-
+
ULY MARTÍN

‘Mare nostrum’, retos euroatlánticos

Michele Testoni

7 mins - 8 de Marzo de 2024, 07:00

Fue justo hace unos días que la invasión rusa de Ucrania cumplía su segundo aniversario y que el parlamento de Hungría ratificaba - ¡por fin! - la adhesión de Suecia a la OTAN. También, hemos escuchado al presidente francés, Emmanuel Macron, hablar de la posibilidad de que los aliados desplieguen tropas en Ucrania para sustentar la defensa de Kiev, cuyo esfuerzo bélico parece haber llegado a un punto crítico. Una eventualidad descartada, por el momento, por los otros líderes occidentales, y a la que el presidente ruso, Vladimir Putin, ha respondido, una vez más, con la amenaza de un ataque nuclear.

Desde los últimos años del siglo XX, el centro de la región euroatlántica se ha deslizado gradualmente hacia el este del Viejo Continente; la ampliación, paralela y prácticamente simultánea, de la OTAN y la UE hacia el antiguo bloque soviético ha sido uno de los mayores éxitos de nuestra ‘política de buena vecindad’: desarrollo político, económico y social - aunque con muchas dificultades y contradicciones - para (y con) nuestros socios que estuvieron en ‘el otro lado’ del telón de acero. 

Empero, tanto un mayor número de miembros como un centro de gravedad más ‘mitteleuropeo’ terminan por producir un cuadro de prioridades estratégicas más heterogéneas, es decir, más difíciles de armonizar, y más orientadas hacia los grupos de países más numerosos y mejor coordinados entre ellos como son, de hecho, el conjunto de los Estados nórdicos y, a pesar de sus idiosincrasias, los del este

[Recibe los análisis de más actualidad en tu correo electrónico o en tu teléfono a través de nuestro canal de Telegram]

La realidad domina la agenda. La agresión de Ucrania ha sido el evento catalizador para que Europa empezara a abandonar (aunque, hay que reconocerlo, perezosamente y a regañadientes) sus largas “vacaciones estratégicas”: la contención de la Rusia de Putin es la gran prioridad de nuestro sistema de defensa colectiva; una amenaza persistente debido a la conformación de la gran llanura nordeuropea que se extiende al este del río Elba, en la que brilla la ausencia de cualquier tipo de barrera natural entre Europa central y Europa oriental - el llamado ‘embudo polaco’ (the Polish funnel). ¡Poderosa energía es la geografía! Además, la probabilidad - concreta y tóxica - de que Donald Trump vuelva a ser presidente de Estados Unidos obliga a que los europeos nos demos prisa para conseguir unas efectivas capacidades militares con las que reducir nuestra excesiva dependencia estratégica de EE.UU.

Es cierto, en el corto plazo el objetivo principal de la seguridad euroatlántica se encuentra en el ‘flanco este’: debemos continuar fortaleciendo la credibilidad de nuestro sistema de defensa colectiva y sus múltiples dominios (tierra, mar, aire y ciber); debemos seguir consolidando la protección de Lituania y Polonia e impedir que Putin utilice el ‘corredor de Suwalki’ (64 km de territorio UE y OTAN que separan Bielorrusia del enclave ruso de Kaliningrado) para ampliar la guerra; debemos prolongar nuestro apoyo a Moldova y evitar el riesgo de una reactivación del conflicto en Transnistria, donde Moscú tiene desplegadas tropas desde 1992; y debemos ser más activos en detectar y neutralizar todo tipo de injerencias (rusas, en primer lugar) en nuestros medios de información y procesos electorales. 

Sin embargo, cuando la guerra de Ucrania termine - el escenario más realista es el de un conflicto congelado, una especie de modelo coreano - será inevitable volver a tener una mirada más global y sistémica. Por eso, es imposible no darse cuenta de que en el medio y largo plazo es preciso dedicar un enfoque de igual, o incluso mayor, relevancia al ‘flanco sur’. 



