El Foro Cernobbio de TEHA-Ambrosetti es
un testigo privilegiado de la historia europea. Más de cincuenta ediciones lo atestiguan. Italia, que ha desempeñado un papel fundamental en la construcción y desarrollo del proyecto europeo, fue una vez más el escenario de una conversación pública global dinamizada, entre otros, por
la singular paradiplomacia italiana de la que tanto debemos aprender los españoles. Los ex primeros ministros Enrico Letta, Mario Monti o Paolo Gentiloni no solo fueron protagonistas, una vez más, de esta edición del Foro Ambrosetti, sino que articularon una auténtica conversación global y europea
made in Italy,
demostrando el porqué del alcance de la influencia italiana en la Unión.
Comparto algunas conclusiones y reflexiones tras sumar decenas de horas hablando y escuchando a lo largo de tres días a ministros o primeros ministros, directivos empresariales, diplomáticos, periodistas o académicos europeos, asiáticos, africanos o americanos, y respetando el compromiso Chatham House de los asistentes. Y lo hago con una visión muy clara:
los europeos somos una superpotencia a pesar del victimismo que nosotros mismos hemos tejido sobre nuestro propio debate público.
Henry Huiyao Wang, fundador y presidente del Center for China and Globalization. Foto: TEHA-Ambrosetti
La Unión Europea, la superpotencia amable
Las narrativas solo pesimistas y negativas y las previsiones catastrofistas que critican y destruyen el diseño europeo no se basan en evidencias:
somos una superpotencia, además de amable, constructora de la paz, y por eso nacimos, capaz de conjugar prosperidad económica y un bienestar sin comparación en el mundo. Lo hacemos, además, con un músculo financiero basado en economía productiva, con 34 millones de pequeñas y medianas empresas que generan 6 billones de euros en valor añadido, con exportaciones cercanas a los 9 billones de euros, y acaparando el 27% del comercio mundial frente al 15% de EE. UU. o el 13% de China. Somos la superpotencia en la que se registra una de cada dos grandes patentes mundiales en diez sectores clave, incluyendo, por ejemplo, el 40% de las patentes vinculadas a las tecnologías del agua, y donde nacieron otras tecnologías como el GSM o la World Wide Web.
La innovación claro que tiene sello europeo.
Y, además, no trituramos a los nuestros
EE. UU. convive con 44 millones de personas (el 12%) bajo el umbral de la pobreza. En la Unión Europea esa cifra se reduce a la mitad.
El índice de Gini, que mide la desigualdad, en Estados Unidos es casi un 50% más alto que en la Unión Europea. Y mientras los europeos tenemos reconocida en nuestra Carta de Derechos Fundamentales la salud, en Estados Unidos su acceso está condicionado a la disponibilidad económica.
La Unión Europea vale mucho, y vale mucho la pena.
Nuestros enemigos son internos. Y, a veces, nosotros mismos
Nuestros enemigos son internos. Y, a veces, nosotros mismos. Un ejemplo explicado por un
insider comunitario: si un empresario exportara materia prima secundaria (por ejemplo, papel) desde Italia hacia Alemania, la carga saldría clasificada legalmente como "fin de residuo" (
end-of-waste). Pero al cruzar la frontera, Alemania no reconocería esa etiqueta, lo que la catalogaría como simple "basura" y bloquearía el camión.
La balcanización normativa paraliza la economía.
A esto se suma
el veneno del patriotismo disfrazado del teatro político del "interés nacional". Uno de los hombres con más cicatrices acumuladas en Bruselas explicaba la anécdota con ironía: ministros y jefes de gobierno de todo signo acudían en privado a su despacho a rogarle que, por favor, la Comisión prohibiera de manera fulminante alguna ayuda de Estado que ellos mismos acababan de prometer con gran pompa en campaña electoral.
"No sabe lo contento que me haría si usted lo prohibiera, porque eso es tirar el dinero por la ventana", le confesaban a veces. Pero, de inmediato, el gobernante de turno añadía la advertencia:
"Eso sí, cuando usted lo vete, no me pida que no me enfade públicamente". Tendré que disparar contra la Comisión y contra usted con toda la artillería, porque ya he declarado ante mi electorado que esto es de vital interés nacional".
