El jueves pasado tuve la oportunidad de asistir a la presentación de los resultados de PISA, los mismos que hoy acaparan titulares en España y el mundo, en las oficinas de la OCDE en París. Fue una presentación sumamente interesante y al finalizar la exposición yo tenía muy clara la pregunta que quería hacerle al director de Educación: "Entonces, respecto a la IA, ¿cuál sería el principal mensaje para los
policymakers?", pregunté. Su respuesta fue simple:
"Deberíamos tener cuidado… mucho cuidado".
Y no, no fue una advertencia catastrofista y apresurada, sino una respuesta dictada por la prudencia —me atrevería a decir que por el sentido común— a la luz de las pistas que nos dejan los resultados de PISA 2025. ¿La principal de ellas? Los estudiantes que reportan usar la IA a diario obtienen, de forma sistemática, peores resultados
, entre veintitrés y veintiséis puntos menos que quienes afirman usarla poco o nunca… pero hay más.
"Los estudiantes que reportan usar la IA a diario obtienen, de forma sistemática, peores resultados"
En la edición de PISA 2025 se les preguntó por primera vez a los alumnos de 91 países y economías alrededor del mundo acerca de la frecuencia y el tipo de uso que dan a la IA para hacer sus tareas en casa. Los resultados, aunque preliminares, son sugerentes. Cuando los estudiantes usan la IA reemplazando procesos cognitivos de razonamiento y creación, tales como hacer el borrador inicial de textos, resumir lecturas o elaborar una investigación acerca de algún tema de interés, entonces
ese uso se correlaciona negativamente con el puntaje obtenido en ciencias, que cae entre diecinueve y veintinueve puntos frente a quienes nunca la utilizan (aun después de controlar por nivel socioeconómico). Esta correlación se suaviza y desaparece únicamente para los alumnos que reportan utilizar la IA como apoyo al estudio.
Puntuación media en ciencias según la frecuencia de uso de la IA para tareas escolares
Puntuación media en ciencias por categoría.
Sin ajustar Descontando el nivel socioeconómico
Y sí, correlación no implica causalidad. Los datos de uso que reportan los propios estudiantes pueden arrastrar toda clase de sesgos, pero ninguna de esas cautelas nos autoriza a mirar hacia otro lado.
No tenemos cinco años para esperar la llegada de estudios causales inequívocos; necesitamos decidir ya, ahora, el rumbo que tomará la política educativa y la pedagogía del aula respecto a la IA. Lo mínimo que deberíamos pedir es prudencia, tomar una sana distancia de una
adopción apresurada e irrestricta de la IA en los centros educativos y asumir el reto de estimular los procesos creativos más allá de la mera repetición. Si nada cambia, los estudiantes que busquen el camino fácil podrán siempre "delegar" sus tareas a la IA de turno cada tarde al volver del colegio.
"Cuando los estudiantes usan la IA reemplazando procesos cognitivos de razonamiento y creación [...] ese uso se correlaciona negativamente con el puntaje obtenido en ciencias"
La caída de los puntajes en 2025 es considerable y
ubica el desempeño en el punto más bajo desde que se realizaron por primera vez las pruebas PISA en el año 2000. En la última década, el puntaje promedio de la OCDE ha caído veintiocho puntos en lectura, veintidós puntos en matemáticas y siete puntos en ciencias. Por supuesto, sería ingenuo atribuir la fuerte caída solo a la aparición de la IA, como también lo sería pretender agotar todos los factores que podrían explicarla en este artículo. En cambio, centremos la atención en uno de ellos: los dispositivos móviles y el
uso de redes sociales.
Los resultados de PISA muestran un patrón preocupante:
en los centros educativos se destinan más horas al uso de dispositivos que las que suele ocupar el recreo, entre dos y tres horas de la jornada escolar. Y, al igual que con la IA, al analizar las respuestas de los estudiantes encontramos otra correlación sugerente: entre quienes se limitan a una hora diaria y quienes superan las cinco hay casi ochenta puntos de diferencia en ciencias, y más de uno de cada cuatro alumnos reconoce que sus compañeros se distraen con los móviles en la mayoría de las clases. Sin darnos cuenta, al introducir los dispositivos móviles tanto en el aula de clases como en el tiempo de ocio,
la pantalla poco a poco absorbe esos momentos muertos, los de aburrirse, de imaginar… esos momentos en los que las ideas se asientan y nos permitimos crear.
Ya lo decía Jonathan Haidt en su famoso libro
La generación ansiosa (2024). Entre 2010 y 2015 se produjo lo que él llama la gran reconfiguración de la infancia, el momento en que la infancia basada en el juego dio paso a la infancia basada en el teléfono, con
la privación de sueño, el aislamiento social, la fragmentación de la atención y la adicción como consecuencias. Su tesis ha generado polémica en el ámbito académico y no todos los investigadores comparten la contundencia con la que atribuye a las pantallas la crisis de salud mental adolescente, pero es un hecho que los datos que él puso sobre la mesa hace años venían apuntando en la misma dirección en la que apunta hoy PISA.
¿Qué hacer frente a todo esto? Las innovaciones digitales avanzan a pasos agigantados y la IA, como las pantallas antes que ella, ha llegado para quedarse. Y sí, nos abren posibilidades enormes de crecimiento y desarrollo. Pero
hay una etapa que no admite atajos: la de un niño, un adolescente aprendiendo a pensar por sí mismo, a analizar, a sostener una idea propia y a defenderla. ¡Protejamos ese momento! Cuidemos la inteligencia humana para sacar el máximo potencial de la artificial. Y que nos quede resonando de fondo, como recordatorio, aquella respuesta que recibí en París: debemos tener cuidado… mucho cuidado.