Los gravísimos avances de la escala bélica en Oriente Próximo nos sitúan ante una realidad que algunos analistas califican como
de guerra total. Israel libra ya una guerra terrestre y aérea en Gaza y Líbano; de salvas —también con drones— con Yemen; y está por ver cuál es la respuesta israelí a la última ofensiva de Irán contra su territorio.
El camino a una guerra regional abierta está expedito, pero cuyos efectos son globales. Europa y España, lógicamente, están expuestas a sus consecuencias. La incertidumbre es el elemento transversal de escenarios dramáticos que demandan aprovechar los mínimos resquicios de liderazgo y anticipación política.
La complejidad es extrema. Los estudios sobre los efectos de "decapitación" contra organizaciones no estatales nunca han encontrado consensos, pero el ataque realizado contra la estructura y cadena de mando de Hezbolá es inédito; la milicia chií sigue operativa, pero con el mando y control destrozado. La supervivencia del régimen iraní está supeditada a la del propio estado, casuística habitual en los regímenes totalitarios, por lo que desconocemos si la idea de "escalar para desescalar" está absolutamente sobrepasada.
Israel, por su parte, se encuentra inmerso en un teatro para el que había preparado su doctrina desde hace lustros; seguramente uno de los aspectos más conocidos de la estrategia israelí. Necesita triunfos rápidos que le permitan cerrar los múltiples frentes bélicos simultáneos que, de otro modo, se harán insostenibles por el mero transcurso del tiempo y la aniquilación de recursos. La israelí es una economía de guerra,
Netanyahu ha ligado su destino a la batalla y las premisas de la nación judía se transformaron el 7 de octubre. Pero ¿qué
teoría de la victoria? 1982 y 2006 son malos precedentes, por distintas razones, para Israel en su relación con el Líbano y Hezbolá.
Ya arrastrada desde Gaza, la guerra expone de manera cruda las debilidades de terceros actores. Estados Unidos, que no ha sabido o querido frenar las ambiciones israelíes… y noviembre está llegando. La de los
gobiernos del mundo árabe, seguramente mucho más distantes de sus sociedades de lo que reconocen en público. La de Naciones Unidas, la enésima frustración, que desnuda la pretensión de un "orden" basado en reglas.
Es la inoperancia de la Unión Europea, culpa absoluta de sus Estados miembros. Las divisiones son profundas y las diferencias con la guerra en Ucrania, muchas. Es, por tanto, la inefectividad para aplicar cualquier tipo de sanción, más allá de movimientos políticos más o menos simbólicos potentes.
Se arguye la pérdida de legitimidad democrática, aunque más bien parecieran estas ilusiones liberales de unas autocracias de ese llamado ahora sur global que nunca creyeron en fortaleza moral alguna. Los otros impactos dependen de diversas incertidumbres críticas; por ejemplo, si Israel decide golpear instalaciones nucleares iraníes —un golpe estratégico-militar— o infraestructuras petrolíferas —uno económico de impacto internacional, cuando la energía se ha convertido en primera línea de la seguridad nacional—. También lo humanitario, no solo sobre el terreno, sino posibles nuevos flujos de refugiados hacia el continente y sus consecuencias políticas. Por supuesto, los efectos de segundo orden en la guerra de Rusia contra Ucrania. Por ende, incluso aún siendo
encapsulada la guerra, sus efectos son potencialmente sistémicos.
Todos ellos los sufriría España, en mayor o menor medida, aunque el interés nacional español no se halle en la región. De ahí que se haya convertido en un problema de primer nivel. Aparece una primera cuestión, de desarrollo a largo plazo, que es la del compromiso con la posición palestina, comprometiendo las relaciones con Israel. Cómo se pretende cumplir con esa responsabilidad no ha sido explicado por el gobierno español y la escalada bélica aleja cualquier posibilidad de implementación. Tal vez acaba siendo contraproducente al haber perdido una baza mediadora.
"Frente a las voces que reclaman el fin de UNIFIL, España debe encabezar la respuesta a la asistencia a la población y al Estado libanés"
Si bien, España tiene otro compromiso crítico en la región. En la base "Miguel de Cervantes", cerca de la población libanesa de Marjayún, se encuentra el Cuartel General del sector este de la misión de Naciones Unidas, la UNIFIL. El puesto es liderado por el general García del Barrio y cuenta con 650 militares españoles. La Blue Line ha caído: los ataques de estos meses y la invasión limitada —por el momento— de Israel así lo atestiguan. Por qué España está desplegada allí merecería un análisis aparte sobre cómo se compensan en áreas de menor entidad las malas gestiones diplomáticas en otros. Sin embargo, la necesidad humanitaria es innegable y urgente.
Pero la realidad es que España tiene un perfil muy destacado —junto con italianos, a cargo del cuartel occidental, y con la presencia de casi una cincuentena de países—, cumpliendo con un mandato de Naciones Unidas. Frente a sentencias políticas inaplicables, sea este seguramente la aportación más tangible que pueda hacerse. Por ello,
frente a las voces que reclaman el fin de UNIFIL, España debe encabezar la respuesta a la asistencia a la población y al Estado libanés.
Las Fuerzas Armadas españolas han destacado en estos años por esta contribución. Líbano, depauperado, crucificado, ninguneado, continúa existiendo y la comunidad internacional debería garantizar su supervivencia. El presidente Sánchez ha mostrado
su apoyo al secretario general de Naciones Unidas tras el veto israelí, así como
al primer ministro libanés en estas horas oscuras. Con un Hezbolá disminuido, el día después necesitará reconstruir la estatalidad perdida y la consolidación de otras fórmulas políticas sostenibles.
El liderazgo español, para marcar perfil propio y ante la impotencia frente a fuerzas superiores, podría trabajar en esta dirección aún en estos momentos terriblemente inciertos e inseguros.