Martes, 28 de julio de 2026
UNIÓN EUROPEA

No gravemos el bourbon de Kentucky, tengamos un mercado único más eficiente

'Agenda Pública' analiza las consecuencias de la política arancelaria de Donald Trump, destacando cómo la Unión Europea debe responder no solo con contramedidas, sino también fortalecer su propio mercado interno frente a la guerra comercial.

Agenda Pública Agenda Pública 14 de marzo de 2025
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El comercio internacional está viviendo una profunda transformación como consecuencia de las presiones geopolíticas. | Unsplash / Tyler Casey
El comercio internacional está viviendo una profunda transformación como consecuencia de las presiones geopolíticas. | Unsplash / Tyler Casey
Donald Trump ha desatado una tormenta arancelaria más feroz y errática de lo que muchos anticipaban. Sus medidas no solo amenazan con desordenar el comercio global, sino que fuerzan a sus socios a elegir entre represalias calculadas o una contención estratégica. En Bruselas, el dilema es claro: ¿igualar el golpe con medidas punitivas o preservar sus intereses a largo plazo?

"El 'Acuerdo de Mar-a-Lago' busca debilitar el dólar y reforzar la manufactura estadounidense a golpe de aranceles punitivos, bajo la suposición de que sus socios comerciales aceptarán el coste sin contraatacar ni diversificarse"
Por ahora, la Unión Europea ha optado por la proporcionalidad. El 12 de marzo, la Comisión Europea desveló contramedidas por valor de 26.000 millones de euros, diseñadas con precisión quirúrgica para infligir el máximo daño político con el menor coste económico. La primera fase, que entrará en vigor el 1 de abril, reintroduce aranceles sobre exportaciones estadounidenses emblemáticas —vaqueros, motocicletas y whisky bourbon— procedentes de estados que respaldaron a Trump. A mediados de mes, se sumarán gravámenes sobre productos como la soja de Luisiana (feudo del ultraconservador presidente de la Cámara, Mike Johnson), además de electrodomésticos y madera de otros bastiones republicanos.


Trump, sin embargo, juega una apuesta más arriesgada. Su estrategia, apodada el Acuerdo de Mar-a-Lago, busca debilitar el dólar y reforzar la manufactura estadounidense a golpe de aranceles punitivos, bajo la suposición de que sus socios comerciales aceptarán el coste sin contraatacar ni diversificarse. Pero si Europa y Asia comienzan a buscar acuerdos alternativos, su estrategia podría volverse en su contra de forma espectacular.


El desafío para Europa no es solo responder a Trump, sino abordar sus propias debilidades estructurales. La Comisión Europea estima que, en los últimos cincuenta años, ninguna empresa de la UE ha alcanzado una capitalización bursátil de 100.000 millones de euros, mientras que en el mismo periodo han surgido en EE. UU. seis gigantes con valoraciones por encima del billón. En 2023, las empresas europeas invirtieron 270.000 millones de euros menos en I+D que sus rivales estadounidenses. En lugar de enredarse en una guerra arancelaria sin salida, Bruselas podría aprovechar la coyuntura para hacer lo que realmente necesita: fortalecer su propio mercado.

La estrategia de la UE refleja una comprensión sofisticada de la geografía política estadounidense. Los funcionarios europeos han seleccionado deliberadamente productos de alto valor simbólico que pueden obtenerse de otras fuentes, con el objetivo de ejercer presión política sin perjudicar en exceso a los consumidores o la industria europeos. Sin embargo, más allá de esta astucia táctica, subyace una cuestión más profunda: ¿es realmente la represalia la mejor respuesta para Europa?

Esta semana, la Casa Blanca anunciaba un arancel general a las importaciones de aluminio y acero del 25% —con sendas respuestas inmediatas desde Bruselas y Ottawa—. No obstante, la experiencia del primer mandato de Trump sugiere que su política sobre metales es, ante todo, un daño infligido a la economía estadounidense. Aunque las acerías se beneficiaron modestamente de la protección, los investigadores documentaron la pérdida de más de 75.000 empleos en industrias que dependen del acero. Los aranceles actuales tienen un alcance aún mayor, ya que afectan no solo a los metales en bruto, sino también a los productos derivados de ellos. El sector automovilístico estadounidense, ya afectado por la transición hacia los vehículos eléctricos, ahora se enfrenta a costes adicionales de miles de dólares por vehículo. Los principales productores de aluminio han advertido que estas medidas podrían destruir 100.000 empleos en Estados Unidos.

