Martes, 28 de julio de 2026
ANÁLISIS

La OTAN y un nuevo inicio en el flanco sur

Recientemente hemos publicado una entrevista a Anders Fogh Rasmussen, secretario general de la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN) entre 2014 y 2019. Hoy compartimos una visión desde España sobre los retos de la OTAN en el flanco sur.

Michele Testoni Michele Testoni 13 de junio de 2024
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Fragata Navarra en el puerto de Mahón. | Matthias Oesterle / Zuma Press / ContactoPhoto
Fragata Navarra en el puerto de Mahón. | Matthias Oesterle / Zuma Press / ContactoPhoto
¿Por qué se creó la OTAN? Para responder a esta pregunta, a menudo se hace referencia a la célebre afirmación de Lord Ismay, el primer secretario general de la Alianza: “Mantener a Estados Unidos dentro, a Rusia fuera y a Alemania debajo”. Estas palabras ilustraban la realidad de la seguridad euroatlántica durante la Guerra Fría, cuando el flanco este era el único verdaderamente importante. En cambio, el flanco sur se diferenciaba por una cierta ambigüedad y una falta de planificación estratégica: la seguridad del mediterráneo estaba garantizada por la 6ª flota norteamericana y sus operaciones de defensa naval y protección de las rutas marítimas. El 5º escuadrón de la Armada soviética siempre jugó un papel bastante marginal.

El desarrollo del radicalismo islamista y el derrumbe de la URSS fraguaron un nuevo contexto, caracterizado por el impulso de fuerzas centrífugas y desestabilizadoras: agresiones militares y proliferaciones armamentísticas, pero también Estados fallidos, insurgencias armadas, guerras civiles, violaciones masivas de los derechos humanos, terrorismo y flujos migratorios. Un cinturón de crisis que se extendía desde la antigua Yugoslavia hasta el Oriente Próximo, el golfo Pérsico y todo el norte de África

En aquellos años también vieron la luz varios compromisos a favor de la paz y la estabilidad del Mediterráneo, como los Acuerdos de Oslo entre Israel y la OLP (septiembre de 1993) y el denominado Proceso de Barcelona lanzado por la UE bajo el liderazgo español (noviembre de 1995). La OTAN no fue la excepción: simultáneamente a su programa de cooperación con los países neutrales y de Europa oriental (el Partenariado por la Paz), en diciembre de 1994 la Alianza inauguró el Diálogo Mediterráneo (MD), un foro de acercamiento y colaboración con varios países del Magreb y el Oriente Medio, y una década más tarde (junio de 2004) la Iniciativa de Cooperación de Estambul (ICI), en este caso con algunos estados del golfo.

MD e ICI tenían una doble finalidad. Por un lado, acercar las dos orillas del Mediterráneo con el fin de encontrar soluciones compartidas para promover la seguridad y la estabilidad regional. Por otro lado, equilibrar hacia el sur el partenariado (y la futura ampliación) de la OTAN hacia el este, reconociendo las prioridades de los aliados mediterráneos a raíz de aquella falta de planificación estratégica que, como he dicho, ha caracterizado sistemáticamente al flanco sur.

Estas tres décadas de partenariado mediterráneo han sido testigo de varias luces, pero también muchas sombras. En el primer caso, la instauración de una red de interlocución entre aliados y socios (estructurada en reuniones bilaterales y multilaterales) a la que hay que añadir un amplio número de iniciativas de cooperación práctica como, por ejemplo, reformas del sector de la defensa, planes de desarrollo de capacidades militares, interoperabilidad, resiliencia, protección de infraestructuras críticas y operaciones de contraterrorismo, seguridad naval y mantenimiento de la paz. En el segundo caso, se trata de una serie de crisis congeladas (o en un proceso de reactivación), una falta persistente de desarrollo político y económico, y la amenaza constante de insurgencias armadas y grupos terroristas. 

Luego llegó la guerra de Ucrania y la tentación —comprensible pero falaz— de volver a los tiempos en que el flanco este es el único que importa. La invasión rusa es un punto de inflexión al que la OTAN ha respondido con un gran despliegue de medidas; sin embargo, es preciso no olvidarse de las profundas conexiones que existen entre los distintos teatros estratégicos, los múltiples dominios del poder estatal y la habilidad de las grandes potencias autoritarias y revisionistas, como China y Rusia, de actuar en la “zona gris” a través de técnicas híbridas para debilitar a sus adversarios —a saber, nosotros.

“Llegó la guerra de Ucrania y la tentación —comprensible pero falaz— de volver a los tiempos en que el flanco este es el único que importante”


En un mundo que se transforma tan rápidamente, MD e ICI se han quedado cortos. El Mediterráneo requiere un enfoque renovado y mejor, es decir, uno más adecuado para hacer frente a los retos contemporáneos y que aprenda tanto de los éxitos como de los errores de estos treinta años de partenariado. No soy sólo yo quien lo dice (el pasado mes de marzo escribí sobre los factores de riesgo que caracterizan al Mare Nostrum), sino también el grupo de once expertos, nombrados por el secretario general Stoltenberg, y su informe, recién publicado, sobre un “proceso de reflexión integral y profunda” (comprehensive and deep reflection process) de la OTAN con respeto al flanco sur. 

