Una vez conocida la composición definitiva de la nueva Comisión Europea, y tras el anuncio de Ursula von der Leyen de sus prioridades, es el momento perfecto para hacer un repaso de los grandes retos y oportunidades para la Unión Europea (UE) en esta nueva legislatura. Los datos son claros, la UE se enfrenta a una verdadera crisis de productividad. Desde 2019, el PIB global ha crecido el doble que el PIB de la UE. La economía estadounidense crece, desde 2010, un punto porcentual más rápido que la europea, y es ahora un 16% mayor que la economía de la Unión. El PIB chino no solo ha alcanzado al de la UE, sino que crece más rápido, al 7,3%. Y pronto India nos alcanzará: en la actualidad su PIB es la mitad del nuestro, pero crece al 6,5%.
"Solo cuatro de las cincuenta principales empresas tecnológicas son europeas"
En la presentación de su ya famoso informe, Mario Draghi destacó que el mundo está cambiando, con un comercio internacional desacelerado, conflictos geopolíticos y disrupciones tecnológicas. Quien más afectada se ve es Europa: somos el continente más abierto, con más del 50% de nuestro PIB ligado al comercio; el más dependiente, con una necesidad de importar más el 80% de las materias para desarrollar nuestra industria, sobre todo la tecnológica; somos el continente que más cara paga la energía; el que menos innova —solo cuatro de las cincuenta principales empresas tecnológicas son europeas—, y el que menos invierte en defensa. En general, un panorama poco halagüeño en el que, dicho mal y pronto, la UE tiene la obligación de "ponerse las pilas".
Pero no todo es negativo. Aún contamos con una gran oportunidad para subirnos al carro de esas perspectivas que solo parecen afectar, por ahora, a otras potencias mundiales: la inteligencia artificial (IA). El potencial de la inteligencia artificial es enorme, por lo que utilizarla para fomentar la innovación y la productividad será crucial. Además, el desarrollo de esta tecnología en favor de la sociedad no será más que el principio de otras muchas innovaciones. La propia Academia Nobel lo ha reconocido en sus más recientes galardones, otorgando el premio de Física a John J. Hopfield y a Geoffrey E. Hinton por sus "descubrimientos e invenciones fundamentales que permiten el aprendizaje automático con redes neuronales artificiales" y el de Química, a David Baker, Demis Hassabis y John M. Jumper por "la predicción de la estructura de las proteínas". Estos dos últimos son una parte esencial de Google Deepmind, una de las aplicaciones más innovadoras en términos de IA.
"Durante los últimos tiempos, mucho se habla de los potenciales riesgos de la IA, dejando una opinión pública más conocedora de sus riesgos que de sus beneficios"
Durante los últimos tiempos, mucho se habla de los potenciales riesgos de la IA, dejando una opinión pública más conocedora de sus riesgos que de sus beneficios. Evidentemente, debemos valorar esos riesgos y aprender andando cómo estudiarlos, minimizarlos y valorarlos; todo, para continuar avanzando en esta carrera de la digitalización que hemos empezado ganando, pero que tenemos el riesgo de perder, si no logramos alcanzar la correcta combinación entre regulación e innovación. Porque el mayor riesgo de la IA es no aprovechar la oportunidad que nos brinda.
La UE tiene que estar al frente del desarrollo de la inteligencia artificial. La respuesta europea y la habilidad de las empresas europeas para desarrollar esta tecnología y apoyar su innovación en ella afectarán directamente a la competitividad continental durante la próxima década. Un informe de Google estima que solo la inteligencia artificial generativa —solo uno de los tipos que tenemos entre manos— podría ayudar en el crecimiento de nuestra productividad en cerca del 1,4% y permitir un crecimiento del 8% (más de un billón de euros) del PIB europeo en diez años. Los beneficios de la IA van más allá de las cifras del PIB y alcanzan la esfera social, pudiendo llegar a aplicarse en diversas áreas como la salud, la energía, la sostenibilidad y el medioambiente o el transporte, por solo citar algunas. En este sentido, otro premio Nobel, David Card, declaró recientemente que la IA puede ayudar a todos los estratos de la sociedad, y en particular, a los menos formados. Pero, para ello, necesitamos procurarnos las condiciones adecuadas.
Desde hace años, la UE ha pasado de buscar un rol innovador a tener el de regulador. La teoría de influir y pautar por esta vía los pasos de la innovación sobre el resto podría ser correcta sobre el papel. Sin embargo, el esfuerzo será en vano si, a través de esa regulación, la Unión no es capaz de influir sobre el resto del mundo. Lamentablemente y como analizaba Andrés Ortega en un reciente artículo para esta misma casa, "la UE regula, EE. UU, manda". Es difícil no estar de acuerdo con él.
