La Unión Europea se ufana de que sus regulaciones internas acaban regulando el mundo. El Efecto Bruselas, lo llamó Anu Bradfor. Ahora con sus nuevas leyes de Mercado Digital, Servicios Digitales, de Inteligencia Artificial (IA), Datos y de Gobernanza de Datos, pretende no solo regular todos estos nuevos campos en su interior, sino también, dado el tamaño de su mercado, en su exterior. Como se suele decir, los árbitros no ganan partidos, aunque la UE regule por delante de otros.
Hay un gran debate sobre si el exceso de regulación asfixia la innovación. En materia de innovación, según el último
European Innovation Scoreboard (2023) de la Comisión Europea, siempre queda en cuarto lugar, ya sea en procesos empresariales, en innovaciones de productos (3ª), en copublicaciones científicas internacionales, o en nuevos doctorados.
Las grandes potencias innovadoras son EE. UU. y China, seguidas de Canadá.
No solo eso, sino que Washington está imponiendo prohibiciones o limitaciones a Europa. Por ejemplo, la de exportar a China algunas de las máquinas de fotolitografía ultravioleta extremo (UVE) de la holandesa ASLM, las más sofisticadas para fabricar los chips más avanzados, prueba de que Europa sí es capaz de innovación. Aunque China y Rusia están haciendo notables avances en la citada tecnología. El caso es que, si la UE regula, EE. UU. manda.
Europa, la UE más el Reino Unido que en I+D+i es importante, podría lograr un mayor rango de innovación digital si superara cinco factores: el humano, la construcción de un mercado único para unos nuevos tiempos, incluido un mercado de capitales, en particular de capital riesgo, la ausencia de una industria europea de defensa y la de campeones europeos, no solo nacionales.
Respecto al factor humano, Europa forma bien a sus estudiantes en materias STEM (ciencia, tecnología, ingeniería y matemáticas), pero no en número suficiente. Sobre todo, una vez formados, demasiados se marchan a Estados Unidos, especialmente a Silicon Valley. Son pocos los científicos y tecnólogos de fuera que vienen a trabajar al Viejo Continente.
Estados Unidos es un potente imán que atrae talento no solo europeo, sino también chino y de otros países. No es casualidad que los CEOs de IBM, Alphabet (Google), Microsoft, Tesla o NVIDIA sean todos originarios de fuera de Estados Unidos. China, que está a la cabeza mundial en cuanto a número de estudiantes STEM (Rusia no anda mal en términos relativos) cuenta con unos 30.000 estudiosos o investigadores posdoctorales STEM en EE. UU. (datos de 2020). A pesar de que las Administraciones de Trump y Biden hayan intentado ponerles dificultades a los chinos,
la mayoría de los estudiantes internacionales que estudian en Estados Unidos son originarios de India y de China. La innovación en la primera potencia del mundo se debe en una parte importante a la importación de cerebros. El
brain drain, desde Europa o desde otros países, le favorece. En detrimento de Europa, y aún más del Sur.
El ejemplo francés es ilustrativo. Ya en 2017, cerca de 70.000 franceses vivían en California, en Silicon Valley, el gran referente mundial en innovación. Hace unas semanas, el gobernador de California, Gavin Newsom, anunció que
el francés pasaba a convertirse en lengua oficial en Silicon Valley, debido a la creciente influencia de la French Tech y a la cada vez mayor presencia de startups francesas en la región.
El segundo factor, la falta de un auténtico mercado único en la UE, lo ha apuntado bien el ex primer ministro italiano Enrico Letta, en su informe para la Comisión Europea, significativamente titulado “Mucho más que un mercado”. Un mercado europeo del que han sabido sacar provecho Estados Unidos y China. Como bien indica Letta, el Mercado Único es producto de una época en la que tanto la UE como el mundo eran más "pequeños", más simples y menos integrados, y en la que muchos de los protagonistas actuales aún no habían entrado en escena. Es necesario no solo completar, sino actualizar, adaptar el mercado único a un mundo mucho más amplio, global, sin los límites que imponía la Guerra Fría o el posterior momento unipolar. Para ello,
propone añadir a las cuatro libertades en la UE (de circulación de capitales, mercancías, personas y servicios), una quinta para potenciar la investigación, la innovación y la educación en este espacio. Este informe de Letta, junto al próximo de Mario Draghi sobre cómo impulsar la competitividad de la economía europea, son pertinentes si Europa quiere ser soberana, salir del vasallaje tecnológico de Estados Unidos, e incluso en parte de China, y poder preservar su modelo social.
El tercer factor, en el que también insiste Letta, es la falta de un auténtico mercado de capitales, especialmente de capital riesgo, en la UE, además de la perentoria necesidad de facilitar la creación de empresas. Demasiado emprendedor o inversor frustrado en la UE acaba yéndose a EE. UU., donde es mucho más fácil lanzar y encontrar inversores para una startup, y donde se valora el fracaso como un sistema de aprendizaje. Estos emprendedores forman parte del primer factor, el humano, del brain drain o del entrepreneurs drain, que juega en contra de la UE y a favor de Estados Unidos. Europa necesita poner en pie ese mercado, superando los intereses nacionales.
El cuarto factor es la ausencia de una industria europea de defensa de tamaño suficiente. Aunque el impulso civil haya resultado central en estas últimas etapas de la revolución tecnológica, la industria de defensa, en buena parte con el impulso del Pentágono, ha sido un elemento decisivo a la hora de invertir y catalizar la innovación en EE. UU. Está detrás de Internet, y ahora empuja por el predominio en materia de Inteligencia Artificial. Ello pese al éxito y lecciones aprendidas de programas entre unos pocos países como ha sido Airbus, tanto en lo civil como en lo militar. Europa, a pesar de lo que gasta, que no es poco (aunque sí en comparación con Estados Unidos) carece de una industria de defensa a escala de toda la Unión. Ni siquiera tiene una DARPA (Agencia de Proyectos de Investigación Avanzados de Defensa), que tanta innovación impulsa. Esta industria es excesivamente nacional, sobre todo de los más grandes en la UE, lo que genera preocupaciones en los demás. Ahora bien, incluso los grandes no se bastan. Necesitan de una dimensión europea. Aunque se intenta hacer avances en este terreno, el problema es que no hay una visión única estratégica o geopolítica en la UE, y que Washington apoya la defensa europea siempre que sea para comprar armamento estadounidense.
Lo que nos lleva al quinto factor: la ausencia de campeones no ya nacionales sino europeos frente a los gigantes de la digitalización (y de otras cosas relacionadas como la Deep Tech) de EE. UU. y China. No hay ningún Google -quizás no hace falta otro-, ningún Amazon, ningún Meta o Microsoft europeo. Sin embargo, sí los hay chinos. Ello cuando en Occidente el neoliberalismo se ha transformado ante la llegada de grandes inyecciones de dinero público. Incluso así, los europeos se han quedado atrás respecto a lo que está aportando el Estado a su economía en EE. UU.
Está bien que la UE haya impuesto un modelo único de puerto de carga (USB tipo C) para móviles, tabletas y otros dispositivos. Los consumidores están muy agradecidos. Esta armonización forzada, que el mercado no logró, se está imponiendo como norma global. Pero Europa no fabrica móviles. Los fabricó y llegó a ser líder en las primeras generaciones. Hubo un tiempo, en los albores de la era digital, en que innovaba mucho en el campo digital. Perdió los siguientes pasos, sin sacar conclusiones. Cuidado ahora de que no salga perdedora o su innovación quede paralizada ante las consecuencias de la rivalidad tecnológica entre China y Estados Unidos.