Miércoles, 26 de agosto de 2026
DISPUTAS ARANCELARIAS

La doctrina Carney ante su primera prueba de resistencia

Los aranceles del 50% de Donald Trump y la ruptura de las negociaciones con Canadá suponen un duro examen para la estrategia del primer ministro canadiense, Mark Carney. El consejero de 'Agenda Pública' Toni Timoner examina por qué Ottawa ha fijado la soberanía como línea roja, cómo intenta diversificar sus dependencias y qué puede aprender Europa de una relación con EE. UU. en la que la previsibilidad ya no está garantizada.

Toni Timoner Toni Timoner 26 de agosto de 2026
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Mark Carney (izquierda) junto a Donald Trump en la última cumbre del G7 en Évian (Francia). | Christopher Katsarov / Zuma Press / Europa Press
Mark Carney (izquierda) junto a Donald Trump en la última cumbre del G7 en Évian (Francia). | Christopher Katsarov / Zuma Press / Europa Press
El martes, Donald Trump anunció un acuerdo comercial con Canadá. Lo hizo a su manera, escribiendo "DEAL" en mayúsculas en su red social y aplazando tres días la entrada en vigor de nuevos aranceles mientras se ultimaban los papeles. El viernes no había acuerdo. El sábado, Estados Unidos empezó a aplicar aranceles del 50% a unos 20.000 millones de dólares de importaciones canadienses; Mark Carney respondió anunciando represalias equivalentes a partir del 8 de septiembre. Y este lunes Trump subió la apuesta al amenazar con extender, a partir de enero, el arancel del 50% a automóviles, camiones, componentes y acero. Entre la victoria proclamada y la guerra comercial mediaron cuatro días. Pocos deals han envejecido tan rápido.

En enero analicé en estas páginas lo que denominé la doctrina Carney, un liberalismo nacional que no renuncia a la apertura económica, pero asume que la globalización se ha vuelto un lugar más áspero. Su receta consiste en reforzar la economía nacional, diversificar dependencias y tratar con Trump sin teatro ni genuflexión. Agosto ofrece la primera prueba seria de esa tesis.

"La doctrina Carney consiste en un liberalismo nacional que no renuncia a la apertura económica, pero asume que la globalización se ha vuelto un lugar más áspero"
Canadá no se levantó de la mesa por orgullo. Había ofrecido mucho. El acuerdo contemplaba rebajar los aranceles estadounidenses al automóvil canadiense del 25% al 15%, con recortes sustanciales en acero y aluminio. La ruptura llegó cuando Washington cambió las reglas a mitad de partida e introdujo dos exigencias de otra naturaleza. La primera, según las informaciones disponibles, pretendía dar a Washington capacidad de condicionar futuros acuerdos comerciales canadienses. La segunda, según informaciones de prensa que ni Ottawa ni Washington han confirmado, reclamaba un derecho de tanteo sobre los minerales críticos canadienses. Ninguna de las dos es arancelaria. La negociación había pasado de centrarse en las condiciones del comercio a focalizarse en quién fija estas condiciones de manera soberana. Para Carney esa era la línea roja y por ese motivo se levantó de la mesa.


Conviene entender qué persigue realmente la política comercial de Trump. No se trata de proteger sectores ni de cerrar déficits. Vista en su conjunto, es una suerte de doctrina Monroe —que él llama Donroe— en versión económica, con el hemisferio americano como coto privado de los intereses estadounidenses y sus recursos estratégicos como activos de Washington. La exclusividad exigida sobre el petróleo venezolano y la exigida sobre los minerales canadienses responden al mismo principio. Canadá es el caso más claro porque es el más cautivo. En 2025 destinaba todavía el 72% de sus exportaciones de bienes a EE. UU., con un comercio bilateral de bienes y servicios superior a 870.000 millones de dólares. Son dos economías que llevan décadas fabricando juntas, con cadenas especialmente entrelazadas en automoción, energía, agricultura y manufacturas. Que la amenaza de enero apunte al automóvil no es casualidad porque es el sector donde la frontera menos importa y donde el daño se reparte a ambos lados de ella.

"En 2025, Canadá destinaba todavía el 72% de sus exportaciones de bienes a EE. UU., con un comercio bilateral de bienes y servicios superior a 870.000 millones de dólares"
El golpe es serio y aun así acotado. Afecta aproximadamente al 5% de las exportaciones canadienses a los EE. UU. Y el propio decreto revela las prioridades de Washington y los límites de su coerción, pues quedan exentos la energía, la potasa y los minerales críticos, es decir, exactamente aquello que la economía estadounidense necesita comprar a Canadá. El arancel sirve para exhibir dureza ante su electorado, mientras la lista de exenciones muestra dónde está la dependencia real. Los números tampoco sostienen la queja que dio origen a esta guerra comercial. El déficit estadounidense con Canadá en bienes rondó en 2025 los 48.000 millones de dólares (apenas un 0,2% del PIB americano y menos de la mitad si se cuentan los servicios, donde EE. UU. tiene superávit) y se debe por entero a la energía. Si se excluyen el petróleo y el gas, EE. UU. vende a Canadá más de lo que le compra, con un superávit de tamaño similar. Dicho de otro modo, el "déficit" del que Trump se queja consiste en que Canadá vende petróleo con descuento a las refinerías del Medio Oeste. Pocas guerras comerciales se han declarado por un agravio tan endeble.


