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AMIR COHEN (REUTERS)

Conflicto Irán-Israel: análisis de una crisis escalada

Alberto Bueno

11 mins - 15 de Abril de 2024, 07:00

La represalia de Irán contra Israel tras los ataques de este contra instalaciones diplomáticas israelíes en Siria es el último episodio en el conflicto entre ambas potencias, llevando al extremo su volatilidad e incertidumbre. Ahora, tanto este choque como la potencial contrarréplica israelí exigen alejarse de análisis lineales respecto a lo acontecido en los últimos meses en la región, y al “toma y daca” sostenido en su particular guerra fría. El modo de ejecutar la represalia, el cálculo estratégico iraní o las asunciones de Israel marcan el análisis de una crisis con un impacto militar que desborda la región.

Irán ha dado un salto cualitativo y cuantitativo en el modo de llevar a cabo su represalia: cualitativo, porque el régimen ha alterado esta vez su clásica estrategia indirecta, que empleaba a terceros actores vinculados de la región —como Hezbollah o las milicias hutíes; ello no implica que dichos grupos no tengan su agenda propia o sean meros peones, pero sí que se encuentran fuertemente mediados y sostenidos por Irán—, para lanzar el ataque desde sus propias fronteras directamente. Ha establecido una peligrosa novedad que rompe el cálculo tradicional y que desplaza el centro fuera de la guerra de Gaza: es una confrontación abierta Israel-Irán.

Cuantitativo, dado el volumen de vectores lanzados contra Israel, sumando drones, misiles balísticos y misiles de crucero en sendas oleadas. Más de trescientos. Es una ofensiva que supera a este respecto, sirva para conformarse una idea, a los ataques más violentos de Rusia sobre Ucrania. Este es otro dato, más allá de la contingencia de los números concretos, que también altera el cálculo inicial. No por anunciado y esperado, deja de ser menos trascendente la magnitud.

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Varias reflexiones como consecuencia. Primero, la demora en la represalia es indicio de mediaciones diplomáticas para influir en la respuesta. Por supuesto, Irán no podía dejar impune la agresión israelí —por supervivencia propia, por mensaje a amigos y extraños—, pero si Irán hubiera querido infligir mayor daño, probablemente el curso seguido habría sido otro, al menos en tiempo. ¿Había voluntad de evitar la escalada? Que Irán anunciara, incluso, el fin de la represalia mediante comunicado oficial —paradójicamente, cuando todavía los primeros drones no habían alcanzado Israel—, apunta en esa dirección. Pocas veces se ve un ejemplo tan ilustrativo, aparentemente, de la lógica de escalar para desescalar. 

Segundo, la pregunta subsiguiente es por qué Irán procedió de tal modo. La primera opción es que la fontanería diplomática hubiese funcionado, buscando un acomodo, violento, pero ajustado para ambas partes. La segunda es que, efectivamente, Irán no desease una escalada en la región. Si bien, lo interesante aquí es vincular esta supuesta voluntad con la propia estabilidad y supervivencia del régimen, que parece guiar toda la racionalidad estratégica del régimen de los ayatollah. Y tercero, que Teherán hubiese sido disuado por Israel de un ataque aún de mayor envergadura. 

Estas diferentes alternativas, no excluyentes entre sí, plantean el interrogante entonces de cuáles son las capacidades —o carencias— de Irán en un escenario de guerra abierta. Esto nos devuelve al nivel táctico en el ataque de la noche del 14. A falta de confirmación, se estaría hablando de una impresionante interceptación del 95-99% por parte de las defensas israelíes. Como ha explicado Guillermo Pulido, Irán lleva años desarrollando una doctrina específica justo para el escenario observado. Si el escudo de protección israelí ha funcionado, también hay que preguntarse a qué precio y dónde ha fallado —piénsese en el sesgo de supervivencia: tampoco se puede descartar que misiles balísticos hayan conseguido superar los sistemas Arrow—; en este último caso, por lo que pudiera enseñar de la evolución de las capacidades iraníes. 

A este respecto, y es otra lección que se identifica en Ucrania, la competición de salvas se convierte en una cuestión vital. Costes abrumadores —¿gastó Israel en la noche del 14 de abril del entorno de los 2.000 millones de dólares?— para defenderse, en el caso de los drones, de sistemas baratos y accesibles, y en el de los misiles, de su empleo masivo. El gap económico y tecnológico es enorme, por lo que el cálculo estratégico y económico va a ser una variable clave en términos operacionales. Una derivada: las políticas de defensa europeas habrán de pensar la adopción o no de sus propias “cúpulas de hierro” para enfrentar, por ejemplo, drones.

En cuanto a la disuasión, es un tema fundamental, porque ofrece argumentos interesantes tanto a favor como en contra —aunque, aquí, puramente especulativos— sobre si la capacidad nuclear es garantía suficiente: Irán se atrevió a responder, pero de forma no escalatoria, sería la hipótesis. Esta circunstancia se une a un debate también redivivo en Europa tras la invasión rusa de Ucrania y, en ese caso, su estrategia nuclear ofensiva y tensiones de escalada vertical u horizontal. Son dos guerras diferentes, sí, pero ofrecen puntos de convergencia relevantes sobre esta materia; es otra derivada.

Tercero, las alianzas y su valor estratégico. Desde lo táctico, la respuesta israelí contó con el apoyo de EE.UU., Reino Unido, Francia, Arabia Saudí y Jordania —abiertamente reconocido por los tres primeros, que participaron en el derribo de distintos vectores; silencio por parte de los segundos—. La participación de varias potencias extranjeras en la interceptación de los misiles refleja las complejidades geopolíticas de la región y, de nuevo, los factores ajenos a Gaza que han jugado esta grave crisis. 

