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OLIVIER ZUCHUAT

Sahel, la confusión estratégica europea

Alberto Bueno

9 mins - 5 de Abril de 2024, 07:00

Frente a un “Flanco Este” con la amenaza definida, el “Flanco Sur” plantea demasiadas preguntas sobre la naturaleza de las amenazas que desde allí emergen para la seguridad europea y española. Éste entraña serias dificultades para reconocer el entorno estratégico y convertir el diagnóstico de la situación en propuestas de políticas accionables. Se alude al carácter “polimorfo”, “poliédrico”, de las amenazas… Se recurre a la geometría cuando la geopolítica contiene demasiadas lagunas. Si se enfoca al Sahel, la percepción de fracaso cunde entre las cancillerías europeas, tanto nacionales —en particular, Francia— como de la propia Unión Europea, con las misiones civiles y militares en retirada. Se trata ahora de identificar lecciones y evaluar los magros resultados, con la sensación de que no se advirtió la sucesión se reveses estratégicos que se han precipitado. 

Si respecto al frente oriental europeo se habla de una calculada ambigüedad, el sur solo revela una dramática confusión estratégica. El “Flanco Este” está marcado por la amenaza de Rusia y su ambición nacional revisionista como potencial regional, donde las demarcaciones fronterizas son trinchera y agravio; una descripción ésta en exceso simplificada, pero que sirve un marco de trabajo nítido: responder a una fuerza convencional y a los modos híbridos en la zona gris. Las fuerzas armadas deben centrarse en ello. Este giro es potente, porque implica poner fin a dos décadas de operaciones “fuera de área” en misiones de estabilización o de refuerzo de la estatalidad; un debate, por cierto, ya anterior a la debacle afgana —o, seguramente, precipitada, en parte, por esta convicción—. 

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El estrés se pone ahora en la influencia que Rusia busca en el Sahel. Un despliegue de poder que estaría tras los cambios de régimen producidos en el “cinturón de golpes de Estado” —entre otros: Gambia, Mali, Burkina Faso, Níger, Chad y Sudán— y que EE.UU. no ha dudado en calificar como exitoso. Unas abruptas sustituciones de gobiernos y alianzas que han conducido a la retirada, cuando no expulsión, de los contingentes internacionales de la Unión Europea, de la ONU o nacionales —de Francia, de EE.UU.— que tenían presencia allí. El reemplazo de los otrora aliados occidentales por las nuevas compañías rusas, con el apoyo de contratistas primero y lazos institucionales después, no parecen arrojar mayor estabilidad, pero sí que parecen ser de gran utilidad para los gobiernos locales. 

Por tanto, queda replantear la aproximación de Occidente en este escenario, carente de una estrategia con objetivos delimitados ni que supo prever una evolución tal de la situación. El “Flanco Sur” enseña problemas de profundidad estratégica —¿debería la ribera meridional mediterránea concentrar los esfuerzos o acaso proyectarse hasta donde llegasen las acciones rusas?; ¿es acaso, alternativamente, el Sahel el centro de este “flanco”?—, de atribución de responsabilidad —¿qué rol, si alguno, debería asumir la UE u otras organizaciones hasta ahora secundarias como la OTAN?—, de fragilidad y legitimidad estatal —¿quién es el interlocutor válido?—, de amenazas o riesgos o desafíos o peligros —una indefinición conceptual que no es obsesión académica, sino la muestra de serias divergencias en las asunciones estratégicas occidentales—, que toman la forma de fenómenos un tanto difusos, como la inmigración irregular, los tráficos ilícitos, el terrorismo o el cambio climático —¿cómo dar respuesta eficaz a problemas percibidos como acuciantes, pero cuyo conformación es compleja, inaprensible por momentos?— y cuyo impacto —temporal, cualitativo y cuantitativo— se mueve en la mera especulación. 

La cantidad de variables que intervienen en el análisis estratégico sobre el Sahel lo convierten en un rompecabezas terriblemente complejo: una auténtica maraña de causalidades que obstaculizan la iniciativa. Peligros sistémicos provienen de la situación de inseguridad alimentaria, hídrica y medioambiental. La violencia intraestatal e intercomunitaria, el terrorismo, la represión militar y la corrupción son factores clave de la debilidad de los Estados, incapaces de controlar amplísimas extensiones de territorio y aún menos de proveer servicios públicos a la población. La fórmula que se buscó por parte de los Estados de la Unión Europea fue la de sostener a estos países con generosos programas de ayuda económica, reformas institucionales y formación de sus fuerzas armadas, con la finalidad, entre otras, de que pudieran hacer frente a grupos yihadistas; otras coaliciones ad hoc, lideradas por Francia, contribuirían directamente a este fin. 

