Carles Puigdemont regresa a Catalunya en un contexto político completamente distinto al que dejó en su momento en octubre de 2017. Mariano Rajoy era el presidente del Gobierno que acababa de anunciar la aplicación del artículo 155 en Catalunya, y Ciudadanos empezaba el ascenso en las encuestas que le llevaría a superar al PP. Emiliano García-Page era el único presidente autonómico actual en el cargo. Y en el Parlamento de Catalunya el independentismo tenía 72 escaños, 11 más que hoy.
Durante estos cerca de siete años, y con un altísimo coste personal y familiar, ha logrado resistir a la persecución judicial, ha dejado en evidencia algunas inconsistencias de las causas abiertas contra él, se convirtió en diputado europeo sin pisar España y
se ha erigido en un factor de inestabilidad permanente en la política catalana, y ocasional en la española.
"Puigdemont siempre ha tratado de evitar una normalización de la política catalana —y española— que le dejara errante por Europa"
Por el camino,
destruyó lo que quedaba de la herencia de CiU para crear un nuevo partido fuertemente personalista, en el que no necesita tener ningún cargo orgánico para ser su máximo líder. Y una vez recuperada la autonomía, forzó las costuras de los gobiernos en Catalunya hasta imponer a un peculiar
outsider como Quim Torra en la presidencia para luego dejar caer la coalición con ERC a fin de hacer implosionar la etapa de Pere Aragonés. Como hilo argumental de fondo,
Puigdemont siempre ha tratado de evitar una normalización de la política catalana —y española— que le dejara errante por Europa.
"El Puigdemont que regresa hoy sigue siendo la referencia central del independentismo, pero ha perdido su autoridad política y ha dejado su espacio político en una situación de decadencia"
Hasta que ese escenario se ha consumado: el Puigdemont que regresa hoy sigue siendo la referencia central del independentismo, pero ha perdido su autoridad política y ha dejado su espacio político en una situación de decadencia.
El apoyo al independentismo ha caído 10 puntos (casi el doble si se le ofrecen alternativas en la pregunta), y ha perdido la mayoría parlamentaria debido, entre otros, a él mismo.
Su propio partido ha perdido todas las elecciones celebradas desde entonces, incluso cuando Puigdemont era el candidato (con la excepción de los comicios europeos de 2019). En las últimas tres ocasiones (generales 2023, autonómicas y europeas 2024), recibió los peores resultados electorales del espacio de CiU desde 1980. Como colofón,
ERC ha consumado su ruptura política con Junts (desbaratando la unidad que le permitió acceder a la presidencia catalana en enero de 2016 y que pretendía reeditar hoy con una repetición forzada de las elecciones).
Él mismo se ha convertido en una figura política antipática y divisiva. Dejando de lado a los candidatos de Vox y PP (generadores de mucho rechazo entre los catalanes que no los votan),
Puigdemont es el líder catalán que hoy genera más rechazo entre los votantes catalanes. El 40,7% de los catalanes le otorgan la peor valoración posible (66,7% de los votantes del PSC, el 42% de los Comuns, el 15% de ERC y el 48,8% de los abstencionistas). Como referencia,
Salvador Illa solo produce un 11,6% de rechazo general, 6,1% entre los votantes de ERC y 13,6% entre los de Junts (datos del CIS).
Esto tiene que ver con la fuerte polarización afectiva sobre su figura: es el líder catalanista mejor valorado por sus propios votantes, y el peor entre los demás, solo por delante de los candidatos del PP y de Vox, una décima menos que la desconocida representante de la ultraderecha independentista de Alianza Catalana (datos del CEO).
Todo este cuadro ayuda a comprender mejor las razones que traen hoy a Puigdemont regreso a Catalunya. Aunque antes de las elecciones del 12 de mayo apostó a un retorno triunfal a la presidencia,
hoy es consciente de que su regreso no impedirá la elección de Illa como nuevo presidente, ni que ello ponga en riesgo el Gobierno de Pedro Sánchez. Lo único que puede conseguir es cuestionar la legitimidad del nuevo presidente, y entorpecer los inicios de la legislatura.
Por ello, este retorno convierte su promesa de regresar en un pulso para forzar la interpretación que los jueces están haciendo de la aplicación de la ley de amnistía, a su caso y al de otros como él. Una vez aprobada esa ley, su peculiar
exilio dejaba de tener sentido. Y las reticencias del poder judicial a aplicarla le obligaban a plantar cara dentro de España y con los recursos constitucionales existentes, los mismos que siempre trató de deslegitimar desde Bruselas.
"No cabe esperar más consecuencias políticas de su reaparición que las que afecten a su propio partido"
Por esa misma razón, no cabe esperar más consecuencias políticas de su reaparición que las que afecten a su propio partido. Con la constitución del nuevo Gobierno en Catalunya,
Junts entra en una situación más delicada que la que se encontró Artur Mas en enero de 2004. Sin apenas poder institucional, más que un puñado de alcaldías medianas, a menudo sostenidas con acuerdos con PSC o ERC. Con un dilema no resuelto entre el pragmatismo de muchos de sus dirigentes locales y la propensión de otros a los discursos rupturistas y de unilateralidad que bloquean cualquier entendimiento razonable con otras formaciones de gobierno en Catalunya y más allá. Y con una complicada situación para sustituir al líder que fundó al partido, entre otras razones por la crisis de la generación de líderes y activistas que impulsó el
procés y de la que Puigdemont ha sido el referente emblemático.
A partir de mañana, perderá incluso la proyección pública de la dura campaña negativa de desprestigio que sufrió personalmente durante todos estos años.
A partir de ahora, serán Illa y su Gobierno quienes le sucedan como nuevas dianas de los ataques que reciben desde las columnas y los micrófonos de los medios de comunicación del resto de España.
No obstante, a pesar de todo,
el regreso de hoy habrá valido la pena porque, más pronto que tarde, la persecución judicial finalizará y Puigdemont podrá conseguir el reposo tras un decenio político que, probablemente, no habría querido vivir. Si su llegada por accidente a la alcaldía de Girona pudo satisfacer sus aspiraciones políticas, su llegada también por accidente en la presidencia de la Generalitat le traspasó la lista de hipotecas y facturas políticas acumuladas por otros —a los que él mismo añadió algunas más— y que tarde o temprano deberían pagarse. Es de esperar que su retirada definitiva de la escena política catalana permita hacer un balance más sosegado sobre el significado histórico del paso de Puigdemont por la política española.