La pelota comienza hoy a rodar en
un Mundial sin precedentes. Por primera vez en toda su historia, el Mundial se juega dentro de las fronteras de tres Estados diferentes:
Estados Unidos, México y Canadá, la traducción futbolística del acuerdo comercial
T-MEC.
La cita, además, estrena
una ampliación en el número de selecciones participantes que diluye, de manera definitiva, la histórica hegemonía del continente europeo. Aunque esta dilución es principalmente cuantitativa,
no implica necesariamente una redistribución equivalente del poder económico o institucional en el fútbol global.
Esta reestructuración coincide simbólicamente con
el sexagésimo aniversario del Mundial de Inglaterra 1966; una edición marcada por el boicot unánime del fútbol africano, motivado precisamente por
la profunda desigualdad en el reparto de las plazas de clasificación internacional.
El boicot africano de 1966
El descontento del continente africano con el reparto de los cupos de clasificación desembocó en
un boicot unánime al Mundial de 1966. Como consecuencia de un marcado eurocentrismo, la FIFA adjudicó a las naciones europeas diez de las dieciséis plazas disponibles para la Copa del Mundo, mientras que América Latina obtuvo cuatro y Centroamérica y el Caribe recibieron una;
el billete restante se lo tuvieron que disputar África, Asia y Oceanía. Además, la Confederación Africana de Fútbol (CAF) había expulsado de la organización al régimen de
apartheid de Sudáfrica, pero la FIFA le permitió competir en el grupo de Oceanía. Esto tampoco gustó a los representantes africanos.
"Conseguir representación en uno de los mayores escaparates internacionales suponía la culminación de las metas políticas de un territorio que acababa de iniciar su descolonización"
La CAF consideró que esta distribución era
una flagrante injusticia, así que pidió a la FIFA que, en nombre de la igualdad y el
fair play, se le asignara una plaza directa en la fase final, rebajando el número final de Europa a nueve. La CAF se había formado en 1957 y, con casi diez años activa, ya contaba con dieciséis selecciones capaces de participar en el Mundial. Más allá de lo deportivo,
conseguir representación en uno de los mayores escaparates internacionales suponía la culminación de las metas políticas de un territorio que acababa de iniciar su descolonización frente a los imperios europeos. La FIFA no se mostró a favor de otorgar esa plaza directa a África, así que la CAF decidió no participar.
El boicot tuvo sus efectos. Para el Mundial de 1970,
la CAF obtuvo una plaza directa para sus equipos, pero la hegemonía de las selecciones europeas se mantuvo incluso tras la expansión de dieciséis a veinticuatro equipos implementada en
el Mundial de España, en 1982.
El dominio de Europa no cayó por debajo del 50% de los cupos totales hasta el torneo de 1998.
Este año, por primera vez desde la edición inaugural de 1930,
el fútbol europeo registra su menor porcentaje relativo de naciones participantes, lo que consolida una Copa del Mundo con
un carácter marcadamente más global.
La final del año 1966 se disputó entre Alemania e Inglaterra y le dio a los ingleses su primer y único título mundialista.
El Mundial de 2026
La presente edición de la Copa del Mundo, bajo la dirección de Gianni Infantino, consolida
una nueva expansión en el formato del torneo al incrementar el cupo de competidores de 32 a 48 selecciones. Aunque esta reestructuración garantiza un aumento evidente en el volumen de partidos y en los beneficios económicos derivados, también hay
un trasfondo de naturaleza geopolítica, lo que conecta de forma directa con las reivindicaciones que motivaron el boicot africano de 1966.
"La gestión de la FIFA se alinea con la apertura de espacios de representación hacia el sur global"
En un orden internacional cada vez más fragmentado y multipolar,
la gestión de la FIFA se alinea con la apertura de espacios de representación hacia el sur global, que, lejos de ser un bloque homogéneo, responde a dinámicas e intereses diferentes. La transformación más drástica de este nuevo reparto se concentra en el continente africano, que
duplica su presencia al pasar de cinco a diez representantes. No es de extrañar, ya que la CAF tiene tan solo una federación menos que Europa.
La tendencia relevante es
la mayor permeabilidad del torneo a selecciones históricamente periféricas, lo que amplía la visibilidad internacional de numerosos Estados, aunque sin garantizar un impacto estructural en su posición dentro del sistema global del fútbol. En este Mundial veremos jugar a selecciones como la de Argelia, Egipto, Cabo Verde o la República Democrática del Congo,
que no participaba desde 1974, cuando lo hizo bajo el nombre de Zaire.
Este protagonismo deportivo se inserta, de nuevo, en
un contexto político. África vuelve a ser una de las regiones centrales en la geopolítica actual. Aunque el proceso de descolonización haya finalizado, sigue siendo
una región con una alta intervención extranjera debido a su cantidad de recursos estratégicos, esenciales para el comercio y el desarrollo económico internacional.
Asimismo, en la práctica, la FIFA opera bajo
una lógica de democracia representativa donde cada federación nacional posee un voto, independientemente de su peso histórico o económico. Sin embargo, la igualdad formal coexiste con una asimetría estructural, ya que
el fútbol europeo sigue concentrando los principales recursos económicos, mediáticos y de influencia.
"Este modelo de intercambio de votos por cuotas de poder encuentra hoy su expresión con Infantino"
Este diseño institucional guarda un paralelismo directo con el vuelco político posterior al boicot. En 1974,
las federaciones africanas resultaron decisivas para otorgar al brasileño João Havelange la presidencia de la organización. Este modelo de intercambio de votos por cuotas de poder, perfeccionado también durante la era de Joseph Blatter con el Mundial de Sudáfrica 2010, encuentra hoy su expresión con Infantino. El actual presidente de la FIFA ya ha confirmado su candidatura para la reelección en 2027,
un movimiento que cuenta con el respaldo unánime de las principales confederaciones de fútbol del sur global, incluidas la CAF y la CONMEBOL, de América del Sur.
Más allá de los terrenos de juego,
la pelota rueda hoy sobre un tablero geopolítico ardiente. La paradoja de este nuevo orden deportivo es evidente: mientras la FIFA celebra su apertura multicultural y
diluye la hegemonía europea en los despachos,
el torneo se disputa sobre un suelo norteamericano blindado por estrictas restricciones migratorias y en un contexto global marcado por la violencia estructural en México o las tensiones bélicas en Oriente Próximo. El deporte ya no es un oasis neutral (si es que alguna vez lo ha sido); es la geopolítica por otros medios.