor implicación de los poderes públicos en su desarrollo y crecimiento.

Esta reflexión se hace extensiva con mayor pertinencia al ámbito de la defensa, como continuación de esa apuesta por la autonomía estratégica que contempla el sector energético, la provisión de materias primas críticas, las telecomunicaciones, el sector financiero y, como decía previamente, la economía digital. Lo que ha acontecido desde enero de este mismo año en Washington hace más urgente aún esta agenda de autonomía estratégica abierta de la Unión.

De manera paralela, esa nueva política industrial exige, siguiendo a Draghi, otra política comercial, abandonando parcialmente el librecambismo comunitario. En ese sentido, sería necesario una política arancelaria micro que fijara "industrias nacientes" a las que proteger, un marco de seguridad para permitir una descarbonización efectiva, o un activismo comercial para la provisión de materias primas no presentes en suelo europeo.

Para acabar de dar coherencia a toda esta estrategia industrial, Draghi aborda también la renovación de la política de competencia y de ayudas públicas. De nuevo, el informe se aleja aquí de la doctrina clásica de la Unión y apuesta por la facilitación de fusiones empresariales que den lugar a "campeones europeos", suavizando o revisando los actuales controles de tales operaciones corporativas. De igual modo, apuesta por una reinterpretación de la regulación de las ayudas de Estado que, sin menoscabo de la integridad del mercado único, pudiera cooperar en ese relanzamiento de la política industrial.

En tercer lugar, y en plena coherencia con la política industrial que defiende Draghi, el informe apuesta por un refuerzo extraordinario de la consolidación del mercado único. No existe, en todo caso, un capítulo exclusivo sobre este asunto y Draghi remite al informe Letta, cuyas conclusiones respalda y comparte. Sin embargo, Draghi no puede del todo segmentar su informe a recomendaciones adicionales y complementarias respecto del informe sobre el mercado único de Letta, de tal modo que, en todos sus análisis sectoriales, desde las telecomunicaciones a la energía, desde la defensa a los mercados de capitales, hay una apuesta decidida por acelerar la consolidación de tales mercados a escala europea.

Por su parte, Letta inicia su informe apostando por una transformación profunda del mercado único hacia un auténtico "mercado europeo", dando un salto hacia delante en la integración comunitaria, como lo fue el paso del mercado común al único en tiempos de Jacques Delors. Letta muestra una atención detallada a los mercados con mayores problemas de consolidación, a saber, las telecomunicaciones, la energía y las finanzas, pero también aporta una visión más política destinada a atraer la atención y la atracción por estos debates sobre la integración de los mercados, a menudo demasiado ásperos y sin un claro appealing popular.

Letta defiende sumar a las actuales cuatro libertades consagradas en los tratados (libertad de movimientos de personas, bienes, servicios y capitales) una quinta centrada en la libertad para investigar, innovar y educarse, que pudiera focalizar los esfuerzos compartidos dirigidos a mejorar y acelerar la transformación de nueva estructura económica, muy marcada por la transición verde y digital.

"Letta inicia su informe apostando por una transformación profunda del mercado único hacia un auténtico 'mercado europeo', dando un salto hacia delante en la integración comunitaria, como lo fue el paso del mercado común al único en tiempos de Jacques Delors"
Destaca, en todo caso, la propuesta de Letta, apoyada por Draghi, para la creación de un "régimen 28", una especie de ordenamiento comercial, tributario, y societario comunitario complementario al de los Estados miembros que pudiera acelerar la integración del mercado único. Bajo este modelo, las empresas que operasen en el mercado único podrían elegir estar sujetas al marco normativo nacional, o bien a un entorno jurídico exclusivamente europeo. De este modo, se abriría una competencia normativa entre los Estados y la Unión que aceleraría de facto la integración del mercado único. Ciertamente, la implementación de este "régimen 28" está sujeta a notables desafíos políticos, aunque su simple propuesta y deliberación pública podrían ayudar a superar los actuales obstáculos a la armonización normativa en múltiples ámbitos en el conjunto de la Unión.

En cuarto y último lugar, Draghi analiza la financiación de su plan. Y es aquí donde Draghi solicita una inversión adicional de unos 800.000 millones de euros anuales durante los próximos ejercicios, una propuesta a tener en cuenta en la negociación del Marco Financiero Plurianual 2028-2034 y en las discusiones sobre el futuro del Next Generation EU.

Draghi se detiene primero en la necesidad de liberar ahorro privado para inversiones en la Unión, para lo cual es condición inexcusable completar la unión bancaria y de capitales, renombrada por Letta y la nueva Comisión como la Unión de Ahorros e Inversiones. En este ámbito, Letta y Draghi transparentan el exceso de ahorro de la economía europea, que no logra oportunidades de inversión en suelo comunitario. En este sentido, se apuesta nuevamente por completar la unión bancaria con el cierre de la negociación de su tercer pilar, el seguro de depósitos común y la firma del respaldo del Mecanismo de Estabilidad (ESM) al marco de resolución bancaria. En la misma línea, deberíamos pasar de los actuales veintisiete mercados de capitales a uno único europeo, reforzando la supervisión comunitaria y la eliminación de las aún existentes barreras nacionales.

Draghi y Letta insisten también en la necesidad de orientar mayor parte de los ahorros a los mercados de capitales para facilitar la financiación no bancaria y los mercados de equity, a la vez que se da una respuesta complementaria a los retos derivados del envejecimiento demográfico, apostando también por una emigración ordenada que ayude a abordar tales desafíos.

Ahora bien, aun liberando ahorro privado, Europa sigue necesitando un instrumento de inversión comunitaria financiado con deuda común. Así, Draghi apuesta por dar continuidad al Next Generation EU con un instrumento similar que fortalezca el presupuesto de la Unión y colabore en la financiación de todo su plan, entre otras cosas, para implementar parte de sus propuestas en materia de política industrial, que exige recursos mancomunados para evitar una potencial fragmentación del mercado único.

"Aun liberando ahorro privado, Europa sigue necesitando un instrumento de inversión comunitaria financiado con deuda común"
Para ello, se necesita también acelerar la puesta en marcha de una nueva cesta de recursos propios, condición necesaria para emitir deuda europea con un soporte de ingresos recurrentes que defiendan el servicio de la deuda y su amortización. Esa deuda común estaría llamada a configurarse como un auténtico activo libre de riesgo europeo, fortaleciendo el papel del euro en los mercados internacionales y con ello la autonomía estratégica de la Unión, que exige a su vez la emisión del euro público digital, cuya negociación se está produciendo ya en los colegisladores sobre la propuesta de la Comisión de la pasada legislatura.