El documento aspira a inaugurar una nueva etapa en las relaciones entre la comunidad transatlántica y sus socios del sur a través de un “fortalecimiento del diálogo político de la OTAN sobre y con la región” y un “compromiso sostenible a largo plazo”. El informe formará parte de las negociaciones de la próxima Cumbre de Washington (9-11 de julio) en la que, al parecer, los aliados acordarán medidas concretas. El texto se estructura en cuatro ejes principales:
 
  • Una orientación regional en la que se habla no de una, sino de tres “vecindades meridionales” (el norte de África, el Oriente Medio y el Sahel y el África subsahariana), cada una marcada por sus peculiares idiosincrasias.
  • Un enfoque por áreas temáticas en el que se abordan cuestiones como la seguridad humana y la agenda “mujeres, paz y seguridad”, el terrorismo, la seguridad marítima, la resiliencia, el cambio climático, la diplomacia pública y la lucha contra la desinformación (Foreign Information Manipulation and Interference, FIMI).
  • Una cooperación más estrecha con otras organizaciones internacionales y regionales, en particular la Unión Africana y la Unión Europea.
  • Una reforma y racionalización de sus estructuras internas para reducir la dispersión de iniciativas hacia los socios mediterráneos y mejorar así el atractivo de la Alianza. 

De las 114 recomendaciones que componen el informe, quiero destacar cuatro: 
 
  • El nombramiento de un enviado especial (special envoy) para el flanco sur y el fortalecimiento de la Strategic Direction-South Hub de Nápoles;
  • La institución, en un país del norte de África, de un centro para el cambio climático y la seguridad, compuesto por expertos de Estados miembros y socios mediterráneos.
  • La creación de una misión permanente dedicada a la formación y el desarrollo de capacidades de los socios, según el modelo de la misión OTAN en Irak.
  • La promoción de la participación de los jóvenes (youth engagement) de los países de la ribera sur en iniciativas de diplomacia pública para fomentar un mayor y mejor conocimiento de la Alianza.

Un plan ambicioso y que hace hincapié en la voluntad de la OTAN de adoptar una estrategia más proactiva con respeto al “mediterráneo ampliado” y los múltiples desafíos que lo distinguen. De hecho, hablamos de factores endógenos de inseguridad e inestabilidad de larga duración (fragilidad estatal, presión demográfica, desertificación, inseguridad alimentaria, radicalismo islamista, etc.) a los que hay que añadir una serie de crisis congeladas (en particular: Argelia-Marruecos, Marruecos-Sáhara occidental y Chipre) y el aumento de la competición estratégica en la región, es decir, el papel cada vez más activo y desestabilizador de China y Rusia. 

“¿Aceptarían Israel, China y Rusia que la OTAN pudiera desarrollar un papel de mantenimiento de la paz en Palestina?”


Otro asunto de enorme dificultad es el conflicto entre Israel y Hamás, un choque cuyas repercusiones afectan tanto el nivel ético como la frágil estabilidad del Oriente Medio. Algo que ya vimos con el bombardeo israelí de la embajada iraní en Damasco y la represalia de Teherán con un lanzamiento masivo de drones y misiles. En el caso de Palestina, sería interesante preguntarse si la OTAN pudiera desarrollar un papel de mantenimiento de la paz tras un eventual acuerdo de alto-el-fuego. ¿Lo aceptaría Israel? ¿Lo aceptarían China y Rusia?

Al mismo tiempo, no se pueden infravalorar las dificultades de los Estados miembros en coordinar sus respuestas hacia el flanco sur debido a la existencia de intereses nacionales que, en algunas circunstancias, no son compartidos o, peor aún, están en competición entre ellos.

Como he escrito recientemente, en estos años la planificación y las intervenciones, sobre todo en el Sahel, de todo tipo de actor internacional, especialmente la UE, se han caracterizado por una amplia “confusión estratégica. ¿Sabrá, y querrá, la OTAN reducir esta confusión y hacerlo mejor?
Michele Testoni
Michele Testoni
Profesor asociado de Relaciones Internationales en la School of Global and Public Affairs de la IE University
Doctor en Ciencias Políticas por la Universidad de Florencia (Italia). Antes de incorporarse en la IE University en 2013, ha trabajado en las universidades Degli Studi del Molise (2006-08), Bolonia (2008-10), John Cabot University (Italia, 2010-13) y el centro SAIS-Europe de la Johns Hopkins University como 'associate fellow' (Italia, 2010-12). Su investigacion se centra en las relaciones transatlánticas y los análisis de política exterior. Es autor del libro 'NATO and Transatlantic Relations in the 21st Century: Foreign and Security Policy Perspectives' (Routledge, 2021).
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