En política internacional, la distancia geográfica rara vez implica neutralidad. La reciente escalada bélica entre Israel e Irán, que durante doce días dejó de ser un conflicto latente para convertirse en una confrontación militar directa con ataques sobre territorio israelí y instalaciones nucleares iraníes, ha demostrado que las consecuencias alcanzan mucho más allá del Golfo Pérsico.
España, pese a su aparente lejanía, no estuvo al margen. Y aunque el alto el fuego mediado por Donald Trump ha rebajado temporalmente la tensión,
lo que sucedió en Oriente Medio no se quedó en Oriente Medio: reverberó en nuestros precios energéticos, en la cohesión de la Unión Europea y en las decisiones diplomáticas que tomamos —o que evitamos tomar—.
"Lo que sucedió entre Teherán y Tel Aviv terminara afectando al bolsillo de una pyme en Cuenca o al presupuesto de una familia en Almería"
La escalada de junio, con ataques iraníes sin precedentes sobre territorio israelí y la respuesta combinada de Estados Unidos e Israel contra las instalaciones nucleares iraníes, marcó un punto de inflexión en una guerra que hasta entonces se había librado principalmente en la sombra: mediante
proxies, sabotajes y campañas de desinformación. Lo que comenzó como una guerra por poderes se convirtió, durante esos doce días, en una guerra directa entre Estados.
El alto el fuego alcanzado demuestra que el verdadero campo de batalla no es solo físico, sino político y económico. Y ahí, España sigue teniendo mucho que perder y poco margen de maniobra si no actúa con inteligencia estratégica.
La primera consecuencia, la más directa, fue de carácter energético. Aunque España no depende del crudo iraní,
el conflicto disparó los precios globales del petróleo y el gas durante la escalada, tal como había ocurrido durante episodios similares en 2019 o en los primeros compases de la guerra de Ucrania. Las amenazas iraníes de cerrar el estrecho de Ormuz —por donde transita el 20% del petróleo mundial— provocaron un efecto dominó que encareció el transporte marítimo, presionó al alza el precio de las materias primas y tensionó los mercados. Con el alto el fuego, los precios del crudo han caído significativamente, perdiendo cerca del 12% desde el pico del conflicto, pero
la volatilidad demuestra cuán expuesta está nuestra economía a estos choques externos.
La energía sigue siendo el talón de Aquiles de cualquier economía abierta, y la española, aunque mejor posicionada que otras gracias a su red de regasificadoras y su diversificación de proveedores (Argelia, EE. UU., Nigeria), no es inmune. Durante el conflicto, el alza en los costes energéticos se trasladó al transporte, a la alimentación, a la industria manufacturera y, en última instancia, al empleo.
Lo que sucedió entre Teherán y Tel Aviv terminara afectando al bolsillo de una pyme en Cuenca o al presupuesto de una familia en Almería. Y aunque el alto el fuego ha aliviado la presión sobre los precios, la fragilidad del acuerdo mantiene el riesgo latente.
El segundo impacto es de seguridad. España, como miembro de la Unión Europea y de la OTAN, forma parte del perímetro geopolítico de Occidente. Y ese perímetro estuvo bajo amenaza durante la escalada. El aumento del riesgo de atentados por parte de grupos islamistas radicalizados, que perciben el conflicto como una lucha entre el islam y Occidente, encendió las alertas en servicios de inteligencia de toda Europa. Francia, Bélgica y Alemania reforzaron la vigilancia de sus infraestructuras críticas.
En España, la atención se centró en puntos sensibles como Ceuta, Melilla, bases militares y zonas turísticas. Las fuerzas de seguridad del Estado trabajaron con discreción, pero con preocupación creciente. No hay que olvidar que algunos de los aviones que participaron en los bombardeos de las instalaciones nucleares iraníes operan desde las bases estadounidenses en territorio español.
"La cuestión de fondo es si esta política exterior —más basada en principios que en equilibrios— está debilitando la capacidad de España para jugar un papel relevante en el tablero internacional."
En paralelo, hay una dimensión diplomática que tampoco conviene subestimar. La
política exterior española en relación con Israel y Palestina ha sido históricamente más crítica que la de otros socios europeos. El actual Gobierno denunció de forma vehemente la respuesta israelí en Gaza, alineándose parcialmente con países como Irlanda o Noruega en el reconocimiento del Estado palestino. Esto generó tensiones diplomáticas con el Ejecutivo de Netanyahu, que acusó a Pedro Sánchez de "alentar el terrorismo" con su retórica. Más allá del tono, la cuestión de fondo es si esta política exterior —más basada en principios que en equilibrios— está debilitando la capacidad de España para jugar un papel relevante en el tablero internacional.
En Bruselas, la posición española tampoco ha sido fácil. Mientras Alemania mantiene una defensa sin fisuras de Israel y Francia opta por un equilibrio pragmático, España se ha situado en una postura más ideológica que estratégica. El resultado es una creciente desconexión con los socios centrales del proyecto europeo. Y si
Europa pretende reforzar su autonomía estratégica en un mundo cada vez más multipolar, esa autonomía necesita cohesión, no disonancia.
España debe decidir si quiere ser un actor influyente o un espectador moralista.
Este dilema diplomático se cruza con un contexto más amplio: la necesidad de repensar el papel de Europa en el mundo. El conflicto entre Israel e Irán ha sido un nuevo recordatorio de que
el orden internacional liberal está en crisis. Con
Trump de vuelta en la Casa Blanca, demostrando su capacidad para mediar un alto el fuego en cuestión de horas, pero también su impredecibilidad, Estados Unidos redefine su papel. Rusia y China ganan peso. Y la fragmentación del sistema internacional obliga a los actores regionales a asumir mayores responsabilidades. Para la Unión Europea, esto implica reforzar su capacidad defensiva, energética y tecnológica. Y para España, una oportunidad: convertirse en un nodo energético renovable (si se corrigen las causas que dieron lugar al apagón del 28 de abril), un nodo logístico entre América y Europa, y un actor confiable en el vecindario sur. Pero
esa oportunidad exige visión a medio plazo y estabilidad institucional. Dos activos escasos en el clima político actual.
El alto el fuego alcanzado es inherentemente frágil. Israel ha prometido responder "contundentemente" a cualquier violación; el régimen iraní ha declarado estar completamente preparado "con los dedos en el gatillo" para responder a nuevos ataques.
Sin un acuerdo de seguimiento claramente definido, ambos países podrían estar entrando en un período de agresiones esporádicas. Y aunque el programa nuclear iraní ha sufrido un revés significativo según los bombardeos, la magnitud del daño real sigue siendo incierta, manteniendo viva la amenaza que motivó el conflicto.
En suma, la guerra entre Israel e Irán no fue una cuestión lejana ni abstracta. Afectó al coste de la energía, a la seguridad interior, a nuestra posición en el concierto europeo y a las posibilidades de que España tenga influencia real en los debates globales. El alto el fuego ha aliviado temporalmente la presión, pero
pensar que se trata de un conflicto "que no va con nosotros" sigue siendo caer en un espejismo. En el siglo XXI, la interdependencia ha abolido las distancias.
"En el siglo XXI, la interdependencia ha abolido las distancias"
España no estuvo en guerra, pero tampoco estuvo al margen. Y si quiere proteger sus intereses en un mundo que ha demostrado una vez más su inestabilidad,
debe reforzar su presencia internacional no solo con discursos, sino con inversiones, alianzas y coherencia estratégica. El tiempo de la política exterior decorativa ha terminado. Lo que está en juego no es solo la estabilidad de Oriente Medio, sino la resiliencia de nuestras propias sociedades democráticas.