Así pues, Mario Draghi, junto a las aportaciones de Enrico Letta en el ámbito del mercado único, ponen sobre la mesa de las instituciones comunitarias una hoja de ruta holística que ahora está por aterrizar. Tal hoja de ruta, vista en su conjunto, supone una buena base de debate para los operadores políticos, sujeta, en todo caso, a distintas consideraciones.

Podríamos convenir en que todo el capítulo de simplificación administrativa podría encontrar algunas resistencias en las fuerzas progresistas, si tal camino comenzara a deslizarse hacia una mayor desregulación. Es decir, la frontera entre simplificación y desregulación es muy fina y, si bien, los socialistas estamos abiertos a afrontar tal debate, es necesario clarificar que, para encontrar un espacio de equilibrio y encuentro, se debería tomar el informe Draghi en su conjunto y no parcialmente.

Por otra parte, la revisión de la política industrial, comercial y de competencia abre también otros flancos, en la medida que supone una relectura profunda del cuerpo doctrinal de política económica de la Unión. En este caso, resulta más complejo deslindar las opiniones al respecto entre las aproximaciones más progresistas o liberal-conservadoras. En principio, podríamos convenir en que el mayor activismo industrial se encuentra más cercano al sentir de las fuerzas progresistas, si bien la apuesta por la autonomía estratégica resulta muy transversal, como lo es también la percepción de los riesgos de fragmentación del mercado único. Además, también se abre aquí un debate que puede dividir a países pequeños y grandes, si los primeros identifican tras esta apuesta la vocación de los segundos por dominar mercados europeos a través de sus empresas nacionales que podrían estar llamadas a convertirse en "campeones europeos".

Así pues, en este ámbito, sería necesario un debate pausado y sosegado sobre tal viraje que exige conformar un nuevo consenso comunitario que sea útil también para consolidar el mercado único, lo que pasa por centralizar en la Unión buena parte de tal estrategia y financiación, como el propio Draghi defiende.

"Una menor presencia de los restos sociales no puede ser óbice para olvidar que, de la mano de las iniciativas para activar el crecimiento, nuestro modelo social y la sostenibilidad ambiental deben formar parte de cualquier agenda de política económica"
Cabe introducir una última reflexión sobre el término "competitividad", que parece está iluminando el actual debate público europeo. Ciertamente, la palabra competitividad es polisémica, lo que explica su éxito en la conversación política y periodística, y hace bien Draghi en especificar qué hay detrás de tal concepto. En este sentido, Mario Draghi inicia su informe acotando el concepto de competitividad en términos de productividad. Solo la productividad, la del trabajo y la del capital, así como la productividad total de los factores, y especialmente esta última, concentran la esencia del crecimiento potencial que representa el verdadero desafío de la economía europea. Esta explicación es muy necesaria ante la contaminación en el debate público del término competitividad.

Por otra parte, ni el informe Draghi ni el de Letta hacen una aportación sustancial sobre el necesario fortalecimiento del modelo social europeo, aunque planea, en algunos casos con referencias expresas, ambos documentos. Ahora bien, esa menor presencia de los restos sociales no puede ser óbice para olvidar que, de la mano de las iniciativas para activar el crecimiento, nuestro modelo social y la sostenibilidad ambiental deben formar parte de cualquier agenda de política económica, de modo que las recomendaciones de ambos informes deberían verse complementadas por la perspectiva social que algunos echamos de menos en el actual debate público.

En fin, las recomendaciones del informe Draghi, pero también del papel de Letta, suponen, ante todo y, sobre todo, una síntesis marcadamente europeísta centradas en mercado único, financiación europea y política industrial común, sobre la que caben distintos acentos a izquierda y a derecha, al norte y al sur, e incluso al este y al oeste. Pero, en todo caso, estamos ante una hoja de ruta destinada a profundizar y acelerar el proyecto europeísta como condición necesaria para acelerar la productividad y crecimiento de la economía europea.

El reparto de poder en la Unión
 

Una vez analizadas someramente las recomendaciones de Draghi y Letta, debemos evaluar el reparto de poder en las instituciones comunitarias para realizar una primera calibración sobre la probabilidad de que tales ideas puedan llevarse a la práctica. En este sentido, hay que ser consciente que el resultado de las elecciones europeas y de los distintos comicios nacionales más recientes han fortalecido el peso de las fuerzas euroescépticas, eurohostiles o directamente antieuropeas, casi todas ellas situadas en este momento en la extrema derecha. Bien es cierto que las formaciones proeuropeas mantienen la centralidad del poder en las instituciones públicas, pero el deslizamiento del electorado hacia un populismo derechista e hípernacionalista está condicionando ya el debate público europeo, y especialmente la estrategia política del centro-derecha tradicional en todo el continente. Veamos.

"EPP, ECR, Patriotas, Soberanos, la mayoría de los diputados no adscritos y una parte de Renew ofrecen una mayoría amplia a la derecha en la cámara"
En el Parlamento Europeo, los tres grupos parlamentarios a la derecha del PP, a saber, los Conservadores y Reformistas, capitaneados por Fratelli d'Italia de Meloni y Ley y Justicia de Polonia, los Patriotas de Le Pen, Orbán o Salvini, y los Soberanistas liderados por Alternativa por Alemania, representan ya en su conjunto un 26,5% del pleno. Además, buena parte del 4% de escaños de los diputados "no adscritos" corresponden también a políticos ultraderechistas. Es decir, algo menos de un tercio de la cámara está ocupada por diputados que se muestran, bien distantes del proyecto europeísta, bien, directamente enfrentados a él.

Este elevado peso de la extrema derecha permite, al menos matemáticamente, que el Partido Popular, con su 26,1% de diputados en la cámara, pueda articular mayorías parlamentarias sin el concurso de sus socios de la legislatura pasada: socialistas, liberales y verdes.

Esa posibilidad es aún más sólida, habida cuenta del deslizamiento del poder en el grupo liberal, Renew, desde un liderazgo acentuado de los europeístas de Macron hacia un mayor peso de las delegaciones nacionales de países norteños, cuya aproximación al proyecto europeísta es menos comprometida.

Por lo tanto, EPP, ECR, Patriotas, Soberanos, la mayoría de los diputados no adscritos y una parte de Renew ofrecen una mayoría amplia a la derecha en la cámara, pero una mayoría que no liderará una aceleración del proyecto europeísta, es más supondría una vuelta atrás sin precedentes en la historia de la Unión.

Sin duda, articular esta mayoría no es misión sencilla, pues la lógica soberanista de dichas fuerzas les conduce hacia la desconfianza en agentes 'extranjeros'. Asimismo, no pueden obviarse las divergencias entre todos estos grupos, entre los que abundan posiciones disparatadas, diputados locoides, nazis, o negacionistas de cualquier evidencia histórica o científica como el Holocausto o el Cambio Climático.

