La comunidad occidental que conocíamos ha desaparecido. Estados Unidos ha dejado de ser un aliado fiable para los europeos y, seguramente, para otros Estados del Pacífico. Europa se prepara para un rearme político, diplomático y militar que palie el daño provocado por las decisiones de Trump y su equipo, en absoluto sorprendentes, aún, abruptas y brutales. El Rearm Europe Plan presentado hoy por Von der Leyen —antesala de la reunión de jefes de Estado y de Gobierno de esta misma semana—
quiere ser un revulsivo, un catalizador, de una defensa más robusta en Europa. La percepción de emergencia en las capitales y cancillerías europeas es muy evidente; los pasos, aunque imprescindibles, son insuficientes. La "era del rearme" no se puede construir en un día.
"La suspensión de la ayuda militar estadounidense a Ucrania genera un tremendo boquete"
La propuesta de la presidenta de la Comisión plantea movilizar 800.000 millones de euros. Los detalles, coyunturales y estructurales. Por un lado, la concesión de préstamos a los Estados miembros por valor de 150.000 millones, destinados a sistemas militares cuya lógica, por adquisición y economía de escalas, desarrollo industrial o naturaleza, es europea: como defensa antimisiles y antiaérea, sistemas de artillería, drones, ciberseguridad y movilidad militar. Catálogo que redunda en los programas ya abiertos vía PESCO o European Peace Facility. En este sentido, se quiere reforzar la adquisición conjunta de equipamiento militar. Esta última medida es la que se dirigiría a suplir el tremendo boquete que deja la suspensión de la ayuda militar estadounidense a Ucrania, buscando aumentar la contribución europea, tantas veces puesta en entredicho fuera —en la Casa Blanca— y dentro de Europa.
Por el contrario, el resto de la ingente cifra llega vía nacional. Primero, la movilización de capital privado a través del Banco Europeo de Inversiones y la Unión de Ahorros e Inversiones —una iniciativa con apenas semanas de vida—. Segundo, el empleo de fondos públicos nacionales, es decir, el gasto directo en defensa sobre el porcentaje del PIB nacional. Lo relevante de esta medida es que busca la flexibilización de esta inversión mediante la suspensión de las reglas fiscales sobre déficit del Pacto de Estabilidad y Crecimiento: si un Estado supera el margen de déficit excesivo por razón de su inversión militar, este procedimiento no se activará. Un debate que ya apareció en la agenda en la Cumbre de Granada, reflejo de la gravísima dilatación en la adopción de decisiones que trastoquen los mecanismos institucionales.
"El error cometido por las elites europeas es haber postergado el 'wake-up-call'"
Porque este es uno de los errores cometidos por las elites: postergar mañana tras mañana la wake-up call. De hecho, el Rearm Europe no insufla más dinero al sistema, sino que recoloca financiación ya existente o condicionada. Evidentemente, el gasto militar es una condición esencial para el desarrollo de las capacidades militares; estamos sufriendo las décadas de desinversión que han trastocado capacidades críticas. Ahora bien, aproximarse al problema desde el fetichismo de las cifras, en el que también caen quienes todo lo fían a conseguir una meta política respecto al objetivo de gasto —que no debería ser en puridad más que un indicador de recursos—, conduce a la conclusión de que la sumatoria de PIB nacionales basta o que la solución consiste en mancomunar ejércitos y elegir modelos únicos de carros de combate; elementos del debate que resultan extemporáneos en los círculos de defensa.
Más allá de este input, ciertamente,
la suma del apoyo europeo a Ucrania es superior al estadounidense, pero son los norteamericanos quienes contribuyen con dimensiones críticas de inteligencia o comunicaciones para determinadas capacidades militares. Estas no son rápidamente reemplazables, por lo que la brecha crítica para Ucrania está servida. También Rusia ha demostrado una capacidad de producción de municiones y armamento muy superior a la de los países europeos, fabricando en un mes lo que el conjunto de Europa produce en un año. La capacidad de movilización de recursos humanos y materiales en un contexto de economía de guerra coloca a Europa en una posición de desventaja estructural.
