Martes, 18 de agosto de 2026
OPINIÓN

La elección presidencial que más necesitábamos es la que nunca tuvimos

El columnista de 'The New York Times' Ezra Klein contrapone las visiones de Barack Obama y Donald Trump sobre Estados Unidos: una nación entendida como proyecto democrático frente a otra basada en la fuerza y el poder. 'Agenda Pública' recoge en exclusiva en español este análisis del diario estadounidense.

Ezra Klein Ezra Klein 12 de julio de 2026
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Barack Obama fue el 44º presidente de EE. UU., Donald Trump el 45º y posteriormente el 47º. | Marianique Santos / Zuma Press / Europa Press
Barack Obama fue el 44º presidente de EE. UU., Donald Trump el 45º y posteriormente el 47º. | Marianique Santos / Zuma Press / Europa Press
No quiero que se derogue la Vigesimosegunda Enmienda. Pero admito que me frustra que nos haya privado de la campaña electoral que Estados Unidos necesitaba: una confrontación directa entre Barack Obama y Donald Trump.

Obama y Trump son tan radicalmente opuestos que podrían parecer personajes salidos de una novela de Dickens. Su división filosófica se manifiesta también en el temperamento, la forma de hablar e incluso el físico. Obama es delgado, disciplinado, deliberativo y contenido. Trump es corpulento, grandilocuente, ostentoso e incontenible. Obama se define por un autocontrol sobrehumano y por sus —exageradas— siete almendras ligeramente saladas antes de acostarse; Trump, por unos apetitos sobrehumanos: de atención, fama, dinero, mujeres y poder.

"No tendremos una campaña que enfrente a estos dos hombres y las dos concepciones que encarnan, pero durante las últimas semanas se ha desarrollado una versión indirecta de ese debate"
Pero la diferencia más profunda entre ambos —lo que representan más allá de sí mismos— reside en sus visiones contrapuestas sobre aquello que hace grande a Estados Unidos e incluso sobre aquello que hace que Estados Unidos sea Estados Unidos. No tendremos una campaña que enfrente a estos dos hombres y las dos concepciones que encarnan, pero durante las últimas semanas se ha desarrollado una versión indirecta de ese debate. Quienes sucedan políticamente a Obama y Trump deberían tomar nota.


El 18 de junio, Obama celebró la apertura del Centro Presidencial Obama, en Chicago, con un discurso en el que expuso su visión de Estados Unidos. "Ahora que faltan pocas semanas para el 250.º aniversario de Estados Unidos, merece la pena recordar lo radical que era en 1776 la idea misma del autogobierno", afirmó. "Hasta entonces, la historia de la humanidad había sido una historia de conquistas, castas y jerarquías rígidas; un mundo en el que los fuertes dominaban a los débiles, el poder, la riqueza y el estatus se transmitían por linaje y la mayoría era gobernada por unos pocos".

Obama continuó:

"Al formar nuestra unión, los fundadores quedaron terriblemente lejos de cumplir la promesa de la Declaración: mantuvieron intacta la esclavitud y permitieron que los estados restringieran el derecho de voto a los hombres blancos propietarios. Pero, al redactar una Constitución y una Carta de Derechos, sí tuvieron la previsión y el genio de proporcionarnos un marco que permite a cada generación hacer más perfecta nuestra unión.

"Y, durante más de dos siglos, mediante peticiones y protestas, marchas y huelgas, llamamientos morales desde el púlpito y conversaciones alrededor de la mesa familiar, hombres y mujeres de todas las condiciones, colores, religiones y regiones asumieron la causa de la democracia y la hicieron suya, hasta que «Nosotros, el pueblo» pasó a incluir no solo a algunos de nosotros, sino a todos".