Pero por difícil que sea configurar una mayoría estable de Gobierno entre esos grupos, la simple existencia de esa posibilidad supone una amenaza permanente en cada negociación, no ya solo para los progresistas sino esencialmente para los proeuropeos de cualquier partido, porque esa coalición, más allá de derechista, impediría cualquier avance del proyecto europeísta, tal y como se establece en el informe Draghi o en el de Letta, o cualquier respuesta coherente a las nuevas amenazas de Trump o a las ya tradicionales de Putin.

Ciertamente, esa mayoría podría liderar un apoyo firme a una desregulación profunda de la normativa europea que, distorsionando lo expresado por Draghi en su informe, quisiera encontrar respaldo intelectual en el debate sobre la simplificación administrativa que el expresidente del Banco Central Europeo ha puesto sobre la mesa. Ahora bien, esa potencial desregulación tendría poco que ver con la mejora de la competitividad de la economía europea, y respondería exclusivamente a una agenda ideológica para desmontar el conjunto del Green Deal, replicando las aspiraciones que llegan del otro lado del Atlántico Norte.

Es importante destacar que el problema burocrático y de costes administrativos se focaliza en Europa en las normativas nacionales que impiden la consolidación del mercado único, no en las normas comunitarias que ahora la derecha quiere revisar en una competición populista con escaso impacto sobre nuestra productividad. Volveré sobre este asunto más tarde.

En otro orden de cosas, si bien el PP tiene en su mano una mayoría potencial a su derecha a costa de olvidar su compromiso europeísta, en el consenso proeuropeo clásico con el que se ha regido la Unión durante décadas, el equilibrio ideológico a derecha y a izquierda ha variado bien poco respecto a la pasada legislatura. Y quizá sobre esto se ha debatido menos.

"Esa potencial desregulación tendría poco que ver con la mejora de la competitividad de la economía europea, y respondería exclusivamente a una agenda ideológica para desmontar el conjunto del Green Deal, replicando las aspiraciones que llegan del otro lado del Atlántico norte"
En la pasada legislatura, populares y liberales representaban el 39,3% del Parlamento, mientras que verdes y socialistas ocupaban el 29,5% del pleno. Pues bien, en este nuevo mandato, las dos fuerzas proeuropeas del centro-derecha, populares y liberales, suponen el 36,8%, y los socialistas y verdes un 26,2%. Así pues, es evidente que, entre las fuerzas proeuropeas, el equilibrio centro-derecha y centro-izquierda se mantiene estable, aunque en conjunto registre una caída de casi seis puntos, que es exactamente lo que crecen los grupos a la derecha del PP. De este modo, las fuerzas proeuropeas reducen su peso en el Parlamento, pero el equilibrio a derecha y a izquierda de las mayorías Von der Leyen I y II, a saber, populares, socialistas, liberales y verdes, se mantiene estable respecto a la legislatura pasada.

Quizá podría argumentarse que la entrada formal de ECR en la mayoría que apoyó al Colegio de Comisarios, que no la investidura de Ursula von der Leyen, sí certificarían ese deslizamiento hacia la derecha de la coalición que sustenta a la Comisión. Ahora bien, los grupos proeuropeos no aplicaban el "cordón sanitario" a ECR durante la legislatura pasada, y de facto se incorporaron a casi todas las mayorías en las iniciativas legislativas aprobadas por las cámaras, entre ellas, el Pacto Migratorio. Además, su peso en el Parlamento apenas se ha incrementado sensiblemente en las pasadas elecciones. De este modo, formal o informalmente, la situación de ECR no ha cambiado de manera transcendente después de los últimos comicios y su margen de maniobra e influencia resulta similar al vivido en la anterior legislatura. El cambio sustancial es el crecimiento de los Patriotas, el antiguo grupo de Identidad y Democracia, que es lo que permite ahora una mayoría parlamentaria en todo el arco derechista de la cámara. Por todo ello, en el seno de las mayorías políticas que respaldaron el grueso de medidas adoptadas en el periodo 2019-24, los equilibrios ideológicos no han variado dramáticamente.

De este modo, la disyuntiva del PP es transparente: mantener la colaboración proeuropea, sin cambios sensibles en el equilibrio de fuerzas en esa coalición suave aún a pesar de haber crecido en las últimas elecciones europeas, o bien liderar una mayoría alternativa con toda la derecha para empujar una agenda en la que no haya atisbo de europeísmo alguno.

Hasta ahora el Partido Popular ha estado jugando con esas dos opciones sobre la mesa, tensiones que están teniendo reflejo también en el Colegio de Comisarios desde el inicio del proceso para su conformación.

Tras las elecciones europeas del pasado junio, y observando las mayorías parlamentarias, el Consejo Europeo nominó de nuevo a Ursula von der Leyen como candidata a presidir la Comisión. Esa decisión se tomó, por cierto, sin el apoyo de la Italia de Georgia Meloni. Su investidura parlamentaria posterior, siguiendo la misma lógica, contó con el voto favorable de populares, socialistas, liberales y verdes, pero no con el respaldo de ECR.

A pesar de todo ello, en septiembre, von der Leyen consideró oportuno agraciar al candidato italiano a integrarse en la Comisión no ya sólo con una cartera importante, sino también con una vicepresidencia ejecutiva. Una concesión, a todas luces, innecesaria. Recordemos que el anterior comisario italiano, Paolo Gentolini, ostentaba la cartera clave de Economía, pero no era vicepresidente.

"De este modo, la disyuntiva del PP es transparente: mantener la colaboración proeuropea, sin cambios sensibles en el equilibrio de fuerzas en esa coalición suave aún a pesar de haber crecido en las últimas elecciones europeas, o bien liderar una mayoría alternativa con toda la derecha para empujar una agenda en la que no haya atisbo de europeísmo alguno"
Esta apertura del juego de poder comunitario por parte de Ursula von der Leyen a un Gobierno euroescéptico como el capitaneado por Giorgia Meloni, en búsqueda del apoyo en sede parlamentaria de ECR, dio paso en la cámara a una estrategia dirigida por el líder del EPP, Manfred Weber, aún más agresiva, centrada en minar la fortaleza de la principal candidata de la familia socialdemócrata, llamada a ser vicepresidenta primera, Teresa Ribera. Sufrimos, entonces, una virulencia jamás vista entre las fuerzas proeuropeas en estos procesos de configuración de la Comisión, destinada a erosionar no solo al grupo socialdemócrata, sino también al de los verdes, mientras el EPP y ECR solidificaban una colaboración destinada a conformar un nuevo centro de poder, abierto a los Patriotas, cuyo candidato a Comisario, el húngaro Olivér Várhelyi, contó con su protección y respaldo durante todo el proceso de los nombramientos.