"Rusia ha fabricado en un mes lo que el conjunto de Europa produce en un año"
Así, el catálogo de capacidades inexistentes o en estado crítico es tan elocuente como preocupante. Los tiempos estimados para su desarrollo, todos situados en un horizonte de entre tres y cinco años mínimo. El reto industrial es colosal. La brecha tecnológica con los Estados Unidos es enorme y aumenta, dejando atrás,
por incomparecencia de los Estados europeos y su falta de competitividad; y no afecta solo, o en primer lugar, a la industria de defensa.
Añadamos a la ecuación otro aspecto crítico en la generación de capacidades: el recurso humano. Una capacidad militar es más que un mero sistema o una plataforma, aunque estas sean consustanciales y, tal vez, el aspecto más visible. Muchos países europeos enfrentan dificultades para incrementar sus efectivos militares; es ese el debate sobre la reactivación del servicio militar y no otro —o no debería—. También al reto de cómo reemplazar a los potenciales efectivos que Estados Unidos tiene en el continente. No hay propuestas sobre la mesa.
También resulta extemporáneo, aunque parezca contra intuitivo, el marco mental sobre la "salida de la OTAN". Sí, puede que nos situemos pronto en un escenario donde la herramienta de la Alianza Atlántica quede coja sin la contribución estadounidense. Pero el verdadero valor de la OTAN, su contribución militar, tiene que ver con capacidades puestas a disposición de la organización por Estados Unidos, así como poder estandarizar protocolos. Ese es el verdadero valor de la OTAN, que en ningún caso debería ser desechado. Ello permitirá a los aliados europeos mantener sus mecanismos de interoperabilidad, verbigracia, también críticos para la generación de capacidades.
"Seguimos sin saber despejar la incógnita de cómo acelerar un rearme postergado un trienio, en el mejor de los casos, más de una década en el peor"
Otro elemento crucial en este escenario es la disuasión nuclear. En mi opinión, centrarse en la proliferación nuclear en Europa
obedece a otro momento estratégico pretérito. El desafío es cómo responder a la estrategia de disuasión ofensiva que Rusia ha intensificado con Ucrania y que ha dado buenos resultados.
Francia, per se, no puede sustituir a Estados Unidos. Reino Unido, tampoco. Sí, da vértigo. Además, la guerra en Ucrania ha demostrado que la disuasión no puede limitarse únicamente al ámbito nuclear, sino que debe incluir un fortalecimiento sustancial de las fuerzas convencionales y su capacidad de respuesta rápida.
El reto político es inmenso, ante lo que cabe preguntarse cómo se sustentan estratégicamente todos estos avances. Empezamos a bosquejar sólidos decálogos políticos o propongamos
la ampliación de alianzas a otros escenarios. Pero seguimos sin saber despejar la incógnita de cómo acelerar un rearme postergado un trienio, en el mejor de los casos, más de una década en el peor. Paradójicamente,
en un momento en el que los Estados reivindican con brío su "interés nacional", la única vía efectiva para garantizar la seguridad europea pasa por reforzar capacidades supranacionales para no caer en la fragmentación de esfuerzos. Sin embargo, persisten trampas estructurales, como la propia configuración institucional de la UE —un club de Estados— o la dependencia económica de actores externos; en lo que respecta a la coyuntura bélica actual, la elusión de sanciones mediante terceros países y la falta de un compromiso firme para sostener la ayuda militar a Ucrania en intensidad.
La realidad es que avanzar hacia una mayor inversión en defensa supone un cambio estructural en la política económica y fiscal europea. Muchos líderes políticos europeos parecen asumir que simplemente mover dinero hacia defensa generará automáticamente capacidades militares efectivas, ignorando que el desarrollo de fuerzas armadas operativas es un proceso complejo que requiere planificación a largo plazo, doctrina militar clara y cohesión política. Sin estos elementos, el plan de rearme europeo corre el riesgo de convertirse en un esfuerzo fragmentario, de parches y poco efectivo, dejando a Europa en una posición de gran vulnerabilidad.