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AGENDA PÚBLICA

Marruecos en Gaza, un perfil internacional

Alberto Bueno

6 mins - 18 de Marzo de 2024, 07:00

 
La cruenta guerra que libra Israel contra Hamás está provocando una catástrofe humanitaria de dimensiones históricas, añadida al elevadísimo número de víctimas civiles registrado. Responder a la situación de inseguridad humanitaria generada se ha convertido en una necesidad imperiosa, a la que tratan de responder agencias humanitarias internacionales de Naciones Unidas, organizaciones no gubernamentales y, de forma reciente, Estados Unidos y países europeos junto con la propia Unión Europea. 

Estos esfuerzos se unen a las acciones de países árabes, como Bahrein, Egipto, Emiratos Árabes Unidos, Jordania, Omán o Qatar. A esa lista de donantes se ha añadido en los últimos días Marruecos. No es la primera vez que el país magrebí ofrece ayuda humanitaria: el pasado octubre, transportaron más de veinte toneladas a través del paso de Rafah, en la frontera palestino-egipcia. Si bien, esta vez Marruecos ha enviado a Gaza cuarenta toneladas de productos de primera necesidad, los cuales han llegado por carretera a la propia franja —previo desembarco en el aeropuerto de Tel Aviv—. Como ha sido subrayado en prensa, el hacerlo vía terrestre a través de territorio israelí supone una novedad. 

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Aparte de atender a un derecho reconocido por la comunidad internacional —sirva de recordatorio que el impedir la llegada de ayuda humanitaria puede ser constitutivo de crimen de guerra—, la decisión de Marruecos señala relevantes nuevas dinámicas sobre la situación política internacional y la actual fase bélica en Oriente Próximo.

En efecto, la guerra enseña los movimientos de cambio y ruptura en las tensionadas políticas exteriores de los Estados, tanto occidentales como en el mundo árabe, así como los difíciles equilibrios domésticos a mantener y las oportunidades futuras de solución —siquiera temporal o parcial— al conflicto. La posición del Estado alauita es compleja: Marruecos fue uno de los firmantes de los llamados Acuerdos de Abraham: acuerdos firmados por Emiratos Árabes Unidos, Baréin, Sudán y Marruecos como parte de un giro más amplio de Israel, auspiciado por Estados Unidos durante la Administración Trump, para normalizar y mejorar sus precarias relaciones diplomáticas y comerciales con el mundo arabo-musulmán. Las aproximaciones mutuas culminaron con el reconocimiento de Israel sobre la soberanía marroquí el Sahara Occidental y, en reciprocidad, la consiguiente mayor representación diplomática marroquí en Tel Aviv, al igual que, en términos generales, una intensificación de las relaciones económicos, comerciales, tecnológicos o militares entre ambos países. 

Esta decisión no estuvo, ni está, exenta de tensiones debido a la separación entre una sociedad —como en el resto del mundo árabe— mayoritariamente favorable a la causa de Palestina y al no reconocimiento del Estado de Israel, respecto de un gobierno que busca maximizar sus intereses nacionales. Asimismo, entre los diferentes gobiernos árabes, donde dichos acuerdos han sido un importante punto de fricción entre detractores y partidarios de esa reorientación geopolítica. Marruecos es un buen ejemplo de estas dificultades.

Sin duda, el bárbaro ataque de Hamas contra Israel y la brutal y masiva respuesta israelí han obligado a alterar consideraciones pretéritas. En este sentido, la ayuda humanitaria refleja este cambio en la política exterior marroquí, la cual seguro que paraliza, cuando no rectifica, el curso de acción emprendido hacia Israel. Una tesitura en el que, de hecho, se encuentran otros países árabes, no solo los signatarios de dichos acuerdos, debido a las posiciones reticentes de los gobiernos hacia un mayor compromiso con la causa palestina.

Esta decisión del Mohammed VI, como actor protagónico en la política exterior del régimen alauita, debe hacer pensar sobre la posibilidad de mediación de otros actores internacionales, más allá de Estados Unidos o la Unión Europea. Por ejemplo, el rey preside el Comité Al Quds —organismo internacional intergubernamental vinculado a la Organización para la Cooperación Islámica cuyo objetivo principal es apoyar la causa palestina con perspectiva cultural, social y humanitaria—, que puede ser un factor de legitimidad. En este sentido, puede disfrutar de esa modesta posición a la vez que goza de cierta legitimidad ante Israel: difícilmente puede comprenderse que Marruecos haya podido disponer de esa libertad de tránsito en Israel para alcanzar por tierra Gaza si no fuese así

Posiciones parecidas pudieran afirmarse de otros actores árabes que comparten este mismo perfil, cuyo impulso debería dirigirse hacia: en el corto plazo, paliar los efectos catastróficos de la guerra y promover un alto el fuego como primer paso hacia el fin definitivo de las operaciones militares; en el medio, la mediación y/o gestión del posconflicto tanto en la propia franja de Gaza, como en términos más amplios con la situación Israel-Palestina. 

El 7 de octubre marcó un punto de no retorno en la marcha de esta larga guerra, clave para la estabilidad y la paz en la región. Con riesgo cierto de escalada, la crisis es crítica. Los ataques de Hamas y la reacción de Israel sitúan al conflicto palestino-israelí en un punto muy distinto al escenario pre 7-O. No es el mismo escenario humanitario, como tampoco lo es a nivel político.  

Esta realidad está llamada a que puedan ser actores del llamado “sur global” quienes, junto con Naciones Unidas, deban y puedan jugar un papel más significativo. No se puede pasar por alto que la credibilidad de Estados Unidos o de muchos de los Estados de la Unión Europea se ha visto seriamente dañada frente al pueblo palestino y buena parte de la sociedad árabe. Tampoco el gobierno de Benjamín Netanyahu reconoce legitimidad a muchos actores clásicos. Por ende, con Europa concentrada en la guerra de Ucrania y especulaciones en el horizonte sobre un cambio del signo político en la Casa Blanca, parece evidente que, con mejor o peor fortuna, otros perfiles habrán de tomar la iniciativa. 
 
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