Finalmente, el Colegio de Comisarios fue aprobado en su conjunto, sin rechazo alguno ni cambio de carteras relevantes, pero quedando erosionado el papel institucional del Parlamento. Los socialistas salvamos in extremis a nuestros candidatos a comisarios, especialmente importante tras la campaña de acoso y derribo contra Teresa Ribera. Los populares pasaron a sus candidatos, algunos de los cuales no dan la talla para tales responsabilidades, al igual que todos los liberales, mientras Raffaele Fito u Olivér Várhelyi se integraban también en la Comisión sin mayores contratiempos.

Así pues, la protección expresa del PP al candidato italiano de ECR, así como al hombre de Orbán en la Comisión, junto a los ataques cruentos contra la candidata socialista Teresa Ribera, no solo abrieron grietas de confianza en la mayoría proeuropea, sino que transparentaron también la nueva estrategia del Partido Popular.

Dicho esto, el reparto de poder en las capitales de los Estados miembros ha dado como resultado una Comisión sesgada a la derecha. Basta decir que solo cuatro comisarios pertenecen a la familia socialista. Por lo demás, el PP, contando a Ursula von der Leyen, dispone de quince comisarios y los liberales de Renew, cuatro. Los conservadores de ECR tienen una cartera (Italia) y los Patriotas otra (Hungría). Por último, el comisario eslovaco Maroš Šefčovič, cuyo partido pertenecía al grupo socialistas hasta su reciente expulsión, se encuentra ahora no adscrito a una familia política europea.

Por lo tanto, la presencia popular en el gabinete comunitaria es muy amplia, aún a pesar de que Von der Leyen ha intentado equilibrar algo el poder otorgando dos vicepresidencias a comisarios socialistas, a Teresa Ribera y a Roxana Minzatu, y dos más a Renew, Stéphane Séjourné y Kaja Kallas, aunque, como decía, la vicepresidencia de ECR representa un upgrade a la Italia de Meloni muy discutido. Resulta difícil de explicar, por cierto, que la delegación española del PP votara contra el conjunto del Colegio de Comisarios. Pero esa es otra historia.

Ciertamente, no podemos circunscribir los debates europeos al eje exclusivamente ideológico izquierda-derecha, en la medida que la discusión entre más o menos europeísmo da como resultado ocasiones incluso bastante más conflictiva que la primera. En todo caso, la mayoría del centro-derecha en la Comisión es palmaria, mucho más sólida que su fuerza en el Parlamento, en donde en el marco de los grupos proeuropeos el equilibrio a izquierda y a derecha se ha mantenido relativamente más estable.

Esta distribución de la Comisión refleja, como decíamos, a su vez el reparto de poder en las capitales de los Estados miembros, que tiene su espejo en la composición del Consejo de la UE y en el Consejo Europeo, esta última institución presidida por el socialista y profundamente europeísta Antonio Costa, aunque de nuevo encontramos una mayoría conservadora con presencia no menor de jefes de Gobierno euroescépticos, eurohostiles o antieuropeos.

Empezando por estos últimos, los líderes de Chequia, Eslovaquia, Hungría e Italia se encuentran fuera de las fuerzas proeuropeas. Además, el nuevo primer ministro belga pertenece, como Giorgia Meloni, a ECR, si bien su partido flamenco lidera un Gobierno de coalición donde están presentes los socialistas flamencos, populares y liberales, tamizando así el tono del conjunto del Gobierno respecto a la Unión Europea. Por contra, en Países Bajos, si bien encontramos un primer ministro independiente, la principal fuerza del ejecutivo es la formación del ultraderechista y antieuropeísta de Geert Wilders, el Partido de la Libertad, perteneciente al grupo de los Patriotas.

Por lo demás, en Croacia, Luxemburgo, Irlanda y Letonia gobiernan coaliciones de centro-derecha, al igual que en Suecia o Finlandia, donde participan en estos dos últimos casos de partidos de extrema derecha. En Grecia y Portugal el Gobierno recae en manos exclusivas del Partido Popular. En Rumania tenemos una gran coalición pendiente de las elecciones presidenciales canceladas y reprogramadas para la próxima primavera. En Bulgaria, la gran coalición es más amplia, sumando a miembros de ECR, mientras que en Chipre tenemos un Gobierno multipartidista. En Polonia un ejecutivo liderado por el PP y con todas las fuerzas europeístas, entre ellas los socialistas, con una oposición encabezada por Ley y Justicia (ECR). Y en Estonia, Lituania y Eslovenia hay un Gobierno con liberales y socialistas. Finalmente, en manos socialistas tenemos a Dinamarca y Malta, junto a España, en un Gobierno de coalición con Sumar (Greens/Left).

Por último, y no por ello menos relevante, Francia, encabezada por el liberal Macron, tiene un Gobierno de centroderecha con una notable fragilidad, y en Austria, después de unas negociaciones muy complejas tras la victoria en las urnas de la extremaderecha, hay ya un Gobierno de gran coalición con populares, socialistas y liberales. Gran coalición, en este caso de populares y socialistas, que se repite también en Alemania tras los recientes comicios.

Así pues, en un breve repaso por el poder en los Estados miembros, nos encontramos ya con un núcleo sólido a la derecha del PP, con posiciones netamente euroescépticas, eurohostiles o antieuropeas lideradas por Orbán y Meloni.

"En un breve repaso por el poder en los Estados miembros, nos encontramos ya con un núcleo sólido a la derecha del PP, con posiciones netamente euroescépticas, eurohostiles o antieuropeas lideradas por Orbán y Meloni"
Además, están presentes en gobiernos con mucha fuerza como en Países Bajos y amenazan la estabilidad de Francia, mientras que en Austria o en Alemania se han visto abocados a gobiernos de gran coalición ante la fuera electoral de esa extrema derecha antieuropea. En otros países, como es el caso de Italia, esa extrema derecha encuentra colaboración y apoyo también en el Partido Popular, cuya disyuntiva entre enfrentarse o cooperar con la extrema derecha ha llegado a las instituciones comunitarias.

El resumen, por tanto, es que, en términos de equilibrios de poder, hemos iniciado una legislatura bien compleja, marcada por un aumento en la capacidad de maniobra del Partido Popular hacia extremos euroescépticos; por una Comisión con un claro sesgo derechista; y con una distribución de poder en las capitales comunitarias donde aumenta el recelo hacia el proyecto europeo. En todo caso, la mayoría proeuropea retiene el poder de guiar las políticas europeas, para lo cual se necesita un mayor compromiso del Partido Popular, mientras las grandes coaliciones, las últimas en Alemania y Austria ofrecen algo de estabilidad en este marco global tan incierto muy marcado en las últimas semanas por la llegada de la Administración Trump.