"Ministros y jefes de gobierno de todo signo acudían en privado a su despacho a rogarle que, por favor, la Comisión prohibiera de manera fulminante alguna ayuda de Estado"
Esta impostura teatral tiene
costes reales, muy pesados, que siempre acaba pagando el mismo ciudadano. Lo vimos, por ejemplo, en el prolongado drama de Alitalia, cuando el fetiche de la "italianidad" saboteó un acuerdo de fusión a tres bandas con Air France (Francia) y KLM (Países Bajos), para acabar asumiendo una factura pública astronómica por el mero orgullo de las siglas. O en la obstinación por defender durante dos décadas, como explicaba otro conocedor de la política comunitaria, los privilegios de los balnearios playeros locales frente a las directivas comunitarias, operando, además, de espaldas al mercado único
bajo la falsa bandera de la soberanía nacional.
Arancha González Laya, decana de la Escuela de Asuntos Internacionales de París (PSIA). Foto: TEHA-Ambrosetti
El complejo de Calimero y el populismo de vuelo corto
Esa retórica victimista no es más que
el "complejo de Calimero". Un populismo de vuelo corto que convence a la ciudadanía de que somos superiores, pero de que nadie nos respeta, alimentando un resentimiento estéril para construir una visión nacional de mirada estrecha.
Hay quien prefiere mantener a los ciudadanos como rehenes de clientelas políticas electorales antes que procurar su verdadero progreso económico a escala continental.
"Hay quien prefiere mantener a los ciudadanos como rehenes de clientelas políticas electorales antes que procurar su verdadero progreso económico a escala continental"
Y la realidad es que
la defensa del soberanismo dinamita el mismo engranaje que sostiene su prosperidad. Un
mercado único desprovisto de un árbitro central fuerte, sin la primacía de la justicia europea y de la Comisión para sancionar las violaciones de las reglas, dejaría de existir al día siguiente. Los mismos empresarios que hoy generan la riqueza del continente quedarían expuestos a medidas proteccionistas nacionales cruzadas y arbitrarias, imposibles de frenar. Es el viejo truco del
divide et impera,
el mismo mapa de fractura que Vladímir Putin o Donald Trump celebran desde el exterior para debilitar al continente.
Por eso, mientras cae la tarde en Cernobbio, las palabras de François Mitterrand ante el Parlamento Europeo,
"el nacionalismo es la guerra", dejan de sonar a retórica de bronce para convertirse en una advertencia de física política elemental. Y por eso, la divisa de Albert Camus es en la práctica el único patriotismo verdadero y maduro:
"Amo demasiado a mi país para ser nacionalista".
Tenemos una hoja de ruta, solo falta aplicarla
Frente a este "complejo de Calimero", el victimismo populista que nos inocula el falso resentimiento de no sentirnos respetados en el mundo,
urge aplicar la receta acordada: el plan "Un Mercado, Una Europa", con una cuarentena de medidas vitales antes de finales de 2027. Una de las joyas de la corona será el código corporativo único que permitirá a las empresas operar sin fricciones por los 27 Estados miembros. Además, hay que completar la
Unión de Ahorros e Inversiones,
canalizando los 100 billones de euros de las familias europeas hacia nuestra propia reindustrialización.
Mario Monti, ex primer ministro y exministro de Economía de Italia. Foto: TEHA-Ambrosetti
Próxima parada: Barcelona
El supuesto declive europeo es
un estado mental, no una realidad estadística. Quizá el mayor recurso de Europa no se encuentra bajo tierra, pero reside en el talento, la creatividad y las habilidades de nuestros ciudadanos. Y en nuestros propios valores.
Europa no se defiende hoy administrando un pasado glorioso, sino aprovechando el mayor privilegio competitivo del planeta. Por eso, lo mejor podría estar por llegar.
"Europa no se defiende hoy administrando un pasado glorioso, sino aprovechando el mayor privilegio competitivo del planeta"
Aunque las relaciones entre el Gobierno de España e Italia no pasan por su mejor momento,
la alianza entre Madrid y Roma, haciendo escala en Barcelona y Milán, es una estrategia europea ganadora. Y si al eje hispano-italiano le sumáramos las capacidades que representa Polonia,
multiplicaríamos aún más nuestra capacidad europea.
De todo ello, de la competitividad europea y de las oportunidades para España, hablaremos en más profundidad en el
Simposio de Salud y Competitividad que hemos organizado conjuntamente beBartlet y TEHA-Ambrosetti, con Agenda Pública como medio colaborador, el próximo 27 de noviembre en el CosmoCaixa en Barcelona.
Una parada obligada en España para seguir desarrollando la superpotencia europea que no merece ya más victimismo.
Vista aérea del lago de Como a la altura de Cernobbio. Foto: TEHA-Ambrosetti