Quizá uno de los grandes problemas ha sido esta tendencia a centrarse en el riesgo en materia de inteligencia artificial. Hay que encontrar ese punto medio, ese equilibrio perfecto, entre mitigar riesgos y permitir innovar. El propio Reglamento europeo de Inteligencia Artificial, adoptado recientemente, basa toda su estructura en el riesgo de la tecnología. No es una perspectiva errónea, pero no debería ser la única perspectiva. Y sobre todo no debe poner freno a la innovación.
Sin innovación, no se cerrará la brecha de productividad con el resto de países. Tres son los factores fundamentales para conseguirlo:
Primero, el marco regulatorio no puede ser contradictorio ni tampoco dar lugar a duplicados. Hace años que el mundo observa, en muchos casos con admiración, en otros con recelo, los grandes textos regulatorios que la Unión Europea adopta: el Reglamento General de Protección de Datos, las Leyes de Mercados y de Servicios Digitales, y recientemente el Reglamento de Inteligencia Artificial. Todos ellos han supuesto una labor colosal de investigación, colaboración y consenso. Y todos ellos persiguen objetivos más que loables. Pero en cuestiones digitales, las cosas nunca son tan sencillas. No se puede ver a ninguno de estos textos como una unidad, se tiene que entender en el contexto y en su relación con el resto de textos normativos. Los legisladores, claro está, tienen en cuenta el conjunto del acervo europeo al adoptar nueva normativa, pero su aplicación por parte de quien innova, es decir, las empresas, puede llegar a ser complicada por la complejidad normativa. Es fundamental evitar una situación de inseguridad jurídica.
"Se requiere una evaluación económica específica del impacto para las empresas de cada uno de los textos regulatorios"
Esto nos lleva a un segundo punto crucial: antes de adoptar cualquier tipo de regulación, la UE tiene la obligación de evaluar el verdadero impacto de las leyes existentes y de aquellas que están en preparación. Otras economías tienen instrumentos para ello, como es la Oficina de Información y Evaluación Regulatoria estadounidense. Se requiere una evaluación económica específica del impacto para las empresas de cada uno de los textos regulatorios. En este sentido, hay que alabar la labor de España en organizar el primer
sandbox regulatorio para ver qué efectos puede tener el Reglamento de IA para empresas y, en particular,
startups y pymes, que son la mayor parte del tejido empresarial español.
Por último, la regulación es solo un instrumento para asegurar la armonización a nivel europeo de lo que sucede en materia de innovación, pero la regulación no tiene sentido si no tiene nada que regular: es necesario innovar. Y para innovar, hay que invertir en I+D+i, construir la infraestructura necesaria y preparar a la ciudadanía europea para el cambio basado en IA. Lo que nos lleva, de nuevo, al informe Draghi.
En palabras del propio Draghi: necesitamos crear sinergias, para que las buenas ideas europeas en materia de innovación —que las hay, y muchas— consigan pasar de ser simplemente ideas a un éxito comercial. Y para ello, es preciso invertir. Invertir en innovación disruptiva y en un proceso coordinador a nivel europeo. Apoyamos la idea de crear una Unión por la Investigación y la Innovación, para garantizar la colaboración entre estados, y también la colaboración público-privada, aprovechando las grandes oportunidades que existen en todo el continente, pero que no siempre logran conectar. Aprovechando los muchísimos recursos europeos, en una economía de escala.
"No conseguiremos que la UE alcance todo su potencial competitivo si empresas y poderes públicos no colaboramos"
Me gustaría también hacer hincapié en otros dos puntos del informe: la financiación y la gobernanza. Para conseguir la financiación necesaria para estas inversiones, será necesaria, por fin, la implementación total de una unión de mercados de capitales y, en general, la adopción de iniciativas para fomentar el flujo de fondos hacia los mercados de capitales. Además, en materia de gobernanza, habrá que reforzar el marco de coordinación de la competitividad, para asegurar, como hemos mencionado, que las empresas cuentan con una estructura jurídicamente segura y fiable, sin contradicciones, para la innovación.
Todo ello nos lleva a una conclusión habitual, pero no por ello menos importante: no conseguiremos que la UE alcance todo su potencial competitivo si empresas y poderes públicos no colaboramos. Los poderes públicos deben asegurar un marco regulatorio coherente y unas condiciones fáciles para que las empresas sigan innovando. Las empresas, por su parte, deben comprometerse a cumplir con todos los requisitos de seguridad y de protección de los ciudadanos y a colaborar con el sector público en estos objetivos. Solo así conseguiremos que la UE esté en el puesto que se merece: a la cabeza de la carrera tecnológica.