Primeras propuestas de la Comisión
 

Una vez expuestas someramente las recomendaciones del informe Draghi, encargado por la presidenta de la Comisión para orientar su segundo mandato, a las que se suman las propuestas de Letta, a solicitud del presidente del Consejo Europeo, así como el reparto de poder en las instituciones comunitarias en este nuevo mandato, cabe preguntarse por la verosimilitud de la implementación de una agenda más o menos acorde con ambos informes, a la vista además de los primeros compases de esta legislatura.

Pues bien, la Comisión presentó el 29 de enero su Competitiveness Compass con el que encuadra el conjunto de su agenda económica. Este documento destaca esencialmente por su aproximación a la política industrial que supone un cambio fundamental en el paradigma económico de la Comisión, una reorientación que comenzó a alumbrarse a partir de los problemas de suministros durante la crisis de la COVID acentuados tras el inicio de la guerra en Ucrania y las sanciones vinculadas al sector energético. Además, el proceso de descarbornización o los planes industriales de la Administración Biden acabaron de cuajar una reorientación de la política económica menos horizontal y más volcada a la promoción de industrias "estratégicas".

Así pues, en el Competitiveness Compass se plantea una estrategia para desarrollar la innovación y su difusión al conjunto de la economía, una renovada síntesis entre el Green Deal y el desarrollo industrial con afección a distintos sectores, desde la agricultura a la economía circular pasando por el transporte, entre otros. Además, el documento profundiza en las cuestiones sobre soberanía estratégica para retener o desarrollar producciones locales de bienes o servicios potencialmente críticos.

"El Competitiveness Compass profundiza en las cuestiones sobre soberanía estratégica para retener o desarrollar producciones locales de bienes o servicios potencialmente críticos"
Cabe destacar, en todo caso, que el Competitivenes Compass apenas dedica poco más de una página a comentar la necesidad de consolidar el mercado único, habida cuenta de las recomendaciones de Draghi y especialmente de Letta, y el grueso del Fondo de Competitividad o de apoyos financieros comunitarios a toda la estrategia industrial queda pendiente para el futuro, quizá en el mercado de la negociación del MFF. En todo caso, muy poquito en este informe sobre mercado único y financiación.

En el ámbito estrictamente industrial, la Comisión publicó también el 26 de febrero su informe Clean Industrial Deal en el que aterriza algo más la síntesis para una nueva política industrial, no ya verde, sino "limpia". El informe presta especial atención a la situación de las empresas electrointensivas, así como al sector tecnológico, con incidencia directa en los esfuerzos para descarbonizar la industria. Por ello, el Clean Industrial Deal plantea opciones necesarias para rebajar los costes energéticos con el objetivo, por ejemplo, de facilitar los contratos a largo plazo de la electricidad, vía abierta con la revisión de la reforma eléctrica de la pasada legislatura, a la que ahora suma el concurso del Banco Europeo de Inversiones para ofrecer garantías en tales contratos y desarrollar ese mercado. El informe se complementa en este ámbito con el Affordable Energy Action Plan, que contiene otras propuestas en el mismo sentido.

Asimismo, el Clean Industrial Deal propone nuevas vías para elevar la demanda de productos verdes mediante la revisión de la contratación pública o definiendo un nuevo Made in Europe, a concretar en una nueva propuesta legislativa (Industrial Decarbonisation Accelerator Act).

Por otra parte, la Comisión insiste en sus propuestas sobre economía circular, la implementación del Critical Raw Material Act y el desarrollo de medidas adoptadas en la legislatura pasada. En el ámbito de la financiación de todo este plan, la Comisión remite al Fondo de Innovación, al InvestEU y a un nuevo Industrial Decarbonisation Bank, cuya concreción veremos más adelante.

Por último, y el ámbito de la financiación, la Comisión anuncia también la revisión de la regulación de ayudas de estado para facilitar el apoyo público a toda esta agenda de política industrial, respaldo que, en todo caso, queda de un modo u otro a expensas de los presupuestos de los Estados miembros. De modo que, al igual que en el Competitiveness Compass, apenas encontramos nada reseñable en el ámbito presupuestario comunitario, abriendo la puerta al debate necesario pero complejo de la regulación de ayudas públicas, y con pocos compromisos a la consolidación de mercados, en este caso, de manera relevante energético. Se insiste, sin duda, especialmente en el Affordable Energy Action Plan, en la necesidad de configurar un mercado europeo de la energía, pero suena ya como una letanía ante la ausencia de compromisos legislativos en este ámbito.

A la par de estas publicaciones estratégicas, la Comisión publicó el 11 de febrero su Work Programme para el año en curso, donde establece las comunicaciones y propuestas legislativas que verán la luz durante este ejercicio. En términos generales, destaca especialmente la relevancia otorgada por la Comisión a la agenda de "simplificación". Si la Comisión ha publicado ya multitud de planes, en el ámbito legislativo solo disponemos por el momento de unas propuestas ómnibus para simplificar la implementación de distintas normas aprobadas la pasada legislatura, casi todas ellas vinculadas al Green Deal. En este sentido, la Comisión se fija como objetivo rebajar en un 25% las cargas administrativas para el conjunto de las empresas, una reducción que debería alcanzar al menos el 35% para el caso de las pequeñas y medianas empresas. Sin entrar en profundidad en tal compromiso político, parece difícil evaluar a qué se refiere exactamente con esa cuantificación numérica de la reducción de las cargas administrativas y a qué responden dichos porcentajes.

"Hasta ahora, la Comisión ha presentado distintos planes y estrategias vinculadas a una renovada política industrial, y dos propuestas legislativas centradas en la 'simplificación', que estas sí ahora pasan al debate del Parlamento y del Consejo de la UE en el marco del proceso legislativo ordinario"
Comoquiera que sea, la Comisión presentó el pasado 26 de febrero dos leyes "omnibus". En la primera de ellas, la Comisión propone retrasar, reducir o eliminar la implementación de algunas medidas de la Corporate Sustanaibility Reporting Directive (CSRD) y de la Corporate Sustainability Due Diligence Directive (CSDDD). Ambas directivas habían estado en el foco de las críticas de la industria desde su presentación por parte de la propia Comisión en la pasada legislatura, habida cuenta de los requerimientos de reporting y de información que algunos partes interesadas habían valorado como excesivos.

En este mismo paquete, la Comisión revisa el reglamento del Mecanismo de Ajuste por Carbono en Frontera (CBAM) para dejar fuera de su alcance a las pequeñas y medias empresas cuyas importaciones de carbono la Comisión considera ahora despreciables, o al menos, lo suficientemente menores como para no justificar los costes administrativos de la gestión del CBAM y el propio pago de la tasa por el carbono importado.

