Un nuevo ataque masivo ha conmocionado a Alemania. El último fue un coche lanzado contra una manifestación sindical en Múnich. Repite el patrón de hace unas semanas en Magdeburgo y sigue al apuñalamiento a finales de enero en Aschaffenburg. Otro ataque terrorista yihadista en la vecina Austria, con un asesinado, ha tenido un evidentísimo eco doméstico. Dos consideraciones inmediatas: las de seguridad —en términos de políticas— y las electorales: a las puertas de unos comicios críticos al final de esta misma semana.
En primer lugar, y como ya explicamos hace años en Agenda Pública, la prevención de este tipo de ataques contra objetivos blandos es extremadamente difícil. Solo cabe la anticipación contra los sujetos radicalizados o sospechosos de serlo.
"En el caso de Alemania, la política antiterrorista se entremezcla —agitada políticamente— con la de inmigración"
En el caso de Alemania, la política antiterrorista se entremezcla —agitada políticamente— con la de inmigración, en el sentido de que algunos de los atacantes eran individuos de nacionalidad extranjera con expedientes de expulsión pendientes. En el momento de escribir estas líneas, este parece ser el caso de Múnich, un varón afgano, refugiado y con el asilo denegado, pero que continuaba residiendo en el país.
Este hecho suma tanto a la cuenta de graves fallos de gestión similares en eventos pasados —sin respuesta satisfactoria por parte de las autoridades, quienes transmiten una imagen de pusilánime negligencia—, como a una ultraderecha que no duda en vincular refugiados y migrantes, con inseguridad. No importa que, como ocurriese en el atentado de Aschaffenburg, las víctimas también fuesen de ascendencia extranjera, en una cruel paradoja.
Además, en estos años de ataques masivos en Alemania, los perfiles son muy diversos, desde terroristas radicalizados en el yihadismo, hasta personas traumatizadas psicológicamente por décadas de cruentísima violencia —por no mencionar perfiles tan sui generis como el conductor suicida de Magdeburgo—. No parece que ni las autoridades tengan soluciones a esta pluralidad de casos, ni la derecha radical está dispuesta a hacer distingos. Un cóctel ciertamente dramático.
"Las políticas de asilo, refugio y migración se han convertido en la gran debilidad tanto de la saliente coalición semáforo"
En el momento electoral de estos días, hay que sumar la violencia y radicalidad en redes, donde extremistas lanzan diatribas pretendidamente xenófobas y racistas, cuya radicalidad apunta a las políticas de asilo, refugio y migración. Estas tres cuestiones se han convertido en la gran debilidad tanto de la saliente coalición semáforo, como del anterior ejecutivo de gran coalición. Este discurso es pretendidamente amplificado en redes como X. También de manera personal por su billonario propietario y fulgurante figura del Gobierno Trump, Elon Musk, quien se ha posicionado sin ambages junto a Alternativa por Alemania (AfD). Existe ya sobrada evidencia de cómo el algoritmo de su red social favorece sistemáticamente a este partido político extremista. Una influencia extranjera que se une a las abiertas simpatías de los canales prorrusos y el propio Kremlin.
En este escenario, la pregunta sobre los efectos directos en los votantes es lógica. Los estudios científicos sobre elecciones y ataques terroristas, aunque con matices según casos y contextos, vienen a señalar dos ideas esenciales. Primero, que el calendario electoral sirve como acicate para individuos y/u organizaciones terroristas para planificar sus golpes, dada la naturaleza eminentemente política de sus objetivos. Sería necesario saber más sobre los últimos atentados en Alemania nuevas investigaciones dada la naturaleza variada de los últimos atentados en Alemania; por ahora, no parece ser este el caso, donde los terroristas actúan de forma autónoma. Segundo, y más relevante, los atentados terroristas reafirman el voto de quienes ya lo tenían decidido. No se producen, normalmente, movimientos destacados de votantes entre partidos. No hay un rally around the flag (acudir a defender la bandera), sino un respaldo aún más decidido al líder que ya se percibía como solvente. Donde sí se produce un cambio de votos es entre los abstencionistas, quienes pueden salir a votar para premiar o castigar la gestión de aquellos líderes en el cargo y que lidian con el shock social.
"Cuando se sufren ataques terroristas durante un periodo electoral se produce un cambio de votos entre los abstencionistas, al premiar o castigar la gestión de aquellos líderes en el cargo"
Estas evidencias científicas son muy importantes ante la cita del 23 de febrero en Alemania, puesto que desde hace semanas las encuestas apuntan a la paralización de los porcentajes de votos y a la movilización. Solo en la izquierda se han atisbado algunos movimientos tras la votación de Merz junto a la AfD en el Bundestag, finalmente fracasada. Por tanto,
la gran duda son los abstencionistas, si saldrán o no de casa y a quién votarán, en una campaña muy centrada en la seguridad y en la inmigración —junto con la economía, de forma transversal—. En consecuencia, estos ataques insuflan aire a temas ya muy calientes, que sufren de fuerte polarización y posicionamientos absolutamente enconados.
Los estudios en Alemania indican que el actual votante abstencionista tiene un fuerte componente antiestablishment, por lo que estimar un mayor apoyo a la AfD o, en menor medida, a la BSW es plausible y de ahí pronosticar un mayor éxito electoral de estas formaciones. En el caso de la extrema derecha, se encuentra sólidamente consolidada como segunda fuerza electoral y un discurso muy duro y abiertamente de señalamiento del extranjero. Un posible resultado que complique mucho la formación de Gobierno.
Por tanto, la valoración negativa que se haga de estos ataques, sean de índole terrorista o no, en términos de gestión de seguridad e inmigración, va a afectar de manera decisiva a la agenda política, que se moverá, sea cual sea el resultado, hacia posiciones mucho más duras en ambas materias.