El ‘Mediterráneo ampliado’ está marcado no sólo por muchos factores endémicos de fragmentación, pobreza, inestabilidad y criminalidad, sino también por el impacto creciente de variables exógenas como, en primer lugar, el cambio climático y la progresiva intervención de potencias autoritarias y antioccidentales. Esta región se caracteriza por la existencia de un llamado ‘arco de inestabilidad’, a saber, una larga e interconectada cadena de Estados políticamente frágiles que se extiende desde el golfo de Guinea y, a través de la franja del Sahel y el norte de África, llega hasta el Oriente Medio, los Balcanes y las costas del Océano Índico. Un ecosistema único, porque es aquí donde se concentran (quizás como en ninguna otra área del planeta) un conjunto de actores estatales y no estatales y una pluralidad de amenazas tradicionales y no tradicionales capaces de desestabilizar tanto la seguridad euroatlántica como la estabilidad mundial.

Existen por lo menos tres clases de riesgos que nos imponen prestar más y mejor atención al ‘flanco sur’. Primero: la militarización del mar Mediterráneo. La lucha para el poderío marítimo, un elemento constante y central para el establecimiento de una hegemonía global, pasa inevitablemente por el crecimiento del poder naval de las grandes potencias, es decir, el instrumento con el que ellas protegen sus intereses económicos y, por ende, sus rutas comerciales. Tanto China como Rusia, en su afán para ampliar sus zonas de influencia, no tardarán en intentar establecer bases navales en el Mediterráneo, un mar bisagra que conecta el mar Rojo, el mar Negro y el Océano Atlántico, creando de esta manera una ‘T marítima’ de importancia existencial. Y para que el ‘mare nostrum’ siga siendo tal, hace falta una estrategia renovada que no se limite a la defensa de lo existente - el control de sus tres accesos y las operaciones de seguridad y protección marítima como, por ejemplo, ‘Sea Guardian’ -, sino que, de manera proactiva, salvaguarde el predominio naval euroatlántico.

En segundo lugar, el resurgimiento de la mezcla explosiva de grupos armados tribales, milicias mercenarias, tráficos ilegales y radicalismo religioso. Según el Fragile State Index 2023, el Sahel y el África central son las regiones del mundo con la mayor concentración de Estados vulnerables y con los riesgos más elevados de inestabilidad y crisis, y donde se está produciendo una verdadera epidemia de golpes de Estados (diez en los últimos cuatros años, además de otros cinco intentos frustrados). Para más inri, Senegal - Estado clave de África occidental - está sumido en una situación de gran tensión e incertidumbre tras el aplazamiento de las elecciones presidenciales originariamente fijadas por el pasado 25 de febrero. Inseguridad política, incertidumbre judicial e ineficacia del Estado para defender la seguridad nacional y garantizar un orden social mínimamente estable: las ‘tres I’ del subdesarrollo político cuyas consecuencias más comunes son el empoderamiento de bandas armadas, movimientos insurreccionales, corrupción e ilegalidad sistémicas, descontento y, en resumidas cuentas, flujos migratorios hacia Europa. 

El tercer factor de riesgo que define el ‘flanco sur’ es la desertificación. Un fenómeno que no sólo depende de las consecuencias perversas del cambio climático, sino también de los efectos no deseados que afectan a las economías y sociedades de los países en desarrollo como, por ejemplo, la expansión demográfica, la sobreurbanización y el deterioro infraestructural. Además, desde el comienzo de la invasión rusa de Ucrania los países del ‘flanco sur’ están expuestos a una fuerte presión inflacionaria y una creciente escasez de oferta interna de productos agrícolas, un hecho que contribuye a intensificar su fragilidad y vulnerabilidad. 

En resumidas cuentas, es cierto que el ‘mare nostrum’ no se caracteriza por la presencia de una amenaza existencial para la defensa colectiva del espacio euroatlántico; empero, el Mediterráneo sigue reuniendo un conjunto de factores de riesgo que requieren una mayor y mejor atención por parte de toda la comunidad internacional - no sólo de la OTAN o la UE. Suponer que estas dinámicas no son prioridades o, peor, hacer la vista gorda, sería un error estratégico garrafal.
 
Read the article in English

¿Qué te ha parecido el artículo?
Participación