Asimismo, aunque ya sin alterar los textos legislativos de directivas o reglamentos, la Comisión hizo pública en la misma fecha un proceso de consulta para matizar los actos delegados derivados del reglamento de la Taxonomía. Por otra parte, en el segundo de los ómnibus, la Comisión propone revisar el reglamento del InvestEU para reducir también los costes administrativos de su funcionamiento.

Así pues, hasta ahora, la Comisión ha presentado distintos planes y estrategias vinculadas a una renovada política industrial, y dos propuestas legislativas centradas en la "simplificación", que estas sí ahora pasan al debate del Parlamento y del Consejo de la UE en el marco del proceso legislativo ordinario.

Por otra parte, y volviendo al Work Programme, la Comisión anuncia otro paquete legislativo de simplificación para la revisión del reglamento de Sustainable Finance Disclosure, digital package y la European Business Wallet. Asimismo, en otras áreas, la Comisión también espera proponer medidas legislativas para simplificar el reglamento REACH y la Política Agracia Común.

En otro orden de cosas, y sin pretender ser totalmente exhaustivo, el Work Programme de la Comisión se completa con los compromisos de publicación de otras comunicaciones centradas en materia energética, seguridad y defensa, migración y asilo, consumidores y educación, un plan sobre la implementación del Pilar Europeo de Derechos Sociales, innovación, fortaleza democrática, igualdad o derechos LGBTIQ, entre otros. También hacen referencia a una estrategia para el mercado único, comunicación que deberá ver la luz en el segundo trimestre, y otra comunicación sobre la Savings and Investment Union, que da continuidad a la unión bancaria y a la unión de mercados de capitales, siguiendo la nomenclatura propuesta por Letta.

En el área de política de competencia, cabe destacar también la revisión de las guidelines sobre control de fusiones horizontales, que, si bien no aparece en el Work Programme, sí se incluye en el Competitiveness Compass, aunque sin fecha comprometida. Además, la Comisión anuncia también un nuevo marco de ayudas de estado para el segundo trimestre de este ejercicio, que de nuevo aparece en el Competitiveness Compass, pero no en el Work Programme, que se publicó con anterioridad. De igual modo, la Comisión propone también una propuesta sobre el "régimen 28" que recogían sendos informes, el de Draghi y el de Letta, para el último trimestre del año en curso o ya bien el primero del próximo ejercicio.

Por último, y en el capítulo de financiación pública comunitaria de toda esta agenda de reformas, especialmente necesaria en el ámbito de la nueva política industrial, la Comisión anuncia su propuesta de marco presupuestario posterior al actual periodo que termina en 2027 para el tercer trimestre de este año.

Por lo tanto, en materia legislativa vinculada al mercado único, exclusivamente encontramos en este programa de trabajo para el año en curso una propuesta de Digital Networks Act para el último trimestre, que pudiera desarrollar algunas ideas para consolidar los actuales mercados digitales nacionales. Más allá de esto, no hay propuesta legislativa para profundizar en la consolidación de ningún mercado. Ciertamente, la Comisión anuncia una revisión legislativa de la normativa sobre titulizaciones que pudiera colgar de la comunicación sobre Savings and Investment Union, pero el engarce de tal propuesta con la Capital Market Unión es más bien colateral.

Pues bien, siguiendo la conceptualización de las propuestas de Draghi y Letta bajo cuatro grandes capítulos, a saber, simplificación y reducción de cargas administrativas, nueva política industrial con afección a la política de competencia y comercial, financiación pública y privada del plan, y mercado único, resulta sencillo observar la línea dominante de esta Comisión.

Estamos, pues, ante una Comisión que ha decidido iniciar la legislatura con una agenda muy ambiciosa de simplificación de la normativa comunitaria, en fase actual de implementación, aprobada la pasada legislatura derivada del Green Deal, así como en la presentación de nuevas estrategias industriales. Sin embargo, apenas observamos una pulsión genuina por la consolidación del mercado único, a la que se dedica poco espacio y menos ideas en los textos conocidos hasta ahora y que apenas aparecen marginalmente en la agenda legislativa para los próximos meses. Esto afecta críticamente a sectores estratégicos, pero también a la estrategia de financiación, tanto público como privada, del paquete de reformas presentado por Draghi y Letta. Ni una sola propuesta legislativa vinculada a la Savings and Investment Union, ni una concreción alguna sobre presupuesto, incertidumbre sobre los recursos propios, y nada sobre inversión pública.

Quizás todo ello contribuyera a la inusual y contundente valoración realizada por el propio Draghi el pasado 19 de febrero en el Parlamento Europeo sobre la necesidad de avanzar con determinación en los objetivos marcados.

"Estamos ante una Comisión que ha decidido iniciar la legislatura con una agenda muy ambiciosa de simplificación de la normativa comunitaria, en fase actual de implementación, aprobada la pasada legislatura derivada del Green Deal, así como en la presentación de nuevas estrategias industriales"
Estas ausencias se perciben también en las últimas propuestas de la Comisión para acelerar la inversión en defensa ante la posición de la Administración Trump y los riesgos ciertos de la Rusia de Putin. La Comisión propone ahora aplicar la cláusula de escape nacional contemplada en las nuevas reglas fiscales para activar el gasto en defensa, sin computarlo para la apertura o no de procedimientos de déficit excesivos. Según la Comisión, esta flexibilización de las normas fiscales permitirá incrementar el gasto de los Estados miembros en unos 650.000 millones de euros, inversión que tendrán que financiar vía deuda en los mercados. Para facilitar la obtención de esos recursos a cargo de los Estados, la Comisión anuncia la creación de un instrumento de deuda comunitario de 150.000 millones de euros a disposición de los países vía créditos. Así pues, resulta complicado a primera vista sumar los dos guarismos, los 650.000 millones, por un lado, y los 150.000 millones por otro, como realiza la Comisión en la medida que el instrumento comunitario simplemente facilita la obtención de la liquidez que la propia Comisión estima que los Estados debieran obtener en los mercados con la aplicación de la clausura de escape.

En todo caso, y más allá de este comentario inicial, el plan de la Comisión deja la financiación de esta política industrial de defensa en manos de los Estados miembros, al igual que en las estrategias publicadas previamente. No observamos tampoco una vocación europeísta para encuadrar el incremento de la inversión en planes coordinados que configuren una auténtica defensa europea, y no solo veintisiete defensas nacionales mejor financiadas. Tampoco se plantea una política industrial para dotar al tejido empresarial del sector de una dimensión europea, ni ideas para facilitar su crecimiento ante el fuerte incremento de la demanda planeado. El problema de la defensa no es solo ni esencialmente de demanda, sino en este caso de oferta, una oferta reducida y fragmentada nacionalmente.