Me sumo a quienes aducen un error estratégico por parte de Irán, reflejado en esos apoyos que Israel recibió. El Estado hebreo atravesaba un momento de dura crítica por parte de sus principales aliados, incluyendo a la administración Biden. La influencia de EE.UU., sea para impedir una represalia mayor, sea para sostener a Israel en un momento crítico, fue sobresaliente. Las principales potencias occidentales respondieron, rompiendo así el momento de aislamiento del gobierno israelí. 

Un necesario excurso aquí sobre España y al acelerón que pretende dar el gobierno de Sánchez al reconocimiento internacional de Palestina. En plena gira europea, recalando en “puertos seguros” como el del actual gobierno noruego, habría que pensar, no sobre la bondad del reconocimiento —a falta de todos los detalles, nunca dados—, sino sobre la oportunidad de haberlo realizado en una semana donde se tanteaban posibilidades tan arriesgadas, muy alejadas ya de las razones iniciales sobre Gaza. Las coordenadas de la crisis regional eran otras y quizá no ha sido el momento idóneo —si pensamos en términos de política exterior— para levantar esta bandera.  

Por tanto, a la vista de este análisis, ¿todos satisfechos? Si se desea controlar la escalada, si la defensa fue un éxito… Israel tendría todos los incentivos para detenerse ahí; tácticamente, fue una victoria. Pero la interpretación sobre la voluntad real iraní y si esa victoria realmente fue un logro estratégico difieren de tan clara causalidad. 

Dos factores que pueden influir en el pensamiento israelí en sentido contrario a esta inercia: en primer lugar, si la respuesta que quiere ofrecer es consustancial a las dimensiones del ataque lanzado o a las consecuencias sobre el terreno. A favor de una “réplica” dura, la agenda de máximos del gobierno de Netanyahu y sus indisimulados cálculos de una guerra a mayor escala. No apreciar en el apoyo occidental un refuerzo de sus alianzas, sino una muestra de la debilidad última de Israel. No equiparar el éxito de su sistema de defensa con una victoria. Con este marco, si Israel decidiese no contragolpear, se podría entender que el disuadido sería él, y no al contrario. Además, si en Irán subrayamos la continuidad del propio régimen, aquí también están en juego la del primer ministro y su gobierno —por cierto, con posiciones aún más duras en su seno que la del propio Netanyahu—.

En segundo, la percepción de lucha existencial en Israel. Considero que esta es la otra variable que se desecha en el examen de ese “toma y daca” cuando se concluyen una suerte de “tablas” tras estos enfrentamientos de abril. Si seguridad e identidad son consustanciales en el Estado hebreo, creo erróneo pensar que este Israel es el mismo que el de antes del 7 de octubre de 2023. La asunción en Israel es que libran ahora una guerra por su supervivencia como país. La nación bajo asedio es más real que nunca; es Gaza, pero también el sur libanés, el occidente yemení e Irán.  

Por eso, esa supuesta victoria israelí evitando el impacto de drones y misiles no debería llevar a pensar simplemente en que no habrá respuesta. Israel está en otro marco mental. Pienso que esta percepción es la que arrastra la estrategia en Gaza, la que mueve por supuesto a Netanyahu y su gabinete —lo que no implica forzosamente que sea correcta—, y es que la puede empujar la idea de una respuesta, no limitada a los actores delegados iraníes, sino directamente contra Irán. Este “toma y daca” supera con mucho al contexto de la guerra en Gaza. Es por ello que, considero, la idea de una próxima desescalada con Irán no sucederá.

Así, descartada la ruptura de este “círculo perverso” por la mera voluntad o la relación lineal a priori evidente entre acontecimiento, queda la conjetura política entre ambos actores. Parte de la respuesta de Israel estará en el apoyo militar o no de EE.UU., o incluso en potenciales fórmulas con esos otros aliados en la región y enemigos de Irán. En la represalia y su potencial contragolpe se entrecruzan lo táctico y lo estratégico. Tal vez la guerra abierta sea evitable, pero es difícil sostener este equilibrio tan precario.

Y tres bolas extra, con efectos de segundo y tercer orden: 


- Esta guerra en Oriente Próximo muestra de nuevo que la UE no es un actor estratégico, sino que son las voluntades y capacidades nacionales las que mueven la agenda. Esto es obvio, una vez, pero sirve para situar en el punto exacto del debate aquellos que hablan de una autonomía estratégica europea y de la necesidad de salir de la tutela de EEUU. También recuerda que ataques similares los sufre Ucrania de manera diaria y ningún país occidental participa de esa forma en su defensa; hecho que demuestra que la supuesta belicosidad de Occidente en su sostén a Ucrania tiene más de retórica ideológica que de realidad.

- Continuando con Ucrania: en los últimos meses, la ayuda militar de EE.UU. a este país se ha visto mezclada con la prestada a Israel, con argumento espurios en los vetos cruzados. Quizá ahora, por razones distintas, una mayor determinación por ayudar a Israel en su enfrentamiento con Irán facilite la asistencia a las fuerzas ucranianas. 

- Si Israel se decidiera por atacar las fábricas de producción drones iraníes, como los Shahed, o Irán temiese un enfrentamiento sostenido en el medio plazo con Irán, ¿cómo repercutiría ello, en términos prácticos, en la relación entre este país y Rusia? Apúntese. 
 
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