Las consecuencias van más allá de la manufactura. Expertos en seguridad alimentaria advierten que el aumento del precio del aluminio afectará a los productos enlatados, lo que generará presión sobre la cadena de suministro de alimentos en Estados Unidos. Para las industrias que utilizan aluminio —desde fabricantes de bebidas hasta empresas automovilísticas—, el impacto probablemente se reflejará no tanto en los precios para los consumidores, como en el estrechamiento de los márgenes de beneficio, ya que las empresas tendrán dificultades para trasladar los costes a lo largo de la cadena de producción.

"La Comisión Europea estima que el daño que Trump provocará a los Estados Unidos alcanzará los 6.000 millones de euros debido al encarecimiento de los metales en su cadena de producción"
La Comisión Europea estima que el daño que Trump provocará a los Estados Unidos alcanzará los 6.000 millones de euros debido al encarecimiento de los metales en su cadena de producción. Wall Street parece estar de acuerdo: tras el anuncio de los aranceles, las acciones de los principales fabricantes de automóviles cayeron en picado (en especial Tesla, cuyo valor en bolsa ha caído más de un 40% desde la llegada del nuevo inquilino a la Casa Blanca junto a su séquito). Si Trump cumple su amenaza del 2 de abril de imponer "aranceles recíprocos" a todos los principales socios comerciales —incluyendo la equiparación de los impuestos sobre el valor añadido europeos con aranceles equivalentes—, el impacto económico podría ser sísmico. De hecho, la reserva federal de Atlanta estima que el PIB del país podría estar cayendo en un 2,4% en el primer trimestre del año.


Esto presenta a la UE una oportunidad estratégica reivindicada exhaustivamente por Mario Draghi, expresidente del Banco Central Europeo. En un reciente discurso ante el Parlamento Europeo, Draghi señaló una estadística llamativa del FMI: las barreras internas dentro de la UE equivalen a aranceles efectivos del 45% sobre los bienes manufacturados y de un asombroso 110 % sobre los serviciosMientras Europa se prepara para afrontar amenazas externas, su mayor obstáculo económico podría ser su propio mercado fragmentado. Las consecuencias son significativas: el comercio entre los Estados miembros es menos de la mitad del nivel registrado entre los estados de EE. UU., a pesar de la promesa teórica de un mercado sin fronteras. La mala infraestructura en los pasos fronterizos, la falta de armonización regulatoria y los sistemas de contratación pública nacionales generan aranceles internos de facto que superan con creces los impuestos de Trump.


La Unión Europea haría bien en ver las provocaciones comerciales de Trump no como un motivo para una escalada arancelaria, sino como un catalizador para reforzar su competitividad estructural. En lugar de dejarse arrastrar por una guerra comercial que perjudicaría a ambas partes, Bruselas tiene la oportunidad de centrarse en su propio talón de Aquiles: la fragmentación de su mercado interno. El informe de Enrico Letta ofrece una hoja de ruta clara para reducir esas barreras: armonizar regulaciones, integrar sistemas de contratación pública y mejorar la infraestructura transfronteriza.

"Completar la integración económica de la UE es infinitamente más difícil que responder con aranceles, pero también más beneficioso a largo plazo"
Pero si Europa quiere competir con fuerza en la economía global, debe resistir la tentación de una desregulación precipitada. "El argumento a favor de la desregulación está sobrevalorado y se basa en pruebas débiles", advirtió Alberto Alemanno en conversación con este medio, profesor de Derecho de la UE en HEC París y el Colegio de Europa. La presión para simplificar normativas, ejemplificada en el Paquete Ómnibus de Simplificación, podría terminar erosionando una de las principales fuentes de poder de la UE: su capacidad regulatoria. "Europa solía hacerlo mejor y eso sirvió bien a sus intereses económicos en el acceso a mercados extranjeros", recuerda Alemanno. Su capacidad para fijar estándares globales ha sido una ventaja estratégica, no una rémora.


Responder con aranceles es fácil; completar la integración económica de la UE es infinitamente más difícil, pero también más beneficioso a largo plazo. La mejor respuesta europea no es gravar el bourbon de Kentucky, sino construir un mercado único más eficiente que haga a la UE más resistente frente a las turbulencias externas y más competitiva en un mundo donde el proteccionismo estadounidense puede convertirse en la norma.
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