"El problema de la defensa no es solo ni esencialmente de demanda, sino en este caso de oferta, una oferta reducida y fragmentada nacionalmente"
Y de nuevo, dejar la responsabilidad presupuestaria en manos de los Estados miembros en un marco macroeconómico bien distinto al experimentado durante la pandemia, ahora con inflaciones más elevadas que entonces y deudas públicas y presupuestos nacionales ya muy tensionadas, en un entorno de menor grado de libertad para el Banco Central Europeo, presenta notables interrogantes sobre la estabilidad de los mercados de deuda, toda vez que la agenda desreguladora en Estados Unidos solo hace que incrementar los riesgos de accidentes financieros. Compute o no en los procedimientos de déficit excesivo, la deuda es deuda.

En fin, seguimos sin ver en la Comisión una pulsión a la altura de las circunstancias para comprometerse en una agenda ambiciosa vinculada al mercado único, tampoco en defensa, y una aproximación a la política presupuestaria del esfuerzo industrialista que no se compadece de los retos a los que nos enfrentamos.

¡Por un nuevo 'Single Act'!
 

Una vez presentadas las principales recomendaciones de Draghi y Letta, que pretendían iluminar la agenda económica de la presente legislatura, y analizados los primeros compases de una Comisión sesgada a la derecha, cabe plantearse, a la luz del reparto de poder de los colegisladores, Parlamento y Consejo, cuál será la dinámica de este mandato, y cómo debería canalizarse para avanzar en una Unión más cohesionada, condición necesaria para elevar nuestra productividad, pero también para abordar los desafíos vinculados a la seguridad y la defensa, cuya relevancia ha crecido exponencialmente ante la llegada de la Administración Trump al poder en Estados Unidos.

La mayoría proeuropea, aun a pesar del crecimiento de los nacionalismos trumpistas o putinistas, que quizá ya son la misma cosa, sigue siendo la base de las instituciones comunitarias. Ahora bien, la posibilidad del PP para abordar mayorías, especialmente en el Parlamento, con las fuerzas que a su derecha no creen en el proyecto europeo, sitúa a esta formación en una posición de fortaleza muy inestable, y las primeras propuestas de la Comisión no son una ayuda para cohesionar a las fuerzas proeuropeas.

Como vemos, la Comisión ha decidido iniciar el mandato, en el ámbito legislativo, con un paquete de medidas "simplificadoras", que bien podrían deslizarse hacia una acelerada desregulación de la que ni los socialistas ni los verdes participaremos. Así pues, abrimos el mandato con un debate dominado por la derecha, cuya agenda de fondo, al menos claramente en el caso de los Patriotas y de ECR, quizá más matizada en el Partido Popular, es desmantelar los avances normativos vinculados al Green Deal.

"Abrimos el mandato con un debate dominado por la derecha, cuya agenda de fondo, al menos claramente en el caso de los Patriotas y de ECR, quizá más matizada en el Partido Popular, es desmantelar los avances normativos vinculados al Green Deal"
Esta agenda "simplificadora" no se restringe solo a los asuntos relaciones con el Green Deal, sino que observamos la misma tensión en la regulación prudencial financiera, en lo referente a la protección de los derechos civiles vinculados con el entorno digital, y a casi cualquier regulación comunitaria que la derecha pueda relacionar con elevados "costes administrativos". Es decir, sin adentrarnos aún en la estrategia de "desregulación" masiva que se anuncia por la administración Trump, los objetivos de simplificación bien pueden deslizarse muy fácilmente, al menos en el Parlamento, hacia una desregulación, que poco tiene que ver con la competitividad de la economía europea y mucho con las guerras culturales e ideológicas.

Los socialistas e incluso los verdes, aún críticos con estas primeras medidas de la Comisión en el ámbito de la "simplificación", nos hemos mostrado abiertos a buscar un acuerdo entre las fuerzas proeuropeas para despejar cuanto antes un debate que amenaza, además, con problemas serios de seguridad jurídica. Las dos directivas afectadas por la primera ley ómnibus se encuentran, por cierto, en fase de transposición, con algunas obligaciones legales ya plenamente operativas, que no desaparecen con la presentación de la nueva propuesta de la Comisión. solo lo harán cuando Parlamento y Consejo alcancen un acuerdo tras un trílogo posterior a la toma de posición de ambos colegisladores, un proceso que no tiene por qué ser breve, especialmente, si el Partido Popular y los grupos a su derecha desean ir más allá en la agenda desreguladora, iniciando una competición entre ellos que solo puede elevar la entropía de la deliberación parlamentaria.

Sin cuestionar la necesidad de una cierta simplificación en algunas normas aprobadas la pasada legislatura, las propuestas la Comisión abre la vía a una agenda de desregulación que además solo puede contribuir, si el PP no se ata al consenso proeuropeo, a una fragmentación de las fuerzas europeístas. Un camino iniciado, por cierto, en el proceso de conformación del Colegio de Comisarios comentando previamente.

Por otra parte, la Comisión inicia su mandato también con una agenda industrial muy fuerte. Está bien que así sea, dando continuidad a las propuestas contenidas en el informe Draghi. La autonomía estratégica abierta ha pasado a ser una prioridad máxima en la Unión, y la Comisión, de la mano de los distintos sectores afectados, ha iniciado un camino que debe orientar el trabajo en este mandato. Ahora bien, aquí se abren algunos interrogantes que la Comisión no ha logrado despejar hasta ahora.

El primero de ellos y más relevante, sobre el que me detendré a continuación, es la ausencia de una preocupación genuina por la vitalidad del mercado único. Apenas encontramos nada en su Work Programme en materia legislativa sobre el asunto y tampoco se percibe en los posicionamientos públicos de la Comisión un sentimiento de urgencia sobre esta materia.

"La propuesta reciente de la Comisión para acelerar la defensa europea ante la situación crítica en Ucrania y la retirada del apoyo estadounidense tras la llegada de la Administración Trump, exige algo más que aplicar la cláusula de escape de las nuevas reglas fiscales"
En segundo lugar, toda política industrial necesita un instrumento de financiación pública. Y aquí, de nuevo, el grueso del esfuerzo, casi de manera exclusiva, se deja en manos de los Estados miembros, para lo cual se deben revisar las normas de ayudas de Estado, un asunto especialmente sensible si se desea avanzar y no retroceder en la consolidación del mercado único. Es más, la propuesta reciente de la Comisión para acelerar la defensa europea ante la situación crítica en Ucrania y la retirada del apoyo estadounidense tras la llegada de la Administración Trump, exige algo más que aplicar la cláusula de escape de las nuevas reglas fiscales. A su vez, los proyectos europeos estratégicos, los deseos de integración de las redes energéticas o de transporte, y tantos otros necesitan financiación comunitaria, de momento, fuera del marco de debate y propuestas de la Comisión.