Este modo de actuar se adaptaba muy bien a las diferentes culturas estratégicas de los Estados contribuyentes, defendiéndose como una apuesta por atacar los déficits estructurales. Más allá de las felicitaciones, el desenlace ha demostrado carencias vitales: el necesario soporte de EE.UU. para capacidades críticas, la dependencia del liderazgo francés en la región o las incoherencias de programas bajo los que se adiestraba a militares de fuerzas armadas a las que no se equipaba, por nombrar algunas. Se privilegio la relación bilateral, desde la premisa de poder contar con el consentimiento del Estado anfitrión y con la caja de herramientas de la UE, una combinación de instrumentos civiles y militares mejor adaptados que los que pudieran proveer otras organizaciones; un enfoque de manual. 

La realidad es que los pilares de las misiones de la UE han caído como un castillo de naipes: las misiones en Mali y en la región de entrenamiento militar y solo quedan de forma testimonial. Las iniciativas locales, o están desactivadas en la práctica, como el G5 Sahel —toda vez que Burkina Faso, Mali y Níger han dejado de cooperar; un G5 —, o son incapaces de tomar acción alguna, como ECOWAS. Misiones de la ONU, como la MINUSMA, ha sido desmanteladas. Además, Francia abandona la región y le siguen los demás aliados, caso de España. 

Para España, este abordaje también era bueno: implicación en su área de preocupación, en su flanco sur. Igualmente, muy cómoda con estas misiones de tipo “reforma del sector de seguridad”, aunque no cuente con una doctrina propia al respecto, tuviese importantes limitaciones en cuanto a empleo de la fuerza y despliegue, o nunca se haya explicado oficialmente por qué no se contribuyó a la ya mencionada MINUSMA. Con todo, parecía que la implicación el escenario saheliano se alineaba perfectamente con la reclamación española —como la de otros Estados europeos mediterráneos— de prestar mayor atención al “Flanco Sur”.

En general, se han aducido también cuestiones como el contagio afgano y la fatiga estratégica para explicar este fracaso europeo en la región. El sesgo por comparar con el caso de Afganistán es obvio, pero lo cierto es que resiste mal el examen, aunque solo sea por los esfuerzos en tiempo, dinero y recursos humanos comprometidos en uno y otro contexto. Respecto a la segunda, ¿qué fatiga? El despliegue en el Sahel no ha sido polémico en las opiniones públicas europeas —con la excepción de Francia en determinados momentos a consecuencia de la muerte de soldados franceses—, ni tampoco a mayor abundamiento entre los expertos, donde las razones para estar implicados en el área así fueron ampliándose, desde la respuesta antiterrorista hasta la gestión de la gobernanza. La fatiga, si acaso, habría que buscarla en las propias elites y en la coherencia entre lo expresado y el horizonte de compromiso.  

Como apuntábamos, el estrés se pone ahora en la cooptación rusa de esos gobiernos vía asesoramiento y apoyo militar mediante empresas de seguridad vinculadas al Kremlin, y cómo ha buscado la influencia a través de campañas de desinformación, explotando el clima de violencia política y los condicionantes pasados como el legado colonial francés. Se apela, desde Occidente, a la búsqueda de narrativas y modos de contrarrestar dichos discursos, aunque suena a proclama vacía que tampoco sabe por dónde “abrir brecha”. Lo interesante, no obstante, es que la presencia rusa puede contribuir a que los aliados mediterráneos conciten los apoyos de los aliados del norte, consiguiendo que el “Flanco Sur” sea más que una nota al pie en la declaración de Madrid, un working paper o una vecindad europea mal definida.

Además, la implicación rusa no ha traído más estabilidad, como maliciosamente se ha argüido, sino que ha aparejado un incremento de la violencia intraestatal en toda la región. El dilema europeo ahora es tan evidente como endiablado, y lo refleja muy bien el coronel José Luis Calvo: por un lado, una acción militar precoz para restaurar la democracia en la región requeriría la participación de actores regionales con recursos limitados y en sociedades que no lo respaldarían; por otro, una intervención más tardía, probablemente desencadenada por el colapso de algún gobierno local, podría llegar tarde para evitar consecuencias graves.

Por tanto, la tentación por titular este análisis recurriendo a los manidos “quo vadis?” o “en la encrucijada” es obvia. También el sentenciar sobre la necesidad de “mirar al largo plazo y atajar la raíz de los problemas, en lugar de destino”; un buen recurso habitual en los análisis académicos que, sin ser incierto, difícilmente constituye prescripción alguna para el policy-making. Pero lo cierto es que la situación es de tal complejidad por las razones argüidas, en absoluto desconocidas, que la UE es incapaz de articular estrategia alguna, la OTAN solo puede ofrecer un documento de reflexión tras la Cumbre de Madrid y las perspectivas nacionales fracasan sin mayor alternativa. El análisis estratégico está sumido en una terrible confusión estratégica de fines, medios y vías para abordar los problemas enrevesados que atraviesan el Sahel y el denominado “Flanco Sur”.
 
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