"Estados Unidos es un proceso, no un lugar; quienes creen en él son quienes trabajan para hacer realidad su visión radical"
Estados Unidos no solo nació. Estados Unidos se hizo. Una parte del genio político de Obama ha consistido en su capacidad para presentar a quienes intentaron —e intentan— construir Estados Unidos y obligarlo a ajustarse a sus ideales como los verdaderos herederos de la tradición estadounidense. En una época en la que casi todos los políticos llevaban una insignia de la bandera en la solapa, ofreció una visión alternativa de lo que significaba creer en el país. Estados Unidos es un proceso, no un lugar; quienes creen en él son quienes trabajan para hacer realidad su visión radical.


Esta concepción del país está grabada en uno de los laterales de su centro presidencial. Las palabras proceden del discurso que pronunció con motivo del 50.º aniversario de la marcha por el puente Edmund Pettus, en Selma, Alabama.

"Vosotros sois Estados Unidos", puede leerse. "Sin las limitaciones de los hábitos y las convenciones. Sin quedar atrapados por lo que es, preparados para alcanzar lo que debería ser. Porque en todos los rincones de este país hay primeros pasos que dar, nuevos territorios que recorrer y más puentes que cruzar. Estados Unidos no es el proyecto de una sola persona. La palabra más poderosa de nuestra democracia es «nosotros». «Nosotros, el pueblo». «Venceremos». «Sí, podemos». Esa palabra no es propiedad de nadie. Pertenece a todos. Qué tarea tan gloriosa se nos ha encomendado: tratar continuamente de mejorar esta gran nación nuestra".

Como sugiere la elección de ese discurso, Obama se considera heredero de una larga tradición política que ha otorgado a Estados Unidos un significado que no poseía en sus orígenes. Como escribe mi colega Jamelle Bouie: "Leer las palabras de los estadounidenses negros, libres y esclavizados, es ver la Declaración en movimiento; verla como un documento vivo con un significado que va mucho más allá de las circunstancias de la independencia estadounidense. Y es comprobar que ese significado fue creado: construido por personas con una percepción íntima y fundamental de lo que significaba la libertad y de lo que exigía".

"Era una veneración de la capacidad de los fuertes para dominar a los débiles, no de los débiles que se unen para imaginar una nueva forma de fuerza"
El contraste con el enfoque de Trump ante el 250.º aniversario ha sido marcado. Trump situó en el centro de las celebraciones el UFC Freedom 250, un combate dentro de una jaula instalado en el jardín de la Casa Blanca. Era una veneración de la capacidad de los fuertes para dominar a los débiles, no de los débiles que se unen para imaginar una nueva forma de fuerza.


El discurso de Trump en la Gran Feria Estatal Estadounidense, celebrada en el National Mall de Washington para inaugurar los festejos, también giró alrededor de la idea de la fuerza recuperada de Estados Unidos. "Nunca ha existido nada como los Estados Unidos de América y, juntos, los estamos haciendo más grandes, mejores, más fuertes y mucho más excepcionales que nunca", afirmó.

Estados Unidos, continuó Trump, había estado a punto de desaparecer. "Como sabéis muy bien, hace poco éramos un país muerto. Estábamos muertos. Ahora somos el país más pujante del mundo. Todo el mundo nos respeta. Ya nadie se ríe de nosotros. Hace dos años se reían. Ahora somos los más respetados del mundo".

Hace dos años, poco había cambiado en la economía estadounidense. El mundo admiraba más a Estados Unidos que en la actualidad. Entonces, ¿qué ha conseguido exactamente Trump? Ha arrebatado el poder a quienes pretendían cambiar Estados Unidos.

"Al igual que aquellos patriotas de 1776, durante los últimos diecisiete meses hemos recuperado el poder de manos de esa clase política distante", afirmó. "Están intentando recuperarlo, pero no va a ocurrir. Hemos recuperado nuestra soberanía, recobrado nuestra libertad, restaurado nuestra prosperidad y salvado nuestro país en todos los sentidos. Una vez más, estamos poniendo en primer lugar algo llamado Estados Unidos".