En tercer lugar, esa nueva política industrial, y siguiendo también las recomendaciones del informe Draghi, podría recoger una revisión de las normativas de fusiones empresariales, otro asunto muy delicado dado el apetito corporativo a que se faciliten fusiones, pero en el marco de los mercados nacionales, toda vez que la fragmentación del mercado único convierte en poco atractivas las potenciales operaciones paneuropeas. De nuevo, debiéramos poner el foco en el mercado único.

Y, por último, y ya fijando el centro de la actividad que debiera tener esta Comisión, la Unión necesita un nuevo Single Act, no ya a través de una revisión del tratado como impulsó Jacques Delors, sino a través de una agenda legislativa volcada en consolidar el mercado único.

El pasado otoño, el Fondo Monetario Internacional en su Regional Economic Outlook para Europa presentaba unas estimaciones de los "aranceles implícitos" que aún perviven en el seno del mercado único. Aún a pesar de que la Unión se haya dotado de un mercado único, como bien identifica también el informe Letta, aún hay sectores muy relevantes para la economía europea donde se mantienen barreras administrativas y normativas de toda índole que impiden explotar las eficiencias de un mercado con más de 450 millones de ciudadanos con una de las rentas per cápita más altas del mundo.

Asimismo, los problemas de cumplimiento de las actuales normas comunitarias dirigidas a consolidar mercados siguen siendo muy relevantes, sin una Comisión, garante de la implementación de la regulación europea, que asuma este asunto con la gravedad y celeridad que merece. Muchos Estados miembros siguen sin aplicar como debieran directivas y reglamentos, contribuyendo a fragmentar el mercado único, y no encuentran la respuesta contundente y necesaria por parte de la Comisión.

"Muchos Estados miembros siguen sin aplicar como debieran directivas y reglamentos, contribuyendo a fragmentar el mercado único, y no encuentran la respuesta contundente y necesaria por parte de la Comisión"
Así, el FMI estimaba que esos aranceles en la sombra suponían un 44% en el precio de los bienes, excluyendo del análisis los productos agrícolas donde las barreras podrían ser aún superiores, y de un 110% en el caso de los servicios. Estos guarismos son de tal calibre que es asombroso que la Comisión no haya volcado ya toda su actividad en iniciativas legislativas y estrategias de cooperación entre los Estados miembros para eliminarlas.

Resulta difícil de asimilar que no encuadremos correctamente el debate político sobre 'costes administrativos' en aquel marco que a todas luces reclama más atención. Todo lo contrario. Cuando la Comisión propone suavizar dichas cargas, pone su atención en la normativa comunitaria, animando a las fuerzas derechistas a competir en una carrera desregulatoria que, además, no produciría una mejora significativa de nuestra productividad.

Sin embargo, estrategias ya iniciadas en tal dirección, como la unión bancaria o la unión del mercado de capitales, esenciales ambas, por otra parte, para redoblar la inversión en Europa languidecen en los despachos de la Comisión, el Consejo y también en el Parlamento, en este último caso, ante la cooperación del Partido Popular con el resto de la derecha de donde nada se puede esperar en términos de profundización del proyecto europeo.

Además, esa exigencia por una nueva Single Act sería, a su vez, clave en la renovación de la política industrial. Sin consolidar los mercados de bienes y servicios, será difícil que la reindustrialización europea tenga éxito.

"La exigencia por una nueva Single Act sería, a su vez, clave en la renovación de la política industrial. Sin consolidar los mercados de bienes y servicios, será difícil que la reindustrialización europea tenga éxito"
Una ambiciosa estrategia centrada en el mercado único, como Draghi y Letta defiende, facilitaría la emersión de campeones europeos, y el fortalecimiento de los instrumentos de inversión colectiva permitirían un apoyo a esos proyectos industriales sin riesgos de elevar el ya fragmentado mercado único.

En este sentido, y en el caso especial de la defensa, cualquier incremento del gasto exigido por las circunstancias en poco mejorará la defensa europea si mantienen la fragmentación que observamos en la actualidad. No podremos mejorar la seguridad en Europa ante la calamitosa segmentación nacional de nuestros ejércitos y de nuestros tejidos industriales militares.

En resumen, hemos iniciado una legislatura en la que las exigencias para aumentar la competitividad se están centrando en aligerar la regulación europea, pendientes de la tramitación parlamentaria de las primeras leyes ómnibus que amenazan con generar serios problemas de inseguridad jurídica a corto plazo y adelantan una potencial competición desreguladora entre el Partido Popular y el resto de formaciones a su derecha que quieren explorar su potencial mayoría parlamentaria. Ahora bien, esa mayoría, dividida en distintos grupos, volcada en una guerra cultural y de naturaleza contradictoria por su carácter soberanista, no podrá resolver ni los tradicionales problemas de competitividad, ni los nuevos de seguridad tras la llegada de Trump a la Casa Blanca.

"La política industrial no tendrá éxito, tampoco, sin más y mejor mercado único"
Ambos objetivos solo encontrarán respuesta en un renovado consenso proeuropeo que, en términos económicos, se centre en avanzar sobre un mercado único. La Comisión no ha logrado hasta ahora condensar una agenda volcada en remover los aranceles internos en la Unión, urgencia aún más acuciante ante la guerra arancelaria a la que nos conduce Trump. La política industrial no tendrá éxito, tampoco, sin más y mejor mercado único. Y la financiación del plan Draghi exige una unión bancaria y de capitales que no logramos hacer despegar ante los bloqueos clásicos en el Consejo, la ausencia de pulso en la Comisión, y la cooperación del Partido Popular con las fuerzas euroescépticas, eurohostiles o antieuropeas. Además, la financiación pública comunitaria, siguiendo el ejemplo del Next Generation EU, es imperativa.

En fin, para aumentar la competitividad, la productividad, la autonomía estratégica y la seguridad de la Unión, solo hay un camino que debiera fortalecer los consensos proeuropeos:

¡Por un nuevo Single Act!

Jonás Fernández Álvarez
Jonás Fernández Álvarez
Diputado al Parlamento Europeo en el Grupo de la Alianza Progresista de Socialistas y Demócratas, del que es coordinador en el Comité de Asuntos Económicos y Monetarios
Fue Economista Jefe en Solchaga Recio & Asociados antes de ser elegido eurodiputado en 2014. Ha impartido docencia en la Universidad Carlos III, colabora en medios y cuenta con experiencia en asesoramiento económico al PSOE, así como en programas internacionales de liderazgo.
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