De ahí que la diversificación sea el corazón del proyecto Carney. No pretende sustituir el mercado estadounidense, algo imposible y económicamente absurdo, pero sí trata de reducir la concentración lo bastante como para ensanchar el margen de decisión propio. Y hay avances tangibles. La ampliación del oleoducto Trans Mountain ha elevado su capacidad hasta unos 890.000 barriles diarios (aproximadamente una sexta parte de la producción nacional) y abre al crudo canadiense la salida por el Pacífico. China se convirtió en 2025 en el principal comprador de ese crudo transportado por Trans Mountain, con unos 207.000 barriles diarios frente a los 7.000 de media de la década anterior. El sistema alcanzó este verano su plena capacidad por primera vez y Ottawa estudia nuevas salidas hacia Asia, mientras acelera la aproximación comercial a China, negocia con India y despliega la estrategia de infraestructuras que Carney denomina nation-building.

"El «liberalismo nacional» de Carney no es autarquía ni proteccionismo clásico, sino el intento de mantener una economía abierta podando las concentraciones que estrechan la capacidad de decisión del Estado"
Sin embargo, cambiar la dependencia de Washington por la de Pekín no resuelve la situación, porque China practica exactamente el tipo de coerción económica que Ottawa denuncia ahora en su vecino, y su control de ciertas cadenas de suministro es una vulnerabilidad para todo Occidente. Para una potencia media, la estrategia sensata no consiste en elegir de quién depender, sino en no depender demasiado de nadie. Ahí reside lo más relevante del "liberalismo nacional" de Carney, que no es autarquía ni proteccionismo clásico, sino el intento de mantener una economía abierta podando las concentraciones que estrechan la capacidad de decisión del Estado. La dependencia, además, no va en un solo sentido. Canadá depende del mercado estadounidense, pero posee petróleo, gas, potasa, electricidad y minerales que los EE. UU. no pueden sustituir a corto plazo, como reconocen, implícitamente, las exenciones del propio decreto arancelario.


La asimetría es enorme, pero no absoluta, y por eso Washington necesita exprimir todas las palancas de presión disponibles. El año pasado, Trump había construido buena parte de su muro arancelario sobre la IEEPA, la ley de poderes económicos de emergencia de 1977 concebida para sancionar a adversarios, pero en febrero el Tribunal Supremo dictaminó que no autorizaba al presidente a imponer aranceles. La Administración respondió desempolvando la casi olvidada sección 338 de la Tariff Act de 1930, que permite gravámenes de hasta el 50% contra países considerados discriminatorios con un simple preaviso de treinta días, lo que denota cierta desesperación de la Casa Blanca por rebuscar resquicios legislativos ante los reveses judiciales.

Y ello erosiona un bien más valioso que cualquier arancel, la previsibilidad. El T-MEC, el acuerdo comercial entre EE. UU., México y Canadá, sigue formalmente vigente, pero un tratado comercial al que se le superponen aranceles sectoriales y medidas unilaterales deja de servir para lo único que de verdad ofrece un tratado, la certeza de que las reglas de hoy regirán mañana. Para una empresa importa el nivel del arancel; importa más saber si la inversión de hoy seguirá amparada dentro de cinco años. Carney lo ha dicho sin rodeos. EE. UU. ha cambiado y la antigua relación no volverá. Canadá debe organizarse no a la espera del regreso del socio previsible, sino asumiendo que la incertidumbre estadounidense llegó para quedarse.

"Canadá debe organizarse no a la espera del regreso del socio previsible, sino asumiendo que la incertidumbre estadounidense llegó para quedarse"
El calendario electoral estadounidense añade su propia ironía. Las elecciones de mitad de mandato se celebran el 3 de noviembre y Trump llega tocado. La encuesta de Reuters/Ipsos del 17 de agosto situaba su aprobación en el 33%, mínimo de su presidencia, con los demócratas ligeramente por delante en gestión económica. Una Casa Blanca con poca paciencia para negociaciones prolongadas y necesitada de mantener movilizado a su electorado busca obtener victorias escenificables. Pero esa misma presión juega a favor de Ottawa. Trump ya contribuyó decisivamente a la victoria electoral de Carney de 2025 al juguetear con la fantasía de anexionar Canadá, y la nueva escalada vuelve a cerrar filas en Canadá. Los conservadores de Pierre Poilievre no piden a Carney que ceda; antes de la ruptura de las negociaciones le reprochaban haber cedido demasiado. Sobre las líneas rojas frente a Washington, en Ottawa hay más consenso que sobre casi cualquier otro asunto.


Nada de esto garantiza que la estrategia funcione. Canadá sigue extraordinariamente expuesto, y lo estará mientras el movimiento MAGA ocupe la Casa Blanca, con Trump o con un sucesor. La novedad es que Ottawa parece haber aceptado el envite en lugar de intentar disolverlo a base de concesiones sucesivas. De eso trataba, en el fondo, la doctrina Carney. Como ya indiqué en enero, su estrategia no promete la victoria, pero sí cierta dignidad.

Europa haría bien en tomar nota, y no solo por empatía, porque los Veintisiete afrontan el mismo dilema con otra aritmética. La UE destina a EE. UU. en torno a una quinta parte de sus exportaciones de bienes, frente al 72% canadiense, y eligió el verano pasado un camino diferente, aceptando un arancel general del 15% a cambio de promesas de inversiones y compras de energía que, por ser declaraciones de intenciones de empresas privadas, Bruselas no puede garantizar que se cumplan. No son estrategias directamente comparables, pero plantean la misma pregunta: cuánto debe conceder una economía abierta para comprar previsibilidad y cuánto vale esa previsibilidad cuando las reglas pueden volver a cambiar. Canadá es el laboratorio extremo porque no puede elegir a su vecino ni prescindir de él. Puede, sin embargo, reducir lentamente el coste de contrariarlo. Esa, más que cualquier victoria en una negociación concreta, será la verdadera prueba de la doctrina Carney.
Toni Timoner
Toni Timoner
Economista de riesgo global y consejero de Agenda Pública
Participación