"El mundo admiraba más a Estados Unidos que en la actualidad. Entonces, ¿qué ha conseguido exactamente Trump?"
Después, por supuesto, Trump publicó documentos financieros que mostraban que su patrimonio neto había aumentado en 2.200 millones de dólares durante su primer año de regreso a la presidencia. Eso es lo que Trump pone realmente en primer lugar: a sí mismo, su poder y su riqueza. En su Estados Unidos, los fuertes dominan a los débiles, la riqueza y el estatus se transmiten mediante linajes dinásticos y él es el más fuerte de todos.


Pero las fuerzas progresistas estadounidenses han comprendido desde hace mucho tiempo que los ideales de Estados Unidos pueden convertirse en una trampa para quienes los traicionan. Y Trump los ha traicionado. Lo que los demócratas no han sabido hacer, al menos desde Obama, es activar esa trampa.

El dominio de Trump sobre el panorama posterior a Obama ha llevado a muchos demócratas a abandonar el optimismo del obamismo. Si la política de Obama nos condujo hasta Trump, ¿de qué sirvió realmente?

Pero esa es la lección equivocada. Desde Obama, Trump se ha enfrentado a una serie de candidatos demócratas que no supieron contar la historia de Estados Unidos como él y que, con frecuencia, ni siquiera lo intentaron. Se ha enfrentado a una izquierda que consideraba ingenua la fe de Obama en el país, que buscaba una confrontación más directa y constante con nuestros pecados que con nuestras esperanzas y que hablaba más de nuestros villanos que de nuestros héroes.

Aun así, el historial de Trump a la hora de convertir al pueblo estadounidense a su causa ha sido pobre. Perdió el voto popular en 2016. Perdió tanto el voto popular como las elecciones en 2020. Y, aunque recuperó la Casa Blanca y el voto popular en 2024, favorecido por la inflación, su popularidad se desplomó rápidamente hasta situarse entre las más bajas registradas por un presidente moderno a estas alturas de su segundo mandato.

"Hay margen para recuperar frente a Trump no solo el relato de Estados Unidos, sino también la definición de lo que significa ser un buen estadounidense"
Hay margen para recuperar frente a Trump no solo el relato de Estados Unidos, sino también la definición de lo que significa ser un buen estadounidense. Obama ve claramente una posibilidad política en la venalidad y la indecencia de Trump. Entrelazó su discurso con un elogio de unos valores que, según cree, todavía unen a la mayoría de los estadounidenses:


"La creencia de que las cualidades del carácter —la honestidad, la integridad, la bondad, la compasión y el sentido del deber y del honor— importan en nuestra vida pública tanto como en nuestra vida privada.

"Estos son los valores y las tradiciones en los que creo, y no son valores republicanos ni demócratas. Son valores estadounidenses que todos podemos compartir, independientemente del partido; valores que todos los presidentes aquí presentes, por distintos que seamos, hemos intentado defender lo mejor posible; valores en los que John McCain y Mitt Romney creían tanto como yo.

"Esta es nuestra mayor herencia, la historia de Estados Unidos en su mejor versión, porque refleja una fe básica en la decencia de nuestros conciudadanos y en la posibilidad de que, pese a todas nuestras diferencias, podamos vernos, comprendernos y unirnos en torno a una causa común".

¿Tiene razón? Cuando CNN preguntó por la valoración de todos los presidentes estadounidenses vivos, Obama encabezó la lista, con un 57% de aprobación. Trump languidece en el 34%. En las próximas contiendas electorales, los demócratas todavía tendrán mucho que aprender de Obama y los republicanos quizá descubran que necesitan desaprender muchas cosas de Trump.

Este artículo se publicó originalmente en The New York Times y ha sido traducido por Agenda Pública

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Ezra Klein
Ezra Klein
Columnista del 'New York Times' donde también es el presentador del podcast "The Ezra Klein Show"
Es el presentador del pódcast "The Ezra Klein Show" y autor de 'Por qué estamos polarizados' y, junto con Derek Thompson, de 'Abundancia'. Anteriormente, fue fundador, director y posteriormente editor general de 'Vox'. Antes, trabajó como columnista y editor en 'The Washington Post', donde fundó y dirigió la sección Wonkblog.
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